Catequesis en la España profunda

Hoy hemos vuelto a ir a la iglesia a nuestras clases semanales de catequesis, nos lo hemos pasado muy bien. Don Julio es un hombre muy simpático. Nuestras mamás desde hace unos días nos dejan ir solas al pueblo. Cogemos el autobús de línea y al llegar nos espera Don Julio para ir camino de la iglesia. Cristina dice que ya somos mayores, nos gusta ir solas en el autobús, es muy divertido. La gente que va en el autobús nos regala caramelos, hoy una señora muy mayor nos ha dado una piruleta, la hemos dado las gracias y nos la hemos comido.Luego hemos llegado y allí estaba Don Julio.
Don Julio respira muy fuerte, es como mi abuelo, que al dormir suena cuando respira, mi madre dice que el abuelo jadea así que Don Julio también jadea.
Cristina siempre enciende los cirios para poder leer mientras yo voy a por la Biblia a la sacristía. Hacemos casi siempre lo mismo, leemos la creación y después hacemos un dibujo. Hoy hemos leído sobre Adán y Eva y hemos hecho un dibujo muy bonito. A Don Julio le ha encantado el mío ha dicho “Maribel, tus manos reflejan a la mismísima Biblia tal y como es”, y luego me ha acariciado la cabeza.
Nuestras mamás que son muy amigas están muy contentas de nosotras. Dicen que así con la comunión, seremos unas mujeres buenas. Vivimos en un pequeño pueblecito cerca de Santa Cristina de la Polvorosa en la provincia de Zamora. Vamos al colegio allí y también vamos los sábados para hacer catequesis. Don Julio no es muy mayor, es más joven que nuestros papás, tiene el pelo negro y se afeita, yo creía que los chicos mayores tenían barba pero Don Julio no. Mi papá tiene, Jacinto el del bar tiene un bigote muy grande, el tío Paco, el de la lechería, la tiene ya blanca, pero en el pueblo muy pocos están afeitados como Don Julio. Lo único raro de él es que habla muy deprisa. Hay veces que miro a Cristina porque no entiendo que verso ha leído y las dos nos reímos por lo bajo. Además suda mucho, cuando se despide de nosotras tiene las manos húmedas.
Estamos muy contentas porque la semana que viene por fin hacemos la comunión. Esta semana iremos tres días para prepararlo todo.
Tengo cuatro pezones guardados en mi bolsillo.
Es el único resto que queda de ellas. Primero he encerrado a Maribel en la sacristía. He atado a Cristina a un pilar y la he penetrado con todas mis fuerzas, tenía tantas ganas de hacerlo, ha sido una sensación muy placentera. Su cara de sufrimiento me animaba a seguir con ello, la he levantado por la cintura y la he sujetado con mis brazos, ambos nos movíamos hacia adelante y hacia atrás, si me excitaba demasiado se golpeaba contra el pilar con la cabeza.
Después la he abofeteado y con un cuchillo la he rebanado el cuello todavía viva. He cogido la empuñadura al revés con la hoja hacía fuera y de un corte más o menos limpio la he sesgado su fino cutis. Los borbotones de sangre han salido como si hubiera descorchado una botella de sidra. Parecían una papilla de un rojo intenso que se deslizaba por su cuerpo. Incluso he creído atisvar sus cuerdas vocales, evidentemente desgarradas. Mi alzacuellos se ha manchado. Después la he vuelto a penetrar y me he corrido sobre su cara, ya inerte.
Por último la he cortado sus dulces y pequeños pezones, con mi mano derecha he sujetado sus pequeños senos aún sin formar y con el cuchillo los he rebanado como quien corta un jugoso entrecot. Después los he saboreado y los he guardado en el pañuelo con el que me limpió después de beber el vino.
Tras ello, he encendido los cirios, la luz ya escaseaba dentro de la nave. He oído a Maribel sollozar y me he dirigido a la sacristía. Estaba acurrucada en una esquina cerca de la puerta que da al patio. Me he quitado el cinturón y la he fustigado hasta que su vestido color crema ha tomado un aire granate. La he sentado entre mis piernas y le he metido mi pene en su boca. Ni San Mateo se habría sentido así al interpretar los evangelios. Me ha mordido no se si queriendo o sin querer.
