De camino hacia espacios sucios y pequeños con hadas y duendes siempre revoloteando
Primer apertura era complicado, siempre recibía los vuelos de los “gordos”, si conseguía librarse de ellos estaba hecho.
Si le salía bien, el McFlurry con crunch nunca faltaba.
Cerraba la puerta, los mismos cuatro pasos hasta el ascensor, los mismos cuatro pasos para salir al porche, los mismos cuatro pasos (en este caso unos veinte) para salir del local, unos pocos más para montar en el coche, o salir al portal. Autobús, metro, coche, la cara de trabajadores, la cara de cabezas esperando oír música, beber, susurrar, gritar, bailar, esnifar, fumar, besar el cristal de la copa como si a veces fuera la boca de ese de clase o de aquella del colegio.
Salió otra vez, si es de día a veces sopla la brisa, que me da por pensar que sea un viento que da vueltas en la cama como lo hacemos todos, que es un remolón, que como si tuviera una resaca buena, se levanta cuando quiere pero eso sí por la tarde, a ver si por suerte sus padres o en este caso Austro, ya habían levantado el vuelo (nunca mejor dicho).
La botella en la bolsa o en el maletero. Las botellas que se rellenan de arena, de arena de colores, las que se hacen en talleres de verano en campamentos o porque te lo enseña tu amiga a cambio de tu enseñarla a hacer pulseras de nudos.
Cada dibujo, cada capa de tierra de distinto color, se configura como una copa de cada noche, no caen en vacío, componen un cuadro, a veces bizarro, a veces magnífico, a veces incluso cubista, pero que tanto las copas de la primera botella, como los niveles de arena de la otra, forman algo mágico, algo único, tu propio yo. Mi propio tú. Un tú y un mi con un poquito de yo que no sabemos donde acabará.
Y por encima de todo las hadas y duendes que vuelan por el aire, que se producen en grandes conos resonantes, protegidos por cajas negras, a veces escondidos, a veces pocos, demasiados o perfectos como los más pequeños, los que se guardan en tu bolsillo y salen cuando tu quieres, como cuando todos meten la mano en su bolsillo derecho y sacan polvitos mágicos, pues ahí, también hay hadas y duendes. Además vuelan, trepan, andan, se cuelgan, entre haces de luz, montados en las ondas que se expanden, llegando a tus oídos.
Esas hadas y esos duendes que tiran de tus pelos y juegan a gallos con tu piel para que ésta se ponga “gallina”, que se cuelan en tus ojos y se proponen que gotas de agua salgan por el lagrimal, que te evadas absolutamente, que lo malo sea menos malo, que lo bueno se multiplique, sensaciones que se alcanzan con muy poco, que te de igual hacer el ridículo, solo o acompañado, yendo o viniendo o más bien siempre sintiendo.
Probablemente su sonrisa de pícara no le hubiera encandilado así como así, si ella no se encontrara allí también.
Y de postre, los duendes trajeron una exquisitez de la casa, de lo mejorcito que hay…
Puentes a Babilonia, o a cualquier ciudad, que en realidad están todas algo perdidas y desdibujadas
La gota siguió su camino, hacia el suelo, paso por delante de una rubia, que miraba, miraba desconsolada desde su ventana, ventana de aquel bloque de cemento, del cemento de las calles, de las calles mojadas, mojadas sus mejillas, mejillas sonrojadas por el miedo a no seguir, seguir viviendo, como el mirlo en el parque, parque de gritos, parque de niños, de abuelas, de abuelos, de yonkis, de inmigrantes sin trabajo, de jóvenes con ansias de tocar, de sentir, de apretar fuerte la hierba, la cintura o los labios, de historias perdidas, como ella, la morena de la parada, que solloza enfurruñada, ya sea por su madre o por su hermano, o por el chico que le gusta o porque quiere dejar de ir a misa los domingos, porque la llaman rara por querer ayudar a los demás, y el bus que pasa, que pisa el charco, de gotas encaminadas, que llegaron al final de su camino, que volverán al ciclo, como ciclo son los días, de la rubia de la ventana, del niño en la plaza y la morena de la parada, la rutina, el descanso, que no es tal, más es desenfreno ante los cinco días de semana, que sin más, pasan, como pasan las gotas una detrás de otra cuando llueve.
Cuando llovía se ponía triste, le daban ganas de ponerse el pijama, y antes de eso comprar helado y alquilar una película, o ver antena 3, lo mejor de la pantalla, silenciar el teléfono y leer, o música. El pelo recogido como cuando iba a trabajar o a la facultad pero mas suave, mas lacio, más juguetón si cabe al saber que estaba en casa. En ningún sitio como en casa, agradable, coma la sonrisa del bebé, fruto de noches de euforia, euforia de amor, amor de primavera de invierno de otoño o de verano, verano con su calor, su odioso calor, odioso, como cuando se rompen las escaleras del metro y hay que subir andando, andando como aquel chico de pantalones de pitillo, pitillos que te piden chicas en mitad de la noche, noches de alcohol y de música, música que va dentro del corazón, corazón roto o vacío, vacía en general la nevera y la cartera, cartera de ejecutivo, visión de futuro, probablemente una ejecución en masa, masa de pizza, de plan de sábado antes de salir, salir y entrar en todos sus sentidos, gusto tacto, el gusto es mío, como mío es lo tuyo, y tu y yo iremos más allá de donde acaban las vías, las vías que aguantan nuestro ritmo cardíaco, cardíaco te pones justo antes de.
Vaqueros, tabaco, alcohol y música, corazones cardíacos envueltos en pijamas con manchas de helado.
Hielo y fuego, si uno existe, el otro lejos. La sonrisa es fuente de alimento al espíritu o al menos te hace sentir bien.

Cuando llovía se ponía triste, le daban ganas de ponerse el pijama, y antes de eso comprar helado y alquilar una película, o ver antena 3, lo mejor de la pantalla, silenciar el teléfono y leer, o música. El pelo recogido como cuando iba a trabajar o a la facultad pero mas suave, mas lacio, más juguetón si cabe al saber que estaba en casa. En ningún sitio como en casa, agradable, coma la sonrisa del bebé, fruto de noches de euforia, euforia de amor, amor de primavera de invierno de otoño o de verano, verano con su calor, su odioso calor, odioso, como cuando se rompen las escaleras del metro y hay que subir andando, andando como aquel chico de pantalones de pitillo, pitillos que te piden chicas en mitad de la noche, noches de alcohol y de música, música que va dentro del corazón, corazón roto o vacío, vacía en general la nevera y la cartera, cartera de ejecutivo, visión de futuro, probablemente una ejecución en masa, masa de pizza, de plan de sábado antes de salir, salir y entrar en todos sus sentidos, gusto tacto, el gusto es mío, como mío es lo tuyo, y tu y yo iremos más allá de donde acaban las vías, las vías que aguantan nuestro ritmo cardíaco, cardíaco te pones justo antes de.
Vaqueros, tabaco, alcohol y música, corazones cardíacos envueltos en pijamas con manchas de helado.
Hielo y fuego, si uno existe, el otro lejos. La sonrisa es fuente de alimento al espíritu o al menos te hace sentir bien.
Restaurantes, bares, una rubia y un puño americano
La primera vez le recordó a la última pelvis que botó sobre él y su cama, la italiana del apartamento H. Ya iba a hacer un año y no salía de su asombro.
Buba no estaba acostumbrado a que su sex appeal de tipo duro, grande y regordete y su apariencia en general algo sucia, le reportara a aquella rubia hija del infierno (así se llamaba el bar donde la conoció) tanta atracción y tensión sexual.
Probablemente se derivaba por el mero hecho de que era la segunda vez que le salvaba la vida (ya fuera el cañón de una pistola o un bravucón violador), con lo que Carla parca en palabras, agradecía en el mejor modo que pudiera apreciar Buba, su sentimiento de cariño hacia su único ángel.
Además era de los poquitos hombres que conocía desde que llegó a la gran ciudad que le trataba bien. La acariciaba, le daba besos, y la decía cosas bonitas. Ya era un paso ante los generales empujones broncas y “sal de mi cama puta” con los que muchos otros daban fin a su compañía.
Desde que dejó aquel antro de moteros de la avenida 77 Carla había encontrado sustento en Buba para intentar crear un hogar e incluso una familia si se daba tal evolución.
En sus ratos libres de camarera en el Jeffrey´s, su nuevo empleo, le gustaba salir a fumar a la calle y buscar casas en el periódico. Rodear con el bolígrafo un “tres dormitorios baño alicatado, cocina nueva y terraza de 27 metros” le hacía volar hacia un futuro próximo y prometedor. Dejar atrás el viejo almacén de cereales del puente Meridiana donde un casero sin escrúpulos alquilaba cajas de cerillas a riñón.
(**********)
Buba era un “visitador de parte del alcohol”.
Trabajaba (es un decir, porque verdaderamente estaba más cerca de la ilegalidad, amenazas, coacciones y trifulcas) como recaudador de los pagos de partidas de alcohol de la zona en la que mandaba Barkley -el fiera-.
En cada antro, bar, o restaurante de postín se sacaba un 10 o 15% de comisión de la bebida por sistema. Estos últimos, los de clientela fina que bajaban cada noche desde Cotton´s hill a la zona del río, eran los primeros en pagar.
Buba los primeros día de mes hasta se ponía chaqueta y se peinaba, entraba, hablaba con el encargado, se le entregaba un sobre y salía, hasta se le invitaba a un café o un bourbon de vez en cuando.
A partir del día quince cambiaba la situación. Se guardaba el puño americano en el bolsillo (nunca estaba de más para ir a las tres esquinas de Bellushis), el peine quedaba en el mueble y la chaqueta aguardaba en el armario hasta la misa del domingo. Sus puños y el resto de su conocida mala leche harían el resto.
Una noche cuando salía del “infierno”con su comisión bajo el brazo vio movimiento en un callejón. Alguien intentaba violar a una esbelta rubia de maquillaje barato y desgastado. Buba pidió con respeto, como siempre hacía antes de emplear la fuerza, que la soltara. No hubo respuesta.
- Entonces vas a tener que conocer a mis dos muñecas.
- ¿Me vas a traer a otras dos putitas? –a continuación le dio un bofetón- Al menos que sean más guapas y la chupen mejor que esta reprimida, que parece una de esas secretarias de broker que solo se agachan detrás de la mesa.
- Me refería a mis muñecas, gilipollas – Buba se remangó el sweater y aparecieron sus terribles brazos.
No le hizo falta el puño americano, le tumbó al segundo gancho.
Agarró de la mano a la rubia y marchó hacia el coche.
-Entro contigo a por tus cosas y me haces el favor de irte de este antro de cuarta fila. Es más, te vienes esta noche a mi apartamento y mañana puedes irte donde quieras, pero no te quiero volver a ver aquí cuando vuelva el próximo mes.
- Gracias –a Buba le sonó ese gracias como el que le daba el maitre del Queen´s of Boston de la avenida Crochester- . Me llamo Carla.
Buba dejo el rastro de sangre de sus nudillos en el volante y antes de ir a casa recogió una pizza de su amigo Hesh (su antiguo compañero en las recaudaciones difíciles, hasta que le dispararon y quedó cojitranco).
Casi había cumplido el récord, día 27 y todos los pagos al día. A Barkley este mes le tocaba dar un extra a sus muñecas preferidas. Barkley había sido preparador de boxeadores y siempre decía que sin un buen juego de muñecas, flexibles, fuertes y con el escafoide sano, no se podía tener la base de cualquier éxito en un buen derechazo.
Durante una semana Buba descansaba. Los restaurantes finos se recaudaban en solo dos días. Aprovechaba para ir a algún museo, o alguna exposición. Era la única influencia que le quedaba de su hermana y casi el único recuerdo. Aunque no lo reconociera ante tipos de su oficio, le encantaba. Era un homenaje a su querida Lisa y a sí mismo como recompensa por el trabajo bien hecho.
Carla le envolvió demasiado y a Buba esa semana no se le vio por ninguna sala de arte. Bastante tenía en casa. Del apartamento K solo salían para comprar algo de comida o alquilar alguna película. Buba se había vuelto un ser dulce, besucón, y usaba sus brazos para algo más que para dar guantazos o destrozar una barra o mesa de bar.
El lunes siguiente después de la primera ronda por la nouvelle cuisine, Buba volvió a casa y encontró una nota bajo la puerta.
“He cogido dinero del sobre. Te he comprado cosas sanas para la nevera y un traje nuevo y camisas. Para que en la próxima recaudación te inviten a comer en los restaurantes caros. Tarde o temprano tendrás noticias mías, te lo prometo. Besos de tu pequeño colibrí.”
Una puerta se cerró en el mismo pasillo. Daniela dio dos vueltas a la llave del apartamento H y caminó hacia Buba. Mientras se encendía un cigarrillo esputó - Va a volver, tranquilo. Tú te lo mereces - .

