<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><feed version="0.3" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns="http://purl.org/atom/ns#"><title><![CDATA[¿Qué de qué?]]></title><link rel="" type="" href="" title=""/><link rel="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[ID]]></id><tagline><![CDATA["Decidle mi nombre al mundo, esa es la deuda que tenéis conmigo"]]></tagline><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><entry><title><![CDATA[Renovarse o morir]]></title><link rel="¿Qué de qué?" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200801]]></issued><modified><![CDATA[200801]]></modified><created><![CDATA[200801]]></created><summary><![CDATA[Renovarse o morir]]></summary><author><name><![CDATA[Ícaro]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Renovarse o morir]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/quedeque/c_120.htm"><![CDATA[<a target="_blank" href="http://paraquedarmeenpaz.blogspot.com/">Me mudo</a>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Auto rechazo (Relato)]]></title><link rel="¿Qué de qué?" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200801]]></issued><modified><![CDATA[200801]]></modified><created><![CDATA[200801]]></created><summary><![CDATA[Auto rechazo (Relato)]]></summary><author><name><![CDATA[Ícaro]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Auto rechazo (Relato)]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/quedeque/c_119.htm"><![CDATA[El reflejo que me devuelve el espejo me mira con desprecio. Me asombra lo que veo pero la expresión del yo que está frente a mi no cambia. Su mirada es dura, profunda, de esas que te revuelven las entrañas porque sabes todo lo que significa. La mirada de un enemigo que se sabe superior a ti y te mira por encima del hombro. Pero soy yo. Me reconozco pero no me entiendo.<br/>Me señala con el dedo, dirigiéndose inequívocamente a mí. Me hecha en cara las cosas que hago y me reprocha las que dejo sin hacer. Va más allá de lo que mi conciencia nunca me ha dicho. Me califica una y otra vez con términos negativos y despectivos. Mi boca no se mueve, lo sé, la siento, pero no consigo hacerle callar. Su voz es mi voz, hablándome cada vez más y más fuerte, gritando, chillando.<br/>Le pido que pare mientras el nudo de mi garganta se deshace y lloro. Lloro como un niño. Por rabia, por compasión, por caridad, por humanidad. Pero no le puedo pedir humanidad a lo que ni siquiera sé si es humano. <br/>Caigo al suelo con las manos empapadas en lágrimas cubriéndome la cara. Sin embargo el reflejo sigue ahí, despotricando de lo que soy, de lo que somos. A pesar de que no miro noto sus ojos clavados en mí, como si entrasen directamente en mi cerebro sin necesidad de pasar por mi vista.<br/>Pido ayuda y por primera vez me contesta. Nadie te ha ayudado, nadie te ayudará, sólo me tienes a mí y siempre me vas a tener. Esa verdad me horroriza. No puedo ni imaginar una vida así. “La verdad os hará libres” pero no esta vez. Sus palabras han construido una jaula a mí alrededor de la que no me siento con fuerzas para escapar.<br/>Odio al reflejo. Me ha herido tan profundamente que nunca sanará. Ha difuminado mi alma para eliminar sin sentimientos, ha colapsado mi cerebro para acabar con mi razonamiento, ha parado mi corazón para dejarme sin nada. Tiene que pagar por ello.<br/>Me levanto del suelo jadeante y me atrevo a mirar el reflejo intentando convencerme de que será la última vez. Me mira riéndose, burlándose de mí. Golpeo el espejo con las fuerzas que me quedan. Se convierte en decenas de pedazos que caen con estrépito al suelo. Tengo algunos clavados en el brazo, además de cortes en la mano. El dolor físico me hace olvidar la pesadilla que acabo de vivir, aunque sé que no ha acabado. Que, en cuanto pueda, volverá para atormentarme.<br/>Me encojo en el suelo manchado de sangre como un feto en el vientre de su madre. Vuelvo a pedir ayuda. Alguien, al otro lado del espejo, me escuchará.<br/>Saludos]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Cadena de pensamientos]]></title><link rel="¿Qué de qué?" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200801]]></issued><modified><![CDATA[200801]]></modified><created><![CDATA[200801]]></created><summary><![CDATA[Cadena de pensamientos]]></summary><author><name><![CDATA[Ícaro]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Cadena de pensamientos]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/quedeque/c_118.htm"><![CDATA[Mi momento de mayor creatividad literaria es antes de dormirme. Con la luz apagada, dando vueltas en la cama y, <a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/quedeque/c_109.htm#comment_1">como ya dije</a>, pensando en ciento y una cosas. Mi cabeza, simplemente, funciona. Normalmente enlaza pensamientos para mi propia sorpresa. Por ejemplo, memoricé este desarrollo y encadenamiento de ideas para plasmarlo en un escrito. Básicamente todo empezó con lo que acabáis de leer. Como veis no es nada del otro mundo y parece que, en principio, no lleva a nada más. Sin embargo esto me llevó a pensar que era innegablemente cierto el hecho de que casi nunca hablo de mi vida y cuando lo hago es de manera críptica y poco evidente, así que el reproche (obviamente aceptado y comprendido debido a la admiración que profeso a su <a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/maktub/">remitente</a>) debería ser recogido y arreglado, aunque en la medida que yo mismo me permita. ¿Qué podría contar sobre mí? Pues esto, a pesar de que sólo sea una historia:<br/>Éramos un grupo de amigos en otra ciudad, con la libertad y la relajación que eso provoca en mi persona. Entramos en la discoteca después de un jaleo tremendo con las entradas, en el cual nos estafaron literalmente y hubo una falsa amenaza al relaciones públicas. Una vez dentro una vuelta para conocer el local y el ambiente. Cuando estábamos parados al lado de una de las barras me tocan el hombro por detrás. Una chica pidiéndome un cigarro, pues un cigarro para la señorita. Vuelvo a girarme hacía mis amigos. La chica pasa entre dos de ellos, uno le habla, gesto con cierto grado de desprecio, le pido no malas caras a cambio del cigarro, se disculpa, seguimos hablando (la libertad y relajación que antes mencionaba). A partir de ahí funcionando. Actuando como lo haría nuestro maestro y consejero espiritual: distante pero próximo, divertido pero no gracioso, ingenioso pero no extravagante, demostrando honestidad. Fueron horas de conversación. ¿El final? Nada. Una noche diferentemente buena que acabó como todas.<br/>Pero retomemos el tema. Esta historia la recordé como recurso para saldar una deuda moral. Sin embargo la cadena de ideas no acabó ahí. Esto me llevó a pensar en la suerte. ¿La noche acabó así por mala suerte? Posiblemente. ¿Con un poco de buena suerte la noche habría acabado mejor? Seguramente. ¿Podría haber forzado un poco a la suerte? Probablemente si, pero hay cosas que no controlamos, que son como son porque si y cosas que no son porque no. O al menos así me auto convenzo yo.<br/>Saludos]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Camino equivocado (Relato)]]></title><link rel="¿Qué de qué?" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200712]]></issued><modified><![CDATA[200712]]></modified><created><![CDATA[200712]]></created><summary><![CDATA[Camino equivocado (Relato)]]></summary><author><name><![CDATA[Ícaro]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Camino equivocado (Relato)]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/quedeque/c_117.htm"><![CDATA[Entró en el autobús con timidez, añadida a cierto grado de temor. Abrazaba su mochila como si fuera su única pertenencia al mismo tiempo que evitaba cualquier choque con cualquiera de las personas que llenaban el vehículo en ese momento. Sus ojos solo se despegaban del suelo para lanzar miradas furtivas a la gente de su alrededor. Ni siquiera los bamboleos, acelerones y frenazos le hacían variar su posición.<br/>En una de las contadas ocasiones en que fue capaz de levantar la vista vio a un hombre que le miraba fijamente desde la parte central del autobús. Por extraño que parezca no le apartó la vista. Todo lo contrario. Soltó la barra a la que llevaba agarrado desde el momento en que pagó su billete para dirigirse hacia el desconocido y colocarse a su lado. Éste le miraba con autoridad y severidad, como un padre miraría a un hijo maleducado. El joven de la mochila únicamente se atrevía a mirarlo de reojo y, en todo momento, con la cabeza agachada.