Cargado de irá he cogido el crucifijo más grande de la instancia y se lo he metido por el culo. Sin sacárselo la he metido mano por todo su cuerpo, gozando a más no poder. He sentido su sexo como no lo habia sentido con nadie, el aire virginal ha colmado mis ansias de deseo. No sé en que momento perdería el conocimiento, pero cuando terminé con mis manos ya no se movía.
Fui raudo y veloz al altar y cogí el atril de hierro forjado, eché un vistazo al cuerpo de Cristina. Su cuello estaba demasiado doblado y la sangre algo seca se repartía por su cuerpo incluso llegando a las uñas de los pies.
De vuelta a la sacristía me dirigí de nuevo a Maribel, la desconfiguré la cara para que no la pudiesen reconocer. Sus pelos y partes de su cara se insertaban en el hierro retorcido. Corté los otros dos pezones, de la misma forma que lo hice anteriormente. Se había convertido en mi pequeño ritual. Eran más grandes que los de Cristina. Abrí el pañuelo y los deposité junto a los otros dos, acto seguido los guardé en mi bolsillo. Así acabé mi obra.
Salí al patio a fumarme un cigarro. Bajo la techumbre del pequeño porche se almacenaban unos cuantos cientos de troncos, cogí unos cuantos y preparé la fogata, decidí que las quemaría. La piel quemada la eché al saco de incienso de cinco kilos. Ahora, cada gran ocasión la iglesia se embadurnaría de sus olores frescos y sensuales. Los huesos los llevé al río. Me fui a casa.
Dormí como un auténtico ángel.
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Julio Fuensanta no fue expulsado de la iglesia. Su caso fue archivado y se decidió cambiarle de ubicación. Fue enviado a Aragón, concretamente a Sabiñánigo (Huesca) donde aún ejerce como párroco. Contactos con la policía y la flema religiosa hicieron creer a todos que un pederasta (un pobre enfermo mental de un pueblo cercano) había sido el autor de la barbarie. Acto seguido a Don Julio se le cambió de ubicación como ya se ha mencionado por el terrible acontecimiento, incluso se dijo que entró en una tremenda depresión por lo ocurrido. Según sus propias declaraciones días después de los hechos “Dios es incapaz de dar cabida en este mundo a seres tan repugnantes”.
Los puzzles de Natacha Plotter

Los puzzles la encantaban. No hacia otra cosa. Estuvo en el sótano sin salir más 7 años. Incluso recibía clases de su tío Hans allí mismo, sin ni siquiera subir a la planta baja de su casa. Su madre la regaló por su cumpleaños de los dieciséis una pequeña televisión de once pulgadas para que su vida fuese en parte más amena. Esto a la larga sería el encendedor de la mecha para que su hija explotara.
La señora Plotter, era de lo más hipocondríaco que se puede imaginar. Si una mosca entraba en casa se ponía malísima por los gérmenes que pudiese llevar ese ente volador a su vivienda, pero no la fumigaba por miedo a que los gases contenidos en el bote la hicieran mayor daño aún que la mosca. El señor Plotter últimamente estaba ya harto de esa situación, y eso que trabaja a jornada completa en la central nuclear de Vladivostok y llegaba a casa muchos días cuando ya era noche cerrada. Según he sabido, el señor Plotter estuvo yendo como ocho meses a un burdel del otro lado de la ciudad, harto de las excentricidades hipocondríacas de su mujer.
Es allí donde conoció a Natacha, la mujer que le había devuelto las ganas de vivir, además se llamaba igual que su hija, la cual era la base de tanto esfuerzo y trabajo; sacar adelante a su hermosa pequeña para que algún día tuviese una vida mejor que la suya.
Natacha Plotter únicamente tenía contacto con el mundo exterior a través de la ventana del sótano que daba a los pastos detrás de su casa. Llevaba así desde enero de 1982. Ahora por lo menos tenía televisión.
