Camino equivocado (Relato)
Entró en el autobús con timidez, añadida a cierto grado de temor. Abrazaba su mochila como si fuera su única pertenencia al mismo tiempo que evitaba cualquier choque con cualquiera de las personas que llenaban el vehículo en ese momento. Sus ojos solo se despegaban del suelo para lanzar miradas furtivas a la gente de su alrededor. Ni siquiera los bamboleos, acelerones y frenazos le hacían variar su posición.
En una de las contadas ocasiones en que fue capaz de levantar la vista vio a un hombre que le miraba fijamente desde la parte central del autobús. Por extraño que parezca no le apartó la vista. Todo lo contrario. Soltó la barra a la que llevaba agarrado desde el momento en que pagó su billete para dirigirse hacia el desconocido y colocarse a su lado. Éste le miraba con autoridad y severidad, como un padre miraría a un hijo maleducado. El joven de la mochila únicamente se atrevía a mirarlo de reojo y, en todo momento, con la cabeza agachada.
El desconocido tocó el timbre que solicita la detención del autobús en la siguiente parada. Antes de apearse miró por una última vez a joven de la mochila. Asintió con la cabeza mientras le miraba y bajó del autobús. Ningún cambio se produjo a simple vista en el chaval cuando el desconocido se apeó.
El autobús volvió a arrancar para proseguir su recorrido. El chaval sacó un móvil de su bolsillo y se dispuso a marcar el número que llevaba grabado a fuego en su mente, el número que le habían enseñado, el número que llevaba días repitiendo como un mantra de una religión desconocida. Pulsó el botón de marcado. Sólo tenía que esperar que la línea hiciera la conexión. Su trabajo había concluido.
La bomba que llevaba en su mochila explotó. Ningún teléfono iba a sonar. Simplemente serviría de detonador. Una llamada, una chispa salta en el teléfono que la recibe, una bomba estalla. Un autobús lleno de gente. Muertos, heridos. Una palabra: masacre. Otra noticia en el telediario. Otra comparecencia de altos cargos políticos. Otro funeral de Estado. Una puta realidad que hemos visto y vivido decenas de veces.
Cuando montó en el autobús sabía perfectamente lo que hacer: buscar al enlace, esperar su señal, hacer la llamada, matar enemigos. No sentía remordimientos. Fue educado para eso. Le enseñaron odio y rencor. Obtuvieron un mártir. Le prometieron una vida mejor, un paraíso. Obtuvieron un atentado suicida.
Ningún animal mata por matar. El ser humano nace bueno por naturaleza. Pero es tan fácil que perdamos el camino....
Saludos
En una de las contadas ocasiones en que fue capaz de levantar la vista vio a un hombre que le miraba fijamente desde la parte central del autobús. Por extraño que parezca no le apartó la vista. Todo lo contrario. Soltó la barra a la que llevaba agarrado desde el momento en que pagó su billete para dirigirse hacia el desconocido y colocarse a su lado. Éste le miraba con autoridad y severidad, como un padre miraría a un hijo maleducado. El joven de la mochila únicamente se atrevía a mirarlo de reojo y, en todo momento, con la cabeza agachada.
El desconocido tocó el timbre que solicita la detención del autobús en la siguiente parada. Antes de apearse miró por una última vez a joven de la mochila. Asintió con la cabeza mientras le miraba y bajó del autobús. Ningún cambio se produjo a simple vista en el chaval cuando el desconocido se apeó.
El autobús volvió a arrancar para proseguir su recorrido. El chaval sacó un móvil de su bolsillo y se dispuso a marcar el número que llevaba grabado a fuego en su mente, el número que le habían enseñado, el número que llevaba días repitiendo como un mantra de una religión desconocida. Pulsó el botón de marcado. Sólo tenía que esperar que la línea hiciera la conexión. Su trabajo había concluido.
La bomba que llevaba en su mochila explotó. Ningún teléfono iba a sonar. Simplemente serviría de detonador. Una llamada, una chispa salta en el teléfono que la recibe, una bomba estalla. Un autobús lleno de gente. Muertos, heridos. Una palabra: masacre. Otra noticia en el telediario. Otra comparecencia de altos cargos políticos. Otro funeral de Estado. Una puta realidad que hemos visto y vivido decenas de veces.
Cuando montó en el autobús sabía perfectamente lo que hacer: buscar al enlace, esperar su señal, hacer la llamada, matar enemigos. No sentía remordimientos. Fue educado para eso. Le enseñaron odio y rencor. Obtuvieron un mártir. Le prometieron una vida mejor, un paraíso. Obtuvieron un atentado suicida.
Ningún animal mata por matar. El ser humano nace bueno por naturaleza. Pero es tan fácil que perdamos el camino....
Saludos
Sin alternativa (Relato)
Sus ojos mostraban una tristeza tan profunda como su convencimiento de que no le quedaba otra cosa que hacer. Toda su tensión estaba cargada en el ceño fruncido aunque a simple vista hubiese parecido que denotaba extrañeza. Y en cierta parte era así. Estaba en sus cabales, todo esto no era fruto de la locura. Como persona racional que siempre había sido este fin se antojaba como el único modo posible, pero no por ello dejaba de sorprenderle el haber llegado a ese punto. “Los caminos del Señor son inescrutables” dicen.
