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RboSS, desde 1986
tres veces destilado pero auténtico
Acerca de
Un gilipollas que intenta abarcar en un blog las filosofias profundas sobre la vida en general, y que con la ansiedad de descubrirlo todo rapidamente se le va la mano con las comas. (definición MªLaura)
Sindicación
 
Domingo otoñal


Desperté, todo estaba en calma, no eran más de las 11 de la mañana pero algún transeúnte había cruzado mal o viceversa, era el conductor quien se había propasado en el paso de cebra. El caso es que el sonido de los frenos y el claxon me hizo abrir los párpados. El frescor de las mañanas de octubre se colaba por la ventana entreabierta y la ligera corriente hacia que la cortina se moviera como si tuviera vida propia, unos finos bailes ondulados, que hacían parecer que aquel trozo de tela colgado era realmente feliz.
El sol daba de canto sobre la terraza y entraba en la habitación como queriendo ver que pasaba, se metía en la cama junto a nosotros dos, su luz nos pasaba a ambos por la cintura como un cinturón como queriendo abrazarnos incluso aún más de lo que ya estábamos.
Por el suelo había desperdigadas prendas de ropa, sin duda las de la noche anterior.

Es entonces cuando después de mirar todo lo material y secundario, la miré a ella. No había oído en absoluto el claxon de la calle. Continuaba dormida, absorta en sus fantasías. La cercanía del abrazo del sol sobre nosotros hacía que su cara brillara con especial belleza, más iluminada que de costumbre su rostro irradiaba serenidad mientras dormía. La sombra de ojos era ya un recuerdo de la noche anterior, fundida sobre su tez dorada del sol veraniego. Sus labios reposaban uno sobre el otro, impasibles y quietos. Si contemplar una mujer ya era de por sí algo bello, observarla dormida era algo especial. Podía pasar largos minutos observando, con un sentimiento de paz y tranquilidad que se alcanzaba con pocas cosas más.

Fue entonces, tras mirarla pausadamente, cuando me di cuenta de que nos sobraba media cama. Habíamos ocupado todo el centro, dejando ambos laterales vacíos. El edredón se revolvía y giraba sobre nuestros cuerpos, cuerpos que formaban una especie de K invertida, era una manía, siempre que estaba en la cama ya fuera solo o acompañado me daba por pensar que formaba letras del alfabeto. Una K, ella ligeramente flexionada como una uve excesivamente combada, sobre la que yo dejaba reposar mi brazo, pegada a mí. Y yo más recto y estirado, con mi cabeza sobre la almohada, con su cabello a centímetros o incluso unido a mí cuando dormíamos aún más juntos.
En ese instante me dio por pensar que si alguien nos viese desde cierta distancia parecería que dormíamos tan juntos que éramos siameses. También pensé en lo que me dijo un amigo; que él con su novia en la cama no media el tiempo en segundos sino que lo media en latidos. Nos encantaba esa sensación, tenías tan cerca a tu musa de esa noche que sentías sus latidos, como si estuvieras en otro mundo, una tercera dimensión alejada de lo terrenal, un lugar en el que tocar tus canciones sobre sus dedos, sobre sus pechos, sobre sus labios, estando lejos de todo.

Me había dado sed de tanto pensar, me levanté cuidadosamente y tome algo de zumo y la llevé un vaso también a ella. Seguía placidamente dormida, la desperté con un suave cosquilleo de mi dedo sobre su mejilla y ella me correspondió con un largo beso de buenos días.
Se bebió el zumo de un solo trago, al parecer no era yo el único que tenía sed.
Me volví a meter en la cama y la abracé. Todavía era pronto.
Me encantaban los domingos.



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Fotografía cedida por Chanclas
 
Recuerdos de una vida
Mario de la Hoz se estaba quedando ciego. Contaba ya con ochenta y siete años y sus retinas demasiado gastadas ya no resistían más. Cada día veía menos y aparte su corazón cada vez funcionaba peor, los achaques de la edad iban en aumento y tomó una decisión. En breves fechas necesitaría ayuda para moverse, comer, es decir que optó por ingresar en una residencia para ancianos donde ya le esperaban compañeros de juventud y amistades varias de toda una vida. Con ayuda de su hija puso en venta la casa y se deshizo de numerosos enseres con los que había compartido los últimos treinta y cinco años junto con su mujer, fallecida hace tres inviernos.
En la residencia le dejaban que llevara una caja no excesivamente grande con sus recuerdos mas íntimos y objetos para darle cierto aire de lo que fue su hogar a la nueva habitación. Mario fue haciendo limpieza de armarios, cajones y lugares varios donde guardaba lo que el decía “mis cosas, mis papeles, mis recuerdos” para ver que era lo que verdaderamente le hacia ilusión conservar. Unos cuantos álbumes de fotos, un retrato de toda su familia en la casa de veraneo, una foto del día de su boda, un espejo, el tocadiscos que se compró con su primer sueldo (no funcionaba pero era su recuerdo), los libros de cuentas de su empresa de cristalería y una bandera de la República por la que luchó en la Guerra Civil. No se le olvidaba nada, o eso pensaba, el resumen de su vida, su familia, su mujer, su trabajo y sus convicciones políticas.