Las reflexiones de Nacho y Lidia; que no eran los novios
Pinturas y cansancio
Lidia me decía que buscara en el cielo, que preguntara en cada estrella, que en alguna estaría él, haciendo lo mismo, mirándola desde la ventana, buscando una tenue luz que alumbrara su amor insomne.
Las últimas flores en el portal, aún marchitas en el jarrón de la mesa. Porque como ella decía era una cuestión más de orgullo que de sentimiento, dejar crecer nueva hierba, dar una capa de blanco sobre el lienzo ya pitado, acrílicos mezclados con lágrimas, temperas que dejan su rastro sobre manos, cuerpos manchados de azul, romper los espejos para evadirse de la soledad.
También le dimos nombre entre las dos de “cansancio”, un día fue pero ya no, demasiado fuerte el estar “enamorado”, cansarse ya del mismo hombro, el mismo pelo, los mismos susurros. Encontrar la salida del laberinto de sus labios.
Cafés de máquina en cafetines del centro, mi amiga como una función de mi yo interior, poder hablar conmigo misma, respuestas coherentes y algo de cordura, ante la normal irracionalidad. Se pone a llover y pensar que antes bajo el paraguas que él llevaba, yo bailaba absorta, protegida.
Tormentas durante la noche
Nacho siempre me daba la razón, se rompió el amor, se partió el papel, se arrugó, se mojo, podría secar o recomponerse, pero el vaso se había llenado demasiado como para intentar cualquier movimiento brusco. Una tempestad imprevista, ventolera que levantó todo de cuajo, tormenta, empapado en el portal, y el cielo de nuevo en calma, negro y raso, incitando a recordar.
Lo que decía Nacho, el salir por olvidar.
Beber porque sí, descuidar el tiempo, si total no puedo pasarlo con ella, al menos de noche en las caras no se reconoce la tristeza, se resguarda bajo combinados, humo y estupefacientes. Incluso la música me hace llevar a sus movimientos rítmicos, como si de lanzamiento de martillo fuera, lo hecho lejos, pero es que hay veces que voy yo detrás a caer en el mismo sitio.
Tantas tardes de teléfono (lo más divertido era cuando descolgaba su madre, preguntar por Ignacio) – lo mal que suena esa G antes de otra consonante - . Las teorías de autoconvencimiento, muchas estupideces, pero de vez en cuando algo clarividentes.
No poder sacar de la cabeza su sonrisa, que repiquetea en la mirada como la lluvia al golpear el alféizar. Multiplicidad de planes, la imposibilidad de no estar solo para evitar pensar en el ayer, vista atrás en el adiós: una opción prohibida.
Listas de la compra
Espuma de afeitar
Pavo, jamón
Pasta rellena
Su piel
Su pelo
Sus labios
Queso fresco
Crema hidratante
fruta
Sus ojos
Sus brazos rodeándome
Sus caricias

Lidia me decía que buscara en el cielo, que preguntara en cada estrella, que en alguna estaría él, haciendo lo mismo, mirándola desde la ventana, buscando una tenue luz que alumbrara su amor insomne.
Las últimas flores en el portal, aún marchitas en el jarrón de la mesa. Porque como ella decía era una cuestión más de orgullo que de sentimiento, dejar crecer nueva hierba, dar una capa de blanco sobre el lienzo ya pitado, acrílicos mezclados con lágrimas, temperas que dejan su rastro sobre manos, cuerpos manchados de azul, romper los espejos para evadirse de la soledad.
También le dimos nombre entre las dos de “cansancio”, un día fue pero ya no, demasiado fuerte el estar “enamorado”, cansarse ya del mismo hombro, el mismo pelo, los mismos susurros. Encontrar la salida del laberinto de sus labios.
Cafés de máquina en cafetines del centro, mi amiga como una función de mi yo interior, poder hablar conmigo misma, respuestas coherentes y algo de cordura, ante la normal irracionalidad. Se pone a llover y pensar que antes bajo el paraguas que él llevaba, yo bailaba absorta, protegida.
Tormentas durante la noche
Nacho siempre me daba la razón, se rompió el amor, se partió el papel, se arrugó, se mojo, podría secar o recomponerse, pero el vaso se había llenado demasiado como para intentar cualquier movimiento brusco. Una tempestad imprevista, ventolera que levantó todo de cuajo, tormenta, empapado en el portal, y el cielo de nuevo en calma, negro y raso, incitando a recordar.
Lo que decía Nacho, el salir por olvidar.
Beber porque sí, descuidar el tiempo, si total no puedo pasarlo con ella, al menos de noche en las caras no se reconoce la tristeza, se resguarda bajo combinados, humo y estupefacientes. Incluso la música me hace llevar a sus movimientos rítmicos, como si de lanzamiento de martillo fuera, lo hecho lejos, pero es que hay veces que voy yo detrás a caer en el mismo sitio.
Tantas tardes de teléfono (lo más divertido era cuando descolgaba su madre, preguntar por Ignacio) – lo mal que suena esa G antes de otra consonante - . Las teorías de autoconvencimiento, muchas estupideces, pero de vez en cuando algo clarividentes.
No poder sacar de la cabeza su sonrisa, que repiquetea en la mirada como la lluvia al golpear el alféizar. Multiplicidad de planes, la imposibilidad de no estar solo para evitar pensar en el ayer, vista atrás en el adiós: una opción prohibida.
Listas de la compra
Espuma de afeitar
Pavo, jamón
Pasta rellena
Su piel
Su pelo
Sus labios
Queso fresco
Crema hidratante
fruta
Sus ojos
Sus brazos rodeándome
Sus caricias

Dos de corazones
Rebeca era hija de una joven argelina. A los cuatro meses de dar a luz ya en España, Cedryl, su madre, desapreció sin dejar rastro.
Antes de irse la envolvió en el capacho y tocó a la puerta de un piso en el edificio donde trabajaba de limpiadora. Cuando Paula abrió la puerta se le cayó el mundo a los pies, ¿como podía haber alguien que hiciera algo así? Evidentemente la recogió para esperar a su novio, que sin comerlo ni beberlo tenía pastel preparado para el postre.
Éste no lo entendió le dijo que suficientes esfuerzos hacía ya a sus veinticinco para tener un piso alquilado que mas que alquilado parecía un asesino a sueldo que le cogía por el cuello cada mensualidad, como para tener en casa un bebé que no era suyo, que no sabían como andaba de salud, y que era demasiado joven. No contento con eso la advirtió que eligiera entre él o la pequeña.
Paula se quedó compuesta y sin novio, pero algo en su interior le decía que era lo correcto. No era la llamada del reloj biológico, pero en sí mismo sentía que le debía algo a la niña, que tenía que ayudarla como ayudaron a su padre los Marqueses de Bessa cuando quedó huérfano a muy corta edad. Era su deber.
Hablo con los de asuntos sociales y arreglo como pudo los papeles para hacerse cargo de la niña, de su manutención y futura adopción.
Los de asuntos ya especificaron que si en algún momento reaparecía la madre o algún familiar de consanguinidad sería difícil que pudiera continuar con la custodia de la niña, siempre que se dieran los requisitos mínimos para ello.
Con ayuda de su madre, que la atendía hasta que ella volvía de trabajar y con mucho esfuerzo y amor fue sacando adelante a la pequeña, a la que llamó desde el principio Rebeca (siempre le había hecho mucha gracia que una prenda de ropa tuviera nombre de persona, o que una persona fuera como una prenda de ropa).
Cuando Rebeca tenía un año y medio conoció a Stefano, un siciliano cansado de estar rodeado de agua que pidió el traslado en su empresa a la Península. Fue todo maravilloso. Lo primero que le dijo fue que tenía una niña de tres años a lo que Paula contestó rápidamente - “abbiamo già la coppia”, yo tengo una de dieciocho meses-.
Fue el encuentro de la horma de su zapato, el café y la leche, el tomate, pepino y sal del gazpacho, y las cosquillas en los pies cuando las dos dormían al fin a las tantas de la madrugada. Stefano dejó su empresa y consiguió un cargo en la administración. Las cosas les marchaban aceptablemente.
A su madre la dijeron que debía vender las tierras de su pueblo por un PAU que iban a desarrollar. La constructora les ofrecía dinero en efectivo o viviendas en distintas zonas donde la promotora desarrollaba varias obras a la vez. Llamó a su hija y la contó las nuevas noticias. Quería que la casa fuera para ellos, nada le haría más feliz. Se llevaba genial con Stefano y le quería tanto que su deseo era que su familia fuera a mejor.
Aceptaron previa condición de que ella también viviera con ellos, cosa que Margarita aceptó encantada. Ya viuda desde hacía un lustro se sentía demasiado sola y no pudo decir que no.
Cuando Rebeca cumplió los seis, y estaba tan contenta con el uniforme de su segundo curso de primaria, un día llegó a casa y había un coche que no era el suyo.
Dentro esperaban dos agentes de asuntos sociales. Su madre biológica reclamaba a su hija. Tras un exhaustivo estudio, los de asuntos habían decidido que volviera con ella. Vivía en Sant Boi de Llobregat, un pueblo de Barcelona. Desde allí quedaba a menos de una hora. Su madre se había casado con un congoleño que llevaba viviendo en España siete años. Vivían en un piso de unos cincuenta metros donde eran diez personas, -eso evidentemente no lo sabían los de asuntos sociales- fue algo de lo que Paula tuvo conocimiento después, por Rebeca.
No pudo reprimir las lágrimas desde que le comunicaron la noticia. Luchó por seguir viéndola, pero solo obtuvo un fin de semana al mes y las vacaciones de verano, como si fuera un convenio al uso de un hijo de padres separados.
Habló con Cedryl para que, ya que al ser musulmanes ambos no celebraban la navidad, la niña pudiese pasarla en su casa con ellos. Cedryl no objetó y aceptó lo que decía Paula. De camino a casa tras las vacaciones del colegio (que Paula seguía pagándole porque así lo hizo constar cuando tuvo que devolver a Rebeca) la vio cambiada, como triste. Condujo rápido para llegar pronto a casa.
- ¿Está la yaya cuando lleguemos?
- La yaya vendrá mañana, que vuelve de la excursión con sus amigas al balneario, ¿sabes lo que es un balneario?
- Lo vi en la tele, tiene muchas piscinas y sale gente que la echan tierra y agua.
- Sí eso es. Pues se fue con sus amigas, si quieres vamos a recogerla a la estación de autobuses mañana cuando llegue.
- Sí, que bien.
- ¿qué tal con Nbema?
- No sé, hay muchos días que llego del colegio y están hablando muy alto, y luego oigo a mi madré llorar. Me ha dicho un niño de mi clase que sus padres también lo hacen, que se llama discutir.
- Bueno tu tranquila, seguro que contigo nunca discute ¿a que no?
- Yo no quiero estar allí. No me gusta. Quiero estar contigo y Stefan con la yaya y con Livia.
- Yo también querría pero ya te lo he dicho, no podemos. Tu madre es tu madre.
- Pero es que yo solo quiero tener una madre, no dos, y quiero que la de verdad seas tú. Y Stefan mi papá, tener una hermana y una abuela.
Rebeca se puso de pie en el asiento delantero y agarró a Paula como cuando jugaban a princesas y caballeros en el patio de casa. La dio un beso en la mejilla y se volvió a sentar.
Paula se mordió el labio de amargura y metió la cuarta velocidad.
- Mamá, quiero un helado, ¿compramos uno porfi porfi? ¡De los de chocolate con trocitos!. Porfiii!!

