Blogs.ya.com Quitar publicidad
¿Qué de qué?
"Decidle mi nombre al mundo, esa es la deuda que tenéis conmigo"
Acerca de
"Soy yo el camino, yo decido por donde seguir"
Sindicación
 
Consejos
Al hablar de consejos se me plantean dos preguntas básicas y directas: ¿qué es exactamente un consejo? y, ¿cuándo se tiene que dar un consejo? Posteriormente y meditando sobre estas dos cuestiones van surgiendo otras relacionadas directamente con el tema.
Para empezar debo decir que, siempre bajo mi punto de vista, el terreno de los consejos es bastante farragoso. No sería la primera vez que unos amigos se pelean por un consejo en mal momento o sobre un tema no conveniente. Esto nos lleva a contestar la segunda de las preguntas que planteaba en el párrafo anterior. Yo diría que los consejos hay que darlos prácticamente solo cuando nos lo pidan. La única excepción a esta regla sería en el caso de un grado de confianza extremo con la otra persona, solo aquí podemos aventurarnos a dar un consejo sin preocuparnos por las consecuencias (básicamente porque sabemos de antemano que no habrá ninguna consecuencia negativa)
Con respecto a la pregunta de qué es un consejo se me plantean más dudas. El dar un consejo es una cosa bastante sería. No se puede aconsejar a la ligera ya que las consecuencias no nos van a suceder a nosotros sino a la persona que aconsejamos, así que hay que meditarlas y tomarlas con cuidado. Pero vuelvo a la pregunta que me disperso. Podríamos pensar que dar un consejo es decir lo que haríamos nosotros en la misma situación. Bien, esto es imposible. Nunca nadie podría decir como actuaría en una situación hasta que no se ve en ella. No es lo mismo la imagen mental que tenemos de nosotros mismos que la realidad. También podríamos pensar que aconsejar es decir lo que estaría “bien” hacer. En este caso dejamos las conjeturas personales para empezar a hacer conjeturas sobre una o varias personas que en el mejor de los casos conocemos o bien personalmente o bien nos han hablado tanto de ellas que es como si las conociésemos. La última opción que se me ocurre es el pensar que aconsejar es decir lo que consideramos más lógico. Aquí extrapolamos nuestra lógica basada en nuestra educación y nuestros valores a otra persona con, muy posiblemente, una educación y unos valores diferentes en mayor o menor medida a los nuestros y a la cual nuestra lógica le puede parecer inútil.
Personalmente suelo aceptar los consejos que me dan, siempre y cuando los recibo de una persona que conoce el tema sobre el que me está aconsejando prácticamente en su totalidad. Una cosa que me fastidia mucho es que me den consejos personas que apenas conozco o que ni siquiera saben del tema sobre el que aconsejan. Por cierto, cuando digo que acepto los consejos que me dan significa que los escucho y los tengo en cuenta, no que los lleve a cabo (prefiero equivocarme por mi mismo a que haya posibilidades de equivocarme por boca ajena) Desde el otro lado, nunca (que yo recuerde), doy consejos sin que me los pidan.
Para finalizar no penséis por este escrito que me disgusta dar y recibir consejos, de hecho yo diría que es al contrario por el grado de confianza y de amistad que se demuestra.
Saludos


P.D.: Os invito a visitar mi nuevo blog. Espero que sea de vuestro agrado.
Etiquetas:  
 
