Auto rechazo (Relato)
El reflejo que me devuelve el espejo me mira con desprecio. Me asombra lo que veo pero la expresión del yo que está frente a mi no cambia. Su mirada es dura, profunda, de esas que te revuelven las entrañas porque sabes todo lo que significa. La mirada de un enemigo que se sabe superior a ti y te mira por encima del hombro. Pero soy yo. Me reconozco pero no me entiendo.
Me señala con el dedo, dirigiéndose inequívocamente a mí. Me hecha en cara las cosas que hago y me reprocha las que dejo sin hacer. Va más allá de lo que mi conciencia nunca me ha dicho. Me califica una y otra vez con términos negativos y despectivos. Mi boca no se mueve, lo sé, la siento, pero no consigo hacerle callar. Su voz es mi voz, hablándome cada vez más y más fuerte, gritando, chillando.
Le pido que pare mientras el nudo de mi garganta se deshace y lloro. Lloro como un niño. Por rabia, por compasión, por caridad, por humanidad. Pero no le puedo pedir humanidad a lo que ni siquiera sé si es humano.
Caigo al suelo con las manos empapadas en lágrimas cubriéndome la cara. Sin embargo el reflejo sigue ahí, despotricando de lo que soy, de lo que somos. A pesar de que no miro noto sus ojos clavados en mí, como si entrasen directamente en mi cerebro sin necesidad de pasar por mi vista.
Pido ayuda y por primera vez me contesta. Nadie te ha ayudado, nadie te ayudará, sólo me tienes a mí y siempre me vas a tener. Esa verdad me horroriza. No puedo ni imaginar una vida así. “La verdad os hará libres” pero no esta vez. Sus palabras han construido una jaula a mí alrededor de la que no me siento con fuerzas para escapar.
Odio al reflejo. Me ha herido tan profundamente que nunca sanará. Ha difuminado mi alma para eliminar sin sentimientos, ha colapsado mi cerebro para acabar con mi razonamiento, ha parado mi corazón para dejarme sin nada. Tiene que pagar por ello.
Me levanto del suelo jadeante y me atrevo a mirar el reflejo intentando convencerme de que será la última vez. Me mira riéndose, burlándose de mí. Golpeo el espejo con las fuerzas que me quedan. Se convierte en decenas de pedazos que caen con estrépito al suelo. Tengo algunos clavados en el brazo, además de cortes en la mano. El dolor físico me hace olvidar la pesadilla que acabo de vivir, aunque sé que no ha acabado. Que, en cuanto pueda, volverá para atormentarme.
Me encojo en el suelo manchado de sangre como un feto en el vientre de su madre. Vuelvo a pedir ayuda. Alguien, al otro lado del espejo, me escuchará.
Saludos
Me señala con el dedo, dirigiéndose inequívocamente a mí. Me hecha en cara las cosas que hago y me reprocha las que dejo sin hacer. Va más allá de lo que mi conciencia nunca me ha dicho. Me califica una y otra vez con términos negativos y despectivos. Mi boca no se mueve, lo sé, la siento, pero no consigo hacerle callar. Su voz es mi voz, hablándome cada vez más y más fuerte, gritando, chillando.
Le pido que pare mientras el nudo de mi garganta se deshace y lloro. Lloro como un niño. Por rabia, por compasión, por caridad, por humanidad. Pero no le puedo pedir humanidad a lo que ni siquiera sé si es humano.
Caigo al suelo con las manos empapadas en lágrimas cubriéndome la cara. Sin embargo el reflejo sigue ahí, despotricando de lo que soy, de lo que somos. A pesar de que no miro noto sus ojos clavados en mí, como si entrasen directamente en mi cerebro sin necesidad de pasar por mi vista.
Pido ayuda y por primera vez me contesta. Nadie te ha ayudado, nadie te ayudará, sólo me tienes a mí y siempre me vas a tener. Esa verdad me horroriza. No puedo ni imaginar una vida así. “La verdad os hará libres” pero no esta vez. Sus palabras han construido una jaula a mí alrededor de la que no me siento con fuerzas para escapar.
Odio al reflejo. Me ha herido tan profundamente que nunca sanará. Ha difuminado mi alma para eliminar sin sentimientos, ha colapsado mi cerebro para acabar con mi razonamiento, ha parado mi corazón para dejarme sin nada. Tiene que pagar por ello.