Antes de irse la envolvió en el capacho y tocó a la puerta de un piso en el edificio donde trabajaba de limpiadora. Cuando Paula abrió la puerta se le cayó el mundo a los pies, ¿como podía haber alguien que hiciera algo así? Evidentemente la recogió para esperar a su novio, que sin comerlo ni beberlo tenía pastel preparado para el postre.
Éste no lo entendió le dijo que suficientes esfuerzos hacía ya a sus veinticinco para tener un piso alquilado que mas que alquilado parecía un asesino a sueldo que le cogía por el cuello cada mensualidad, como para tener en casa un bebé que no era suyo, que no sabían como andaba de salud, y que era demasiado joven. No contento con eso la advirtió que eligiera entre él o la pequeña.
Paula se quedó compuesta y sin novio, pero algo en su interior le decía que era lo correcto. No era la llamada del reloj biológico, pero en sí mismo sentía que le debía algo a la niña, que tenía que ayudarla como ayudaron a su padre los Marqueses de Bessa cuando quedó huérfano a muy corta edad. Era su deber.
Hablo con los de asuntos sociales y arreglo como pudo los papeles para hacerse cargo de la niña, de su manutención y futura adopción.
Los de asuntos ya especificaron que si en algún momento reaparecía la madre o algún familiar de consanguinidad sería difícil que pudiera continuar con la custodia de la niña, siempre que se dieran los requisitos mínimos para ello.
Con ayuda de su madre, que la atendía hasta que ella volvía de trabajar y con mucho esfuerzo y amor fue sacando adelante a la pequeña, a la que llamó desde el principio Rebeca (siempre le había hecho mucha gracia que una prenda de ropa tuviera nombre de persona, o que una persona fuera como una prenda de ropa).
Cuando Rebeca tenía un año y medio conoció a Stefano, un siciliano cansado de estar rodeado de agua que pidió el traslado en su empresa a la Península. Fue todo maravilloso. Lo primero que le dijo fue que tenía una niña de tres años a lo que Paula contestó rápidamente - “abbiamo già la coppia”, yo tengo una de dieciocho meses-.
Fue el encuentro de la horma de su zapato, el café y la leche, el tomate, pepino y sal del gazpacho, y las cosquillas en los pies cuando las dos dormían al fin a las tantas de la madrugada. Stefano dejó su empresa y consiguió un cargo en la administración. Las cosas les marchaban aceptablemente.
A su madre la dijeron que debía vender las tierras de su pueblo por un PAU que iban a desarrollar. La constructora les ofrecía dinero en efectivo o viviendas en distintas zonas donde la promotora desarrollaba varias obras a la vez. Llamó a su hija y la contó las nuevas noticias. Quería que la casa fuera para ellos, nada le haría más feliz. Se llevaba genial con Stefano y le quería tanto que su deseo era que su familia fuera a mejor.
Aceptaron previa condición de que ella también viviera con ellos, cosa que Margarita aceptó encantada. Ya viuda desde hacía un lustro se sentía demasiado sola y no pudo decir que no.
Cuando Rebeca cumplió los seis, y estaba tan contenta con el uniforme de su segundo curso de primaria, un día llegó a casa y había un coche que no era el suyo.
Dentro esperaban dos agentes de asuntos sociales. Su madre biológica reclamaba a su hija. Tras un exhaustivo estudio, los de asuntos habían decidido que volviera con ella. Vivía en Sant Boi de Llobregat, un pueblo de Barcelona. Desde allí quedaba a menos de una hora. Su madre se había casado con un congoleño que llevaba viviendo en España siete años. Vivían en un piso de unos cincuenta metros donde eran diez personas, -eso evidentemente no lo sabían los de asuntos sociales- fue algo de lo que Paula tuvo conocimiento después, por Rebeca.
No pudo reprimir las lágrimas desde que le comunicaron la noticia. Luchó por seguir viéndola, pero solo obtuvo un fin de semana al mes y las vacaciones de verano, como si fuera un convenio al uso de un hijo de padres separados.
Habló con Cedryl para que, ya que al ser musulmanes ambos no celebraban la navidad, la niña pudiese pasarla en su casa con ellos. Cedryl no objetó y aceptó lo que decía Paula. De camino a casa tras las vacaciones del colegio (que Paula seguía pagándole porque así lo hizo constar cuando tuvo que devolver a Rebeca) la vio cambiada, como triste. Condujo rápido para llegar pronto a casa.
- ¿Está la yaya cuando lleguemos?
- La yaya vendrá mañana, que vuelve de la excursión con sus amigas al balneario, ¿sabes lo que es un balneario?
- Lo vi en la tele, tiene muchas piscinas y sale gente que la echan tierra y agua.
- Sí eso es. Pues se fue con sus amigas, si quieres vamos a recogerla a la estación de autobuses mañana cuando llegue.
- Sí, que bien.
- ¿qué tal con Nbema?
- No sé, hay muchos días que llego del colegio y están hablando muy alto, y luego oigo a mi madré llorar. Me ha dicho un niño de mi clase que sus padres también lo hacen, que se llama discutir.
- Bueno tu tranquila, seguro que contigo nunca discute ¿a que no?
- Yo no quiero estar allí. No me gusta. Quiero estar contigo y Stefan con la yaya y con Livia.
- Yo también querría pero ya te lo he dicho, no podemos. Tu madre es tu madre.
- Pero es que yo solo quiero tener una madre, no dos, y quiero que la de verdad seas tú. Y Stefan mi papá, tener una hermana y una abuela.
Rebeca se puso de pie en el asiento delantero y agarró a Paula como cuando jugaban a princesas y caballeros en el patio de casa. La dio un beso en la mejilla y se volvió a sentar.
Paula se mordió el labio de amargura y metió la cuarta velocidad.
- Mamá, quiero un helado, ¿compramos uno porfi porfi? ¡De los de chocolate con trocitos!. Porfiii!!

Hard to explain
Aún no me acuerdo si subí o bajé las escaleras de la resaca que tenía entre pecho y espalda, pero el caso es que la vi.
Un ángel en medio de la tempestad casi cirrótica a la que me enfrentaba aquella larga mañana. Imagine su cuello como tantas veces había hecho ya, una basa estilizada o el comienzo de un fino fuste que simulaban una columna que me llevaba a ver el friso de su cara (en el sentido de belleza no de “hecha un cristo” de fealdad), pero no era del todo así. En este caso no tenía cara.
La tela estaba mojada disimulando de una manera bastante inútil su desnudez. Para ser realistas le daba mucho más énfasis, más morbo, más sensualidad.
Me recordaba a otras noches, de despertar, solo que me era excesivamente molesto el ruido de la muchedumbre, de los corrillos de mayores y correteos de pequeños.
Era como estar absorto entre la tranquilidad de mi pensamiento y el ruido de un ejército de cucarachas insensibles, ñiñiñi, que en mi estado de cabeza de embudo, mi dolor de articulaciones y el funcionamiento de mi cerebro a un nivel bastante lamentable, hacían que me dieran ganas de darle un croché a algún adulto bobo que por allí andaba a sus anchas.
Decidí volver a mirarla para retomar la dosis de relajo para mi sensible estado a esas primeras horas de la tarde. Era la mujer soñada, curvas, altiva, lo que se denominaba en el mundo como canon.
Podía haber tomado un café con ella, leyéndola u observándola, pero no hubiera sido tan espectacular como lo estaba siendo ahora.
Me daba alas, como para salir volando. Quizá fuera porque en realidad las tenía. Era realmente una mujer poderosa.
Un poco venusiana, una atracción como del planeta a su luna, o más fuerte, como la gravedad, como lo que le costaba salir del planeta a un cohete, su inercia, el despegarse de tan buena compañía, volver a la realidad, a la verdad y a la mentira, a su crudeza, y sobretodo a la falsa sensación de felicidad que había que rellenar de nuevo, sin recurrir a ser posible, a estimulantes externos para sobrellevar la complejidad o mejor dicho simpleza de cada una de nuestras vidas.
Según pensaba esto último abandone el edificio por la pirámide nueva, por la del centro de la C de su dibujo.
Me perdí por el parque y me compré un algodón de azúcar, menos mal que todavía era sábado.
Louvre, Victoria de Samotracia, Tullerías, París.

Verano en la ciudad
*** Globos que surcan el cielo, explotan, se escapan, perduran.
Supuestamente sin llorar, sin pensar, sin entender, sólo supuestamente. El dolor haciendo su trabajo, callado, como la recolección de las hormigas, pequeño, poco a poco, silencioso, percutor y arduo.
Bajo, pesado, hundido en la cama. No sé hasta donde puede llegar el abatimiento.
Algo similar a un miedo, un tipo de paranoia se acerca, golpea la puerta, quiere pasar, instalarse en mis cuatro paredes.
De la noche al día. Siempre la misma historia.
De noche los globos cargados de aire de fiesta, debería ser así, solo llenarse de aire de fiesta, de disfrute, sin aparecer cualquier objeto que los haga daño. Debilidad como la pompa de jabón. Dulce y mágica hasta su explosión, su desintegración, seca y súbita.
Al menos me quedan lejos, yo soy quien las sopla o quien infla los globos.
Cierta distancia, cierto respiro, algo que me ayude a encontrar, a diferenciar.
Dejar atrás mi querida nube de globos, ligera y sensual, meditando el amor.
En cuanto a religión no quiero a Buda, ni a Mahoma, ni a Jesucristo, totalmente agnóstico. Pero confuso cuando cualquiera de los tres toma forma de mujer, sin ley, sin medios, sin tiempo, sin espacio. ¿Volver a meditar? No creo, los globos con el tiempo se deshinchan poco a poco, muy lentamente, igual que los recuerdos.
Cuando la ciudad duerme yo ando. Un agujero, camino distinto, nuevo, emocionante, un universo que gira, que te envuelve, que reaviva.
La luna me llama, me mira, ella es la sabia de las confesiones, mi consejera, un cráter por cada pregunta lanzada al aire, por cada pensamiento nocturno acotado al insomnio, una llamada, petición de consejo, tan lejos y tan cerca con respuesta inmediata, tu propia respuesta, la de cada uno, la más válida.
*** La noche no es más que el día visto en tonos amarillos, blancos y negros, muchos tipos de luces y un conjunto de sombras chinescas.
Verdaderamente no se si conozco la carretera elegida, cubierta de oscuridad.
Conocerte en el camino, una posibilidad. Pero no creo que me baje en marcha.
Antes de salir los corredores y las calles estaban atestadas, un agobio innecesario ante la paz de que la única compañía sea tu mirada, siguiendo mis pasos, buscando mi verdad particular, de carácter aterrador, pero poco miedo comparado a mi satisfacción por encontrar la luz que me guíe, no importa el color, incluso tu piel me serviría.
No hace falta que todo vaya bien. Sólo el camino por el que voy.
En cuanto a tus secretos no me importan, secretos son y no se cuentan, con romper la noche y darle color está bien, iluminarnos uno a otro, recoger la bombilla y hacerla brillar, o de haber algo que brille, formar sombras chinescas, formas conjuntas.
Ser una sombra sólida, definida por el tiempo. Dos cuerpos difuminados, sombras definidas, imperfectas incluso, porque es así como funciona. Picos y formas que sobresalen, laderas y depresiones que acentúan nuestras formas, un puzzle a medio hacer en penumbra, un color apagado pero vivo, más que nunca, sin ti no habría luz, sería un camino al agujero negro.
No tener miedo, electrocutarme, una opción fantástica, dejarme recorrer por tu energía, watios de luz, de claridad sobre mi ser tan oscuro, que se haga de día en mí, iluminarme como la vela ilumina el aire de su alrededor, rítmicamente, a escondidas, cambiando de dirección sin preguntar, descubriendo juegos y bailes desde la sombra cómplice de su movimiento.

