Una historia de dos finales (Relato)
Es de noche. Volvemos a casa en coche. Conduciendo por el centro de la ciudad llegamos a un cruce. El semáforo cambia de verde a ámbar, y rápidamente a rojo impidiéndonos continuar nuestro camino. El coche para en el paso de peatones. “Sáltatelo” se oye desde los asientos traseros. El conductor no duda un momento en responder: “Es un cruce muy grande”. Saltarnos el semáforo implicaría cruzar dos vías de direcciones opuestas con tres carriles cada una. Es la decisión lógica. El semáforo vuelve al verde en poco tiempo. El tiempo que habríamos ganado incumpliendo tan elemental norma de tráfico hubiese sido muy limitado. El conductor nos deja a cada uno en nuestras respectivas casas sin ninguna otro acontecimiento reseñable. Mañana será otro día.
Pero volvamos atrás, retrocediendo en el tiempo. ¿Qué pasaría si el conductor hubiese tomado otra decisión? ¿Habrían cambiado los acontecimientos? ¿O todo se habría desarrollado de igual manera? ¿Influyen nuestras decisiones en el devenir de las cosas? ¿O tenemos un destino inequívoco sea cual sea nuestra acción?
Es de noche. Volvemos a casa en coche. Conduciendo por el centro de la ciudad llegamos a un cruce. El semáforo cambia de verde a ámbar, y rápidamente a rojo impidiéndonos continuar nuestro camino. El coche para en el paso de peatones. “Sáltatelo” se oye desde los asientos traseros. El conductor no duda un momento en actuar tal y como le dicta un impulso provocado por el consejo de los pasajeros: acelera antes de llegar al semáforo. Es la decisión impulsiva. Mientras atravesamos el cruce el tiempo se ralentiza. De la nada aparece un coche que se dirige directo a nosotros desde un lateral mientras intenta avisarnos con un claxon que, a esas horas de la noche, atrona por toda la calle. El choque es inevitable. Voy en el asiento del copiloto y recibo el impacto de pleno. El frontal del otro coche ha hundido la puerta contra mi cuerpo. El cinturón de seguridad se bloquea. Noto como se quiebra mi clavícula. Además el efecto rebote hace que mi cabeza golpee violentamente contra el cristal. Mi cuerpo queda lacio apoyado en el asiento. Veo como el conductor de mi coche ha roto el cristal de su puerta con su cabeza. Desconozco qué ha ocurrido con los pasajeros de los asientos traseros, pero viendo mi estado y el del conductor supongo que nada bueno. Cierro los ojos. El tiempo que habríamos ganado al incumplir tan elemental norma de tráfico hubiese sido muy limitado.
Saludos
Pero volvamos atrás, retrocediendo en el tiempo. ¿Qué pasaría si el conductor hubiese tomado otra decisión? ¿Habrían cambiado los acontecimientos? ¿O todo se habría desarrollado de igual manera? ¿Influyen nuestras decisiones en el devenir de las cosas? ¿O tenemos un destino inequívoco sea cual sea nuestra acción?
Es de noche. Volvemos a casa en coche. Conduciendo por el centro de la ciudad llegamos a un cruce. El semáforo cambia de verde a ámbar, y rápidamente a rojo impidiéndonos continuar nuestro camino. El coche para en el paso de peatones. “Sáltatelo” se oye desde los asientos traseros. El conductor no duda un momento en actuar tal y como le dicta un impulso provocado por el consejo de los pasajeros: acelera antes de llegar al semáforo. Es la decisión impulsiva. Mientras atravesamos el cruce el tiempo se ralentiza. De la nada aparece un coche que se dirige directo a nosotros desde un lateral mientras intenta avisarnos con un claxon que, a esas horas de la noche, atrona por toda la calle. El choque es inevitable. Voy en el asiento del copiloto y recibo el impacto de pleno. El frontal del otro coche ha hundido la puerta contra mi cuerpo. El cinturón de seguridad se bloquea. Noto como se quiebra mi clavícula. Además el efecto rebote hace que mi cabeza golpee violentamente contra el cristal. Mi cuerpo queda lacio apoyado en el asiento. Veo como el conductor de mi coche ha roto el cristal de su puerta con su cabeza. Desconozco qué ha ocurrido con los pasajeros de los asientos traseros, pero viendo mi estado y el del conductor supongo que nada bueno. Cierro los ojos. El tiempo que habríamos ganado al incumplir tan elemental norma de tráfico hubiese sido muy limitado.
Saludos
Trabajos
En una revista dominical han venido apareciendo durante las últimas tres semanas una serie de reportajes realizados por escritores nacionales en los que, cada uno de ellos, desempeñaba durante un día uno de los tres trabajos que los españoles, consultados en una encuesta, consideramos como los peores, véase: limpia coches, panadero y enterrador.
Viendo este resultado lo primero que se me pasa por la cabeza es si realmente somos conscientes del grado de respeto que se merecen las personas que llevan a cabo estos trabajos, porque es muy sencillo llegar por la mañana a la panadería, comprar una barra recién hecha para desayunar y luego quejarnos de que, desde la implantación del euro, el pan ha pasado a costar mucho más, obviando el hecho de que esa persona lleva trabajando desde antes del amanecer para brindarnos un servicio.
Y es que solo hay que fijarse en como nos venden un doble rasero. Por un lado los agricultores se quejan de que les malcompran su producción, aunque no nos dicen en sus protestas cuanto dinero reciben por subvenciones; y claro, nosotros, para que no nos tachen de aburguesados, les apoyamos en sus quejas cuando por otro lado nos llevamos las manos a la cabeza por el precio que ha alcanzado el pan. Y ojo, no estoy menos preciando el trabajo de los agricultores, pero tampoco lo estoy haciendo de más, porque tal como yo lo veo igual de duro puede ser un trabajo que el otro.
