Ando perdida.
Se buscan pensamientos fugados que robaron un baúl lleno de encrucijadas aún no resueltas, vitales para que mis sentidos desarrollen a vagos sentimientos que duermen plácidamente tras las ideas psicópatas que atascadas en un charco de sentido común chillan ruedas, esperando a que un gramo de mi locura las ayude, cuando algún “constructor de mentes” decida recetarme Prozak, todas las mañanas, para olvidar el mar rato de nunca encontrar lo que pierdo.
Atentamente. Despistada con gafas de sol.
Atentamente. Despistada con gafas de sol.
Capítulo I: Mientras fui delicadamente joven.
-¿Sigues sin acordarte de mi? Venga, te lo digo… soy Ornella, la novia, bueno, ex novia de Lázaro. ¿Ahora?.
-Sí, sí… Ornella, la italiana… ¿ex novia?.
-Acabamos de discutir y he decidido ser su ex novia a partir de ahora mismo. –Volvió a beber acabando así el último vaso de la botella. Sin mediar palabra Oscar se acercó a la barra a pedir más.- ¿Quieres emborracharme?¿más?.
-Bien, es posible. Cuéntame que te ha hecho Lázaro para que estés así con él, yo no querría cometer el mismo error.
Oscar había urdido su plan mejor de lo que imaginaba, desde que vio a Ornella supo que era para él, no le cabía la menor duda, sólo tenía un problema, su buen amigo Lázaro. Pero lo conocía bien y sabía de que pie cojeaba. El plan era sencillo y a todas luces efectivo, muy efectivo, sólo tenía que poner un poco de Lázaro, un poco de Victoria –su siempre y predispuesta ex -, agitarlo, y ya estaba listo para servir. Hacía meses que no se veían y Oscar se encargó de poner a Victoria a tono la misma noche que Ornella los pilló en una situación comprometida. Encontrarla luego y hacerla para él era lo más fácil y lo estaba consiguiendo. El lema de Oscar siempre fue: “En el amor y en la guerra todo vale”, y lo cumplía siempre.
-Ahora el problema. -Dijo Ornella un poco afectada por el alcohol.- Es encontrar un sitio a donde ir, vivo en la casa de Lázaro y desde que estoy aquí sólo he hecho vida con él.
-Vente a mi casa, he estado unos años fuera de España, siempre prometo no volver y como verás vuelvo con asiduidad.
-¿Es una proposición indecente?.
-No, es muy decente, vente conmigo.
-Pero… Lázaro… es amigo tuyo.
-Mi lema es: en el amor y en la guerra todo vale. ¿Verdadero o falso?.
-Verdadero.
No fue muy complicado hacer que una Ornella despechada y ebria terminase rendida junto a Oscar maldiciendo a Lázaro y planteándose muy seriamente el comenzar una relación con él. Pero estaba muy dolida, tanto, que sin decírselo a Oscar estaba pensando en abandonar la palabra amor, el querer a alguien, no soportaba pasarlo mal, así que esa noche pensó un discurso que escupiría cada vez que alguien quisiera empezar una relación con ella. Quería comenzar una etapa de relaciones sin sentimientos, con todo lo que esto le podría desencadenar. Y Oscar iba a ser el primero en encontrarse a una nueva y despechada Ornella.
-Sí, sí… Ornella, la italiana… ¿ex novia?.
-Acabamos de discutir y he decidido ser su ex novia a partir de ahora mismo. –Volvió a beber acabando así el último vaso de la botella. Sin mediar palabra Oscar se acercó a la barra a pedir más.- ¿Quieres emborracharme?¿más?.
-Bien, es posible. Cuéntame que te ha hecho Lázaro para que estés así con él, yo no querría cometer el mismo error.
Oscar había urdido su plan mejor de lo que imaginaba, desde que vio a Ornella supo que era para él, no le cabía la menor duda, sólo tenía un problema, su buen amigo Lázaro. Pero lo conocía bien y sabía de que pie cojeaba. El plan era sencillo y a todas luces efectivo, muy efectivo, sólo tenía que poner un poco de Lázaro, un poco de Victoria –su siempre y predispuesta ex -, agitarlo, y ya estaba listo para servir. Hacía meses que no se veían y Oscar se encargó de poner a Victoria a tono la misma noche que Ornella los pilló en una situación comprometida. Encontrarla luego y hacerla para él era lo más fácil y lo estaba consiguiendo. El lema de Oscar siempre fue: “En el amor y en la guerra todo vale”, y lo cumplía siempre.
-Ahora el problema. -Dijo Ornella un poco afectada por el alcohol.- Es encontrar un sitio a donde ir, vivo en la casa de Lázaro y desde que estoy aquí sólo he hecho vida con él.
-Vente a mi casa, he estado unos años fuera de España, siempre prometo no volver y como verás vuelvo con asiduidad.
-¿Es una proposición indecente?.
-No, es muy decente, vente conmigo.
-Pero… Lázaro… es amigo tuyo.
-Mi lema es: en el amor y en la guerra todo vale. ¿Verdadero o falso?.
-Verdadero.
No fue muy complicado hacer que una Ornella despechada y ebria terminase rendida junto a Oscar maldiciendo a Lázaro y planteándose muy seriamente el comenzar una relación con él. Pero estaba muy dolida, tanto, que sin decírselo a Oscar estaba pensando en abandonar la palabra amor, el querer a alguien, no soportaba pasarlo mal, así que esa noche pensó un discurso que escupiría cada vez que alguien quisiera empezar una relación con ella. Quería comenzar una etapa de relaciones sin sentimientos, con todo lo que esto le podría desencadenar. Y Oscar iba a ser el primero en encontrarse a una nueva y despechada Ornella.
Capítulo II: Fue sencillo dispararles.
-Bien, he tomado una determinación. –Bebió de nuevo directamente de la botella.- Nunca me enamoro pero aún así soy fiel a quien me acompaña, nunca esperes de mí nada, yo lo que te de será poco, pero bueno. No estoy buscando a nadie con quien estar, si alguna vez te arrepientes piensa que fue decisión tuya y ten cuidado cómo me dejas… puedo llegar a ser una zorra vengativa.
-De acuerdo, pero aún no has dejado a Lázaro.
-¡Qué se deje él solito! ¿Dónde vives?.
Se cansaron demasiado pronto de vivir en España, Oscar tuvo algunos problemas y no dudaron en mudarse, pensaron en viajar, pero una noche, un par de semanas antes de irse, Ornella soñó con Grecia, que era el primer lugar de destino, y le pidió reiteradamente a Oscar que vivieran allí, quería quedarse en Atenas, según decía Ornella, fue un sueño de buenos augurios. Oscar no podía negarle nada, y al final tuvo que trasladar su azaroso trabajo a Grecia, le costó mucho, distintos bandos crecían en ella y un español tenía que ser bien considerado para instalar un negocio como el de Oscar, y que diese resultados positivos. Pero la vida en Atenas, aunque ajetreada era beneficiosa para Oscar y pasaban el tiempo en una muy buena esfera social.