El haz de luz comenzó a dibujar un ángulo cada vez más ancho. La ventana haciendo caso omiso a su función, fue secuaz del astro y sus tentáculos se extendieron sobre mi cama, sobre mis pies y las sábanas. Se estaba haciendo de día. El sol iba tomando altura por encima de las colinas del sur de la ciudad.
Ahora menos todavía, pero nunca había sido capaz de aguantar la sensación de acostarme cuando el sol ya da cuerpo a un nuevo día. No lo llamaría angustia, simplemente me sabía mal el mero hecho de saber que mientras la ciudad comenzaba a funcionar yo pasaba a descansar, un sistema invertido de vida en el que me sentía casi forzadamente a gusto.
Gracias a tu luz propia y la que provocábamos ambos, ahora siempre hay claridad. Nunca me había gustado estar en penumbra.
Valquiria
Mi hermano tenía barba bonita, como de unos cuantos días, de peinado dejado pero cuidado y sus pantalones se sujetaban por gracia divina (los llevaba demasiado bajos, cuando digo demasiado digo culo desprotegido, no caídos, no no, sino por debajo del pompis).
Ya estaba en la universidad, siempre me había gustado que el fuera por delante, la voz de la experiencia y los consejos eran algo característico, y yo evidentemente le hacía caso porque nunca me había dicho nada en balde.
Me sacaba casi dos años y medio. Antes no me daba cuenta, cuando éramos más pequeños yo estaba a lo mío, con mis chorradas haciéndole chinchar, mamá siempre le acusaba a él y yo feliz de ello, al fin y al cabo es la base de la adolescencia entre hermano y hermana.
Pero a partir de los dieciséis la cosa cambió. Yo me hice “mayor” (se que suena ridículo, pero empecé a salir, amigas, chicos, colegio) fue entonces cuando descubrí en él a mi segundo padre, a mi mejor amigo, a mi confesor, mi apoyo, en definitiva a la persona que más quiero o quería.
La concepción del amor y los sentimientos es lo que más me ha influido de muchas de las cosas que siempre me ha dicho.
Decía de las mujeres que las había “pegadoras” (te abofeteaban el corazón pero se curaba con el tiempo), “pesopluma” (pasaban de puntillas y de manera rápida por tu vida) a estas últimas también las conocíamos como estrellas fugaces, término de mi propia cosecha; y después estaban las “valquirias”, las más complicadas, las que te tocaban en lo más dentro, las que no se olvidaban, las que realmente merecían la pena.
Rubén que así se llamaba mi hermano, me hizo comprender desde un punto de vista distinto al que creía, esos tipos de mujeres. Es más, las del último tipo.
Cada una de ciertas divinidades de la mitología escandinava que en los combates designaban los héroes que habían de morir, y en el cielo les servían de escanciadoras, esas eran las valquirias, él decía que los héroes eran sus elegidos, y que la muerte llegaba después del final.
Me hacía gracia cuando yo le preguntaba que de que tipo las había tenido, a lo que respondía:
“me han dado dos guantazos mientras veía pasar tres estrellas fugaces, hoy he vuelto a soñar que me servía vino en el cielo”.
Últimamente estaba triste, siempre andaba diciendo “la valquiria acechaba tras la puerta”, yo no lo entendía pero supuse que sería una metáfora como si le asaltara en sueños a modo de pesadilla o pensamientos continuos.
Cuando llamaron el jueves de noche, creí que era Rafa o Jaime, sus dos colegas inseparables, pero no, era una secretaria judicial con voz refinada. Acababan de proceder al levantamiento del cadáver de Rubén del Olmo, de mi hermano. A la mañana siguiente debíamos ir al anatómico forense para su identificación ocular y la posterior autopsia, aunque ya nos dijo la secretaria judicial que había sido atropellado, al parecer por temeridad suya, por cruzar en verde para los vehículos (testigos de por medio).
Allí estaba amoratado, sobre una mesa de metal, cubierto por una sábana. Si ya hacía frío fuera, dentro me encontraba entumecida. Era el sin duda, su triskell en el omóplato derecho le delataba.
Volví a casa aún en estado de shock, al llegar me tumbé en su cama a llorar puede que durante dos o tres horas fácilmente. Me senté en su mesa, cos sus cds desperdigados, sus notas, su paquete de marlboro, bajo unas hojas del banco había otro sobre en el que ponía mi nombre “Sara” bueno exactamente, “Sara mi dulce valquiria”
No supe como enfocarlo. Pero era evidente que el atropello lo tenía premeditado y era su despedida.
Cogí el tabaco y salí a la terraza.
Releí ya no sé las veces la carta. No daba crédito a lo que Rubén escribió. Estaba perdidamente enamorado de mí desde hacía más de un año, hasta el punto de pedir a algún “pesopluma” que llevó a casa a que se pusieran ropa mía. Que su verdadera valquiria era yo, y que el resto del tiempo lo gastaba con pegadoras o pesopluma para hacerse ver que no era el camino correcto, que no era esa la solución que debía encontrar a otra, pero que la perdición la tenía en su propia casa.
Fue entonces cuando entendí que la valquiria acechaba tras la puerta.
No sé que hubiera preferido, saberlo o no saberlo, el caso es que con el tercer cigarrillo la quemé, no lo olvidaría jamás… en el recuerdo quedaría.
Eran cosas de hermanos.

Ya estaba en la universidad, siempre me había gustado que el fuera por delante, la voz de la experiencia y los consejos eran algo característico, y yo evidentemente le hacía caso porque nunca me había dicho nada en balde.
Me sacaba casi dos años y medio. Antes no me daba cuenta, cuando éramos más pequeños yo estaba a lo mío, con mis chorradas haciéndole chinchar, mamá siempre le acusaba a él y yo feliz de ello, al fin y al cabo es la base de la adolescencia entre hermano y hermana.
Pero a partir de los dieciséis la cosa cambió. Yo me hice “mayor” (se que suena ridículo, pero empecé a salir, amigas, chicos, colegio) fue entonces cuando descubrí en él a mi segundo padre, a mi mejor amigo, a mi confesor, mi apoyo, en definitiva a la persona que más quiero o quería.
La concepción del amor y los sentimientos es lo que más me ha influido de muchas de las cosas que siempre me ha dicho.
Decía de las mujeres que las había “pegadoras” (te abofeteaban el corazón pero se curaba con el tiempo), “pesopluma” (pasaban de puntillas y de manera rápida por tu vida) a estas últimas también las conocíamos como estrellas fugaces, término de mi propia cosecha; y después estaban las “valquirias”, las más complicadas, las que te tocaban en lo más dentro, las que no se olvidaban, las que realmente merecían la pena.
Rubén que así se llamaba mi hermano, me hizo comprender desde un punto de vista distinto al que creía, esos tipos de mujeres. Es más, las del último tipo.
Cada una de ciertas divinidades de la mitología escandinava que en los combates designaban los héroes que habían de morir, y en el cielo les servían de escanciadoras, esas eran las valquirias, él decía que los héroes eran sus elegidos, y que la muerte llegaba después del final.
Me hacía gracia cuando yo le preguntaba que de que tipo las había tenido, a lo que respondía:
“me han dado dos guantazos mientras veía pasar tres estrellas fugaces, hoy he vuelto a soñar que me servía vino en el cielo”.
Últimamente estaba triste, siempre andaba diciendo “la valquiria acechaba tras la puerta”, yo no lo entendía pero supuse que sería una metáfora como si le asaltara en sueños a modo de pesadilla o pensamientos continuos.
Cuando llamaron el jueves de noche, creí que era Rafa o Jaime, sus dos colegas inseparables, pero no, era una secretaria judicial con voz refinada. Acababan de proceder al levantamiento del cadáver de Rubén del Olmo, de mi hermano. A la mañana siguiente debíamos ir al anatómico forense para su identificación ocular y la posterior autopsia, aunque ya nos dijo la secretaria judicial que había sido atropellado, al parecer por temeridad suya, por cruzar en verde para los vehículos (testigos de por medio).
Allí estaba amoratado, sobre una mesa de metal, cubierto por una sábana. Si ya hacía frío fuera, dentro me encontraba entumecida. Era el sin duda, su triskell en el omóplato derecho le delataba.
Volví a casa aún en estado de shock, al llegar me tumbé en su cama a llorar puede que durante dos o tres horas fácilmente. Me senté en su mesa, cos sus cds desperdigados, sus notas, su paquete de marlboro, bajo unas hojas del banco había otro sobre en el que ponía mi nombre “Sara” bueno exactamente, “Sara mi dulce valquiria”
No supe como enfocarlo. Pero era evidente que el atropello lo tenía premeditado y era su despedida.
Cogí el tabaco y salí a la terraza.
Releí ya no sé las veces la carta. No daba crédito a lo que Rubén escribió. Estaba perdidamente enamorado de mí desde hacía más de un año, hasta el punto de pedir a algún “pesopluma” que llevó a casa a que se pusieran ropa mía. Que su verdadera valquiria era yo, y que el resto del tiempo lo gastaba con pegadoras o pesopluma para hacerse ver que no era el camino correcto, que no era esa la solución que debía encontrar a otra, pero que la perdición la tenía en su propia casa.
Fue entonces cuando entendí que la valquiria acechaba tras la puerta.
No sé que hubiera preferido, saberlo o no saberlo, el caso es que con el tercer cigarrillo la quemé, no lo olvidaría jamás… en el recuerdo quedaría.
Eran cosas de hermanos.

