Tormenta y cerveza
La comparación era odiosa. El hecho de que ella tuviera la nariz respingona me hizo decidirme.
Es cierto eso que dicen que los hombres a partir de las tres no tenemos gusto racional, es el dicho aquel de “nos gustan todas”.
La noche anterior conocí a dos rubias que decían ser lesbianas y todo resulto un absurdo juego, no trabajé lo suficiente, me dio lástima, me hubiera gustado tener las dos horas de rigor hasta el cierre con la guapa.
Andaba confuso, el invierno se acercaba de nuevo y mi cerebro se volvía a aletargar, otra época de exámenes, otras navidades en pleno consumismo, más marisco, mucha familia, algo de nieve, una escapada con suerte, la rutina de la nochevieja, cenar, uvas, vomitarlo todo, ducharse, ponerse guapo, y a disfrutar de las horas de intervalo entre los dos años, el que se iba y el que venía.
Me encantaban los octubres y noviembres, adiós al sol picante del verano, las nubes se hacían protagonistas en el cielo, medias sombras por la calle, el soplo del viento frío al dar la vuelta a una esquina, millones de hojas ya desprovistas de vida, los pómulos sonrosados de ellas a causa de las bajas temperaturas, la salida de los gorros, las bufandas, los cuellos altos, las manos heladas, los pies como témpanos...
Me senté cerca de casa, bueno específicamente me tumbé en el césped de la avenida Rosberg, se estaba preparando una tormenta, el sol desaparecía a ratos, las nubes pedían a gritos descargar agua, el aire bufaba entre las ramas de los robles. Me sentía una porción más de la que se iba a liar en breves instantes. Me levanté enseguida y corrí hacia casa para que no me alcanzaran las primeras gotas.
La chica de la nariz respingona continuaba dormida en mi cama, el somnífero, el calcetín y la cinta aislante en la boca por si acaso. Todo bajo control. La noche anterior estuvo muy curiosa. Nunca había tenido relaciones con alguien en estado de inconsciencia, he de admitir que no era lo mismo que si ella estuviera en plenas facultades, todo el trabajo lo tenia que hacer yo, ¿donde se había visto cosa igual?
Hoy no sé si tendré ganas, depende de cuanto bourbon consuma después de la cena. Me preparé una tortilla de espinacas para mantener la línea y la di su correspondiente pastilla para que no me molestara en demasía.
Jugaba el Liverpool contra el West-ham, el partido de los jueves era mítico. Bajé a Fass donde me esperaban Dan y Thomas, dos cervezas bien frías y vuelta a casa.
Se puso farruca y me hizo enfadar, quizás me excedí al patearla escaleras abajo, por fin paró de forcejear, no me paré a pensar, pero tras unas copas y buena música volví a verla. Estaba muerta.
Me acosté pronto, al día siguiente tenía cita con mis amigos del colegio y la siempre divertida partida de paintball, a la vuelta ya me preocuparía por ver como deshacerme de ella. Seguramente al jardín al lado de la caseta de Spok, como había hecho con las otras dos.

Pasos medios desde una ligera distancia y luces que parecen apagarse
No conseguí sentarme donde quería, ni en el asiento de la salida de emergencia ni en la primera fila. Antes de despegar ya me había encabronado. El último hueco libre espacioso para mi más de 1´90, lo ocupó un hombre. Ya en la terminal en la sala de espera había fumado junto a él en la zona reservada a fumadores, una esquina donde con cinta aislante en el suelo y un cartel se permitía fumar. Me pregunté como sabía el humo de mi pitillo y el de los demás que tenía que respetar la línea imaginaria del espacio y no salir de él porque estaba prohibido. Llegue a la conclusión de que el humo es inteligente.
El hombre que me robó el último asiento de mi gusto era un tipo achaparrado, no me gustaba nada su pinta, me pareció desde el primer momento tener enfrente a un pedófilo de primera línea, pelo grasiento, ropas gastadas, manos grandes y rojizas, como de apretar contra sí los cuerpos de pequeños y pequeñas inexpertas. Continué el paso por el pasillo hasta otro asiento.
Finalmente me senté al fondol en la zona de cola, y encendí mi G4 para visionar un par de DVD. A las cuatro horas descendimos del avión, el aeropuerto de Ankara era realmente feo.
El aire era húmedo y pegajoso, nunca pensé ni pensaría que Turquía es Europa, me parecía totalmente distinto. En todo caso sería un híbrido, un paso medio entre Europa y el viejo continente y la inmensidad de Oriente. Un paso medio como las puertas de seguridad de los bancos, entras de la calle y cierras pero aún no has entrado en el banco, estás en una zona media entre la calle y los amigos del capitalismo.
Me recogió una furgoneta de la expedición. Sakarya, el representante, se encontraba en su interior, me saludó efusivamente, ya hacía un par de años que no había vuelto a Turquía. Era el hombre más amable que he conocido, en una bolsa y aún caliente encontré humus y falafel, era realmente impresionante como cocinaba su mujer. Me hospedé en el Irh-Sham junto a la gran mezquita al día siguiente salía para Pamukkale.