Para Ornella la vida con Oscar no era más que beber, salir, amarse sólo de noche y pelearse, aún así se divertía, pensaba que quizás fuera la horma de su zapato y que con él podría vivir siempre en aquella dinámica, pues le parecía inmensamente divertido ya que las peleas normalmente eran de él a ella, pero llegó el día en que no le parecieron tan divertidas.
-No vuelvas a hacer eso Oscar. –Dijo Ornella con tono calmado y bebiendo de nuevo de la copa que sostenía en su mano.
-¿El que? No te entiendo.
-Claro que me entiendes. –Gritó.
-Aquí no me grites, delante de esta gente no. –Le susurró agarrándole el brazo fuertemente.
-Pues no hagas el tonto con la rubia esa. –Le dijo en tono bajo y mirándole directamente a los ojos.
-Puedo hacer lo que me venga en gana, no me quieres, lo nuestro es sólo que es, ¿no Ornella?. Sino ¿de qué te pones celosa?.
-No son celos, es sólo posesión, dijimos que fidelidad a nuestra relación…
La discusión terminó en gritos, los gritos en vuelos no permitidos de cristales que anteriormente fueron vasos. Ornella se fue furiosa anunciando que esa noche no dormiría en casa y menos aún con él. Pero la noche no fue como ella hubiese querido y al final acabó entrando por la puerta del apartamento que tenía con Oscar. Con el rabo entre los cuernos entró anunciándose dulcemente a las paredes vacías de personas. Tras el primer momento de parecer la niña más buena del colegio se irritó al descubrir que Oscar no dormía allí. Intentó tranquilizarse dándose un buen baño, pero eran las cinco y no había vuelto. Cuando estuvo lista para irse a la cama eran las 5 y media, no podía dormir. A las seis menos cinco un rumor de llaves acosaba la puerta y Ornella se levantó dispuesta a gritarle a Oscar todas las verdades y mentiras que había pensado, pero cual fue su sorpresa cuando observó que no entraba solo, otra sombra, muda, le seguía los pasos. Se escondió tras la puerta de su habitación para observarlos, en silencio, estática, esperando una confesión de infidelidad para salir como de la nada y entonces quizás comenzar otra guerra…
-¿No estará en casa?. –Susurró una voz masculina que hizo calamarse a Ornella tras la puerta, pero no que saliese a saludar.
-No creo, sino ya hubiese salido hecha una furia, la conozco bien, pensarías que tú eres una mujer cualquiera…
-Debes deshacerte de ella, es sólo un peligro, una amenaza, con ese carácter podría estropearlo todo, y, Oscar, llevamos dos años en esto.
-Ello no sabe nada, te dije que no la metería en un asunto como este, ya la conozco y sé como es…
-De todas formas has de deshacerte de ella, sólo nos trae problemas. ..
-Está bien.
“¿Está bien?” pensó Ornella, conociendo a Oscar no sabía lo que era capaz de hacer, estuvo en las sombras un rato hasta que vio que encendieron luces y se sentaron a hablar y a beber, su conversación les importaba poco. Ahora podía hacer algo de ruido y se dispuso a recoger la poca ropa que pudiese, un abrigo y dinero. Pero no sabía bien como salir de allí, recordó vagamente como una vez Oscar guardaba un arma en un doble fondo de su mesilla, la escondió rápido y no le dijo nada, quizás seguiría allí.
-¿Qué…? –No pudo articular más palabra, Ornella le había disparado, en un hombro. Sabía bien como utilizar armas, quizás por eso Oscar decidió esconderla.
-Ornella, ¿Qué haces? ¿Has estado escuchando…?. –Dijo Oscar muy calmado.
-Deshacerte de mí, ¿eso pensabas?. No muchacho. –Y finalmente terminó disparando a Oscar.
“Sabes que nunca lo haría así” escuchó mientras corría escaleras abajo, había visto muchas películas y llevaba guantes por precaución. Decidió tirar el arma en una papelera alejada, justo antes de entrar en un taxi con camino al aeropuerto. Una vez allí compró el billete del avión que más raudo despegaba para poder escapar de Oscar. Decidió relajarse mojándose la cara y pensó en cambiarse para no parecer una fugitiva.
-De acuerdo, pero aún no has dejado a Lázaro.
-¡Qué se deje él solito! ¿Dónde vives?.
Se cansaron demasiado pronto de vivir en España, Oscar tuvo algunos problemas y no dudaron en mudarse, pensaron en viajar, pero una noche, un par de semanas antes de irse, Ornella soñó con Grecia, que era el primer lugar de destino, y le pidió reiteradamente a Oscar que vivieran allí, quería quedarse en Atenas, según decía Ornella, fue un sueño de buenos augurios. Oscar no podía negarle nada, y al final tuvo que trasladar su azaroso trabajo a Grecia, le costó mucho, distintos bandos crecían en ella y un español tenía que ser bien considerado para instalar un negocio como el de Oscar, y que diese resultados positivos. Pero la vida en Atenas, aunque ajetreada era beneficiosa para Oscar y pasaban el tiempo en una muy buena esfera social.
Para Ornella la vida con Oscar no era más que beber, salir, amarse sólo de noche y pelearse, aún así se divertía, pensaba que quizás fuera la horma de su zapato y que con él podría vivir siempre en aquella dinámica, pues le parecía inmensamente divertido ya que las peleas normalmente eran de él a ella, pero llegó el día en que no le parecieron tan divertidas.
-No vuelvas a hacer eso Oscar. –Dijo Ornella con tono calmado y bebiendo de nuevo de la copa que sostenía en su mano.
-¿El que? No te entiendo.
-Claro que me entiendes. –Gritó.
-Aquí no me grites, delante de esta gente no. –Le susurró agarrándole el brazo fuertemente.
-Pues no hagas el tonto con la rubia esa. –Le dijo en tono bajo y mirándole directamente a los ojos.
-Puedo hacer lo que me venga en gana, no me quieres, lo nuestro es sólo que es, ¿no Ornella?. Sino ¿de qué te pones celosa?.
