Yo vivo, tú vives, él vive, ella vive...

Levantarse un sábado después de un viernes de farra.
Reírse tan fuerte hasta que te duelan las mandíbulas.
Una ducha caliente.
Amor, querer y que te quieran.
Un café sólo sin azúcar o una taza de café con leche ardiendo.
Que no haya nadie delante de ti en la cola del supermercado.
Una mirada especial.
Recibir correo (electrónico)
Dar una vuelta por Madrid.
Encender la radio justo en el momento que están poniendo tu canción preferida.
Quedarse tumbado en la cama escuchando la lluvia.
El olor a palomitas.
El perfume .
El tacto de la toalla o el albornoz.
Estar solo en casa. Tú contigo mismo y tu libertad.
Encontrar la ropa que buscabas en las rebajas a mitad de precio.
Un bote de Nocilla.
Una llamada a alguien lejano.
Una espinilla.
Un largo baño de espuma.
Charlar durante horas ya sea con una única persona o en grupo.
La salsa carbonara.
La playa.
La cerveza.
Encontrarse un billete de 50 euros en el abrigo del invierno pasado.
Reírse de uno mismo.
Un havana club con coca-cola.
Las llamadas a medianoche que duran horas.
Correr debajo de las tormentas de verano.
Reírse sin motivo alguno.
Tener a alguien que te dice que eres guapa/o.
Los amigos.
Escribir.
Hablar.
La amistad.
Un beso.
Escuchar de manera casual a alguien decir algo bonito sobre ti.
Despertarte en medio de la noche y darte cuenta de que aún te quedan algunas horas para dormir. Que estás tapado hasta las orejas y dices -de aquí no me mueve ni Dios-.
Conocer nuevos amigos y pasar tiempo con los viejos.
Tener a alguien que juega con tu pelo.
Soñar (es gratis)..
Tener ambiciones.
Un solomillo.
Una copa de vino
Una taza de chocolate caliente.
Los viajes en coche con los amigos.
Subirte a un columpio.
Leche (según el caso fría o caliente).
Tener los pies muy fríos.
Cruzar la mirada con un/a guapo/a desconocido/a.
Ganar un desafío.
Hacer una tarta de manzana.
Un gin-tonic.
Viajar.
Salir, salir, salir.
Una sesión de cine.
Ver las sonrisas y oír las risas de tus amigos.
Cogerte de la mano con alguien a quien quieras.
Encontrarte por la calle un viejo amigo y descubrir que algunas cosas no cambian nunca
La música.
Las comidas familiares donde el alcohol se derrocha.
La fotografía.
Mirar el amanecer.
Se admiten colaboraciones en los comentarios para completar la lista
Esa verde y "risueña" planta

Dedicado a amigos, conocidos y un largo etcétera...
Ellos ya saben porqué.
Fatal error de cálculo

Kasban entró en el museo como si de venir de comprar los regalos se tratase. Las vueltas de las entradas y los 4 ticket en una mano, la otra empujando el carrito de las gemelas y apretando su antebrazo se sujetaba Landis, su hija mayor.
Las llevó a las tres directamente a la zona del acuario y las dejó viendo una proyección sobre cetáceos. Con ansia salió de la sala y buscó su John Player en el bolsillo de su camisa. El humo le hizo volver a pensar en la noche anterior.
Kasban había tenido una cena de negocios con los empresarios japoneses. Le habían llevado a un restaurante a las afueras que ya sea con enfoque objetivo o subjetivo era a parte de un restaurante, una auténtica casa de citas dedicada a la prostitución. Tras una cena copiosa y repleta de pescados crudos pasaron a un salón adyacente donde una mesa llena de plumas les esperaba.
Se sentaron alrededor de ella de modo ordenado y de una puerta lateral salió una asiática como venida del cielo, Kasban pensó en las geishas de las que tanto había leído y visto en películas, Sha-Min que así se llamaba, pasó por encima de uno de los japoneses y se quitó la bata que llevaba puesta. Su cuerpo recibió la luz de la habitación de buen grado.
Quedó anonadado, era algo espectacular, jamás había visto algo tan sobrenatural.
Otras cuantas orientales salieron de la misma puerta que Sha-Min con bandejas de dulces, ellas ya no llevaban puesta la bata, iban directamente desnudas. No sabe como ni porque, en realidad sí lo sabía (innumerables chupitos de Sake), pero el caso es que se encontró subido a la mesa lamiendo los pezones de Sha-min embadurnados de miel. Estaba totalmente fuera de sí, estaba como hechizado, todos los japoneses vociferaban a su alrededor como auténticos animales, satisfechos de que su amigo estuviera en aquella situación. Cada uno tenía a su disposición a una de las chicas de las bandejas y dejaban fluir sus sentidos.
Kasban a su vez pensaba en la firma del acuerdo económico de esa misma mañana y asumió que bien valía su vida laboral por esa noche.
No se acordaba de más, solo que desayuno en el restaurante a la mañana siguiente.
Landis le daba golpes en la tripa, Kasban tiró la colilla del cigarro y la prestó atención:
-“Papá, ya se ha acabado el documental, Rita y Demi están dormiditas en el carrito. ¿podemos ir a ver la zona de la selva?”
-“Está bien -contestó Kasban- pero rápido que tenemos que volver a casa antes de que llegue mamá”
Pasaron unos cuarenta minutos entre animales, árboles y demás elementos selváticos. Cada vez que pasaban ante un animal disecado Kasban se veía reflejado en ellos como si fueran los de Sha-min. Cada vez sudaba más y decidió marcharse.
El atasco era monumental su mujer probablemente habría llegado ya y él con sus tres niñas metido en un infierno de asfalto. No sabía que hacer para que su esposa no se diera cuenta de su olor a mujer y a flores. Además era muy celosa.
Por fin llegaron, las tres diablillas salieron corriendo escaleras arriba y su mujer le recibió, no llegó a darle un beso, al oler el pachuli le esputó:
-“¿Quién es la puta con la que has estado?, porque una mujer de bien no creo que use esos perfumes malolientes. Tú decides o me voy yo con las niñas, o te marchas tú, pero te juro por Dios que esto se ha acabado para siempre”.
Kasban se empezó a sentir verdaderamente mal. Era como si le hubieran dado con un mazo en la cabeza con esas palabras “esto se ha acabado para siempre”. Se dirigió a la cocina para hacerse un gin-tonic que sino le iba a dar algo.
Cortó el limón y de repente vio con otros ojos el cuchillo. Le empezó a rondar una macabra idea por la cabeza. Se guardó el cuchillo y subió a acostar a sus hijas, las dio un beso a cada una y las leyó su último cuento. Acto seguido se acostó esperando a que su mujer también lo hiciera y guardo el cuchillo en la mesilla.
A las tres de la mañana se levantó, lo acababa de decidir, si su mujer y sus hijas se iban ya le daba igual todo, bajó a la cocina a tomar una pieza de fruta y volvió a subir pero no para dormir.
La urbanización se despertó sobresaltada, dos sirenas sonaban a la vez en la calle del Cerro, una unidad médica y un coche de la policía de atestados e informes se encontraban ante el número 17. Las puertas de la ambulancia se cerraron tras la camilla cubierta por el plástico color oro.
Kasban se había seccionado las venas en la bañera del servicio.





