Vida quebrada
He leído muchos rostros, demasiados como para poder dignificarlos. El mayor reconocimiento es que el cráneo aloje una bala. He probado todo, y desde luego me quedo con la piel de la zona de los carrillos, tan rolliza. El maquillaje lo arregla todo, todos los excesos de una vida por muchos que sean, pueden ser corregidos.
El problema está en los accidentes y en las víctimas de violencia doméstica. Ahí es donde verdaderamente se complica mi trabajo, que por otra parte me encanta.
Había muerto a causa de ser atropellada en una vía pública. Su rostro era algo fuera de lo normal. La luna delantera del automóvil se había astillado en multitud de pedazos y la mayoría habían ido a parar a su cara. La frente y los mofletes eran como dianas de tiro con arco, infinidad de marcas, cortes y piel sesgada y correspondientes cristales diminutos clavados. El párpado izquierdo desgarrado por debajo de la ceja, dejando ver el globo ocular al descubierto, cuero cabelludo arrancado como briznas de un cortacésped, como si la velocidad y la caída contra el suelo hubieran cortado de cuajo partes de su frente hacia atrás.
De los labios supuraba aunque ya reseco y más oscuro, un hilo de sangre y por su barbilla se observaban láminas finísimas de esmalte de los dientes, consecuencia segura del impacto el golpeo de las dos mandíbulas, el chasquido y rotura de alguna parte dental y la pérdida de parte de la lengua como mordisco reflejo del colapso cerebral del atropello.
El mentón (primer receptor del golpe) había perdido todo pigmento de la piel y se veía el hueso, el comienzo blanquecino rodeado de una rozadura muy llamativa que simulaba casi un Donut perfecto. La nariz aparecía casi en buenas condiciones un simple retoque de las costras del asfalto con base de maquillaje. Coser los surcos de los cristales y darles la crema reconstituyente iba a ser lo más complicado.
Impermeabilizó bien el cadáver y le vistió por la parte de abajo, la zona superior lo haría al terminar su trabajo para la ceremonia del domingo. La metió al frigorífico y se quito el delantal de trabajo. “hay que ver lo guapa que era la chiquilla”, tiró la foto al escritorio donde residían otros muchos papeles y apagó la luz.

El problema está en los accidentes y en las víctimas de violencia doméstica. Ahí es donde verdaderamente se complica mi trabajo, que por otra parte me encanta.
Había muerto a causa de ser atropellada en una vía pública. Su rostro era algo fuera de lo normal. La luna delantera del automóvil se había astillado en multitud de pedazos y la mayoría habían ido a parar a su cara. La frente y los mofletes eran como dianas de tiro con arco, infinidad de marcas, cortes y piel sesgada y correspondientes cristales diminutos clavados. El párpado izquierdo desgarrado por debajo de la ceja, dejando ver el globo ocular al descubierto, cuero cabelludo arrancado como briznas de un cortacésped, como si la velocidad y la caída contra el suelo hubieran cortado de cuajo partes de su frente hacia atrás.
De los labios supuraba aunque ya reseco y más oscuro, un hilo de sangre y por su barbilla se observaban láminas finísimas de esmalte de los dientes, consecuencia segura del impacto el golpeo de las dos mandíbulas, el chasquido y rotura de alguna parte dental y la pérdida de parte de la lengua como mordisco reflejo del colapso cerebral del atropello.
El mentón (primer receptor del golpe) había perdido todo pigmento de la piel y se veía el hueso, el comienzo blanquecino rodeado de una rozadura muy llamativa que simulaba casi un Donut perfecto. La nariz aparecía casi en buenas condiciones un simple retoque de las costras del asfalto con base de maquillaje. Coser los surcos de los cristales y darles la crema reconstituyente iba a ser lo más complicado.
Impermeabilizó bien el cadáver y le vistió por la parte de abajo, la zona superior lo haría al terminar su trabajo para la ceremonia del domingo. La metió al frigorífico y se quito el delantal de trabajo. “hay que ver lo guapa que era la chiquilla”, tiró la foto al escritorio donde residían otros muchos papeles y apagó la luz.

Cuadernos de viajes (II) Historias del RboSSismo parte primera
De cómo pasear por Postdamer platz, viendo la plaza Sony, la filarmónica y caminar hacia el teatro para ver que hay, que famoso pasa por el festival de cine. De cómo sentarse a tomar un café en un Starbucks en la calle perpendicular y que un fotógrafo del periódico Der Spiegel te ofrezca entradas para la Berlinale, de cómo cojones me dan a mí una entrada, la gente no lo cree, un aura, una atracción, un poder que no controlo pero que da como resultado este tipo de cosas. Es algo hasta cierto punto paranormal pero en definitiva a las cosas buenas en muchas ocasiones no hay que pedirles explicaciones. En la foto Laura y yo antes de entrar a la Berlinale, véase la pose, la estética, el negro inconfundible, la alfombra roja bajo nosotros, indicándonos el camino a seguir, ¿qué bonito no creéis?
Próximamente Historias 2ª parte donde veréis como doy por el culo al emblema del festival, el oso rojo… ser pacientes y en unos días estará listo, eso si que es ver para creer.