<br/>El desconocido tocó el timbre que solicita la detención del autobús en la siguiente parada. Antes de apearse miró por una última vez a joven de la mochila. Asintió con la cabeza mientras le miraba y bajó del autobús. Ningún cambio se produjo a simple vista en el chaval cuando el desconocido se apeó.<br/>El autobús volvió a arrancar para proseguir su recorrido. El chaval sacó un móvil de su bolsillo y se dispuso a marcar el número que llevaba grabado a fuego en su mente, el número que le habían enseñado, el número que llevaba días repitiendo como un mantra de una religión desconocida. Pulsó el botón de marcado. Sólo tenía que esperar que la línea hiciera la conexión. Su trabajo había concluido.<br/>La bomba que llevaba en su mochila explotó. Ningún teléfono iba a sonar. Simplemente serviría de detonador. Una llamada, una chispa salta en el teléfono que la recibe, una bomba estalla. Un autobús lleno de gente. Muertos, heridos. Una palabra: masacre. Otra noticia en el telediario. Otra comparecencia de altos cargos políticos. Otro funeral de Estado. Una puta realidad que hemos visto y vivido decenas de veces.<br/>Cuando montó en el autobús sabía perfectamente lo que hacer: buscar al enlace, esperar su señal, hacer la llamada, matar enemigos. No sentía remordimientos. Fue educado para eso. Le enseñaron odio y rencor. Obtuvieron un mártir. Le prometieron una vida mejor, un paraíso. Obtuvieron un atentado suicida.<br/>Ningún animal mata por matar. El ser humano nace bueno por naturaleza. Pero es tan fácil que perdamos el camino....<br/><br/>Saludos]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Sin alternativa (Relato)]]></title><link rel="¿Qué de qué?" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200712]]></issued><modified><![CDATA[200712]]></modified><created><![CDATA[200712]]></created><summary><![CDATA[Sin alternativa (Relato)]]></summary><author><name><![CDATA[Ícaro]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Sin alternativa (Relato)]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/quedeque/c_116.htm"><![CDATA[Sus ojos mostraban una tristeza tan profunda como su convencimiento de que no le quedaba otra cosa que hacer. Toda su tensión estaba cargada en el ceño fruncido aunque a simple vista hubiese parecido que denotaba extrañeza. Y en cierta parte era así. Estaba en sus cabales, todo esto no era fruto de la locura. Como persona racional que siempre había sido este fin se antojaba como el único modo posible, pero no por ello dejaba de sorprenderle el haber llegado a ese punto. “Los caminos del Señor son inescrutables” dicen.<br/>Sus manos le temblaban por los nervios. Las sacudió para ahogar el temblor. Pero era inútil. El temblor no procedía de los músculos, sino del corazón. Latía por todas las veces que no latería en el futuro. Tenía un redoble de tambor dentro de su cuerpo. Toda una tamborrada. Parecía que quería abandonar el barco naufragado en el que se había convertido su cuerpo. Irónicamente si su corazón en vez de latir más deprisa se hubiera parado todo se habría acelerado. Otra cosa que no le salía bien. Ni en esos momentos la suerte jugaba a su favor.<br/>El plateado revolver descansaba apoyado en la mesa frente a la que se encontraba sentado. Recuerdo familiar. Eso le habían dicho. Una bala a su lado puesta en pie. Lo único que permanecía en pie en su vida. Abrió el revolver y colocó la bala en el tambor. Lo hizo girar y lo cerró sin mirar. <br/>Mientras acercaba el revolver a su cabeza el tiempo se ralentizó como una fluctuación en el continuo espacio-tiempo. Ciencia-ficción. Totalmente alejado de su cruda y real existencia. No notó el frío cañón apoyándose en su sien. Sus sentidos estaban bloqueados. Nada estaba oscuro a su alrededor pero solo podía ver su mano izquierda sobre la mesa. Suponía que había ruido a su alrededor pero no escuchaba nada. “¿A qué esperas? No controlas la elección de salvarte” Sus pensamientos también estaban fuera de su dominio. Su último acto consciente fue apretar el gatillo.<br/>No pudo escuchar la detonación producida por el percutor golpeando la bala, disparándola. Casi instantáneamente estaba formando un charco de sangre en el suelo.<br/>Gritos y discusiones. Los que habían apostado que moría al primer gatillazo reclamaban su dinero.