-No son celos, es sólo posesión, dijimos que fidelidad a nuestra relación…
La discusión terminó en gritos, los gritos en vuelos no permitidos de cristales que anteriormente fueron vasos. Ornella se fue furiosa anunciando que esa noche no dormiría en casa y menos aún con él. Pero la noche no fue como ella hubiese querido y al final acabó entrando por la puerta del apartamento que tenía con Oscar. Con el rabo entre los cuernos entró anunciándose dulcemente a las paredes vacías de personas. Tras el primer momento de parecer la niña más buena del colegio se irritó al descubrir que Oscar no dormía allí. Intentó tranquilizarse dándose un buen baño, pero eran las cinco y no había vuelto. Cuando estuvo lista para irse a la cama eran las 5 y media, no podía dormir. A las seis menos cinco un rumor de llaves acosaba la puerta y Ornella se levantó dispuesta a gritarle a Oscar todas las verdades y mentiras que había pensado, pero cual fue su sorpresa cuando observó que no entraba solo, otra sombra, muda, le seguía los pasos. Se escondió tras la puerta de su habitación para observarlos, en silencio, estática, esperando una confesión de infidelidad para salir como de la nada y entonces quizás comenzar otra guerra…
-¿No estará en casa?. –Susurró una voz masculina que hizo calamarse a Ornella tras la puerta, pero no que saliese a saludar.
-No creo, sino ya hubiese salido hecha una furia, la conozco bien, pensarías que tú eres una mujer cualquiera…
-Debes deshacerte de ella, es sólo un peligro, una amenaza, con ese carácter podría estropearlo todo, y, Oscar, llevamos dos años en esto.
-Ello no sabe nada, te dije que no la metería en un asunto como este, ya la conozco y sé como es…
-De todas formas has de deshacerte de ella, sólo nos trae problemas. ..
-Está bien.
“¿Está bien?” pensó Ornella, conociendo a Oscar no sabía lo que era capaz de hacer, estuvo en las sombras un rato hasta que vio que encendieron luces y se sentaron a hablar y a beber, su conversación les importaba poco. Ahora podía hacer algo de ruido y se dispuso a recoger la poca ropa que pudiese, un abrigo y dinero. Pero no sabía bien como salir de allí, recordó vagamente como una vez Oscar guardaba un arma en un doble fondo de su mesilla, la escondió rápido y no le dijo nada, quizás seguiría allí.
-¿Qué…? –No pudo articular más palabra, Ornella le había disparado, en un hombro. Sabía bien como utilizar armas, quizás por eso Oscar decidió esconderla.
-Ornella, ¿Qué haces? ¿Has estado escuchando…?. –Dijo Oscar muy calmado.
-Deshacerte de mí, ¿eso pensabas?. No muchacho. –Y finalmente terminó disparando a Oscar.
“Sabes que nunca lo haría así” escuchó mientras corría escaleras abajo, había visto muchas películas y llevaba guantes por precaución. Decidió tirar el arma en una papelera alejada, justo antes de entrar en un taxi con camino al aeropuerto. Una vez allí compró el billete del avión que más raudo despegaba para poder escapar de Oscar. Decidió relajarse mojándose la cara y pensó en cambiarse para no parecer una fugitiva.
Capítulo III: De Skiathos a Toulouse.
Se encontraba en el los aseos del aeropuerto de Atenas, temblando, asustada y con las manos en su cara. No sabía bien lo que estaba haciendo, pero había una cosa que nunca había perdido: la compostura. Se lavó bien la cara, se arregló el pelo y buscó en su bolso el billete que acababa de comprar, no recordaba bien a donde, pues lo único que quería era salir de allí lo mas rápido posible y lo hacía en pocos minutos hacía… “¿Qué narices es Skiathos?” pensó mientras leía el destino, pero al fin y al cabo le daba igual, seguro que en esa isla estaría más segura.
Al poco tiempo de estar en esperando sonó el último aviso para los pasajeros de su vuelo, ¿lo habían avisado más veces?, no estaba segura. Corrió pasillo abajo, por el simple hecho de sentirse libre sintiendo la mínima velocidad que le daba transitar aprisa. Al llegar al avión se situó al lado de la ventana, tal y como había pedido, y al sentarse recordó el pánico que tiene a volar, así que estuvo esperando ver a alguna azafata para que le diera algo, no hubo suerte, pues todas repetían la misma oración, como si en misa estuviesen: “Pónganse los cinturones”, así que el avión despegó y Ornella se agarró a lo que tenía mas a mano para sentirse segura. De lo que no se percató fue de estar sujetando la mano de la persona que tenía a su lado.
-¿Miedo a volar? –Dijo el pasajero una vez le soltaran la mano.
-¿Qué?.
-¿Qué si tiene usted miedo a volar?. Pues me ha cogido la mano y la ha apretado.
-Perdone, yo no sabía… -Su compañero de viaje comenzó a reírse, y ella no pudo dejarle solo, así que rió con él.
-Me llamo Ornella.
-Yo Eras, ¿de dónde eres Ornella?.
-De todas partes, ¿y tú?.
-Siendo menos original que tú, te diré que soy griego. ¿A qué vas a Skiathos?.
-No lo se bien, la verdad, a visitarla, supongo.
-Eres una mujer interesante, te invito esta noche a cenar, dime en que hotel te hospedas y yo pasaré a por ti.
-Aún no lo se, así que en el mismo que tú. –Se quedó pensando un instante.- Nunca me enamoro pero aún así soy fiel a quien me acompaña, nunca esperes de mí nada, yo lo que te de será poco, pero bueno. No estoy buscando a nadie con quien estar, si alguna vez te arrepientes piensa que fue decisión tuya y ten cuidado cómo me dejas… puedo llegar a ser una zorra vengativa. ¿Lo entiendes?.
-Claro, pero si esto me lo dices cuando vamos a cenar… recuérdame que no te pida en matrimonio.
-Da igual, no aceptaría.
Mientras Eras subía las maletas, Ornella le hacía fotos a su nuevo hogar en Toulouse, desde que se encontraron en el avión habían pasado dos años muy largos. Decidieron conocer mundo, ir a lugares donde Orenalla nunca hubiese estado, aunque era difícil. Ella añoraba Italia, pero no quería volver, Eras nunca le puso oposición a la hora de cambiar de lugar, y Francia siempre le parecía buena idea. En su estrafalaria relación no habían mentiras, pero si secretos, la vida de Ornella era para Eras total oscuridad, en estos dos años, casi tres, se negaba a hablar de tiempos anteriores a él.
-¿Más vino?. –Ornella asintió con la cabeza y Eras le repuso la copa.- Brindemos por nosotros, por nuestra primera noche en Toulouse y por conocerte un poco mejor.
-¿Conocerme un poco mejor? ¿Qué parte de mí no conoces todavía?. –Acto seguido brindaron y se volvieron a sentar en un suelo desierto de muebles.
-Físicamente las conozco todas, muy bien, por cierto. Pero nunca quieres hablarme de nada anterior al avión, sabes que no voy a insistir.