La mañana del 23 de Enero hubo un escape en un generador térmico de la central y la mayoría de las personas quedaron expuestas a una radiación a la larga mortal. Natacha dormía y su madre al conocerlo la llevo al sótano a toda prisa donde pensó que la radiación no llegaría o al menos sería menor.
Su padre quedó contaminado igual que los casi dos mil trabajadores, y todos los pueblos en un radio de veinte kilómetros quedaron bajo la radiación mortal.
El señor Plotter en lugar de desanimarse, pensó en el hospital durante las interminables pruebas para ver su estado, en que lucharía por que su hija pudiera marcharse de allí al alcanzar la mayoría de edad. Ante el sentimiento de culpabilidad de tener encerrada a su hija en el sótano para lograr en la medida de lo posible que no se expusiera a la contaminación, cada primero de mes la regalaba un puzzle. Cuanto más mayor se hacía más complicados eran, pero su pequeña los resolvía sin apenas esfuerzo. El propio sótano estaba lleno de ellos, las paredes del salón y los dormitorios también acogían las hazañas de su pequeña. El señor Plotter estaba feliz de que su hija fuese tan lista con tan poco.
Natacha no dejó de ver la televisión durante semanas, sólo la apagaba para dormir. Un mundo nuevo se abría ante ella. Un día una noticia la sobrecogió por completo. En una ciudad alemana habían derribado un muro. Natacha no entendía porqué era tan importante si debía de haber millones de muros repartidos por Europa. Asistió a la caída del muro de Berlín, preguntó a su tío por ello y él contesto muy amable durante horas a sus preguntas. Un puzzle que colgaba de la pared oeste del sótano la hizo tomar la decisión. El año anterior cuando cumplió los quince, su padre la regalo el puzzle de la puerta de Brandemburgo. Estaba harta quería salir y verla con sus propios ojos. Se había acabado el encierro.
Habló con su padre (sabía que era mejor que con su madre). El señor Plotter acogió la noticia de buen grado, sabía que tarde o temprano ocurriría y no le pilló de sorpresa.
En unas dos semanas se marcharía a Kiev.
Su madre no lo admitió igual. Su vida en la última década había girado en estar pendiente de su hija, de cuidarla de la radiación y de que no entrase contaminación al sótano. El señor Plotter consiguió hacerla cambiar de opinión y hacerla ver que era lo mejor para Natacha.
Cuando llegó fue internada en un colegio religioso protestante. No sabía que en su país, Ucrania, pudiera haber una ciudad tan grande. Vivió en Kiev hasta 1997 donde acabó sus estudios de Geografía. Después viajó a Alemania a una plaza vacante en un instituto de Bochum. Y en 2000 llegó a Berlín.
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Fue entonces cuando la conocí. Una noche entre luces rojas y música atronadora me dí de bruces con ella en la barra de un club. Me enamoré al instante, esa misma noche la besé por primera vez. Hoy hace casi tres años desde que vivimos juntos. En noviembre se convertirá en mi mujer. Sus padres vendrán próximamente para conocer la ciudad que dio alas a su pequeña.
Luces,vidrieras y fé

vidriera de Carlomagno, Catedral de Archivault
Fébrian Rupert llegó a los doce años a la pequeña ciudad de Archivault procedente de una aldea en la región de bretaña. Su padre fue contratado por el canciller Surré para encargarse de las cuadras en su gran señorío.
Fébrian enseguida encontró nuevas amistades y se hizo rápidamente a la ciudad. Fue a la escuela de la orden benedictina donde estudiaban Trivium y Quatrivium como en las demás escuelas religiosas de la Francia del S.XII.
Destacó a muy temprana edad en filosofía y teología, su profesor, un monje algo jorobado y muy feo se extrañó tanto que dio un informe a la diócesis de Chartres. En el informe proponía que el pequeño mostraba aptitudes más que contrastadas para convertirse en un buen teólogo a lo que la diócesis contestó admitiéndole en el convento de la catedral de Archivault.
A los catorce años, Fébrian compartía todo con monjes de hasta ochenta años más mayores que él. A todos caía en gracia salvo al vicedecano Irnier, el cual le había descubierto una vez masturbándose en la girola de la catedral.