Dentro
Nace desde dentro, creo que en dirección equivocada
Restos de sal, saltos de mar, el viento sopla, la tarde cae
Parte de lo vivido, reflejos en la retina.
Una noche, otra fiesta
Quiero volver a esa rutina.
Me elevo, pero solo son sueños,
Volar para luego caer,
Una burbuja, un mundo que rompe
Me sobrepasa
Me paraliza
La luz somos, energía comprimida
Todos son ciegos, todo en penumbra
Poca luz, ave nocturna
Sí, soy yo
Los discos ya no suenan
Mente diáfana, más bien llena
Pero de materia no importante
Materia olvidadiza
Desertar, una opción
Donde ir peor solución
Me quedo mejor
Un chico soy,
Un día seré hombre
Muy grande por fuera y
Todavía por formar por dentro.
Menos mal que sonríes
Es poco lo que se salva
Mirando atrás
Dibujar, a veces tu cara
Sólo es uno, solo es mío
Cambiando maneras
Sólo siendo joven.
Escrito en un tren de cercanías el día quince de junio
Un sueño, un descarte (delete dream)
Abro los ojos, no peso, me muevo con ligereza, es más, me teletransporto.
Ya sé, estoy muerto, ahora lo entiendo todo.
Pienso en si es cierto eso que dicen que después de morir tu alma tarda en trasladarse y se queda unos días vagando por tus sitios de siempre, despidiéndose ya siendo ánima de tu gente querida.
Es duro, sabes que no vuelves, que el camino sigue para los demás, y esperas que siga bien, que no afecte demasiado lo que acaba de ocurrir. En un futuro inmediato el impacto es grande pero el tiempo todo lo cura. No sabía que después de muerto se pudiera seguir pensando, pero veo que en efecto sí es así.
Viajo a varios sitios en pocos minutos.
Una cafetería en el centro, de espaldas sentada en la barra, hay una chica un moño deshecho, hermosamente deshecho, Tania, toma un té, llora descontroladamente, el continuo moqueo y sollozo le hace imposible dar más de un trago. Su cabeza no para de girar semejando un no, no es posible. Un no querer imaginarlo, un no hacerse a la idea.
Se oye un golpe seco, del baño sale un tipo moderno evidentemente le conozco, Dani, también ha llorado, pero ahora esta en calma. Parece que sienta una rabia inherente, una extraordinaria gana de gritar, de darle un puñetazo a algo. Se pide su nestea de siempre. No cruzan palabra. No son capaces, bastante tienen consigo mismo.
De ahí voy a la universidad, vuelo hacia la facultad de biología. Sentadas en el pasillo central hay dos estudiantes. Una llora, la otra fuma. Maya se tapa la cara con ambas manos, como no queriendo dejar ver sus lágrimas a los demás. Paloma le conocía poco algún día de farra, pero le parecía un tipo cojonudo. Es un auténtico shock.
Vuelvo a la capital, al Retiro para ser exactos, desciendo desde arriba. Dejando atrás al ángel caído pasea un tipo que fuma, fuma sin parar.
Es rubio, ya sé quien es. Jaime. No se porque pero lleva bajo su brazo el 100x70 que me regalo por mi diecinueve cumpleaños. Estoy en el aire, delante de él.
No dice nada porque no tiene a nadie a quien decírselo, pero su cabeza da mil vueltas, el paquete de Lucky pierde peso cada siete minutos. Se acuerda de su protector de baraja, del golpe de la esquina, puto Boss. Una mueca se dibuja, cierra los ojos un momento, respira el humo por la nariz.
Marco vuelve en coche a casa, conduzco con él un rato. Demasiado deprisa. Ha dejado a Pablo en casa que, sin verle, se que está tocando la guitarra.
Muy cerca a escasos quinientos metros, dos chicas comen ensaimada en una cocina. La cocina tiene una jaula y dos pájaros y una ensaimada encima de la mesa a la que le falta un cacho, justo el centro. Lus se mueve en la silla, una fina lágrima cae por su pómulo, se muerde los labios de dolor. Marta bebe agua, tanto llorar la ha hecho tener sed. Su cara está congestionada, un montón de kleenex están dentro del bolsillo del pantalón. Piensa, y recuerda, llora, recuerda, piensa, solloza, mira a Gona.
El aire sopla en su boca ¿por qué?, no hay respuesta.
Salgo por la ventana de la bandera, por encima del sillón de diván de psicólogo. Ahora voy mucho más rápido, llego al mar. Asciendo para finalmente hundirme.
Ya sé, estoy muerto, ahora lo entiendo todo.
Todo son recuerdos en modo negativo, negativo fotográfico.
Despierto.

Hoy en la siesta, lo he soñado tal y como lo he escrito
Ya sé, estoy muerto, ahora lo entiendo todo.
Pienso en si es cierto eso que dicen que después de morir tu alma tarda en trasladarse y se queda unos días vagando por tus sitios de siempre, despidiéndose ya siendo ánima de tu gente querida.
Es duro, sabes que no vuelves, que el camino sigue para los demás, y esperas que siga bien, que no afecte demasiado lo que acaba de ocurrir. En un futuro inmediato el impacto es grande pero el tiempo todo lo cura. No sabía que después de muerto se pudiera seguir pensando, pero veo que en efecto sí es así.
Viajo a varios sitios en pocos minutos.
Una cafetería en el centro, de espaldas sentada en la barra, hay una chica un moño deshecho, hermosamente deshecho, Tania, toma un té, llora descontroladamente, el continuo moqueo y sollozo le hace imposible dar más de un trago. Su cabeza no para de girar semejando un no, no es posible. Un no querer imaginarlo, un no hacerse a la idea.
Se oye un golpe seco, del baño sale un tipo moderno evidentemente le conozco, Dani, también ha llorado, pero ahora esta en calma. Parece que sienta una rabia inherente, una extraordinaria gana de gritar, de darle un puñetazo a algo. Se pide su nestea de siempre. No cruzan palabra. No son capaces, bastante tienen consigo mismo.
De ahí voy a la universidad, vuelo hacia la facultad de biología. Sentadas en el pasillo central hay dos estudiantes. Una llora, la otra fuma. Maya se tapa la cara con ambas manos, como no queriendo dejar ver sus lágrimas a los demás. Paloma le conocía poco algún día de farra, pero le parecía un tipo cojonudo. Es un auténtico shock.
Vuelvo a la capital, al Retiro para ser exactos, desciendo desde arriba. Dejando atrás al ángel caído pasea un tipo que fuma, fuma sin parar.
Es rubio, ya sé quien es. Jaime. No se porque pero lleva bajo su brazo el 100x70 que me regalo por mi diecinueve cumpleaños. Estoy en el aire, delante de él.
No dice nada porque no tiene a nadie a quien decírselo, pero su cabeza da mil vueltas, el paquete de Lucky pierde peso cada siete minutos. Se acuerda de su protector de baraja, del golpe de la esquina, puto Boss. Una mueca se dibuja, cierra los ojos un momento, respira el humo por la nariz.
Marco vuelve en coche a casa, conduzco con él un rato. Demasiado deprisa. Ha dejado a Pablo en casa que, sin verle, se que está tocando la guitarra.
Muy cerca a escasos quinientos metros, dos chicas comen ensaimada en una cocina. La cocina tiene una jaula y dos pájaros y una ensaimada encima de la mesa a la que le falta un cacho, justo el centro. Lus se mueve en la silla, una fina lágrima cae por su pómulo, se muerde los labios de dolor. Marta bebe agua, tanto llorar la ha hecho tener sed. Su cara está congestionada, un montón de kleenex están dentro del bolsillo del pantalón. Piensa, y recuerda, llora, recuerda, piensa, solloza, mira a Gona.
El aire sopla en su boca ¿por qué?, no hay respuesta.
Salgo por la ventana de la bandera, por encima del sillón de diván de psicólogo. Ahora voy mucho más rápido, llego al mar. Asciendo para finalmente hundirme.
Ya sé, estoy muerto, ahora lo entiendo todo.
Todo son recuerdos en modo negativo, negativo fotográfico.
Despierto.

Hoy en la siesta, lo he soñado tal y como lo he escrito
Auf dem Nichts zugehend
Noviembre de 1967
Mi hija después de mucha esfuerzo ha conseguido el Zertifikat Grundstufe, así podrá adquirir el Deutche Schule para desarrollar su pasión como profesora de niños.
Me llamo Gustav Meyers Trekov, y ejerzo de espía para el gobierno inglés desde hace siete años.
Mi padre me inculcó el respeto a la política y la posterior obsesión por ella. Pero no por los medios lineales de los últimos siglos, basándome en la dialéctica y los actos de partido, sino como ejecutor de la política invisible, la que verdaderamente en los tiempos en los que estamos sirve de algo más que para hacer cenas en casa del embajador. Mi madre, rusa de nacimiento, me dio el carácter del frío, el de saber mentir, ser afilado como nadie, no confiar ni de mi propia sombra, buscar siempre la visión negativa de las cosas, en la Revolución mi abuelo perdió la vida a las órdenes de Stalin y yo no sería otra leyenda muerta de los Trekov, yo sería leyenda viva y resultó ser desde el comité de espionaje británico de la Alemania de posguerra, en el meollo de la cuestión; en Berlín.
La primera regla de un espía es ocultar su verdadera ocupación, solapar su identidad profesional con un trabajo digno y falso que no haga sospechar a veces ni hasta sus más allegados. Pues bien, si escribo esto es porque me he cansado de ello. La hipocresía de un gobierno que comanda nuestros movimientos y actuaciones desde cientos de kilómetros ha podido conmigo. La incompetencia de Finch, mi superior, ha dado como resultado la muerte de mi mujer al confundirla conmigo en un ascensor. Juro que me la devolverá, para empezar canjearé los datos de los que dispongo con los sindicatos rusos de ocupación de Berlín Este. No me valen las disculpas y las reprimendas desde Londres por un descuido, por una conversación que no se tenía que haber producido en un bar, en un bar equivocado. Mi dulce Tiff ya está muy lejos.
Me ha costado noches en vela tomar esta decisión pero creo que es lo que debo hacer, el problema está en el cómo. Berlín Este no tenía ningún secreto para mí pero el hacer ver a los rusos que era de verdad un británico resentido tenía su miga.
Finch me había dado dos semanas de libertad, suficiente tiempo para dejarle a Hannah mi pensión por si ocurría algo malo y dejarle toda la herencia de su madre.
Cruzamos al Este a un piso franco, situado en la calle trasera del Hackescher Markt muy cerca de la isla de los museos, para operar desde allí mi nueva situación. Me reuní con dos americanos que me debían algún favor y concerté una cita con el jefe de sección del sindicato -das Roteisenerz-. Le advertí sobre mis intenciones y aceptó el trato. Me darían una suma de dinero y obtendría protección. Sólo debía volver al Oeste al día siguiente recogerlo todo y entregárselo al hombre bigotudo de la entrevista.
Al fin y al cabo le había devuelto el favor a mi amada madre. Una comunista de pro que vio como su hijo pasaba al otro frente, al de los esclavos del capitalismo y su dinero, una relación perdida por una mala interpretación, quince años de mutismo solo rotos por el funeral en Podolsk, su tierra natal.
Ahora ya estaré en paz con mamá.
A la mañana siguiente madrugué sobremanera, había dormido mal, la lluvia me había sobresaltado alguna vez en mis ya ligeros sueños. Me até al cinto la Imbel 380 con cargador de nueve balas y salí raudo hacía mi casa. El sol brillaba sobre las aceras de Unter den linden todavía húmedas. Cogí el coche. Al llegar Finch me esperaba con toda mi casa patas arriba, la conversación aún retumba en mi cabeza:
- Unas horas extrañas para llegar a su domicilio ¿no cree Meyers?
- Mi hija se ha alquilado un apartamento con dos amigas de la universidad, estuvimos organizando muebles y se nos hizo tarde. Me quedé allí a dormir, si a usted no le importa. Seguía con mi período de “vacaciones”.
- Se le hizo tarde para luego quedar con uno de esos comunistas soviéticos, hijos de Satán, que solo buscan el mal y la destrucción, como si no hubiera habido bastante hace veinte años.
- Ya sabe que amo mi trabajo. No puedo dejarlo. Era un asunto pendiente sobre el contrabando de tabaco desde el aeropuerto de Tegel.
- Permíteme tu pasaporte un momento, por favor. Deja de mentir, le hemos apresado e interrogado de madrugada y nos ha contado lo que se traen ambos entre manos.
- No tengo ni idea de que te habrá dicho ese desgraciado. Encima que le damos de comer a él y toda su familia. Hay que joderse con el chivato de segunda.
- ¿Dónde está la documentación de la que habla?, de ser así como tú dices, que miente, no te importará que lleve los papeles a casa del cónsul ¿no?
- Ya veo que tú mismo te has tomado la licencia de buscarla, y no la has encontrado. No creo que sean los procedimientos propios del corporativismo de espionaje británico, y más entre compañeros.
- Hay veces que las sospechas no se pueden evitar, ya sabes como es este mundo Gustav, un día pasas información a unos, y al día siguiente puedes estar del otro lado.
- Por favor Finch, sal de mi casa. Creo que ya es suficiente.
- De acuerdo pero solo te diré que Hannah va a estar vigilada, ándate con ojo de con quien te reúnes, únicamente por su seguridad. Scott está con ella ahora, tú verás lo que haces.
- Muy bien, el código ahora también incluye amenazas. Sal por favor.
- Adiós Meyers.
Entonces su mano fue en busca de su mágnum pero le adiviné las intenciones. Cuando levanto la vista yo ya le apuntaba. Le disparé a la rodilla cojo pero no muerto, había hecho mucho por mí. Arranqué el Picasso del aparador y saqué la carpeta que Finch vino a buscar.
Corrí raudo para encontrarme con Hannah, tenía que huir junto a ella, ya era suficiente con mi mujer como para perder a mi única hija. El gran problema era como pasar al otro lado del muro sin documentación.
Siempre habían dicho que la puerta de Brandemburgo era algo demasiado bonito como para manchar sus alrededores de cadáveres que saltaban el muro, yo tenía mis dudas. Pero no podía hacer otra cosa, Hannah me necesitaba. Tenía que volver cuanto antes, pero no sabía como cruzar sin mis pasaportes falsos, y el punto de paso del viejo Greig no cambiaba de turno hasta la tarde así que intentaría pasar haciendo ver mis intenciones sin cometer ninguna locura.
Una nube se cerró en banda ante el sol y le cubrió por entero. Como decía mi padre “con el diálogo se va a todos los sitios”, cosa que yo nunca había creído, pero estaba dispuesto a cambiar mis convicciones. Un hombre es duro, no cambia su paso aunque este caminando hacia la nada…