-Esta es tu noche, me has pillado contenta, la casa me encanta, no hay nada que me guste más que una bonita casa. –Se hizo el silencio.- Como veo que no preguntas nada te haré un resumen: nací en Italia, Florencia, un sitio maravilloso para nacer. Crecí en diferentes lugares de la geografía italiana, es el problema de tener padres profesores. A los 18 años salí de casa y conocí a la única persona a la que he querido: Lázaro, le deje a los cuatro años, problemas espirituales, llamémoslo así. Tras él me lié con uno de sus amigos: Oscar. –Esbozó una sonrisa.- Se acordará de mí, fueron tres buenos años, muy buenos pero al final me traicionó, fue sencillo dispararles, lo único que realmente dolió fue tener que abandonar aquel maravilloso apartamento. -Dijo friamente, mientras Eras la miraba sin sorprenderse, era un comentario muy propio de ella.- Y aquí entras tú, mi Eras, lo demás ya lo sabes.
-Interesante, según tu progresión aritmética con los hombres a mi me queda poco tiempo, pues con Lázaro fueron cuatro años, con Oscar tres y conmigo llevas dos casi tres, ¿me queda poco tiempo?.
-Ninguno como sigas diciendo tonterías.
-Bueno así que una vez quisiste a un hombre, me alegro. -No le dio más importancía pues otra cosa llamó su atención.- ¿Cuánto tiempo había pasado desde que dejaste a Oscar, hasta que me viste a mi en el avión?.
-Déjame pensar… unas cuatro horas.
Los vecinos de su apartamento ya estaban acostumbrados a constantes peleas entre Ornella y Eras, esta vez no era diferente al resto, gritos y risas fuertes, era una pareja bastante extraña, o al menos eso pensaba su edificio. Mientras Eras exponía el que sabía era su último alegato a una vida normal, pensaba: “Es ahora cuando me dices lo mismo de siempre “Tú lo quisiste así” y me pegarás un portazo en mis narices, sólo quiero una vida normal Ornella, sólo quiero eso”.
Al poco tiempo de estar en esperando sonó el último aviso para los pasajeros de su vuelo, ¿lo habían avisado más veces?, no estaba segura. Corrió pasillo abajo, por el simple hecho de sentirse libre sintiendo la mínima velocidad que le daba transitar aprisa. Al llegar al avión se situó al lado de la ventana, tal y como había pedido, y al sentarse recordó el pánico que tiene a volar, así que estuvo esperando ver a alguna azafata para que le diera algo, no hubo suerte, pues todas repetían la misma oración, como si en misa estuviesen: “Pónganse los cinturones”, así que el avión despegó y Ornella se agarró a lo que tenía mas a mano para sentirse segura. De lo que no se percató fue de estar sujetando la mano de la persona que tenía a su lado.
-¿Miedo a volar? –Dijo el pasajero una vez le soltaran la mano.
-¿Qué?.
-¿Qué si tiene usted miedo a volar?. Pues me ha cogido la mano y la ha apretado.
-Perdone, yo no sabía… -Su compañero de viaje comenzó a reírse, y ella no pudo dejarle solo, así que rió con él.
-Me llamo Ornella.
-Yo Eras, ¿de dónde eres Ornella?.
-De todas partes, ¿y tú?.
-Siendo menos original que tú, te diré que soy griego. ¿A qué vas a Skiathos?.
-No lo se bien, la verdad, a visitarla, supongo.
-Eres una mujer interesante, te invito esta noche a cenar, dime en que hotel te hospedas y yo pasaré a por ti.
-Aún no lo se, así que en el mismo que tú. –Se quedó pensando un instante.- Nunca me enamoro pero aún así soy fiel a quien me acompaña, nunca esperes de mí nada, yo lo que te de será poco, pero bueno. No estoy buscando a nadie con quien estar, si alguna vez te arrepientes piensa que fue decisión tuya y ten cuidado cómo me dejas… puedo llegar a ser una zorra vengativa. ¿Lo entiendes?.
-Claro, pero si esto me lo dices cuando vamos a cenar… recuérdame que no te pida en matrimonio.
-Da igual, no aceptaría.
Mientras Eras subía las maletas, Ornella le hacía fotos a su nuevo hogar en Toulouse, desde que se encontraron en el avión habían pasado dos años muy largos. Decidieron conocer mundo, ir a lugares donde Orenalla nunca hubiese estado, aunque era difícil. Ella añoraba Italia, pero no quería volver, Eras nunca le puso oposición a la hora de cambiar de lugar, y Francia siempre le parecía buena idea. En su estrafalaria relación no habían mentiras, pero si secretos, la vida de Ornella era para Eras total oscuridad, en estos dos años, casi tres, se negaba a hablar de tiempos anteriores a él.
-¿Más vino?. –Ornella asintió con la cabeza y Eras le repuso la copa.- Brindemos por nosotros, por nuestra primera noche en Toulouse y por conocerte un poco mejor.
-¿Conocerme un poco mejor? ¿Qué parte de mí no conoces todavía?. –Acto seguido brindaron y se volvieron a sentar en un suelo desierto de muebles.
-Físicamente las conozco todas, muy bien, por cierto. Pero nunca quieres hablarme de nada anterior al avión, sabes que no voy a insistir.
-Esta es tu noche, me has pillado contenta, la casa me encanta, no hay nada que me guste más que una bonita casa. –Se hizo el silencio.- Como veo que no preguntas nada te haré un resumen: nací en Italia, Florencia, un sitio maravilloso para nacer. Crecí en diferentes lugares de la geografía italiana, es el problema de tener padres profesores. A los 18 años salí de casa y conocí a la única persona a la que he querido: Lázaro, le deje a los cuatro años, problemas espirituales, llamémoslo así. Tras él me lié con uno de sus amigos: Oscar. –Esbozó una sonrisa.- Se acordará de mí, fueron tres buenos años, muy buenos pero al final me traicionó, fue sencillo dispararles, lo único que realmente dolió fue tener que abandonar aquel maravilloso apartamento. -Dijo friamente, mientras Eras la miraba sin sorprenderse, era un comentario muy propio de ella.- Y aquí entras tú, mi Eras, lo demás ya lo sabes.
-Interesante, según tu progresión aritmética con los hombres a mi me queda poco tiempo, pues con Lázaro fueron cuatro años, con Oscar tres y conmigo llevas dos casi tres, ¿me queda poco tiempo?.
-Ninguno como sigas diciendo tonterías.
-Bueno así que una vez quisiste a un hombre, me alegro. -No le dio más importancía pues otra cosa llamó su atención.- ¿Cuánto tiempo había pasado desde que dejaste a Oscar, hasta que me viste a mi en el avión?.
-Déjame pensar… unas cuatro horas.