<br/>El grupo de personas que habían apostado sobre su vida y muerte solo habían dejado libre el espacio situado a la izquierda del ahora cadáver. La bala podía atravesar su cabeza y herirles, por no hablar de la salpicadura de sangre. Los fajos de billetes viajaban de mano en mano. Deudas saldadas. No es bueno tener deudas.<br/>El muerto era un pobre diablo. Alguien que lo único que tenía que perder era la vida porque no le quedaba nada. El dinero que le prometieron en caso de salir vivo suponía para él un pulmón con el que arrastrar su vida durante algo más de tiempo. Sabía de primera mano que no era bueno tener deudas. Esas deudas le habían llevado hasta allí.<br/>Precisamente por ser lo único que le quedaba se aferraba a la vida, hasta que solo pudo jugársela para mantenerla. Pero ni siquiera en ese último momento la suerte jugó a su favor.<br/><br/>Saludos]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Comportamientos antisociales]]></title><link rel="¿Qué de qué?" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200711]]></issued><modified><![CDATA[200711]]></modified><created><![CDATA[200711]]></created><summary><![CDATA[Comportamientos antisociales]]></summary><author><name><![CDATA[Ícaro]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Comportamientos antisociales]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/quedeque/c_115.htm"><![CDATA[Soy una persona que gusta de fijarse en el comportamiento del mundo que me rodeo y, más específicamente, de la gente que en él habita y puedo decir que hay comportamientos humanos que no llego a comprender por el grado de antisocialidad y, por qué no decirlo, de mala baba que conllevan. Además, son cosas que seguro la mayoría de vosotros las habéis visto o padecido en vuestra persona.<br/>Primera situación: esperas el autobús. Las colas del autobús se forman de derecha a izquierda si nos orientamos mirando a la carretera. Pues bien, siempre llegan los típicos “listos”, denominados así porque supongo que a los demás nos toman por tontos, que se ponen a la altura de la cola que se les antoja (por supuesto dejando a la mayor cantidad de gente posible detrás) o lo que es peor se ponen directamente a la derecha de la cola, es decir, los primeros con toda su cara dura. Seguro que los que cogen autobús a menudo estarán asintiendo en estos momentos. Este comportamiento tiene su razón de ser en el egoísmo de las personas que, por lo visto, no deben tener sillas en su casa y cuando montan en autobús están deseosos de sentarse aunque para ello lo quiten ese derecho adquirido por toda esa gente que estaba antes que ellos en la parada. No obstante esta actitud puede ser mucho peor en otra situación: cuando se cuelan en la parada cabecera donde empieza la línea de autobús. En esos sitios ese comportamiento se convierte encima en una soberana estupidez teniendo en cuenta que hay sitio de sobra en el autobús.<br/>Pero por mi experiencia os puedo decir que el autobús es uno de los sitios en los que salen a relucir la peor parte de las personas (la peor parte o como verdaderamente son) Segunda situación: esperas el autobús en la parada. Cuando llega ves que está muy lleno. Pero, ¿está completo? No, en la parte trasera (después del muelle en esos autobuses dobles) hay sitio suficiente como para que entre, al menos, la gente que espera contigo en la parada. El conductor pide que anden hacia atrás. ¿Le hacen caso los pasajeros? No, parece que están esposados a la barra de la que se sujetan. En el mejor de los casos puedes entrar comprimido en el autobús hasta que, a base de empujones, codos y malas caras consigues llegar a la parte trasera donde tienes espacio hasta para andar. Una vez más se demuestra el egoísmo de la gente y las pocas luces de acumularse cerca de la primera puerta cuando hay otra más atrás y con más espacio.<br/>Pero no solo en el autobús pasan cosas como para asquearte de la gente. Tercera situación: caminas por la calle. Es una acera estrecha en la que dos personas no podrían andar en paralelo sin chocar los hombros. Hacia ti viene una pareja de novios, marido y mujer, de señoras mayores o lo que sea. Cuando estás a punto de colisionar con la pareja te hechas a la calzada para poder seguir andando porque el dúo de personas no ha hecho ni el ademán de ocupar menos espacio y poder pasar los tres sin que tengas que esquivarlos saliéndote de la acera.<br/>Al menos en el caso anterior si no los esquivas la consecuencia es un choque hombro con hombro sin mayores consecuencias. Pero hay veces que entra en liza un coche. Cuarta situación: andas por la calle y vas a cruzar a otra acera por un paso de peatones. Ves que por la carretera viene un coche. ¿Se para tal y como le obliga el código de circulación? No, acelera para pasar antes que tú porque debe ser el rey de la carretera o algo así. No soy una persona catastrofista pero ¿y si me da por andar más rápido y tirarme al paso de peatones como es mi derecho? Puede ocurrir que no le dé tiempo a frenar y me atropelle. Lo normal es que sí le dé tiempo a frenar, te quedes mirándole con cara de “Que tonto eres, ¿para qué mierda aceleras si tengo preferencia?” y no le quede más remedio que mirarte con cara de perdón.<br/>La solución a todo esto no sé cual es. No sé si es educación, si es que el ser humano es cabrón por naturaleza a no ser que luches contra tu instinto o es que simplemente no hay solución y estamos condenados a putearnos unos a otros.<br/>Saludos]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Trilogía (Relato)]]></title><link rel="¿Qué de qué?" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200711]]></issued><modified><![CDATA[200711]]></modified><created><![CDATA[200711]]></created><summary><![CDATA[Trilogía (Relato)]]></summary><author><name><![CDATA[Ícaro]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Trilogía (Relato)]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/quedeque/c_114.htm"><![CDATA[Era una tarde de invierno de esas en las que no aciertas la cantidad de ropa con la que salir de tu casa y tienes un frío que te ha calado hasta los huesos. Volvía de clase por el camino de siempre, andando a paso ligero en un vano intento de entrar en calor. Tampoco ayudaban las manos en los bolsillos ni el cuello encogido. A mi lado pasaban coches llenos de gente que, en el hipotético caso de que sintieran el mismo frío que yo, al menos llegarían a sus cálidas casas bastante antes que yo.<br/>-Oye, ¿te llevo?<br/>Una voz se dirigió a mi persona. Provenía del coche que en esos momentos estaba a mi izquierda. Me agaché con la curiosidad de ver quien era el conductor (por la voz conductora) que me hacía ese ofrecimiento. Era una chica de mi facultad a la que conocía de vista y a la que había podido ver en algunas ocasiones en la misma línea de autobús que me lleva a mi casa.<br/>-¿Cómo?<br/>Esa fue mi ocurrente contestación. Un cómo con entonación de desconcierto. Mi conciencia no paraba de insultarme por mi imbecilidad.<br/>-Si quieres que te lleve.- sorprendentemente reiteró su oferta –Antes te veía de vez en cuando en el autobús así que imagino que tienes que vivir cerca de mí.<br/>-No puedo menos que aceptar y agradecerte el gesto- me felicité por mi primera frase bien construida y sin cara de asombro.<br/>Monté rápidamente en el coche ya que estábamos molestando a la circulación.<br/>-Muchas gracias de nuevo- dije una vez sentado en el asiento del copiloto, y es que es de bien nacidos ser agradecido –Si no me llegas a recoger lo más seguro es que hubiese muerto de hipotermia.<br/>Ella rió mi broma fácil.<br/>Durante el camino nos presentamos. Escuché con fingida sorpresa su nombre, aunque ya lo sabía (con el tiempo ella me reconoció que actuó igual). Tuvimos una conversación estándar sobre estudios, asignaturas y tiempo libre.<br/>Llegó el momento de bajarme. Me quité el cinturón y antes de abrir la puerta le dije:<br/>-Quisiera agradecerte este viaje invitándote a cenar cuando quieras, ¿te parece?<br/>-Claro, como no.<br/>Nos intercambiamos los teléfonos y todo siguió adelante hasta hoy.<br/>Así es como conocí a vuestra madre.<br/><br/><br/><br/><br/><br/><br/><br/>Por aquella época todos mis conocidos tenían carné de conducir. Todo el mundo excepto yo. Tenía la mentalidad de que antes leer cualquier libro que el de la autoescuela. Pero necesitaba el carné así que no me quedó más remedio que apuntarme a un intensivo.<br/>El intensivo es algo muy triste. Un grupo de no menos de quince personas en una habitación lo suficientemente grande como para que quepan veinte ordenadores, delante de cada uno de los cuales se sienta una persona que pasa todo el tiempo haciendo tests sin mantener ningún tipo de contacto con las personas que tiene sentadas a su alrededor.<br/>Ese día llegué a la autoescuela un rato antes para estar más tiempo amargándome haciendo pruebas.<br/>Conforme me acercaba distinguí que una de mis “compañeras de clase” estaba en la puerta fumando un cigarro. Mi oportunidad de socializar. Cuando llegué a su altura ya me había dado tiempo a preparar una frase.<br/>-Echando un cigarro antes de recluirnos en el ordenador, ¿te importa que me una?<br/>-Claro que no.- me contestó<br/>Encendí un cigarro como con desgana.<br/>-¿No te parecen muy tristes estas clases con todo el mundo ahí sentado sin hablar para nada, sólo mirando al ordenador?- pregunté -Creo que si el curso durase más de 10 días alguno acabaría pegándose un tiro.<br/>-Si que es verdad.- me contestó –Con lo que me gusta hablar a mí se me hace muy largo el tiempo que estoy aquí, pero el carné me lo paga la empresa y me hace falta así que no me queda más remedio.<br/>-Pues sí.- frase típica de transición en lo que piensas algo<br/>Seguimos fumando mirando el tráfico y la gente pasar.<br/>-¿Y si nos tomamos la tarde de descanso?- propuse – Por el hecho de hacer siete u ocho tests menos y tomarnos un café no va a pasar nada.<br/>-Un buen plan con el que escabullirnos.- me contestó con una sonrisa en la cara.<br/>Fue el momento de mayor espontaneidad que he tenido con una mujer en mi vida. Y me sirvió para conocer a vuestra madre.<br/><br/><br/><br/><br/><br/><br/><br/>Esa noche salí con los amigos simplemente porque las ganas de quedarme en casa eran menores que las de salir.<br/>Fue una noche en la que hicimos las mismas cosas que hacíamos de adolescentes pero con una edad cercana a la treintena. Para cuando terminamos de beber en la calle raro era el que no estaba seriamente perjudicado. Luego tuvimos la típica discusión sobre a qué sitio entrar. Muchas eran las opciones y ninguno era el líder que dirigiese a la tropa a su destino. No me quedó más remedio que en erigirme como el cabecilla y encaminarnos dónde se me antojó.<br/>La misma cola insufrible de siempre. Los mismos porteros rumanos de siempre. La misma clavada con el precio de la entrada de siempre. Y una vez dentro todo igual que siempre. Todo menos ella.<br/>Era una mujer que me resultaba familiar. Trabajaba en el mismo bloque de oficinas en el que yo hice prácticas durante un año. A menudo me cruzaba con ella en el hall, o esperando uno de los ascensores. Eran solo segundos o en el mejor de los casos algún minuto pero no desaprovechaba el tiempo para recrearme mirándola.<br/>Y por puro azar estaba allí. Simplemente me acerqué a ella y le dije:<br/>-Perdona, ¿puedo hablar contigo?<br/>Ella dejó de bailar, asintió con la cabeza y comenzó a prestarme atención.<br/>-Verás no nos conocemos, pero durante un tiempo trabajamos en el mismo edificio. Me llamabas mucho la atención pero nunca intenté nada. Tengo ese defecto, que no me arriesgo por las cosas que me interesan. Luego dejé de trabajar allí y no te volví a ver hasta hoy. Y hoy no me permitiría no conocerte, porque si no te conociera hoy estaría eternamente enfadado conmigo mismo por no haberlo hecho. Supongo que ahora estarás muy sorprendida. No creo que nadie te haya entrado así nunca. Pero no quiero que te veas en la obligación de nada, ni presionada por nada así que me voy a limitar a apuntarte mi número de móvil. No tienes que llamarme si no quieres. Yo, al menos, he hecho lo suficiente como para acallar mi conciencia.<br/>Me fui del local sin darle tiempo a nada, aunque sinceramente se quedó con cara de no tener palabras. Cuando a los pocos días me llamó me dijo que, efectivamente, nadie la había entrado así, con ese respeto y sinceridad. Quería que nos viésemos para conocernos.<br/>Afortunadamente así conocí a vuestra madre.       <br/><br/><br/>Saludos<br/><br/>P.D.  Aquí está el post más largo que he escrito nunca.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Conversación de coche]]></title><link rel="¿Qué de qué?" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200711]]></issued><modified><![CDATA[200711]]></modified><created><![CDATA[200711]]></created><summary><![CDATA[Conversación de coche]]></summary><author><name><![CDATA[Ícaro]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Conversación de coche]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/quedeque/c_113.htm"><![CDATA[La conversación que estoy a punto de relataros es una de las muchas similares que ocurren frecuentemente en mi vida. Aunque cuando la leáis posiblemente penséis que realmente no ocurrió os aseguro que es totalmente verídica y yo era uno de los contertulios. Si que es verdad que las palabras no sean las exactas pero lo que voy a escribir es lo que se dijo en ese momento (palabra arriba, palabra abajo).<br/>Primero la situación. Iba con un amigo en su coche. Habíamos terminado las clases y volvíamos a casa. Bajábamos por una calle de dos carriles con dos direcciones. De repente, delante nuestra cruza un hombre corriendo con un casco de moto en la cabeza y un dvd en la mano. Este hombre había aparcado su moto en un lado de la calle y cruzaba a un videoclub situado en la acera contraria. Por supuesto cruzaba por donde no hay paso de peatones. Y en ese instante comencé esta conversación:<br/>- No ves el tío ese cruzando así por la cara. Y si estás descuidado y lo atropellas te buscas la ruina.<br/>- Por lo menos lleva el casco. Así se haría menos daño.<br/>- Eso si es verdad. Seguramente sea la manera más segura de atropellar a alguien que yo haya visto.<br/>- Como mucho podría partirse una pierna o un brazo al caer.<br/>- No creo, vamos lentos.- Tras decir esto empecé a calibrar que hubiera pasado si realmente lo hubiésemos arrollado involuntariamente y se me ocurrió lo siguiente- Lo que si podría pasar es que al no hacerse daño se levante, se quite el casco y empiece a golpear el coche con él y luego venga a darte también a ti.<br/>- ¡Qué va! Yo cojo la llave de los tornillos de las ruedas y listo.<br/>- Pero si el tío se levanta no te va a dar tiempo a quitarte el cinturón, salir del coche, abrir el maletero y sacar la llave. Le da tiempo a darte con el casco unas pocas de veces en ese tiempo.<br/>- ¡Qué va! Nada más atropellarle voy directamente al maletero a coger la llave.<br/>Como podéis comprobar la conversación iba desfasando poco a poco (sin ningún tipo de maldad, eso si) pero vi la escapatoria oportuna para zanjarla definitivamente:<br/>- Es decir tu idea es, delante de decenas de testigos, tanto peatones, como dependientes de tiendas e incluso pasajeros de otros coches, en caso de haber arrollado a esa persona, salir a toda prisa del coche para coger una llave de hierro por si el accidentado se levanta. No te dejaría en una buena situación ese modo de actuar.<br/>No le quedó más remedio que mirarme con cara de “has conseguido que me pille el toro” y con la sonrisa que todos conocemos.<br/>Saludos]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Historias]]></title><link rel="¿Qué de qué?" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200710]]></issued><modified><![CDATA[200710]]></modified><created><![CDATA[200710]]></created><summary><![CDATA[Historias]]></summary><author><name><![CDATA[Ícaro]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Historias]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/quedeque/c_112.htm"><![CDATA[Hoy os quiero hablar de un comportamiento social que tienen todos los grupos de seres humanos y en el que me vengo fijando desde hace tiempo con cierta curiosidad.<br/>La situación es esta: una persona cualquiera empieza a formar parte de un grupo de personas anteriormente formado. Estoy hablando de casos como presentar una novia a un grupo de amigos,  o a un compañero de trabajo al grupo de amigos del colegio y cosas por el estilo. En cualquiera de estos casos la persona que entra a formar parte de ese grupo va a tener que escuchar todas las anécdotas, historias, sucesos y aventuras que el grupo recuerde y considere oportunas contar. He de decir que no es necesario que se encuentre el grupo entero para que se de esta situación, basta con una mínima parte del grupo, es decir, dos personas para que empiecen a contar chascarrillos, pero el número de estos chascarrillos aumenta exponencialmente con cada persona del grupo que se añada a la conversación.<br/>Analizando detenidamente estos comportamientos he dilucidado todas las razones psicológicas que llevan a los dos agentes de estos intercambios (grupo y novato) a actuar así.<br/>Para el grupo tenemos dos razones para esta actitud. Por una parte es una especie de carta de presentación del grupo. Es como decir “Somos así y hacemos esto. Si quieres entrar tendrás que aguantar y formar parte de esto” Así se evitan problemas y falsos entendidos futuros. Como dice el refrán “el que avisa no es traidor” La otra razón es puramente promocional. Es como decir “Si entras te pasaran cosas tan divertidas/curiosas /extravagantes como estas. Yo no me las perdería” Esta es la misma razón por la cual cuando escuchamos por casualidad anécdotas o chistes de personas que no nos interesan no nos hacen gracia. Es sana rivalidad.<br/>Para el novato que quiere formar parte del grupo hay una sola posibilidad pero con dos variables: una de ellas exógena y la otra endógena. Esta persona escucha con interés estas historias porque realmente quiere formar parte del grupo. Ahora bien ese interés puede venir de sí mismo (endógenamente) o bien puede venir por querer contentar a alguno de los miembros del grupo (exógenamente). Si bien es verdad que el segundo de los casos es problemático ya que no es óptimo el tener que soportar algo por tener que contentar a alguien y no por deseo propio.<br/>A pesar de la peculiaridad de estos comportamientos he de decir que los considero muy apropiados porque demuestra interés por ambas partes en formar parte de un proyecto común a largo plazo.<br/>Por último una observación. Desconfiad de los grupos de personas que no cuentan historias: o bien tienen algo que ocultar o bien no les interesa la compañía de alguno de los contertulios.<br/>Saludos]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Instinto y educación]]></title><link rel="¿Qué de qué?" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/quedeque/atom.xml" title="¿Qué de qué?"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200710]]></issued><modified><![CDATA[200710]]></modified><created><![CDATA[200710]]></created><summary><![CDATA[Instinto y educación]]></summary><author><name><![CDATA[Ícaro]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Instinto y educación]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/quedeque/c_111.htm"><![CDATA[Hoy os voy a contar una historia real que me sucedió la semana pasada. No es relevante para mi vida pero fue una de esas veces en las que ves algo que llama poderosamente tu atención por lo sorprendente que es.<br/>El caso es que esta historia ocurrió cuando volvía a mi casa de la facultad en el coche de un amigo (ese JF). Por supuesto él conducía y yo iba en el asiento del copiloto. Un par de calles después de haber salido del aparcamiento de la universidad nos tuvimos que parar en un semáforo. Para que conozcáis todos los datos os describiré ese punto donde nos paramos. Era una calle de dos carriles cada uno de ellos con un sentido. Esta calle acaba en ese semáforo donde corta perpendicularmente a otra calle de dos carriles con un solo sentido, es decir, para más señas al pasar el semáforo teníamos que girar obligatoriamente hacia la derecha.<br/>Pues bien, estando parados en ese semáforo veo pasar a mi lado una niña de no más de 5 o 6 años corriendo hacia el paso de peatones. En ese momento me dio por mirar al semáforo de peatones y observé que ya estaba parpadeando para volver a cambiar a rojo. Fue justo entonces cuando ocurrió el hecho que me sorprendió mucho y gratamente. La niña al ver su semáforo parpadeando en vez de echar a correr para cruzarlo, con el cierto riesgo que ello conlleva (quien asegura que ningún conductor se saltará el semáforo en lo que la policía define como “semirojo”, que es ese momento en el que el semáforo de peatones ya ha cambiado a rojo pero el de los coches todavía no ha vuelto a verde) se quedó clavada en la acera esperando de nuevo el muñeco verde.<br/>Tal como yo lo veo el instinto de esa niña le decía que siguiera corriendo (como os he dicho anteriormente venía corriendo por la acera) y cruzase, que por otro lado es lo que una gran mayoría de nosotros hubiéramos hecho (me incluyo en esa mayoría). Sin embargo la educación de esa niña le hizo que parase en la acera por su seguridad y, secundariamente, por la seguridad de los demás.<br/>Además, me resulta curioso que, lo que hizo la niña que es la definición perfecta de “correcto” sea algo que me llamase la atención por lo extraño que es de ver e incluso de hacer.<br/>Esto si sería una buena campaña de seguridad vial.<br/>Saludos]]></content></entry></feed>
