Reflejos.
Siempre me pareció muy egocéntrico por parte de las personas tener millones de espejos en sus casas, pero con el tiempo me fui dando cuenta que realmente no es un narcisismo sino, a veces, una manera de afrontar las cosas.
Hasta que no tuve edad para razonar, según mis padres hasta la veintena mi cabeza no estaba en su sitio, nadie me habló de las extrañas maneras de mi tía Rosa. Cuando era pequeña y me llevaban de visita a su casa nunca salía de su salón, pues allí nos solíamos encontrar todos por la tarde. La casa de mi tía era un museo de espejos, y a mí me aterraba pasear por ella, y estoy segura que a más de un adulto le ocurría lo mismo. Mi tía Rosa era hermana, por parte de padre, de mi madre, así que nunca se llevaron ni bien ni mal, pero las apariencias primaban y debían llevarse como dos buenas hermanas. Así que dos veces al mes, como mínimo, íbamos a visitar a nuestra “tía solterona”, así acostumbraba mi padre a llamarla.
Camino a su casa mis padres siempre discutían con la mejor sonrisa en la boca, para que la gente no sospechara nada, mi madre sentía la obligación de hacerle compañía y mi padre sabía que era una gran equivocación, pues mi tía Rosa, menos agradable parecía ser de todo. Crecí escuchando insultos biensonantes a la persona de mi madre y a su fatídico matrimonio con mi padre, para ella nadie era lo suficientemente bueno como para pertenecer a la familia de su padre, en cambio conmigo parecía una buena mujer, a mi sólo me daban miedo sus espejos.
La casa de tía Rosa era antigua, de dos pisos, en el recibidor dos grandes espejos vigilaban la entrada y en cada habitación, tras su muerte, llegué a contar como mínimo seis espejos. Los rumores acerca de ella eran patentes en sus relaciones sociales, fuera de los tipicismos que la podían tachar de bruja, en todos los órdenes de esta palabra, decían que vivía sola por varias razones, cada cual más pintorescas. En mi niñez escuché desde que a través de la magia negra había metido a un antiguo amante en el mundo de los espejos –siempre me pareció curioso preguntar donde estaba ese mundo, pocas explicaciones al respecto me dieron-. La que más se solía escuchar era que hablaba con los muertos a través de ellos, y la que más me gustaba a mi, y a la vez más enrevesada, era la que decían había hecho un pacto con algún ente maligno, y éste le había prometido vida eterna a través de la gente que se reflejaba en ellos, es decir, si una persona se veía en sus espejos unos instantes, éstos irían al “contador vital” de mi tía. Desde luego mis vecinos tenían una imaginación prodigiosa, ojala la hubiesen aprovechado para otros fines.
En realidad, mi pobre tía Rosa tenía un miedo terrible a los ladrones y a que alguien entrara en su casa sin permiso, como no creía en la policía, por una historia amorosa con uno de ellos, decidió que ella misma podía vigilar su casa y enfrentarse a cualquiera. Compró espejos y los colocó estratégicamente, de tal manera que si alguien entraba a la casa, los dos del pasillo se reflejaban a los de las habitaciones colindantes y demás, la primera planta estaba casi cubierta, salvo por la excepción de unos cuantos puntos negros que suplió con una serie de trampas de fabricación casera, estaba muy sola y con mucho tiempo para pensar. El piso de arriba también contaba con espejos, pero las escaleras no, pero como eran muy antiguas hacía un ruido muy característico que había aprendido a escuchar hasta dormida. Compró armas de fuego, con las que siempre dormía cual peluche. Al final su propia soledad y paranoia la convirtieron en una persona sola y amargada. Mi pobre padre vivía soñando en el día en que falleciera y nos dejara la casa y todas sus pertenencias, no vivió lo suficiente para verlo, pero yo sí, y salvo la casa, el resto de cosas no tenía un valor económico considerable, pero sí sentimental, imagino.
Ahora he dado en arriendo “la casa de los espejos”, como era conocida en mi barrio, no he querido modificarla mucho, a la gente parece que le gusta más así. Además a mi tía, la bruja, la adoradora de entres malignos, la que tenía un “contador vital” mayor al resto –que no le sirvió de mucho- y la que encerraba amantes en un mundo que ni ella conocía, no le habría gustado que su única sobrina, a la cual se que quería, le hubiese quitado sus adorados espejos. Y no lo hizo.