Los vecinos de su apartamento ya estaban acostumbrados a constantes peleas entre Ornella y Eras, esta vez no era diferente al resto, gritos y risas fuertes, era una pareja bastante extraña, o al menos eso pensaba su edificio. Mientras Eras exponía el que sabía era su último alegato a una vida normal, pensaba: “Es ahora cuando me dices lo mismo de siempre “Tú lo quisiste así” y me pegarás un portazo en mis narices, sólo quiero una vida normal Ornella, sólo quiero eso”.
Capítulo IV: Un café con leche descafeinado, por favor.
“Tú lo quisiste así” sonó poco antes de un estrepitoso portazo que hizo temblar los cimientos de esa débil relación. Pero no era la primera vez, y ninguno de los dos la tomó como la última. Ornella bajó rápidamente los tres pisos que la separaban del suelo, para callejear buscando una cafetería que últimamente visitaba mucho, situada cuatro calles abajo. Pasaba siempre por allí tras alguna pelea con Eras, en estos meses casi todos los días. Iba siempre ataviada con un poco de dinero, una vieja agenda y un bolígrafo negro, siempre tomaba lo mismo: “Un café con leche descafeinado, por favor”, el camarero nunca había escuchado mas palabras salir de su boca, tras poner el café en la mesa ella pasaba horas ensuciando papeles y al final se iba, para volver a los pocos días.
-Buenas tardes mademoiselle, ¿puedo sentarme a su lado?.
-Chevalier, tome asiento. –Dijo levantando una ceja y volviendo a sus papeles.
-Pasaba por aquí y la he visto, todas las cafeterías de este lugar son iguales, todas con alguna mesa fuera, da igual lo estrecha o amplia que sea la calle, sabía que tú no soportarías eso, todavía no entiendo tu fobia a las terrazas. –Llegó el camarero para saber qué quería, pidió un solo y continuó con su monólogo.- No se porqué nunca te imaginé en Toulouse, tampoco pensé que pudieses vivir en ella tres años. –Con esta última frase logró captar la atención de su interlocutora, hasta entonces enfrascada en su ajada agenda.
-¿Qué te ha traído hasta aquí?.
-Cuestiones de trabajo.
-Gracias por venir a verme, estoy bien.
-Lo se, andas ocupada con ese… llamémosle acompañante. ¿Hace cuanto tiempo que lo llevas colgado de tus llaves?. –Ambos se rieron levemente, y se quedaron callados mientras ella pensaba su respuesta.
-Pues… cuatro o cinco años, no estoy muy segura, él lleva las cuentas, se empeña en hacerlo, y mira que es absurdo pues…
-¡Oh no! Mi vieja Ornella vuelve a la carga. No me vengas con tus cuentos de “Odio al amor” y “Guerra abierta a los sentimientos”, -dijo intentando imitar su voz- ya no engañas a nadie, mírate eres lo suficientemente joven como para ser adorada por cualquier hombre, pero no lo extremadamente vieja como para retenerlos a tu lado.
-Yo no quiero engañar a nadie, Oscar, y menos a ti, que ya ni me importas. ¿O no te lo dejó bien claro mi regalo de despedida?.
-Querida ya no me llamo Oscar...
-No me importa, para mí siempre serás Oscar.
-Y tu regalo de despedida… doloroso, pero esta olvidado. Todo fue un malentendido, sin rencor Ornella, ¿te sigues llamando así?.
-Por supuesto, por cierto ¿con cual de tus múltiples personalidades estoy hablando?.
-Muy graciosa, muy graciosa. –Le contestó mientras hacía amagos de reírse.
-¿Qué quieres Oscar? Tú nunca apareces sin razón.
-¿Recuerdas cuando nos conocimos?. Siempre te ha gustado restregarme que dejaste al único hombre al que has amado en toda tu vida por mí, que ironía, yo siempre te llamaba idiota por dejarlo. Aún no lo entiendo, cuando te conocí te habías peleado con él, como supongo que ha pasado hoy con tu joven amante. Estabas sentada en un bar bebiendo cualquier cosa que cayese en tus manos, más o menos como ahora, y así fue como me gané tu confianza, siempre te ha gustado beber mas que nadie. Al poco tiempo descubrí que eras la novia, a la cual había visto una vez, del bueno de Lázaro. Un sarcasmo del destino, mi buen amigo, el que nunca me había traicionado, y mira que es fácil hacerlo, y tentador. Me dio igual, yo sí le traicioné, me quedé contigo, y sigues siendo para mí. Pronto te darás cuenta. –Se encendió un cigarrillo, para proseguir preguntando.- ¿Sigues soltando el mismo discursito? ¿El que terminaba cuando te autollamabas “zorra vengativa”? Que acertada calificación.
-Lo se, gracias. Me conozco bien, todo esto ¿para qué?. –Mientras preguntaba, Oscar saco unos papeles de su chaqueta y los puso encima de la mesa.
-Es un billete para España, ven conmigo, son para hoy a las diez de la noche, tienes cuatro horas. –Empezó a levantarse del asiento.
-¿España? Tú no querías volver, es mas juraste no volver.
-La tierra tira. Nos vemos esta noche.
Oscar desapareció entre las espesas y pequeñas calles de Toulouse. Orenella se terminó el café, arrancó una página de su diario y comenzó a escribir rápidamente, al final terminó por tirarlo y volver a casa. Una vez allí, como era de esperar Eras no estaba, empezó a recoger todas sus cosas, que siempre eran pocas, no le gustaba tener aprecio a nada. Una vez hubo recogido todo se dirigió a la puerta, pero antes vio que le sobraba tiempo, al menos, para una última despedida. Así que se sentó en la mesa que reinaba en el salón y comenzó a escribir:
Mi queridísimo Eras, eres el único hombre que conozco que no se merece esto, por eso te escribo esta carta. No se bien como explicártelo, mejor que lo diga sin contemplaciones. Sabes que nunca te he querido, sabes que no suelo mentir, pero os he mentido a muchos, no es el caso ahora. Siento dejar esta vida contigo así, tan pronto y sin esperarlo, no lo esperaba, te lo prometo, yo pensaba volver a casa y que ocurriese lo de siempre, pero quizás sea mejor de esta manera, no llegábamos nunca a ningún sitio, ya lo sabes, lo sabemos los dos. No me busques, se que no lo harás, cuando lo leas ya estaré lejos y acompañada, yo no esperaba volverlo a ver. Pero las cosas han cambiado. Sabes que mientras fui delicadamente joven…
-Buenas tardes mademoiselle, ¿puedo sentarme a su lado?.
-Chevalier, tome asiento. –Dijo levantando una ceja y volviendo a sus papeles.
-Pasaba por aquí y la he visto, todas las cafeterías de este lugar son iguales, todas con alguna mesa fuera, da igual lo estrecha o amplia que sea la calle, sabía que tú no soportarías eso, todavía no entiendo tu fobia a las terrazas. –Llegó el camarero para saber qué quería, pidió un solo y continuó con su monólogo.- No se porqué nunca te imaginé en Toulouse, tampoco pensé que pudieses vivir en ella tres años. –Con esta última frase logró captar la atención de su interlocutora, hasta entonces enfrascada en su ajada agenda.