Mi hija después de mucha esfuerzo ha conseguido el Zertifikat Grundstufe, así podrá adquirir el Deutche Schule para desarrollar su pasión como profesora de niños.
Me llamo Gustav Meyers Trekov, y ejerzo de espía para el gobierno inglés desde hace siete años.
Mi padre me inculcó el respeto a la política y la posterior obsesión por ella. Pero no por los medios lineales de los últimos siglos, basándome en la dialéctica y los actos de partido, sino como ejecutor de la política invisible, la que verdaderamente en los tiempos en los que estamos sirve de algo más que para hacer cenas en casa del embajador. Mi madre, rusa de nacimiento, me dio el carácter del frío, el de saber mentir, ser afilado como nadie, no confiar ni de mi propia sombra, buscar siempre la visión negativa de las cosas, en la Revolución mi abuelo perdió la vida a las órdenes de Stalin y yo no sería otra leyenda muerta de los Trekov, yo sería leyenda viva y resultó ser desde el comité de espionaje británico de la Alemania de posguerra, en el meollo de la cuestión; en Berlín.
La primera regla de un espía es ocultar su verdadera ocupación, solapar su identidad profesional con un trabajo digno y falso que no haga sospechar a veces ni hasta sus más allegados. Pues bien, si escribo esto es porque me he cansado de ello. La hipocresía de un gobierno que comanda nuestros movimientos y actuaciones desde cientos de kilómetros ha podido conmigo. La incompetencia de Finch, mi superior, ha dado como resultado la muerte de mi mujer al confundirla conmigo en un ascensor. Juro que me la devolverá, para empezar canjearé los datos de los que dispongo con los sindicatos rusos de ocupación de Berlín Este. No me valen las disculpas y las reprimendas desde Londres por un descuido, por una conversación que no se tenía que haber producido en un bar, en un bar equivocado. Mi dulce Tiff ya está muy lejos.
Me ha costado noches en vela tomar esta decisión pero creo que es lo que debo hacer, el problema está en el cómo. Berlín Este no tenía ningún secreto para mí pero el hacer ver a los rusos que era de verdad un británico resentido tenía su miga.
Finch me había dado dos semanas de libertad, suficiente tiempo para dejarle a Hannah mi pensión por si ocurría algo malo y dejarle toda la herencia de su madre.
Cruzamos al Este a un piso franco, situado en la calle trasera del Hackescher Markt muy cerca de la isla de los museos, para operar desde allí mi nueva situación. Me reuní con dos americanos que me debían algún favor y concerté una cita con el jefe de sección del sindicato -das Roteisenerz-. Le advertí sobre mis intenciones y aceptó el trato. Me darían una suma de dinero y obtendría protección. Sólo debía volver al Oeste al día siguiente recogerlo todo y entregárselo al hombre bigotudo de la entrevista.
Al fin y al cabo le había devuelto el favor a mi amada madre. Una comunista de pro que vio como su hijo pasaba al otro frente, al de los esclavos del capitalismo y su dinero, una relación perdida por una mala interpretación, quince años de mutismo solo rotos por el funeral en Podolsk, su tierra natal.
Ahora ya estaré en paz con mamá.
A la mañana siguiente madrugué sobremanera, había dormido mal, la lluvia me había sobresaltado alguna vez en mis ya ligeros sueños. Me até al cinto la Imbel 380 con cargador de nueve balas y salí raudo hacía mi casa. El sol brillaba sobre las aceras de Unter den linden todavía húmedas. Cogí el coche. Al llegar Finch me esperaba con toda mi casa patas arriba, la conversación aún retumba en mi cabeza:
- Unas horas extrañas para llegar a su domicilio ¿no cree Meyers?
- Mi hija se ha alquilado un apartamento con dos amigas de la universidad, estuvimos organizando muebles y se nos hizo tarde. Me quedé allí a dormir, si a usted no le importa. Seguía con mi período de “vacaciones”.
- Se le hizo tarde para luego quedar con uno de esos comunistas soviéticos, hijos de Satán, que solo buscan el mal y la destrucción, como si no hubiera habido bastante hace veinte años.
- Ya sabe que amo mi trabajo. No puedo dejarlo. Era un asunto pendiente sobre el contrabando de tabaco desde el aeropuerto de Tegel.
- Permíteme tu pasaporte un momento, por favor. Deja de mentir, le hemos apresado e interrogado de madrugada y nos ha contado lo que se traen ambos entre manos.
- No tengo ni idea de que te habrá dicho ese desgraciado. Encima que le damos de comer a él y toda su familia. Hay que joderse con el chivato de segunda.
- ¿Dónde está la documentación de la que habla?, de ser así como tú dices, que miente, no te importará que lleve los papeles a casa del cónsul ¿no?
- Ya veo que tú mismo te has tomado la licencia de buscarla, y no la has encontrado. No creo que sean los procedimientos propios del corporativismo de espionaje británico, y más entre compañeros.
- Hay veces que las sospechas no se pueden evitar, ya sabes como es este mundo Gustav, un día pasas información a unos, y al día siguiente puedes estar del otro lado.
- Por favor Finch, sal de mi casa. Creo que ya es suficiente.
- De acuerdo pero solo te diré que Hannah va a estar vigilada, ándate con ojo de con quien te reúnes, únicamente por su seguridad. Scott está con ella ahora, tú verás lo que haces.
- Muy bien, el código ahora también incluye amenazas. Sal por favor.
- Adiós Meyers.
Entonces su mano fue en busca de su mágnum pero le adiviné las intenciones. Cuando levanto la vista yo ya le apuntaba. Le disparé a la rodilla cojo pero no muerto, había hecho mucho por mí. Arranqué el Picasso del aparador y saqué la carpeta que Finch vino a buscar.
Corrí raudo para encontrarme con Hannah, tenía que huir junto a ella, ya era suficiente con mi mujer como para perder a mi única hija. El gran problema era como pasar al otro lado del muro sin documentación.
Siempre habían dicho que la puerta de Brandemburgo era algo demasiado bonito como para manchar sus alrededores de cadáveres que saltaban el muro, yo tenía mis dudas. Pero no podía hacer otra cosa, Hannah me necesitaba. Tenía que volver cuanto antes, pero no sabía como cruzar sin mis pasaportes falsos, y el punto de paso del viejo Greig no cambiaba de turno hasta la tarde así que intentaría pasar haciendo ver mis intenciones sin cometer ninguna locura.
Una nube se cerró en banda ante el sol y le cubrió por entero. Como decía mi padre “con el diálogo se va a todos los sitios”, cosa que yo nunca había creído, pero estaba dispuesto a cambiar mis convicciones. Un hombre es duro, no cambia su paso aunque este caminando hacia la nada…

Un año; 64
Según mis cuentas me quedan sesenta y cuatro años de vida a los ochenta y tres se terminará mi paseo vital. Últimamente pienso mucho, siempre ando apuntando detalles y chorradas soy así. No me gusta del todo pero es lo que hay.
Llegar tarde. Desperdiciarte. Saber que es malgastarte. Como me malgasto a mi misma en la facultad, en casa, en general salvo cuando de verdad creo que aprovecho, junto a ti, junto a cualquiera. No sé o no puedo estar sola.
Perder un metro, tirar el tiempo, las vías me llaman, me acogen en su regazo. Paso, prefiero el vagón. Salgo a la luz, estoy mareada, me paro en un banco respiro y respiro pero parece que el aire huya, que corra por delante de mí, ¿y si un día no lo atrapara?
Mañana…quizá mañana no llegue, si puede que no llegue, ¿para que hacer los ejercicios de integrales? Los supuestos mejores años se me vienen encima, no puedo.
Niña con suerte, es lo que quiero, lo busca mi alma, un no al último beso, conservarlo, quiero encontrarte, por fin, relajarme, ser feliz.
Cara de triste, todas las mañanas, mi sombra de ojos, mi pelo alisado, camisetas de tirantes, zapatitos con mariposas, la escalera se me hace muy cuesta arriba.
El pan duro en la despensa, botes de maíz, mermelada sin aditivos, congelador lleno de helado.
Comemos uno, se quita el vaquero, me mata me mira, chupa un chupa-chups, me imita.
Cama sin hacer, si papá y mamá supieran…
Recordando aún la última vez, siento sus manos palpándome.
Colillas y cerillas quemadas al lado de las macetas, riego las plantas, que bonitas superskunk, me llegan por la cintura. ¿Cómo gasto mi tiempo? ¿desaprovecho? Los desayunos hace mucho que no existen, siempre me levanto y ya es hora de comer.
La música suena, odio el silencio, Banquet gran tema. “ A Heart of stone, a smoking gun”
Cartas dobladas, el casero vendrá en un rato, ochocientos euros de alquiler, el amor suele estar a parte pero últimamente parece haber desaparecido.
Llamadas perdidas, estás matando todo lo que hay en mí. ¿estás feliz con lo que estás haciendo? Tus besos parecen estar cobrándose en cada instante, ¿soy una soñadora?
De cuclillas por la vida, me corto el pelo y él pasa por la calle, ¿quiero de verdad la píldora?
Tardes, noches, mañanas, quiero brillar en el corazón de algún chico, sentirme importante, sentir que valgo para alguien a parte de para mí misma.
Cigarros, cervezas, copas, si me faltan, me evado en el stereo de los altavoces “And if you feel a little left behind, I will see you on the other side”
Temas, pistas de baile, jueves locos, el último con el chico misterioso, murió volviendo a casa, vaya mal trago, por lo menos se fue teniéndome a mí como último recuerdo, aunque algo dramático eso me hace sentir bien.
Cenas césped llaves, sentir la desnudez de otro cuerpo.
Portales sillones caricias, cientos de noches viajando, de este a oeste de norte a sur, en la cama, en la calle, de bares, por favor, abre la puerta tengo frío aquí fuera. En la ventana veo reflejadas las nubes, veo más allá, como si viera más luz a través de una bombilla.
Verlo pasar todo, me despierto corro las cortinas, el día esta acabando, un buen rato para ir a nadar, mi cutis terso y fino lo agradece, y ellos también.
En un momento las lagrimas caen hacia dentro, en lo más hondo.
Corre por mis venas algo de harina sobrante, corren mis tacones por el suelo, me miro al espejo, me gustan mis curvas, mis pezones son lindos. Vuelven a cantar los pájaros, la noche clarea, otra noche sin dormir ya perdí la cuenta me quede en seis mil. Miro mi corcho, fotos de ayer y de hoy. Ahí estas. Fuiste el último, el mejor.