Fébrian hizó su tesis sobre las vidrieras de su iglesia, Santa María Magdalena. Durante este trabajo sufrió unas fiebres que ningún médico de la región supo descifrar según todos fueron “fenómenos extraños o metafísicos” ya que Fébrian gozaba de una salud excelente. Desde esas fiebres no volvió a ser el mismo, su carácter se volvió arisco, dejó de hablar con la gente y se volvió muy raro en sus maneras y comportamientos.
Continuó con su brillante trayectoria y pronto entró a formar parte de la Orden del Señor ocupando un cargo en la sección de la Fé.
A los veintidós años le ofrecieron ingresar en la diócesis de Chartres para la siguiente temporada. Una tarde de invierno fue a despedirse de sus vidrieras y la catedral que había sido su centro de liturgia durante los últimos ocho años.
Jamás se le volvió a ver. Desapareció. Sólo se encontró un pequeño portafolios con un dibujo algo curioso, desde un lado del altar Fébrian había dibujado toda la bóveda central y la puerta principal por la que parecía emanar fuego, como una inmensa luz nada normal.
Pocas semanas después el vicedecano Irnier, asombrado aún por lo acaecido decidió pintar ese dibujo en una tabla.
La obra aún se conserva actualmente en el Vaticano, presidiendo la sala de reuniones para la seccion de la Fé.

Muerte trás la rendija prohibida

Mis palabras y actuaciones, se hacen pensamientos y emociones en mi mente. Aquí en mi habitación. Algo demasiado común últimamente.
Observé fijamente la fotografía en forma de retrato de Edurne. En la imagen se podía contemplar un día soleado y en su retina, se reflejaba mi figura realizando la captura de un segundo en su vida. Era preciosa.
Mi concepción de Edurne era como un cúmulo de segundos robados. Quedaron para ella. No hubo mucho tiempo para compartirlos, es eso, tengo la sensación de que los he tomado prestados o bien, como cuando un cleptómano actúa haciéndose dueño de algo que no es suyo. Pronto falleció.
Esas fotografías y algunas otras quedaron resignadas al olvido. Pasaron a ser naturaleza muerta, como el tintineo de su olor, escapándose cuando miraba en silencio, como sus miradas, sus posturas, sus labios rozándose armoniosamente al hablar, su pelo sobre mi cuerpo, su sombra de ojos, sus pechos…
Tampoco sirvió de nada tratar de cerrar la puerta cuando todo lo que se me había permitido ver, había sido a través de una rendija prohibida.
Una pequeña cerradura prohibida a la que conseguí llegar y observarla durante algunos meses, meses de total entrega y sentimientos furtivos.
Quizás ese carácter prohibitivo fue lo que influyó en mi tendencia a quererla para siempre y quizás encontrarla después en el sueño eterno.
Cuaderno de viajes imaginarios
Shangai “al lado del mar”
Paseando por las concurridas calles de Shangai uno se ve demasiado pequeño y conmovido por el tráfico de coches, peatones, bicicletas, metro, trenes, por el intenso olor de los carritos de comida ambulantes, por las contradicciones entre lo nuevo y lo tradicional, y por el constante murmullo de ciudad activa y gente regateando con mercancías de todo tipo.
Los ojos se me quedan estáticos mirando las elevadas carreteras que podían servir de balcones a los inquilinos de cuartos o quintos pisos y por la inexistencia de espacio libre, todo edificado hasta donde alcanza la vista, todo amontonado.
El comunismo ha caído de sus doctrinas, pareciendo en parte una mentira, es un mundo donde el dinero y la continua superación de la riqueza parecen estar en el orden del día. Ejecutivos, comercios, construcciones...hola al capitalismo.
Shangai es algo inmenso, la ciudad y la muchedumbre te envuelven como si de una manta o boa se tratara es un sentimiento envolvente a veces hasta estresante.
Sin embargo opté por otro tipo de vistas, por descubrir algo más auténtico, esta atmósfera tan abrumadora me impulsó a buscar espacios más tranquilos llevándome al final a los clandestinos barrios Longtang de Shangai.