-¿Qué te ha traído hasta aquí?.
-Cuestiones de trabajo.
-Gracias por venir a verme, estoy bien.
-Lo se, andas ocupada con ese… llamémosle acompañante. ¿Hace cuanto tiempo que lo llevas colgado de tus llaves?. –Ambos se rieron levemente, y se quedaron callados mientras ella pensaba su respuesta.
-Pues… cuatro o cinco años, no estoy muy segura, él lleva las cuentas, se empeña en hacerlo, y mira que es absurdo pues…
-¡Oh no! Mi vieja Ornella vuelve a la carga. No me vengas con tus cuentos de “Odio al amor” y “Guerra abierta a los sentimientos”, -dijo intentando imitar su voz- ya no engañas a nadie, mírate eres lo suficientemente joven como para ser adorada por cualquier hombre, pero no lo extremadamente vieja como para retenerlos a tu lado.
-Yo no quiero engañar a nadie, Oscar, y menos a ti, que ya ni me importas. ¿O no te lo dejó bien claro mi regalo de despedida?.
-Querida ya no me llamo Oscar...
-No me importa, para mí siempre serás Oscar.
-Y tu regalo de despedida… doloroso, pero esta olvidado. Todo fue un malentendido, sin rencor Ornella, ¿te sigues llamando así?.
-Por supuesto, por cierto ¿con cual de tus múltiples personalidades estoy hablando?.
-Muy graciosa, muy graciosa. –Le contestó mientras hacía amagos de reírse.
-¿Qué quieres Oscar? Tú nunca apareces sin razón.
-¿Recuerdas cuando nos conocimos?. Siempre te ha gustado restregarme que dejaste al único hombre al que has amado en toda tu vida por mí, que ironía, yo siempre te llamaba idiota por dejarlo. Aún no lo entiendo, cuando te conocí te habías peleado con él, como supongo que ha pasado hoy con tu joven amante. Estabas sentada en un bar bebiendo cualquier cosa que cayese en tus manos, más o menos como ahora, y así fue como me gané tu confianza, siempre te ha gustado beber mas que nadie. Al poco tiempo descubrí que eras la novia, a la cual había visto una vez, del bueno de Lázaro. Un sarcasmo del destino, mi buen amigo, el que nunca me había traicionado, y mira que es fácil hacerlo, y tentador. Me dio igual, yo sí le traicioné, me quedé contigo, y sigues siendo para mí. Pronto te darás cuenta. –Se encendió un cigarrillo, para proseguir preguntando.- ¿Sigues soltando el mismo discursito? ¿El que terminaba cuando te autollamabas “zorra vengativa”? Que acertada calificación.
-Lo se, gracias. Me conozco bien, todo esto ¿para qué?. –Mientras preguntaba, Oscar saco unos papeles de su chaqueta y los puso encima de la mesa.
-Es un billete para España, ven conmigo, son para hoy a las diez de la noche, tienes cuatro horas. –Empezó a levantarse del asiento.
-¿España? Tú no querías volver, es mas juraste no volver.
-La tierra tira. Nos vemos esta noche.
Oscar desapareció entre las espesas y pequeñas calles de Toulouse. Orenella se terminó el café, arrancó una página de su diario y comenzó a escribir rápidamente, al final terminó por tirarlo y volver a casa. Una vez allí, como era de esperar Eras no estaba, empezó a recoger todas sus cosas, que siempre eran pocas, no le gustaba tener aprecio a nada. Una vez hubo recogido todo se dirigió a la puerta, pero antes vio que le sobraba tiempo, al menos, para una última despedida. Así que se sentó en la mesa que reinaba en el salón y comenzó a escribir:
Mi queridísimo Eras, eres el único hombre que conozco que no se merece esto, por eso te escribo esta carta. No se bien como explicártelo, mejor que lo diga sin contemplaciones. Sabes que nunca te he querido, sabes que no suelo mentir, pero os he mentido a muchos, no es el caso ahora. Siento dejar esta vida contigo así, tan pronto y sin esperarlo, no lo esperaba, te lo prometo, yo pensaba volver a casa y que ocurriese lo de siempre, pero quizás sea mejor de esta manera, no llegábamos nunca a ningún sitio, ya lo sabes, lo sabemos los dos. No me busques, se que no lo harás, cuando lo leas ya estaré lejos y acompañada, yo no esperaba volverlo a ver. Pero las cosas han cambiado. Sabes que mientras fui delicadamente joven…
Capítulo V: Una inesperada despedida.
…mientras fui delicadamente joven –de alma, no de cuerpo- pensaba en no perder una sola oportunidad, acoger en mi las posibilidades y exprimirlas, pero elegir es arte de sabios, y difícilmente se aprende de errores, si no los ves. Como sabes muchos nombres ha tenido, no se bien como se llamará ahora. A mi me sigue gustando Oscar, y así fue como le conocí y así fue como le llamé, cuando nos vimos. Sabrás cuidarte Eras. Lo se.
Ornella.
Eras arrugó el papel, atónito se quedó pensativo. Tiró la carta al suelo y se sentó en el sillón más cercano a recapacitar, imposible, le parecía una de las mayores locuras que había hecho hasta hoy su única amante. Desde el día que le dijo: “Fue sencillo dispararles, lo único que realmente dolió fue tener que abandonar aquel maravilloso apartamento…” empezó a quererla. ¿Dónde estaba aquella mujer de hielo?. Esa carta no podía ser de ella, no parecía la mujer con la que compartió años de sólo ser amantes, pues ella le dijo que sólo tenía un principio: Nunca enamorarse. Y nunca lo hizo, al menos de él, pero aunque no enamorados, eran fieles a su relación sin amor, sólo sabían vivir así y para ellos la felicidad estaba sólo dentro de una cama. Fueron compañeros en todo, durante casi seis años, pues él contaba los años junto a ella, –sólo faltaban dos meses para hacer años- en cambio Ornella en sus primeros aniversarios, si se acordaba que lo era, no volvía a su casa en dos semanas, decía que celebrar aquello era absurdo, al tiempo ya no se celebró nada.
Los pensamientos de Eras recorrían la habitación que les había unido durante mucho tiempo, no sabía bien si se alegraba o si estaba empezando a echarla de menos. “La vida no será igual sin ti”, pensó entre una mueca de alegría y ansias de llorar, pero él nunca lloraba, nunca. Recordó cuanto le dolían momentos pasados sin ella, no quería tener una vida sin ella, pero ella quería una vida si él, y no la buscaría, ni lucharía, al menos le había dejado una carta, no se lo esperaba. Una vez pensó como sería su despedida y lo supo rápido: una casa desvalijada, una cuenta sin dinero y las llaves del coche en su bolso, pensó que se iría sin una despedida, al menos en eso se había equivocado.