Me levanto del suelo jadeante y me atrevo a mirar el reflejo intentando convencerme de que será la última vez. Me mira riéndose, burlándose de mí. Golpeo el espejo con las fuerzas que me quedan. Se convierte en decenas de pedazos que caen con estrépito al suelo. Tengo algunos clavados en el brazo, además de cortes en la mano. El dolor físico me hace olvidar la pesadilla que acabo de vivir, aunque sé que no ha acabado. Que, en cuanto pueda, volverá para atormentarme.
Me encojo en el suelo manchado de sangre como un feto en el vientre de su madre. Vuelvo a pedir ayuda. Alguien, al otro lado del espejo, me escuchará.
Saludos
Cadena de pensamientos
Mi momento de mayor creatividad literaria es antes de dormirme. Con la luz apagada, dando vueltas en la cama y, como ya dije, pensando en ciento y una cosas. Mi cabeza, simplemente, funciona. Normalmente enlaza pensamientos para mi propia sorpresa. Por ejemplo, memoricé este desarrollo y encadenamiento de ideas para plasmarlo en un escrito. Básicamente todo empezó con lo que acabáis de leer. Como veis no es nada del otro mundo y parece que, en principio, no lleva a nada más. Sin embargo esto me llevó a pensar que era innegablemente cierto el hecho de que casi nunca hablo de mi vida y cuando lo hago es de manera críptica y poco evidente, así que el reproche (obviamente aceptado y comprendido debido a la admiración que profeso a su remitente) debería ser recogido y arreglado, aunque en la medida que yo mismo me permita. ¿Qué podría contar sobre mí? Pues esto, a pesar de que sólo sea una historia:
Éramos un grupo de amigos en otra ciudad, con la libertad y la relajación que eso provoca en mi persona. Entramos en la discoteca después de un jaleo tremendo con las entradas, en el cual nos estafaron literalmente y hubo una falsa amenaza al relaciones públicas. Una vez dentro una vuelta para conocer el local y el ambiente. Cuando estábamos parados al lado de una de las barras me tocan el hombro por detrás. Una chica pidiéndome un cigarro, pues un cigarro para la señorita. Vuelvo a girarme hacía mis amigos. La chica pasa entre dos de ellos, uno le habla, gesto con cierto grado de desprecio, le pido no malas caras a cambio del cigarro, se disculpa, seguimos hablando (la libertad y relajación que antes mencionaba). A partir de ahí funcionando. Actuando como lo haría nuestro maestro y consejero espiritual: distante pero próximo, divertido pero no gracioso, ingenioso pero no extravagante, demostrando honestidad. Fueron horas de conversación. ¿El final? Nada. Una noche diferentemente buena que acabó como todas.
Pero retomemos el tema. Esta historia la recordé como recurso para saldar una deuda moral. Sin embargo la cadena de ideas no acabó ahí. Esto me llevó a pensar en la suerte. ¿La noche acabó así por mala suerte? Posiblemente. ¿Con un poco de buena suerte la noche habría acabado mejor? Seguramente. ¿Podría haber forzado un poco a la suerte? Probablemente si, pero hay cosas que no controlamos, que son como son porque si y cosas que no son porque no. O al menos así me auto convenzo yo.
Saludos
Éramos un grupo de amigos en otra ciudad, con la libertad y la relajación que eso provoca en mi persona. Entramos en la discoteca después de un jaleo tremendo con las entradas, en el cual nos estafaron literalmente y hubo una falsa amenaza al relaciones públicas. Una vez dentro una vuelta para conocer el local y el ambiente. Cuando estábamos parados al lado de una de las barras me tocan el hombro por detrás. Una chica pidiéndome un cigarro, pues un cigarro para la señorita. Vuelvo a girarme hacía mis amigos. La chica pasa entre dos de ellos, uno le habla, gesto con cierto grado de desprecio, le pido no malas caras a cambio del cigarro, se disculpa, seguimos hablando (la libertad y relajación que antes mencionaba). A partir de ahí funcionando. Actuando como lo haría nuestro maestro y consejero espiritual: distante pero próximo, divertido pero no gracioso, ingenioso pero no extravagante, demostrando honestidad. Fueron horas de conversación. ¿El final? Nada. Una noche diferentemente buena que acabó como todas.
Pero retomemos el tema. Esta historia la recordé como recurso para saldar una deuda moral. Sin embargo la cadena de ideas no acabó ahí. Esto me llevó a pensar en la suerte. ¿La noche acabó así por mala suerte? Posiblemente. ¿Con un poco de buena suerte la noche habría acabado mejor? Seguramente. ¿Podría haber forzado un poco a la suerte? Probablemente si, pero hay cosas que no controlamos, que son como son porque si y cosas que no son porque no. O al menos así me auto convenzo yo.
Saludos