Realidades
Metió el billete en el torniquete y se introdujo en el mundo de túneles del suburbano. Aún pensaba en lo tonta que es la gente.
Le repateaban las personas que posaban con pedantería ante un cuadro con gesto de saber y de apreciar y de saber más que nadie, hacía diez minutos que había salido de la fundación Enric Miralles donde exponían arte abstracto, dos señoras cincuentonas llevaban más de dos minutos mirando una broma de cuadro llamado “cuadrado negro sobre rectángulo blanco” ¿qué se suponía que analizaban?, ¿lo que quería transmitir?, ¿la rabia del autor expresada en esa simpleza de líneas y de colores?, cojones, era un puñetero cuadrado negro pintado en el centro del lienzo, para él una auténtica tomadura de pelo por parte del pintor.
Se sentó en el metro, le quedaba un buen trayecto. Tampoco entendía la manía de la gente como él, ejecutivos e inversores en bolsa, cada uno con su coche nuevo cada dos años de gran cilindrada, a la última moda. Él siempre iba y venía en metro, le parecía mucho más cercano, cada vagón era como una porción de sociedad. Le gustaba. Se acordó de De la Torre, su compañero de gestión financiera cuando le menospreció ante todos en la cena de empresa: “…y aquí tenemos a Joaquín, ese gran inversor que observa el mercado entre la plebe y sudores matutinos en el metro...”.
Ante eso, Joaquín esbozó una sonrisa, nadie menos él sabía porque reía. Ante el comentario del sudor le vino a la cabeza como jadeaba y sudaba la mujer de De la Torre en su cama y como follaba con él la última vez que su marido viajó a Zúrich.
El metro paró en Plaza Sicilia, tenía que hacer transbordo. Antes de salir se fijo en la rubia de delante, el agobiante calor le había pegado la blusa a sus senos, haciendo notar en demasía sus pezones erectos por el calor. Volvió a pensar en De la Torre, seguro que el muy gilipollas no veía cosas así desde su BMW serie 7.
En la otra línea también se sentó, tuvo suerte. Enfrente de él viajaban otras cinco personas.
Un chaval de unos veintitantos realmente abominable. La droga había hecho estragos en su cara. Los párpados se le habían como metido para dentro y los ojos los tenía como hundidos, como algo desviados de las órbitas. Las ojeras le llegaban casi a la boca, sus pómulos habían desaparecido. Una piel excesivamente fina y estirada le cubría la carne de una manera horrible. Era casi como cubrir un esqueleto con piel, que acababa en una boca enjuta como forzada a estar abierta que dejaba ver dientes realmente amarillos con las encías ennegrecidas. Las orejas de soplillo le hacían tener un aspecto aún peor. Un pelo grasiento y casposo peinado a ralla (o más bien lamido vete a saber) y un cuello donde se observaban las cuerdas vocales que reposaba en un cuerpo escuchimizado.
Le recordaba a la variedad de simio de Asia, los llamados lemures.
Daba realmente miedo.
A su lado dos señoras discutían sobre el estado de salud de una famosa que Joaquín no conocía. Estaba casada con un negro, había tenido un cuadro psicótico y “era una pobre que empezó siendo peluquera” en palabras textuales de una de las contertulias.
Más a la derecha dos jóvenes hablaban en los intermedios de sus besos. Ella sentada encima de él con el culo en sus rodillas y agarrada por su espalda. Trás prestarles breve atención a sus pendientes de oro, sus chándales, su pelo rapado y su melena larga y sus nike air, estimó el coeficiente de ambos en un número negativo. Le daban hasta pena.
Joaquín se limitó a leer el libreto de los discos que había comprado por la mañana.
Por fin entró en su portal, en el ascensor coincidió con la vecina del séptimo, le daba un morbo indescriptible. La oía gemir cada jueves, no fallaba, pensó en que el no era el único que hacía visitas esporádicas a casas ajenas en busca de una bocanada de sexo fresco.
Entró a casa, en un santiamén desapareció el Joaquín ejecutivo y volvió el de siempre, con sus vaqueros y camisetas negras. Salió a la terraza de su ático a fumarse un cigarro acompañado de una copa de vino. Volvió a pensar en De la Torre, era viernes, todo el mundo se movilizaba, tal y como estaba el tráfico en el centro no quería imaginar como sería en las carreteras de circunvalación donde De la Torre estaría embotellado en un atasco con su supercoche para llegar a su jodida organización de lujo.
Hizo un par de llamadas y quedó para una hora después a tomar unas cervezas con sus amigos de siempre.
Se disponía a salir y le comenzó a brotar sangre de la nariz, lejos de maldecirse a sí mismo o maldecir a la sangre en sí misma, se alegró. Cada vez que le sangraba la nariz acababa con alguna mujer en su cama. Nunca fallaba.

Ibanez GSR200... mi nuevo "arma" musical
Ante tantas quejas (de buen rollo eso si) de mis compañeros de grupo y la gente de mi pequeño mundo, y ante una superoferta que aún no me la creo aquí teneis. Aviso es una edición especial, siendo mi bajo no podía ser menos.
Mod.Pat disfrutemos colegas, y que los demás lo veáis.

Mod.Pat disfrutemos colegas, y que los demás lo veáis.