Largas horas pasaron antes de que tomase una decisión, no podía ir tras ella, ni podía esperarla, ambas cosas lo volverían loco. La única manera en la que había conocido el amor era a través de aquella mujer, que ni siquiera, en seis años, le había dicho un te quiero. Para todo lo que quiso aguantar, mucho habían durado, pero como ella le repetía incesantemente, sobre todo durante los últimos meses: “Tú lo quisiste así” y acto seguido solía escuchar un portazo que acababa la discusión. Aún así vivía feliz dentro de su farsa, esperando el día, que ya había llegado. Se había preparado mucho, pero ahora no sabía bien que hacer.
Comenzó a recoger sus cosas, andaba desorientado por su casa, aunque más que coger sus cosas las apartaba y las metía en bolsas intentando encontrar algún resquicio de realidad que le permitiese aferrarse a la idea de que ella una vez estuvo allí, junto a él, que todos esos años fueron de verdad y que no estaba entrando en un estado de paranoia, pues la carta había desaparecido, no recordaba haberla tirado, pero sería así, cuando ya no estaba. Ninguna de aquellas habitaciones le decían que ella estuvo allí, sólo tenía una cabeza llena de recuerdos y ganas de salir corriendo. Ahora sólo le faltaba un rumbo, pues junto a ella trazar caminos nunca fue su papel.
Mientras cerraba la puerta recordó: “Skiathos, siempre me gustó el mar”.
Ornella.
Eras arrugó el papel, atónito se quedó pensativo. Tiró la carta al suelo y se sentó en el sillón más cercano a recapacitar, imposible, le parecía una de las mayores locuras que había hecho hasta hoy su única amante. Desde el día que le dijo: “Fue sencillo dispararles, lo único que realmente dolió fue tener que abandonar aquel maravilloso apartamento…” empezó a quererla. ¿Dónde estaba aquella mujer de hielo?. Esa carta no podía ser de ella, no parecía la mujer con la que compartió años de sólo ser amantes, pues ella le dijo que sólo tenía un principio: Nunca enamorarse. Y nunca lo hizo, al menos de él, pero aunque no enamorados, eran fieles a su relación sin amor, sólo sabían vivir así y para ellos la felicidad estaba sólo dentro de una cama. Fueron compañeros en todo, durante casi seis años, pues él contaba los años junto a ella, –sólo faltaban dos meses para hacer años- en cambio Ornella en sus primeros aniversarios, si se acordaba que lo era, no volvía a su casa en dos semanas, decía que celebrar aquello era absurdo, al tiempo ya no se celebró nada.
Los pensamientos de Eras recorrían la habitación que les había unido durante mucho tiempo, no sabía bien si se alegraba o si estaba empezando a echarla de menos. “La vida no será igual sin ti”, pensó entre una mueca de alegría y ansias de llorar, pero él nunca lloraba, nunca. Recordó cuanto le dolían momentos pasados sin ella, no quería tener una vida sin ella, pero ella quería una vida si él, y no la buscaría, ni lucharía, al menos le había dejado una carta, no se lo esperaba. Una vez pensó como sería su despedida y lo supo rápido: una casa desvalijada, una cuenta sin dinero y las llaves del coche en su bolso, pensó que se iría sin una despedida, al menos en eso se había equivocado.
Largas horas pasaron antes de que tomase una decisión, no podía ir tras ella, ni podía esperarla, ambas cosas lo volverían loco. La única manera en la que había conocido el amor era a través de aquella mujer, que ni siquiera, en seis años, le había dicho un te quiero. Para todo lo que quiso aguantar, mucho habían durado, pero como ella le repetía incesantemente, sobre todo durante los últimos meses: “Tú lo quisiste así” y acto seguido solía escuchar un portazo que acababa la discusión. Aún así vivía feliz dentro de su farsa, esperando el día, que ya había llegado. Se había preparado mucho, pero ahora no sabía bien que hacer.
Comenzó a recoger sus cosas, andaba desorientado por su casa, aunque más que coger sus cosas las apartaba y las metía en bolsas intentando encontrar algún resquicio de realidad que le permitiese aferrarse a la idea de que ella una vez estuvo allí, junto a él, que todos esos años fueron de verdad y que no estaba entrando en un estado de paranoia, pues la carta había desaparecido, no recordaba haberla tirado, pero sería así, cuando ya no estaba. Ninguna de aquellas habitaciones le decían que ella estuvo allí, sólo tenía una cabeza llena de recuerdos y ganas de salir corriendo. Ahora sólo le faltaba un rumbo, pues junto a ella trazar caminos nunca fue su papel.
Mientras cerraba la puerta recordó: “Skiathos, siempre me gustó el mar”.
Elegancia Interior.
Ainé no se escribe en Times New Roman, de un vulgar grado doce, sino con una elegante centuri gotic negrita –que conoció gracias a una servidora que ahora escribe- ni la verás usando zapatos de alto tacón, desde donde no se ven a la personas. Los sentimientos y las ganas de no pasarlo mal van impresas en su sonrisa. Sus sueños tienen miedos de ser reales, y sus realidades se le escapan por el pelo para convertirse en vagas pesadillas en las que despierta envuelta en una taza de café –a media noche. Superar largas expectativas ha sido su última especialidad, desde que se quedó número uno en el concurso de Perfectas Imperfecciones de la Mujer de Hoy. Y tras debatirse entre ser una roca glamorosa o una perfecta desconocida de hielo, se quedó pensando días, hasta encontrarse con lo quiere ser ahora. Permíteme abrir una puerta de atrás a tu Rincón de las Hadas y te agradezca los muchos y numerosos momentos que hemos pasado la una tras la otra. Este cuento es para ti, para que te duermas tranquilamente esta noche sabiendo que, al menos, esto es tuyo. Cuídate.
Ayer estuve buscando esperanza, esperando leer entre líneas y encontrar que el desconsuelo también vive escondido debajo de su cama. Creo que no así. Nunca me he dejado achicar por necedades semejantes, aunque si me confieso a veces he llorado por elecciones más innecesarias. Se que he cambiado, se que el mundo sigue estando ahí para mí, que todo saldrá bien, y que este es mi año, es sólo mío, y haré con él lo que quiero. Trazar planes posiblemente inconclusos es la asignatura de libre configuración que saqué con matrícula de honor –haciéndome conseguir gratis para el año siguiente “confianza en uno mismo”, que saqué bien, pero con mucha menos nota.