Papeles en los bolsillos

Este artículo viene determinado porque encontre en un bolsillo de un chubasquero el siguiente texto. He añadido alguna palabra y frase que completaba su sentido
"25 de Marzo de 2004
También hoy es un día raro, para empezar llueve y hace frío, más de lo normal. Supongo que nunca he sabido sofocar los numerosos conflictos y las numerosas guerrillas que cada tanto se rebelan en la península de los sentimientos, y por mucho que reciba inversiones extranjeras, en el ejército de la cordillera del pensamiento, ninguno de los generales ni comandantes que fueron asignados son más capaces de lo que fue Napoleón.
La palma se la llevan Paula, el sábado, las teorías del 300%, la adolescencia y la necesidad de buscar respuestas.
Como por ejemplo cuando me encuentro con un personaje que se sienta al fondo para poder verlo todo y me deja ver un poquito y dibuja mapas, porque tiene mi edad pero sabe volar, y puede ver las cosas desde arriba: La planta que se dice. Prefiere sacar las fotografías con la media luz de la tarde, pero eso no quiere decir que sea negativo, sino que valora los rincones en general considerados melancólicos. Yo a veces me confundo y no analizo alguna de las instantáneas o de los planos que me deja ver.
Y tiro palabras al aire como piedras cuya caída no me quedo a escuchar, y le doy un poco la razón: Las vueltas que da una pajita tan larga hacen que las cosas pierdan su sabor (lo que siempre hemos buscado; la esencia) de lo que al fin y al cabo nos alimenta. Por suerte no tiene pelos en la lengua ni dobleces en el carácter y me avisó.
La piedra hizo pum, al llegar al fondo, que torpeza la mía, tendré que refinarme. Por suerte sus palabras frases y conversaciones me envuelven y cuando el ejército del pensamiento llega tan herido, el personaje me insinúa alguna de las tácticas que, según ha observado desde el fondo, acostumbra a seguir la guerrilla. Por suerte."
Cosas que conservaré
Antonio dejó las llaves encima del sobre en la mesa junto al comedor y marcho despacio hacia la puerta. Sabía que probablemente no volvería a estar en aquel apartamento, cerró suavemente y bajo por las escaleras encendiéndose un cigarrillo.
Sus días de pareja con Paloma habían tocado a su fin.
Después de tres años de noviazgo, decidieron que era el momento de compartir su vida juntos y dieron el paso de alquilar un apartamento muy mono en el centro que solo duró diez meses aún habiendo pagado de primeras los dos primeros años de alquiler (regalo de la abuela de Paloma a su queridísima nieta).
Antonio si por algo se caracterizaba era por valorar todo su mundo en escalas de importancia, en unas prioridades, en una significación siempre más personal que material. Al fin y al cabo uno mismo es dueño de su vida y de sus decisiones, lo externo nos viene dado por nuestros esfuerzos o por terceros y diversas situaciones, pero era mejor según lo que pensaba el guiarse y fiarse de los sentimientos y sensaciones primero de uno mismo y por debajo de ello atender al mundo que le rodeaba.
Es lo que le enseñó a Paloma (mucho más materialista) y quizás ese era uno de los nexos de la química entre ambos.
Todavía recordaba un día al poco de irse a vivir juntos yendo de compras, Paloma obtuvo infinidad de cosas para la casa y estaba radiante de felicidad con sus cojines, su lámpara de diseño, su tostadora… y él de esa tarde se quedó con el recuerdo de la mirada de la dependienta de la tienda, una mirada de envidia, en cierta manera infeliz, de ver como ante ella se encontraba una pareja ilusionada y enamorada. Cosa que ella no había encontrado desde la adolescencia.
El sobre escondía la última carta que le escribió un par de días atrás una vez sabido todo y viendo que no había vuelta atrás:
“Paloma si ya no es lo mismo o me sustituyes por otro o vete a saber que, yo no puedo hacer nada, solamente quiero que sepas las cosas que deseo conservar de nuestra historia.
Por ejemplo nuestro primer beso, mis camisetas cuando olían a ti al haberte tenido abrazada durante horas, tu melena recién levantada, besos tibios entre las sábanas, tu nariz respingona, tus bragas de corte brasileño, noches que soñé contigo, todas las horas pasadas besándonos, mirándonos, tocándonos, hablando, tus clavículas, tus hombros, tu ombligo (el hoyo 7 como lo llamábamos), tu mano sobre mi cara tras varios días sin afeitar, tu voz, tus ojos, tu temblar de frío, lágrimas de películas sensibles que te tocan ahí dentro, agarrar mi brazo, los silencios, el sabor amargo de tus insultos, Jorge y Ariadna nombres de bebé, tus interminables duchas, los suaves ronquidos, el ruido que hacías al sorber la sopa, tus labios, tus taconeos por el pasillo, tu piel, el sujetador colgado de la silla o tirado por el suelo, el no comer entre horas para guardar la línea, el rimel en la almohada, tu zumo de pomelo sin el que no serías tú, dos palabras –te quiero-, las pecas de tus pechos, ser dos y parecer solo uno. En fin simple y llanamente mis pequeños recuerdos de lo mejor que he tenido en mi vida, es decir tú, mi morena de flequillo.
Me llevo la foto que teníamos en el salón espero que no te importe los demás objetos y pertenencias te las dejo a ti que siempre les diste más importancia que yo. Un beso, Toni.”

Sus días de pareja con Paloma habían tocado a su fin.
Después de tres años de noviazgo, decidieron que era el momento de compartir su vida juntos y dieron el paso de alquilar un apartamento muy mono en el centro que solo duró diez meses aún habiendo pagado de primeras los dos primeros años de alquiler (regalo de la abuela de Paloma a su queridísima nieta).
Antonio si por algo se caracterizaba era por valorar todo su mundo en escalas de importancia, en unas prioridades, en una significación siempre más personal que material. Al fin y al cabo uno mismo es dueño de su vida y de sus decisiones, lo externo nos viene dado por nuestros esfuerzos o por terceros y diversas situaciones, pero era mejor según lo que pensaba el guiarse y fiarse de los sentimientos y sensaciones primero de uno mismo y por debajo de ello atender al mundo que le rodeaba.
Es lo que le enseñó a Paloma (mucho más materialista) y quizás ese era uno de los nexos de la química entre ambos.
Todavía recordaba un día al poco de irse a vivir juntos yendo de compras, Paloma obtuvo infinidad de cosas para la casa y estaba radiante de felicidad con sus cojines, su lámpara de diseño, su tostadora… y él de esa tarde se quedó con el recuerdo de la mirada de la dependienta de la tienda, una mirada de envidia, en cierta manera infeliz, de ver como ante ella se encontraba una pareja ilusionada y enamorada. Cosa que ella no había encontrado desde la adolescencia.
El sobre escondía la última carta que le escribió un par de días atrás una vez sabido todo y viendo que no había vuelta atrás:
“Paloma si ya no es lo mismo o me sustituyes por otro o vete a saber que, yo no puedo hacer nada, solamente quiero que sepas las cosas que deseo conservar de nuestra historia.
Por ejemplo nuestro primer beso, mis camisetas cuando olían a ti al haberte tenido abrazada durante horas, tu melena recién levantada, besos tibios entre las sábanas, tu nariz respingona, tus bragas de corte brasileño, noches que soñé contigo, todas las horas pasadas besándonos, mirándonos, tocándonos, hablando, tus clavículas, tus hombros, tu ombligo (el hoyo 7 como lo llamábamos), tu mano sobre mi cara tras varios días sin afeitar, tu voz, tus ojos, tu temblar de frío, lágrimas de películas sensibles que te tocan ahí dentro, agarrar mi brazo, los silencios, el sabor amargo de tus insultos, Jorge y Ariadna nombres de bebé, tus interminables duchas, los suaves ronquidos, el ruido que hacías al sorber la sopa, tus labios, tus taconeos por el pasillo, tu piel, el sujetador colgado de la silla o tirado por el suelo, el no comer entre horas para guardar la línea, el rimel en la almohada, tu zumo de pomelo sin el que no serías tú, dos palabras –te quiero-, las pecas de tus pechos, ser dos y parecer solo uno. En fin simple y llanamente mis pequeños recuerdos de lo mejor que he tenido en mi vida, es decir tú, mi morena de flequillo.
Me llevo la foto que teníamos en el salón espero que no te importe los demás objetos y pertenencias te las dejo a ti que siempre les diste más importancia que yo. Un beso, Toni.”

Koala

-"Va a venir mi prima con unas amigas suyas"
Aquí comenzó la andadura noches inolvidables, anís, moda otoño invierno, viajes en metro cuando amanecía, fiestas, mayorías de edad, el actor, bautizo granjil... y un largo etcétera.
Va por vosotras Marta, Lus, Nilda y el grupo al completo
You waste your life : Turkey & Jordan II

Sahid, Petra
Two jumps in a week, I bet you think that's pretty clever don't you boy.
Flying on your motorcycle, watching all the ground beneath you drop.
You'd kill yourself for recognition; kill yourself to never ever stop.
You broke another mirror; you're turning into something you are not.
Don't leave me high, don't leave me dry
Don't leave me high, don't leave me dry
Drying up in conversation, you will be the one who cannot talk.
All your insides fall to pieces, you just sit there wishing you could still make love
They're the ones who'll hate you when you think you've got the world all sussed out
They're the ones who'll spit at you. You will be the one screaming out.
Don't leave me high, don't leave me dry
Don't leave me high, don't leave me dry

San Salvador de Chora (Carille) church, Estambul

Capadocia mounts
I felt for sure last night
That once we said goodbye
No one else will know these lonely dreams
No one else will know that part of me
Im still driving away
And I'm sorry every day
I wont always love these selfish things
I wont always live
Not stopping
It was my turn to decide
I knew this was our time
No one else will have me like you do
No one else will have me, only you
You'll sit alone forever
If you wait for the right time
What are you hoping for?
I'm here I'm now I'm ready
Holding on tight
Dont give away the end
The one thing that stays mine
Amazing still it seems
I´ll be 23
I wont always love what I'll never have
I wont always live in my regret

the family, dad

Street market, Bursa (Turkey)
Sometimes i wish i was brave
i wish i was stronger i wish i could feel no pain
i wish i was young i wish i was shy
i wish i was honest i wish i was you not i
'Cause I feel so mad
I feel so angry
I feel so callused
So lost, confused, again
I feel so cheap
So used, unfaithful
Let's start over
Let's start over
Sometimes
i wish i was smart i wish i made cures for
How people are
i wish i had power
i wish i could lead i wish i could change the world
For you and me

take a look at desert, Wadi Rum, Jordan

capadocia mounts
You waste your life : Turkey & Jordan

Uçhisar
You waste your life
Making film
Through the frames
You revealed
We watch the all the tapes
Push pause and wave
Over and over
At the screen

Capadocia mounts

Pamukkale
Walking down this hill tonight
I had a thought all to myself
As I contemplated the moonlight
We've got it all, we've got it made
I don't know how I got here
But I'm holding on for the crash
Pull myself out of the moon
I know I'll never go there but
It's shining down from up on high
We got it made, we got it made
I don't know what we gotta make
Sooner or later lay down
We're apart, go to pieces
Why not go to sleep
Look into my heart, oh baby
Don't become a part of the past
You can be a part of the keep