¿Y ahora qué? (Relato)
Marcas producidas por lágrimas secas surcan mi cara. Paralelismo con la naturaleza. Un río, fuente de vida, prosperidad; cuando se seca no queda nada, solo su cuenca agotada, un desierto. Mis lágrimas, la última señal de amor; después el vacío, la soledad. Otra forma de desierto. El primero te mata desde fuera, el segundo lo hace desde dentro.
Únicamente tres palabras. Una interrogante. ¿Y ahora qué? Esta pregunta monopoliza mi cerebro. No puedo pensar en otra cosa. Encuentro pocas respuestas pero solo me aportan soluciones que no están en mis manos. Se que hay otra solución pero evito el pensarlo. Viene de un lado de mi personalidad oscuro y desconocido. Un lado que no quiero que tome decisiones.
Hasta hace poco todo era muy fácil. Ella estaba conmigo y me bastaba. Nunca me planteé cuanto duraría pero supongo que daba por hecho que sería bastante tiempo. Ahora se que esto no entraba en sus planes.
Me dijo que se acabó y punto. Sin explicación alguna. Solo la típica excusa, que para el caso es lo mismo. Cualquiera que la sea en la que estéis pensando ahora se adapta a mi historia. No creo que fuera algo impulsivo, seguramente lo llevaba tiempo pensando hasta que se decidió. Comunicarme su decisión era un puro trámite. Estas cosas no admiten prorroga alguna. Cuando se acaban unilateralmente también lo hacen colateralmente aunque uno de los dos no se haya percatado del fin.
Primero fue asombro por lo inesperado. Luego fueron las súplicas, los ruegos. Todas esas cosas que en realidad no llevan a ningún lado. Después fue el sentimiento de culpabilidad que poco a poco fui volcando en ella hasta convertirlo en odio.
¿Y ahora qué? Ahora me encuentro aquí tomando consciencia de que la única solución que puedo llevar a cabo es aquella en la que nunca antes habría pensado, aquella que nunca querría haber tomado, aquella que es tan drástica y dolorosa que acabará con esto para siempre.
Voy a su encuentro. Sé donde trabaja y espero a que salga. Estoy en la acera de enfrente. La tensión recorre mi cuerpo pero al mismo tiempo tengo una sensación de alivio total al saber que este dolor se va a terminar. Cuando sale grito su nombre. Al verme y reconocerme la noto sorprendida y, durante un instante, distingo en sus ojos el reflejo del miedo que siente.
Me lanzo a la carretera en el mismo momento en el que pasa un autobús. El conductor es incapaz de reaccionar a tiempo y me arrolla. Acabo tendido a varios metros del punto de impacto. La tensión ha desaparecido y es sustituida por un alivio que embarga mi cuerpo.
Al final todo se reducía a ella o yo. Lo cobarde hubiese sido acabar con ella. Así que fui yo. Al fin y al cabo ella no tiene la culpa de que yo fuera un desequilibrado.



Saludos.
Etiquetas:   
 
Merece la pena
Hacer casi 2.500 kilómetros en coche (no exagero) en apenas cuatro días.
Estudiar para el último examen del curso (ya llegará septiembre) durante el viaje.
Madrugar tres días en un mes en el que pensabas que ya lo tenías superado.
Transportar en la manos un centro floral parte de cuya agua se derramó sobre mis pantalones.
Hacer el nudo de la corbata cinco veces hasta que quedó decente.
Vivir posiblemente uno de los días más calurosos del año en Santander vestido de traje.
Escuchar como unos niños llaman a todos los componentes de tu mesa “aburridos”.
Que el comensal sentado enfrente tuya vomite durante la comida por excederse con el vino.
Comprobar que tu madre estando, digamos contenta, pacta como broma tu casamiento con una mujer que prácticamente te duplica la edad.
Ver como tu madre, en el mismo estado de antes, intenta cortar (hasta conseguirlo) un mechón de pelo de uno de los amigos del novio.
Escuchar durante horas decenas de canciones que nunca escucharías estando sobrio o en tu casa.
Intentar argumentar ante las divagaciones alcohólicas de otro invitado.
Que te tiren de la corbata para obligarte a bailar.
Ser el único de mi familia que no continúo la fiesta hasta más allá de la media noche.
Soportar un control de la Guardia Civil sabiendo fehacientemente que en el coche no hay nada dañino ni ilegal.

¿Merece todo esto la pena?
Por supuesto. La merece para acompañar a unos amigos, a personas que consideras de tu familia, el día de su boda.
No puede haber mejor razón para ello.

Saludos.
Etiquetas: