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*QUITAPENAS *
MI AMARILLA VIDA ENTRE "JAPONESIDOS"... LOS DE LOS "OJITOS DE REGALO"
Acerca de
X: Periodista, Profesor de Comercio Internacional y Marketing, "Aviador de Pucheros", mitad torero, mitad samurai... En fin, un "toro bravo" perdido en los confines del Sol Naciente. Locations of visitors to this page
Sindicación
 
“Mis iconos preferidos”.

Las japos no suelen tener la parte de arriba muy desarrollada por eso estas dos, las hermanas Kano, Kyoko y Mika, aunque sean de silicona, me ponen a cien. Millonarias y solteras, que aspiran a casarse con otro “millonetis”… pero que todavia no conocen “la santisima gracia del matrimonio”… que yo les puedo dar. Ellas se lo pierden.


 
"Los lunes, descanso"... si me dejan.

Hoy es lunes. Generalmente, mi día de descanso, es el lunes. Es la una del mediodía y decido ir hasta mi oficina-academia, en Kawasaki, para hacer un poco de limpieza. Por el “shotengai”, la calle comercial de mi barrio, cercana a la estación, estrecha y muy larga, circula poca gente en estos momentos. A lo lejos veo una niña intentando apilar una caja de cartón sobre otro montón de cajas. Debe tener cinco o seis años. Según camino, la voy observando. Lanza la caja una y otra vez hacia arriba pero sin resultado. Vez que lanza, vez que vuelve a caer sobre ella. Cuando llego a su altura cojo la caja en el aire y, antes de que le caiga en la cabeza, la deposito sobre las otras. La niña, me mira agradecida y, arrodillándose, inclina su cabeza ante mi, tres largas e interminables veces. Su abuela, sentada dentro de su pequeño quiosco de golosinas, me sonrie y asiente. El saludo me recuerda una serie sobre samurais que hay en televisión por las tardes llamada “Mito Komon”. Samurai que no se arrodilla, samurai que se lleva una hostia.

Voy llegando a la estación y, por el lado opuesto de la calle, frente a mi, cruza una japonesa cincuentona ataviada con una minifalda vaquera, de escándalo, con dos preciosas piernas que te levantan el ánimo y alguna otra cosa más. De las de siete y sin sacarla. En un banco varias estudiantes de “koko”, instituto, tan gritonas como siempre, la miran descaradamente. Llevan minifalda a cuadros, más arriba de lo normal, como ellas solo saben hacerlo, para incitar y dar morbo, rebeca Ralph Laurent, lacito rojo, calientapiernas blancos y la bolsa de estudios con mil y un colgantes en su parte de atrás, junto al móvil. Se levantan y se dirigen a la estación, detrás de la cuarentona, observándola. Yo, el último, controlando a todas.



Por altavoz, se anuncia inminente la llegada del tren. El sonido lo delata. Las estudiantes echan a correr escalera arriba, poniéndose, dos de ellas, su bolsa escolar atrás, contra la falda, para que no se les pueda ver nada. La otra “kokonauta” pasa de tomar medidas, debajo lleva una malla tipo ciclista, corta y ajustada, azul. La cincuentona, en su intento de agilizar el paso, deja entrever todo lo que lleva y lo que no lleva, sin mirar atrás ni taparse. Yo asciendo los escalones de dos en dos, sin apartar la vista. Dos “salarymanes”, que regresan a su oficina, se quedan parados con la boca abierta, sin poder reaccionar, observando el prodigio de la madre naturaleza.

Entramos todos en el vagón de cabeza, junto a la escalera, apresuradamente. Las escolares y yo vamos de pie. Frente a nosotros, la escandalosa, sentada en los asientos especiales para embarazadas y jubilados.
Sabiendo que todos la estamos mirando cruza las gloriosas piernas. De pronto, me viene a la memoria, la imagen de la protagonista femenina de “Mito Komon”. En treinta y tantos años que lleva emitiéndose la serie, sale desnuda en todos los capitulos, siempre enseñando el pecho, del que va bien servida, y las estilizadas piernas, mientras toma el “ofuro” caliente en una antigua bañera de madera. La cincuentona minifaldera, es de esas. Yo voy a cien. El espectáculo dura nueve minutos, hasta la estación central de Yokohama, donde baja. Hoy los “panchiras”, mirabragas, se van a dar un gusto.

Las tres estudiantes se sientan en los asientos de jubilados. El tren casi circula vacío. Comienzan a contar billetes de diez mil yenes y hablan de “Vuitton” y “Prada”. Cada una tiene un buen manojo de billetes en sus manos, que seguro proceden del puterío encubierto del fin de semana en el barrio tokiota de Shibuya. Deben haber estado haciendo “felaciones” y otras “artes” durante todo el fin de semana. Es sabido, que una de cada cuatro escolares japonesas, practica este tipo de prostitución encubierta para costearse los gustos y gastos que sus padres, no pueden o, no quieren darles y, no ser apartadas del grupo de gente donde pululan habitualmente… “Si mis amigas lo hacen, yo tambien”.