Suleymaniye Mosque, Estambul

Golden Horn, Estambul
overcome by your moving temple overcome by this holiest of altars
so pure so rare to witness such an earthly goddess that i've lost my self control beyond compelled to throw this dollar down
before your holiest of altars
i'd sell my soul my self esteem a dollar at a time for one chance one kiss one taste of you my magdalena

Wadi Rum desert, Jordan

Capadocia
The avalanche
we strode towards
is nothing too us at all
with all its force we know it cannot
ever concieve to stand in our way
condascending
chased it to well
we're the first ones
start our lives here
and changing patterns dont take a toll
we wont forget why we are here
with our hands held together,
the clouds part
as if they knew not to stand in our way

Petra at dusk
Tormenta y cerveza
La comparación era odiosa. El hecho de que ella tuviera la nariz respingona me hizo decidirme.
Es cierto eso que dicen que los hombres a partir de las tres no tenemos gusto racional, es el dicho aquel de “nos gustan todas”.
La noche anterior conocí a dos rubias que decían ser lesbianas y todo resulto un absurdo juego, no trabajé lo suficiente, me dio lástima, me hubiera gustado tener las dos horas de rigor hasta el cierre con la guapa.
Andaba confuso, el invierno se acercaba de nuevo y mi cerebro se volvía a aletargar, otra época de exámenes, otras navidades en pleno consumismo, más marisco, mucha familia, algo de nieve, una escapada con suerte, la rutina de la nochevieja, cenar, uvas, vomitarlo todo, ducharse, ponerse guapo, y a disfrutar de las horas de intervalo entre los dos años, el que se iba y el que venía.
Me encantaban los octubres y noviembres, adiós al sol picante del verano, las nubes se hacían protagonistas en el cielo, medias sombras por la calle, el soplo del viento frío al dar la vuelta a una esquina, millones de hojas ya desprovistas de vida, los pómulos sonrosados de ellas a causa de las bajas temperaturas, la salida de los gorros, las bufandas, los cuellos altos, las manos heladas, los pies como témpanos...
Me senté cerca de casa, bueno específicamente me tumbé en el césped de la avenida Rosberg, se estaba preparando una tormenta, el sol desaparecía a ratos, las nubes pedían a gritos descargar agua, el aire bufaba entre las ramas de los robles. Me sentía una porción más de la que se iba a liar en breves instantes. Me levanté enseguida y corrí hacia casa para que no me alcanzaran las primeras gotas.
La chica de la nariz respingona continuaba dormida en mi cama, el somnífero, el calcetín y la cinta aislante en la boca por si acaso. Todo bajo control. La noche anterior estuvo muy curiosa. Nunca había tenido relaciones con alguien en estado de inconsciencia, he de admitir que no era lo mismo que si ella estuviera en plenas facultades, todo el trabajo lo tenia que hacer yo, ¿donde se había visto cosa igual?
Hoy no sé si tendré ganas, depende de cuanto bourbon consuma después de la cena. Me preparé una tortilla de espinacas para mantener la línea y la di su correspondiente pastilla para que no me molestara en demasía.
Jugaba el Liverpool contra el West-ham, el partido de los jueves era mítico. Bajé a Fass donde me esperaban Dan y Thomas, dos cervezas bien frías y vuelta a casa.
Se puso farruca y me hizo enfadar, quizás me excedí al patearla escaleras abajo, por fin paró de forcejear, no me paré a pensar, pero tras unas copas y buena música volví a verla. Estaba muerta.
Me acosté pronto, al día siguiente tenía cita con mis amigos del colegio y la siempre divertida partida de paintball, a la vuelta ya me preocuparía por ver como deshacerme de ella. Seguramente al jardín al lado de la caseta de Spok, como había hecho con las otras dos.

Pasos medios desde una ligera distancia y luces que parecen apagarse
No conseguí sentarme donde quería, ni en el asiento de la salida de emergencia ni en la primera fila. Antes de despegar ya me había encabronado. El último hueco libre espacioso para mi más de 1´90, lo ocupó un hombre. Ya en la terminal en la sala de espera había fumado junto a él en la zona reservada a fumadores, una esquina donde con cinta aislante en el suelo y un cartel se permitía fumar. Me pregunté como sabía el humo de mi pitillo y el de los demás que tenía que respetar la línea imaginaria del espacio y no salir de él porque estaba prohibido. Llegue a la conclusión de que el humo es inteligente.
El hombre que me robó el último asiento de mi gusto era un tipo achaparrado, no me gustaba nada su pinta, me pareció desde el primer momento tener enfrente a un pedófilo de primera línea, pelo grasiento, ropas gastadas, manos grandes y rojizas, como de apretar contra sí los cuerpos de pequeños y pequeñas inexpertas. Continué el paso por el pasillo hasta otro asiento.
Finalmente me senté al fondol en la zona de cola, y encendí mi G4 para visionar un par de DVD. A las cuatro horas descendimos del avión, el aeropuerto de Ankara era realmente feo.
El aire era húmedo y pegajoso, nunca pensé ni pensaría que Turquía es Europa, me parecía totalmente distinto. En todo caso sería un híbrido, un paso medio entre Europa y el viejo continente y la inmensidad de Oriente. Un paso medio como las puertas de seguridad de los bancos, entras de la calle y cierras pero aún no has entrado en el banco, estás en una zona media entre la calle y los amigos del capitalismo.
Me recogió una furgoneta de la expedición. Sakarya, el representante, se encontraba en su interior, me saludó efusivamente, ya hacía un par de años que no había vuelto a Turquía. Era el hombre más amable que he conocido, en una bolsa y aún caliente encontré humus y falafel, era realmente impresionante como cocinaba su mujer. Me hospedé en el Irh-Sham junto a la gran mezquita al día siguiente salía para Pamukkale.
Seis de la mañana, el hall del hotel era un desierto con un oasis. Balikesir (la guía e intérprete que me había asignado Sakarya) me esperaba. Su belleza exótica me hizo chocar con un sillón. En el viaje me enteré de muchas cosas, entre otras como era de las pocas mujeres rubias que había visto en algún país de este tipo, su madre era sueca y su padre un joyero muy conocido en Izmir cerca de la frontera griega.
Uno de mis sueños sexuales era el de tener una aventura con una guía u otra viajante y si por mí fuera la acababa de encontrar.
Pamukkale me encantaba, haría dos noches allí antes del día del eclipse, todo estaba organizado solo faltaban unos detalles mínimos.
La noche siguiente me emborraché demasiado, la celebración de lo que estaba por venir dio con mi cuerpo en un estado de resaca la mayor parte del día de preparación y elección del lugar en los terrenos del hotel.
He de admitir que el acostarme con Balikesir me hizo ser muy optimista con las previsiones meteorológicas.
Querer era poder, incluso desear era poder, todo me sonreía. Pensaba en algo y se cumplía, nunca hay que subestimar el poder de los sueños, que de alguna manera son nuestras propias ambiciones personales maquilladas por los pensamientos y objetivos a la vez que sueños a realizar, que nos vamos marcando casi a cada instante, que se configuran como un que hacer cotidiano ya sea por estudios, deseos, gustos, preferencias, pasiones y esa simple pregunta pero tan recurrente; ¿qué pasaría sí…? A la que a veces encontramos respuesta y cuando ocurre es genial.
Otra expedicionaria me dijo que la noche anterior la prometí ver al dios astro esconderse desde la piscina, con una caipirinha. Hay que ver las gilipolleces que se pueden llegar a decir cuando se va borracho, pero yo lo necesitaba para que negarlo.
Era una herencia desde mi juventud, era llegar el fin de semana y mi mano añoraba el vaso de tubo y mi boca el sabor del buen ron o del bourbon, no lo podía remediar.
Todavía hay lunes que le pido a disculpas a mi propio hígado por los daños causados, ¿pero, a caso voy a ser sano para que luego me descubran un cáncer a los cincuenta después de haber sido un purista en cuanto a la consumición de drogas en general? Me negaba, el agua es muy sano, pero cerveza y vino, nadie podrá blasfemar en su contra.
Me acuesto a las 9 de la noche, a las 4 de la madrugada el gallo metálico sonará para tener todo bajo control y tiempo de maniobra en caso de sucesos no esperados.
En la ducha oigo un portazo, al salir veo la cortina pillada por la ventana y como se mueve la tela, había corriente. Al abrir para devolver la tela a su sitio observo que el cielo está demasiado gris. No lo podía creer, la temida tormenta de arena que los lugareños apodaban Al-Yakusaj se ciñe sobre Pamukkale.
Este fenómeno según me había informado sólo tenía un porcentaje de incidencia del 8% y parecía que ese porcentaje residual quería que no contemplara al astro.
Inmediatamente organicé una reunión en un salón del hotel y puse especial hincapié en que los conductores (conocedores de la región desde su nacimiento) estuvieran allí junto a la quincena de personas para ver donde dirigirnos, me fiaría de ellos. Había que deshacerse de la mancha marrón y había que ganar tiempo, el factor más importante. Quedaban seis horas hasta el comienzo de la fase.
Montparnasse, segundo guía, hijo de un francés, apostó por intentar salir de la región hacia las montañas del Atlas, con una altitud mayor y dejando atrás la mancha todos accedimos y los conductores dieron su apoyo. Iríamos cerca del monte sagrado de Suleiman. La situación en parte era arriesgada, desde el principio no quise estar cerca de las montañas, los frentes y nubes se agarran a los picos de más de dos mil metros y la posibilidad de encontrarnos con un cielo plagado de cumulus nimbus no era nada descabellada, pero no quedaba otra.
Después de tres horas conseguimos el objetivo un cielo despejado, el único temor eran unas pocas nubes altas en un pico del Oeste pero parecían estar bien ancladas al risco como si le quisieran mucho y no se fueran a ir al menos hasta el paso del eclipse. En una media hora teníamos todo más o menos montado. Nos alejamos de la carretera y detrás de un complejo que alguna vez fue un Casino lujoso, nos repartimos por una explanada cimentada.
Todo mi tinglado estaba creado. Una media luna justo por la trayectoria del sol con el Vixen para ver las protuberancias, los prismáticos de 15x80, la cámara con seguimiento vía CCD la hamaca y botellas de agua.
Entre vicisitudes, comentarios, stress, y divagaciones de cómo sería el momento esperado llegamos a diez minutos antes del comienzo de la fase.
De repente se hizo el silencio, sepulcral, cada uno quedo consigo mismo y sus pensamientos. Se levantó una ligera y fresca brisa, la mayoría nos pusimos un sweater.
A las once y diez y aún indescifrable la Luna se interpuso entre nosotros y la gran estrella. A los veinte minutos el mordisco ya era perceptible. Se levantó más viento aún y así de un momento para otro pasado un rato, la luz del día se desvaneció, parecía que alguien hubiera dado al interruptor de apagar. Los pájaros comenzaron a revolotear en bandadas y el silencio aún se hizo más significativo.
Era una luz dorada como si se proyectara a través de un papel pinocho. Alcé la vista un momento para encender un cigarrillo y observé a Balikesir. Su pelo parecía oro y su piel brillaba de otra manera, en una ligera distancia me volvía loco. Volví a ceñirme sobre mis aparatos y continúe, faltaban escasos minutos para la fase total, monitoricé la cámara y me di en vida y alma al Vixen.
Es algo que no se puede explicar, vivir un eclipse total de sol es algo que tendría que imponerse por ley, algo parecido a ver las pirámides de Gizeh, el Partenón o las muchas maravillas del mundo.
A los tres días regresé a Madrid y he aquí la casuística que conseguí asiento para gente alta (como los nombraba mi hermana), se volvía a repetir, querer era poder, desear algo era poder. Y todo en ese viaje resultó, aún con granos de arena en suspensión, perfecto.