Siguiendo con la serie de reportajes lo de enterrados es un trabajo duro más bien desde el punto de vista sentimental y psicológico. Y lo de limpia coches es un trabajo al que no le veo continuidad en el futuro porque con los auto lavados y las mangueras para limpiar uno mismo su coche no le veo la necesidad a llevarlo a que te lo limpien a mano. Es un capricho. Y como todo capricho, es absurdo e innecesario.
Pero no voy a terminar aquí. Quiero hablaros de lo que yo llamo “trabajos honestos”. Para mí, son esa serie de trabajos en los que haces una labor en la que le facilitas las cosas o se las haces más amables al resto de la gente sin esperar un reconocimiento más allá del estrictamente económico del sueldo. Son trabajos como botones, chofer o dependiente. Pero hablo de dependientes a la vieja usanza: de los que hablan de usted a los clientes y siempre tienen una palabra amable en la boca. Lo mismo es aplicable a los camareros. Cada vez hay menos buenos camareros y buenos dependientes. Cada vez hay menos educación.
Para terminar quería comentar otra serie de trabajos que nos llevan a sensaciones y sentimientos totalmente extremos y opuestos. En ocasiones los odiamos y en ocasiones los adoramos. Me refiero a trabajos como policía, guardia civil, bomberos y médicos. Con la policía y la guardia civil pasa que cuando nos multan seríamos capaces de matar pero en cambio querríamos que hubiese en todas las calles para sentirnos más seguros. Y ya no digo nada cuando su trabajo trasciende públicamente: pasan a ser héroes, lo que no deja de ser algo hipócrita por nuestra parte. Los bomberos en este aspecto están más respetados: en mi vida he oído a nadie quejarse por el mal trabajo realizado por un bombero.
Con los médicos es peor todavía. Cuando consideramos que hacen mal su trabajo los criticamos duramente e incluso, en casos puntuales, se les llega a denunciar. Ahora bien, cuando salvan vidas o nos curan de nuestras enfermedades lo consideramos su trabajo, sin darle la gran relevancia que deberíamos. Muy injusto.
Mi conclusión: no valoramos el trabajo de los demás y cuando lo hacemos es porque hemos recibido un beneficio.
Saludos.
Viendo este resultado lo primero que se me pasa por la cabeza es si realmente somos conscientes del grado de respeto que se merecen las personas que llevan a cabo estos trabajos, porque es muy sencillo llegar por la mañana a la panadería, comprar una barra recién hecha para desayunar y luego quejarnos de que, desde la implantación del euro, el pan ha pasado a costar mucho más, obviando el hecho de que esa persona lleva trabajando desde antes del amanecer para brindarnos un servicio.
Y es que solo hay que fijarse en como nos venden un doble rasero. Por un lado los agricultores se quejan de que les malcompran su producción, aunque no nos dicen en sus protestas cuanto dinero reciben por subvenciones; y claro, nosotros, para que no nos tachen de aburguesados, les apoyamos en sus quejas cuando por otro lado nos llevamos las manos a la cabeza por el precio que ha alcanzado el pan. Y ojo, no estoy menos preciando el trabajo de los agricultores, pero tampoco lo estoy haciendo de más, porque tal como yo lo veo igual de duro puede ser un trabajo que el otro.
Siguiendo con la serie de reportajes lo de enterrados es un trabajo duro más bien desde el punto de vista sentimental y psicológico. Y lo de limpia coches es un trabajo al que no le veo continuidad en el futuro porque con los auto lavados y las mangueras para limpiar uno mismo su coche no le veo la necesidad a llevarlo a que te lo limpien a mano. Es un capricho. Y como todo capricho, es absurdo e innecesario.
Pero no voy a terminar aquí. Quiero hablaros de lo que yo llamo “trabajos honestos”. Para mí, son esa serie de trabajos en los que haces una labor en la que le facilitas las cosas o se las haces más amables al resto de la gente sin esperar un reconocimiento más allá del estrictamente económico del sueldo. Son trabajos como botones, chofer o dependiente. Pero hablo de dependientes a la vieja usanza: de los que hablan de usted a los clientes y siempre tienen una palabra amable en la boca. Lo mismo es aplicable a los camareros. Cada vez hay menos buenos camareros y buenos dependientes. Cada vez hay menos educación.
Para terminar quería comentar otra serie de trabajos que nos llevan a sensaciones y sentimientos totalmente extremos y opuestos. En ocasiones los odiamos y en ocasiones los adoramos. Me refiero a trabajos como policía, guardia civil, bomberos y médicos. Con la policía y la guardia civil pasa que cuando nos multan seríamos capaces de matar pero en cambio querríamos que hubiese en todas las calles para sentirnos más seguros. Y ya no digo nada cuando su trabajo trasciende públicamente: pasan a ser héroes, lo que no deja de ser algo hipócrita por nuestra parte. Los bomberos en este aspecto están más respetados: en mi vida he oído a nadie quejarse por el mal trabajo realizado por un bombero.
Con los médicos es peor todavía. Cuando consideramos que hacen mal su trabajo los criticamos duramente e incluso, en casos puntuales, se les llega a denunciar. Ahora bien, cuando salvan vidas o nos curan de nuestras enfermedades lo consideramos su trabajo, sin darle la gran relevancia que deberíamos. Muy injusto.
Mi conclusión: no valoramos el trabajo de los demás y cuando lo hacemos es porque hemos recibido un beneficio.
Saludos.