Sus manos le temblaban por los nervios. Las sacudió para ahogar el temblor. Pero era inútil. El temblor no procedía de los músculos, sino del corazón. Latía por todas las veces que no latería en el futuro. Tenía un redoble de tambor dentro de su cuerpo. Toda una tamborrada. Parecía que quería abandonar el barco naufragado en el que se había convertido su cuerpo. Irónicamente si su corazón en vez de latir más deprisa se hubiera parado todo se habría acelerado. Otra cosa que no le salía bien. Ni en esos momentos la suerte jugaba a su favor.
El plateado revolver descansaba apoyado en la mesa frente a la que se encontraba sentado. Recuerdo familiar. Eso le habían dicho. Una bala a su lado puesta en pie. Lo único que permanecía en pie en su vida. Abrió el revolver y colocó la bala en el tambor. Lo hizo girar y lo cerró sin mirar.
Mientras acercaba el revolver a su cabeza el tiempo se ralentizó como una fluctuación en el continuo espacio-tiempo. Ciencia-ficción. Totalmente alejado de su cruda y real existencia. No notó el frío cañón apoyándose en su sien. Sus sentidos estaban bloqueados. Nada estaba oscuro a su alrededor pero solo podía ver su mano izquierda sobre la mesa. Suponía que había ruido a su alrededor pero no escuchaba nada. “¿A qué esperas? No controlas la elección de salvarte” Sus pensamientos también estaban fuera de su dominio. Su último acto consciente fue apretar el gatillo.
No pudo escuchar la detonación producida por el percutor golpeando la bala, disparándola. Casi instantáneamente estaba formando un charco de sangre en el suelo.
Gritos y discusiones. Los que habían apostado que moría al primer gatillazo reclamaban su dinero.
El grupo de personas que habían apostado sobre su vida y muerte solo habían dejado libre el espacio situado a la izquierda del ahora cadáver. La bala podía atravesar su cabeza y herirles, por no hablar de la salpicadura de sangre. Los fajos de billetes viajaban de mano en mano. Deudas saldadas. No es bueno tener deudas.
El muerto era un pobre diablo. Alguien que lo único que tenía que perder era la vida porque no le quedaba nada. El dinero que le prometieron en caso de salir vivo suponía para él un pulmón con el que arrastrar su vida durante algo más de tiempo. Sabía de primera mano que no era bueno tener deudas. Esas deudas le habían llevado hasta allí.
Precisamente por ser lo único que le quedaba se aferraba a la vida, hasta que solo pudo jugársela para mantenerla. Pero ni siquiera en ese último momento la suerte jugó a su favor.
Saludos
Sus manos le temblaban por los nervios. Las sacudió para ahogar el temblor. Pero era inútil. El temblor no procedía de los músculos, sino del corazón. Latía por todas las veces que no latería en el futuro. Tenía un redoble de tambor dentro de su cuerpo. Toda una tamborrada. Parecía que quería abandonar el barco naufragado en el que se había convertido su cuerpo. Irónicamente si su corazón en vez de latir más deprisa se hubiera parado todo se habría acelerado. Otra cosa que no le salía bien. Ni en esos momentos la suerte jugaba a su favor.
El plateado revolver descansaba apoyado en la mesa frente a la que se encontraba sentado. Recuerdo familiar. Eso le habían dicho. Una bala a su lado puesta en pie. Lo único que permanecía en pie en su vida. Abrió el revolver y colocó la bala en el tambor. Lo hizo girar y lo cerró sin mirar.
Mientras acercaba el revolver a su cabeza el tiempo se ralentizó como una fluctuación en el continuo espacio-tiempo. Ciencia-ficción. Totalmente alejado de su cruda y real existencia. No notó el frío cañón apoyándose en su sien. Sus sentidos estaban bloqueados. Nada estaba oscuro a su alrededor pero solo podía ver su mano izquierda sobre la mesa. Suponía que había ruido a su alrededor pero no escuchaba nada. “¿A qué esperas? No controlas la elección de salvarte” Sus pensamientos también estaban fuera de su dominio. Su último acto consciente fue apretar el gatillo.
No pudo escuchar la detonación producida por el percutor golpeando la bala, disparándola. Casi instantáneamente estaba formando un charco de sangre en el suelo.
Gritos y discusiones. Los que habían apostado que moría al primer gatillazo reclamaban su dinero.
El grupo de personas que habían apostado sobre su vida y muerte solo habían dejado libre el espacio situado a la izquierda del ahora cadáver. La bala podía atravesar su cabeza y herirles, por no hablar de la salpicadura de sangre. Los fajos de billetes viajaban de mano en mano. Deudas saldadas. No es bueno tener deudas.
El muerto era un pobre diablo. Alguien que lo único que tenía que perder era la vida porque no le quedaba nada. El dinero que le prometieron en caso de salir vivo suponía para él un pulmón con el que arrastrar su vida durante algo más de tiempo. Sabía de primera mano que no era bueno tener deudas. Esas deudas le habían llevado hasta allí.
Precisamente por ser lo único que le quedaba se aferraba a la vida, hasta que solo pudo jugársela para mantenerla. Pero ni siquiera en ese último momento la suerte jugó a su favor.
Saludos