Era la última noche que dormía en su casa, antes de cenar revisó bien todos los cajones. Se sentó en su amado escritorio de ébano (regalo de bodas) y en la televisión dijeron alguna noticia relacionada con París, Rue Lépic. Al oír ese nombre fue como un relámpago. Le vino todo a la cabeza de repente. Sí que se le olvidaba algo, una última foto. La foto de su primer gran amor. No la quiso sacar de primeras. Se acordaba perfectamente, como si la acabara de hacer. Cogió la caja en la que estaba metida y se fue a la cama. Quería recordarla antes de dormir…




En el año mil novecientos cuarenta y siete Mario acabó sus estudios de postgrado y decidió ir a probar fortuna al país vecino. Desde pequeño tenía el sueño de ver la torre Eiffel. Llegó recomendado y con ayuda de un amigo de la familia que tenía un restaurante se intaló y trabajó como camarero. Allí la conoció, Sophie, la gustaba la cocina mediterránea.
Mario supo en seguida que se había enamorado de verdad por primera vez. Normalmente no tenía problemas de trato con las mujeres, pero con Sophie le era imposible. A los tres meses de verla por allí cada semana decidió entablar conversación. Pasó poco tiempo desde que sólo iba a comer al restaurante, hasta que cambió su hábito e iba a cenar para después ir al cuartucho de Mario, alquilado unas calles más arriba en la Rue Lépic. Pasaban las noches, y Mario, no daba crédito; le había salido todo bien.

Un día Sophie se llevó la cámara fotográfica de su hermano, se hicieron unas cuantas fotos y después hicieron el amor como de costumbre. A la mañana se quedaron dormidos y Sophie tuvo que salir corriendo hacia su trabajo. Antes de eso Mario hizo una instantánea más, que a la postre sería aún más importante.

Mario se acurrucó sobre su cama, más bien sobre el lado izquierdo que era en el que había dormido siempre con su mujer. Abrió la cajita y extrajo la fotografía. La puso contra su corazón y apretó, quería recordarla como era sin mirar, ya que dentro de poco no podría volver a verla. Cerró los ojos y buscó la imagen en su mente…

La habitación dejaba ver un ventanal y una cama, las paredes totalmente desnudas y Sophie en el centro. Su posición en tres cuartos dejaba ver lo primero su brazo colocando el cinturón y después su cuerpo medio girado. El recogido del pelo dejaba mucho que desear. El moño había estado hecho durante horas y la almohada y los vaivenes habían hecho demasiada mella en él. Miraba hacia abajo se estaba vistiendo, al bajar la cabeza el pelo se le acumulaba en la zona del flequillo, sus cabellos se juntaban en mechones como queriendo ver donde miraba. El sujetador acariciaba su piel y resaltaba sobremanera su color blanco en contraste con su tez algo oscura por la poca luz de la mañana. El cinturón jugueteaba con el pantalón según le dictaba la mano de Sophie. Incluso se salto una de las presillas.

Mario tuvo mujer durante treinta y cinco años, la quiso muchísimo, pero no fue lo mismo que con Sophie. Sería por el primer amor, pero le marcó para toda la vida. Mario se quedó dormido, yacía tumbado y sus brazos abrazaban la foto apretada contra su pecho. En el dorso de la fotografía se podia leer:

“Je laisse la ville. Je n´ai pas les forces necessaires pour te le dire ouvertement. Je le regrette bien.¡Que tu soies hereux! Je t´aime beaucoup”

 
Eclipse anular I

6.45 de la mañana, me levanto con gran esfuerzo, el fin de semana de aúpa que llevaba a las espaldas se hacía notar. El verano ha muerto, salgo de casa, hay menos de diez grados. A las 8 y algún minuto ya estoy en la Cosmocaixa, soy un privilegiado, voy a ver el eclipse anular en la azotea del museo, un enorme espacio diáfano apenas roto por la estación meteorológica y la cúpula del planetario.
Imitando a los porteadores del cola-cao, ayudo a subir todo el material necesario (telescopios, monturas, prismáticos, gafas Sky&Space ,mesa, sillas, café, bollos, zumos, h2o y un largo etcétera). En apenas cuarenta y cinco minutos todo está montado. Como si de un arco se tratara los telescopios se disponen a lo largo de la azotea. Más de media docena de ellos, uno con cámara para el seguimiento de la señal de televisión, el Coronado (filtro especial, el que más solicitudes para mirar ha tenido), el Vixen de Zambia… y otros tres o cuatro más. Los innumerables prismáticos y cámaras reflex o digitales, seguían el mismo patrón. Cortar filtro, un par de gomas y ponerlo en el objetivo para poder mirar al astro rey.
El día era perfecto ni una nube mirara por donde mirara, un frío bastante intenso y la ciudad que despertaba y comenzaba a formar el pequeño caos de todos los días.
Comenzaban a llegar conocidos, todo estaba en calma, todo montado y preparado, sólo hacía falta que la órbita de la luna coincidiese con la situación del sol. Se notaba cierto nerviosismo, una cierta sensación de ansiedad para que comenzara. El tiempo transcurría entre saludos, charlas, vasos de café y diversos preparativos secundarios.
Y así llegaron las 9´40… continuará