Me bajo en la estación central de Kawasaki. A la salida, un “buscaputas”, aprendiz de mafioso (chimpira ), conversa con una chica para convertirla en “artista” y hacerla famosa. Ella, dubitativa. Al lado, un policía subido en un cajón, controla todo, pero ni se inmuta. Hace oidos sordos. Camino por el “shotengai” que me lleva a mi oficina, lleno de bicicletas aparcadas a la izquierda de la acera y lleno de tiendas y bares a la derecha, por el centro de la acera, frente a mi, caminan en ropa deportiva varios grupos de “masajistas” orientales de diversa procedencia: chinas, rusas, tailandesas, coreanas. Todas recien levantadas y duchadas, con el pelo mojado, oliendo a melocotón y fresa. Donde hay pelo hay alegría. Todas salen a comer. Y de pronto, bajo de mi nube y me digo: “Tu, cabrón, a limpiar la oficina”.

 
Hoy te vi dos veces.


Subo al tren. Dirección Yokohama. Son las 6,53 de la mañana, para no variar. Los mismos tipos y las mismas caras de siempre. Cada uno en su sitio dispuestos cual tablero de ajedrez. Nadie usurpa el terreno de nadie. Territorio conquistado tras dias de árdua lucha y empujones con otros viajeros. El tren se despereza lentamente y toma rumbo hacia la próxima estacion. La mañana es diáfana y soleada, inusual, para esta época de lluvias.

Nos acercamos a la siguiente estación y por un momento, a través de los cristales, te vislumbro claramente. Como una diosa, inmaculada y pétrea. Mientras, los rayos del sol, iluminan tu bella cara y ofrecen la visión de tu perfecta y estilizada silueta. Me olvido de todo, doy rienda suelta a mi imaginación y… comienzo a enamorarme. No consigo olvidarte durante el resto del día. Aunque seas un amor imposible y nunca me pertenezcas, continúo pensando en ti.

De regreso, por la tarde, sigo teniendo el mismo pensamiento. Tu imagen de vestal no me abandona. Llegamos a la estación donde te vi y, para sorpresa mía, apareces nuevamente. Los rayos del atardecer consiguen que tu belleza sea más real todavía. Tu perfil ahora se me antoja inolvidable. Cientos de atractivas chicas pululan por el andén pero no es lo mismo. Sin ti, desde hoy no sabría que hacer. Te quiero.
 
“Paella a la Oriental”… ( “Juaito Paeria” ).
“Paella a la Oriental”… ( “Juaito Paeria” ).

Como todos sabéis, la paella, es uno de los platos mas típicos de mi pais y conocida su presencia y exquisited en el mundo entero. Y, para hacerla correctamente, se han de seguir varios pasos correlativos. Si los seguimos todos, la paella sale de impresión. Si te olvidas de uno de los pasos pues… que sea lo que Dios quiera: “Si sale con barbas San Antón y sino pues La Purísima Concepción”, decímos en mi tierra.

Aquí, los japos la llaman “paeria” y es lo único que conocen de España junto con las palabras siguientes: toros, flamenco, olé, Gaudí y Barcelona 92. Siempre que he dado una clase de cocina lo primero que quieren hacer es la “paeria”. Habiendo miles de platos más sencillos, siempre quieren empezar por uno de los más complicados. Podrían empezar por la tortilla de patatas, los huevos fritos con chorizo y patatas, ensalada mixta, almejas a la marinera, mejillones en vinagreta, gazpacho, etc… cualquier plato básico, pero no. Por cojones que… “queremos aprender paeria”. Y es prácticamente imposible, llevarles la contraria. O la haces, o no hay clase.

Trabajando en un restaurante, donde hacía paellas para unas cuarenta personas todos los dias, en una ocasión, se me olvidó uno de los pasos más importantes: echar el “colorante” (azafrán molido) a la paella. El resultado, muy claro. Una paella más blanca que las sayas de una monja. Cuando la dueña la vio, se quedó blanca, petrificada… “Esto no se puede vender como paella, vaya estropicio”…Qué hacemos…?, me decía aterrorizada mientras me miraba a mi y, al mismo tiempo, al reloj de la pared.

Ya llegaba el momento de abrir el comedor a la clientela. Entonces, apareció en mi cabeza la idea ibérica, la de la provisionalidad, la de la chapuza, la solución hispana habitual de última hora: “Joder, vamos a venderla como paella blanca”. Llamé a la dueña y le dije: “cambia el cartel de la entrada y pon paella blanca, especial, sólo hoy”.
Mientras, salí a la puerta del restaurante a voz en grito: “White Paella, white paeria Only Today, Special” ( pronunciado a la japonesa: “juaito paeria, juaito paeria, only tudey, especiaru” ). La vendimos toda en veinte minutos. Bendita sea la ignorancia, pensaba yo.

Pero faltaba aún la guinda del día. Se acerca un estudiante japonés y me dice que “en su recipiente de paella hay un pelo”. Con un poquito de mala hostia, le digo: “No te preocupes, que no lo cobramos”… Miro el recipiente y, en efecto, hay un largo pelo, negro y duro como una escarpia – japonés, sin duda –, de la parte de abajo que más nos gusta de las mujeres. De quien sería, pensaba yo… Pero !! sólo quedaban tres granos de arroz… ii. Se lo había comido todo el cabroncete japonés. Total, que le dí a cambio, otro recipiente lleno de paella ( que había reservado para mí ) y le dije: “Si encuentras otro pelo te la vuelvo a cambiar”. Y me responde él: “No, ya no hace falta, ya no quiero más, con éste ya estaré lleno”… ii Será posible !! . Me sacó una paella por la cara y además, me quedé sin comer.