Hasta que no tuve edad para razonar, según mis padres hasta la veintena mi cabeza no estaba en su sitio, nadie me habló de las extrañas maneras de mi tía Rosa. Cuando era pequeña y me llevaban de visita a su casa nunca salía de su salón, pues allí nos solíamos encontrar todos por la tarde. La casa de mi tía era un museo de espejos, y a mí me aterraba pasear por ella, y estoy segura que a más de un adulto le ocurría lo mismo. Mi tía Rosa era hermana, por parte de padre, de mi madre, así que nunca se llevaron ni bien ni mal, pero las apariencias primaban y debían llevarse como dos buenas hermanas. Así que dos veces al mes, como mínimo, íbamos a visitar a nuestra “tía solterona”, así acostumbraba mi padre a llamarla.
Camino a su casa mis padres siempre discutían con la mejor sonrisa en la boca, para que la gente no sospechara nada, mi madre sentía la obligación de hacerle compañía y mi padre sabía que era una gran equivocación, pues mi tía Rosa, menos agradable parecía ser de todo. Crecí escuchando insultos biensonantes a la persona de mi madre y a su fatídico matrimonio con mi padre, para ella nadie era lo suficientemente bueno como para pertenecer a la familia de su padre, en cambio conmigo parecía una buena mujer, a mi sólo me daban miedo sus espejos.
La casa de tía Rosa era antigua, de dos pisos, en el recibidor dos grandes espejos vigilaban la entrada y en cada habitación, tras su muerte, llegué a contar como mínimo seis espejos. Los rumores acerca de ella eran patentes en sus relaciones sociales, fuera de los tipicismos que la podían tachar de bruja, en todos los órdenes de esta palabra, decían que vivía sola por varias razones, cada cual más pintorescas. En mi niñez escuché desde que a través de la magia negra había metido a un antiguo amante en el mundo de los espejos –siempre me pareció curioso preguntar donde estaba ese mundo, pocas explicaciones al respecto me dieron-. La que más se solía escuchar era que hablaba con los muertos a través de ellos, y la que más me gustaba a mi, y a la vez más enrevesada, era la que decían había hecho un pacto con algún ente maligno, y éste le había prometido vida eterna a través de la gente que se reflejaba en ellos, es decir, si una persona se veía en sus espejos unos instantes, éstos irían al “contador vital” de mi tía. Desde luego mis vecinos tenían una imaginación prodigiosa, ojala la hubiesen aprovechado para otros fines.
En realidad, mi pobre tía Rosa tenía un miedo terrible a los ladrones y a que alguien entrara en su casa sin permiso, como no creía en la policía, por una historia amorosa con uno de ellos, decidió que ella misma podía vigilar su casa y enfrentarse a cualquiera. Compró espejos y los colocó estratégicamente, de tal manera que si alguien entraba a la casa, los dos del pasillo se reflejaban a los de las habitaciones colindantes y demás, la primera planta estaba casi cubierta, salvo por la excepción de unos cuantos puntos negros que suplió con una serie de trampas de fabricación casera, estaba muy sola y con mucho tiempo para pensar. El piso de arriba también contaba con espejos, pero las escaleras no, pero como eran muy antiguas hacía un ruido muy característico que había aprendido a escuchar hasta dormida. Compró armas de fuego, con las que siempre dormía cual peluche. Al final su propia soledad y paranoia la convirtieron en una persona sola y amargada. Mi pobre padre vivía soñando en el día en que falleciera y nos dejara la casa y todas sus pertenencias, no vivió lo suficiente para verlo, pero yo sí, y salvo la casa, el resto de cosas no tenía un valor económico considerable, pero sí sentimental, imagino.
Ahora he dado en arriendo “la casa de los espejos”, como era conocida en mi barrio, no he querido modificarla mucho, a la gente parece que le gusta más así. Además a mi tía, la bruja, la adoradora de entres malignos, la que tenía un “contador vital” mayor al resto –que no le sirvió de mucho- y la que encerraba amantes en un mundo que ni ella conocía, no le habría gustado que su única sobrina, a la cual se que quería, le hubiese quitado sus adorados espejos. Y no lo hizo.