Los niños jugando al Maghjong, gente de acá para allá con sus carros para portar miles de cosas. Puestos de pescado (los llamados Nukawa), mujeres cosiendo y enrollando telas (las llamadas Fan Ghoy ladies), mucho olor a té y a salsa de soja y ropa tendida sobre cañas de bambú.
Esta no es la habitual experiencia de Shangai, pero es altamente recomendable. Las barriadas típicas que poco a poco van desapareciendo acosadas por oficinas y rascacielos que les comen terreno. Me siento como Indiana Jones cuando escapaba de la mafia con “tapón” ese niño que incluso conducía con sus zapatos de madera.
Se pueden encontrar ciudades dentro de propias ciudades y este es el caso. Los Longtang te transportan a un laberinto de calles que te llevan bastantes años atrás en el marco espacial y temporal y aún más, significan otro estilo de vida distinto al de la inmensidad de la ciudad.
Lamentablemente cada vez quedan menos. Creo que optaré por comer va siendo hora. Una señora que podía tener trescientos años me prepara un Wang-tu (pescado, arroz y soja todo enrollado en una hoja de parra) en uno de los citados Nukawa.
Una chica como de quince años me hace señas al ver mi cámara de fotos, parece que quiere que la siga para fotografiar algo. Nos adentramos por una galería “Shikumen”, huele a humedad, un viejo da vueltas a un cuchillo más grande que mi cabeza, más adelante sale un chorro de humo caliente no se sabe de donde...

Paseando por las concurridas calles de Shangai uno se ve demasiado pequeño y conmovido por el tráfico de coches, peatones, bicicletas, metro, trenes, por el intenso olor de los carritos de comida ambulantes, por las contradicciones entre lo nuevo y lo tradicional, y por el constante murmullo de ciudad activa y gente regateando con mercancías de todo tipo.
Los ojos se me quedan estáticos mirando las elevadas carreteras que podían servir de balcones a los inquilinos de cuartos o quintos pisos y por la inexistencia de espacio libre, todo edificado hasta donde alcanza la vista, todo amontonado.
El comunismo ha caído de sus doctrinas, pareciendo en parte una mentira, es un mundo donde el dinero y la continua superación de la riqueza parecen estar en el orden del día. Ejecutivos, comercios, construcciones...hola al capitalismo.
Shangai es algo inmenso, la ciudad y la muchedumbre te envuelven como si de una manta o boa se tratara es un sentimiento envolvente a veces hasta estresante.
Sin embargo opté por otro tipo de vistas, por descubrir algo más auténtico, esta atmósfera tan abrumadora me impulsó a buscar espacios más tranquilos llevándome al final a los clandestinos barrios Longtang de Shangai.
Los niños jugando al Maghjong, gente de acá para allá con sus carros para portar miles de cosas. Puestos de pescado (los llamados Nukawa), mujeres cosiendo y enrollando telas (las llamadas Fan Ghoy ladies), mucho olor a té y a salsa de soja y ropa tendida sobre cañas de bambú.
Esta no es la habitual experiencia de Shangai, pero es altamente recomendable. Las barriadas típicas que poco a poco van desapareciendo acosadas por oficinas y rascacielos que les comen terreno. Me siento como Indiana Jones cuando escapaba de la mafia con “tapón” ese niño que incluso conducía con sus zapatos de madera.
Se pueden encontrar ciudades dentro de propias ciudades y este es el caso. Los Longtang te transportan a un laberinto de calles que te llevan bastantes años atrás en el marco espacial y temporal y aún más, significan otro estilo de vida distinto al de la inmensidad de la ciudad.
Lamentablemente cada vez quedan menos. Creo que optaré por comer va siendo hora. Una señora que podía tener trescientos años me prepara un Wang-tu (pescado, arroz y soja todo enrollado en una hoja de parra) en uno de los citados Nukawa.
Una chica como de quince años me hace señas al ver mi cámara de fotos, parece que quiere que la siga para fotografiar algo. Nos adentramos por una galería “Shikumen”, huele a humedad, un viejo da vueltas a un cuchillo más grande que mi cabeza, más adelante sale un chorro de humo caliente no se sabe de donde...