Aunque, encuentre o no donde encontrar, sea o no este mi año, he encontrado algo a lo que aferrarme mientras siga estado viva, y siendo yo: Elegancia Interior.
Ayer estuve buscando esperanza, esperando leer entre líneas y encontrar que el desconsuelo también vive escondido debajo de su cama. Creo que no así. Nunca me he dejado achicar por necedades semejantes, aunque si me confieso a veces he llorado por elecciones más innecesarias. Se que he cambiado, se que el mundo sigue estando ahí para mí, que todo saldrá bien, y que este es mi año, es sólo mío, y haré con él lo que quiero. Trazar planes posiblemente inconclusos es la asignatura de libre configuración que saqué con matrícula de honor –haciéndome conseguir gratis para el año siguiente “confianza en uno mismo”, que saqué bien, pero con mucha menos nota.
Aunque, encuentre o no donde encontrar, sea o no este mi año, he encontrado algo a lo que aferrarme mientras siga estado viva, y siendo yo: Elegancia Interior.
Bulevar del Mal Vivir.
Tras levantarme y hacer pertinentes las cosas, adoro sentarme, con alguna taza aromática humeando cerca mía, y si puedo, leer algo. Hoy tocó el periódico y entre aburridas noticias que hablaban más o menos de lo siempre encontré este, cuan menos curioso, mensaje:
Muchacho y muchacha, fieles amigos y compañeros, ambos ligados sentimentalmente hablando, cada uno a una muchacha y muchacho respectivamente, buscan: amigos, fieles, que no decepcionen ni tengan fecha de caducidad, a quienes se les pueda creer cuando dicen las cosas y que mentir sea tan aborrecible para ellos como lo es para nosotros. A cambio ofrecemos buena conversación y risas.
Interesados manden cartas al Bulevar del Mal Vivir. Sólo vivimos nosotros, no hay perdida.
No debería estar junto al resto de mensajes insulsos buscando necedades, debería ser noticia, al menos, alguien por fin se queja de la hipocresía, de los pocos amigos, de los muchos amantes y de los pocos amores. Desde hace mucho tiempo veo que hacen falta pequeñas cosas que nos hagan pensar en algo más que no sea el trabajo y las grandes cosas que nos ocupan. En las pequeñas cosas esta la felicidad. Apreciamos poco una amistad, y la cuidamos menos… voy a empezar a llamar a la gente que aprecio…
¿Dónde estará el Bulevar del Mal Vivir?.
Muchacho y muchacha, fieles amigos y compañeros, ambos ligados sentimentalmente hablando, cada uno a una muchacha y muchacho respectivamente, buscan: amigos, fieles, que no decepcionen ni tengan fecha de caducidad, a quienes se les pueda creer cuando dicen las cosas y que mentir sea tan aborrecible para ellos como lo es para nosotros. A cambio ofrecemos buena conversación y risas.
Interesados manden cartas al Bulevar del Mal Vivir. Sólo vivimos nosotros, no hay perdida.
No debería estar junto al resto de mensajes insulsos buscando necedades, debería ser noticia, al menos, alguien por fin se queja de la hipocresía, de los pocos amigos, de los muchos amantes y de los pocos amores. Desde hace mucho tiempo veo que hacen falta pequeñas cosas que nos hagan pensar en algo más que no sea el trabajo y las grandes cosas que nos ocupan. En las pequeñas cosas esta la felicidad. Apreciamos poco una amistad, y la cuidamos menos… voy a empezar a llamar a la gente que aprecio…
¿Dónde estará el Bulevar del Mal Vivir?.
Desempolvando Caminos.
Una vez más desperdició el último billete de tren que podía permitirse. Él se fue con un “no era el momento adecuado” que sonaba tras su postrera maleta, llena de vacías ilusiones de un ilusionista de terremotos. Sólo un recuerdo quedó abandonado en la única calle de la ciudad que conocían sólo ellos dos.
Pensó en lo que siempre le decían sus buenos y desesperados amigos: “Nunca te enamores”. Nunca lo había hecho, pensaba que los buenos consejos se siguen hasta el final, sin tener que rendir cuentas a nadie, luego de cumplirlos en su orden.
Aquella persona que se diluía en las sombras era sólo eso, un espectro, y aunque con él pasó los minutos más inalcanzables, inolvidables e involuntarios de su vida, fueron al final tan sólo eso, minutos.
Tras la cara dada a ese gran público que le observaba, escondía un cigarrillo encendido, su acompañante fiel, el que le ayudaba a esperarle tras largas horas de espera, el que le enseñaba caminos difíciles de atravesar, el que la dejaba sola ante su desamparo por una simple chispa de fuego. Leal y amigo.
Al final de su camino se encontró que ella también fue un espectro para otras personas con pocas ganas de afrontar la vida sin ella, se aceptó como una devoradora de buenos pensamientos y ese nuevo papel decidió el rumbo de sus pasos durante toda su vida.
Hoy se encuentra rodeada de buenos, malos y malísimos recuerdos de aquella época pasada, y que –gracias a Dios- no volverá, el tiempo no se agota, es ella la que agota al tiempo. Tiempo al tiempo encontrara a quien devorar, también sabe que su espectro se volverá a cruzar en su camino, sobrio pensador de infortunios, ave con doble filo que, a veces –sólo a veces- la ayudaste a no perder más trenes. Nadie te esta esperando.
Pensó en lo que siempre le decían sus buenos y desesperados amigos: “Nunca te enamores”. Nunca lo había hecho, pensaba que los buenos consejos se siguen hasta el final, sin tener que rendir cuentas a nadie, luego de cumplirlos en su orden.
Aquella persona que se diluía en las sombras era sólo eso, un espectro, y aunque con él pasó los minutos más inalcanzables, inolvidables e involuntarios de su vida, fueron al final tan sólo eso, minutos.
Tras la cara dada a ese gran público que le observaba, escondía un cigarrillo encendido, su acompañante fiel, el que le ayudaba a esperarle tras largas horas de espera, el que le enseñaba caminos difíciles de atravesar, el que la dejaba sola ante su desamparo por una simple chispa de fuego. Leal y amigo.
Al final de su camino se encontró que ella también fue un espectro para otras personas con pocas ganas de afrontar la vida sin ella, se aceptó como una devoradora de buenos pensamientos y ese nuevo papel decidió el rumbo de sus pasos durante toda su vida.
Hoy se encuentra rodeada de buenos, malos y malísimos recuerdos de aquella época pasada, y que –gracias a Dios- no volverá, el tiempo no se agota, es ella la que agota al tiempo. Tiempo al tiempo encontrara a quien devorar, también sabe que su espectro se volverá a cruzar en su camino, sobrio pensador de infortunios, ave con doble filo que, a veces –sólo a veces- la ayudaste a no perder más trenes. Nadie te esta esperando.