Seis de la mañana, el hall del hotel era un desierto con un oasis. Balikesir (la guía e intérprete que me había asignado Sakarya) me esperaba. Su belleza exótica me hizo chocar con un sillón. En el viaje me enteré de muchas cosas, entre otras como era de las pocas mujeres rubias que había visto en algún país de este tipo, su madre era sueca y su padre un joyero muy conocido en Izmir cerca de la frontera griega.
Uno de mis sueños sexuales era el de tener una aventura con una guía u otra viajante y si por mí fuera la acababa de encontrar.
Pamukkale me encantaba, haría dos noches allí antes del día del eclipse, todo estaba organizado solo faltaban unos detalles mínimos.
La noche siguiente me emborraché demasiado, la celebración de lo que estaba por venir dio con mi cuerpo en un estado de resaca la mayor parte del día de preparación y elección del lugar en los terrenos del hotel.
He de admitir que el acostarme con Balikesir me hizo ser muy optimista con las previsiones meteorológicas.
Querer era poder, incluso desear era poder, todo me sonreía. Pensaba en algo y se cumplía, nunca hay que subestimar el poder de los sueños, que de alguna manera son nuestras propias ambiciones personales maquilladas por los pensamientos y objetivos a la vez que sueños a realizar, que nos vamos marcando casi a cada instante, que se configuran como un que hacer cotidiano ya sea por estudios, deseos, gustos, preferencias, pasiones y esa simple pregunta pero tan recurrente; ¿qué pasaría sí…? A la que a veces encontramos respuesta y cuando ocurre es genial.
Otra expedicionaria me dijo que la noche anterior la prometí ver al dios astro esconderse desde la piscina, con una caipirinha. Hay que ver las gilipolleces que se pueden llegar a decir cuando se va borracho, pero yo lo necesitaba para que negarlo.
Era una herencia desde mi juventud, era llegar el fin de semana y mi mano añoraba el vaso de tubo y mi boca el sabor del buen ron o del bourbon, no lo podía remediar.
Todavía hay lunes que le pido a disculpas a mi propio hígado por los daños causados, ¿pero, a caso voy a ser sano para que luego me descubran un cáncer a los cincuenta después de haber sido un purista en cuanto a la consumición de drogas en general? Me negaba, el agua es muy sano, pero cerveza y vino, nadie podrá blasfemar en su contra.
Me acuesto a las 9 de la noche, a las 4 de la madrugada el gallo metálico sonará para tener todo bajo control y tiempo de maniobra en caso de sucesos no esperados.
En la ducha oigo un portazo, al salir veo la cortina pillada por la ventana y como se mueve la tela, había corriente. Al abrir para devolver la tela a su sitio observo que el cielo está demasiado gris. No lo podía creer, la temida tormenta de arena que los lugareños apodaban Al-Yakusaj se ciñe sobre Pamukkale.
Este fenómeno según me había informado sólo tenía un porcentaje de incidencia del 8% y parecía que ese porcentaje residual quería que no contemplara al astro.
Inmediatamente organicé una reunión en un salón del hotel y puse especial hincapié en que los conductores (conocedores de la región desde su nacimiento) estuvieran allí junto a la quincena de personas para ver donde dirigirnos, me fiaría de ellos. Había que deshacerse de la mancha marrón y había que ganar tiempo, el factor más importante. Quedaban seis horas hasta el comienzo de la fase.
Montparnasse, segundo guía, hijo de un francés, apostó por intentar salir de la región hacia las montañas del Atlas, con una altitud mayor y dejando atrás la mancha todos accedimos y los conductores dieron su apoyo. Iríamos cerca del monte sagrado de Suleiman. La situación en parte era arriesgada, desde el principio no quise estar cerca de las montañas, los frentes y nubes se agarran a los picos de más de dos mil metros y la posibilidad de encontrarnos con un cielo plagado de cumulus nimbus no era nada descabellada, pero no quedaba otra.
Después de tres horas conseguimos el objetivo un cielo despejado, el único temor eran unas pocas nubes altas en un pico del Oeste pero parecían estar bien ancladas al risco como si le quisieran mucho y no se fueran a ir al menos hasta el paso del eclipse. En una media hora teníamos todo más o menos montado. Nos alejamos de la carretera y detrás de un complejo que alguna vez fue un Casino lujoso, nos repartimos por una explanada cimentada.
Todo mi tinglado estaba creado. Una media luna justo por la trayectoria del sol con el Vixen para ver las protuberancias, los prismáticos de 15x80, la cámara con seguimiento vía CCD la hamaca y botellas de agua.
Entre vicisitudes, comentarios, stress, y divagaciones de cómo sería el momento esperado llegamos a diez minutos antes del comienzo de la fase.
De repente se hizo el silencio, sepulcral, cada uno quedo consigo mismo y sus pensamientos. Se levantó una ligera y fresca brisa, la mayoría nos pusimos un sweater.
A las once y diez y aún indescifrable la Luna se interpuso entre nosotros y la gran estrella. A los veinte minutos el mordisco ya era perceptible. Se levantó más viento aún y así de un momento para otro pasado un rato, la luz del día se desvaneció, parecía que alguien hubiera dado al interruptor de apagar. Los pájaros comenzaron a revolotear en bandadas y el silencio aún se hizo más significativo.
Era una luz dorada como si se proyectara a través de un papel pinocho. Alcé la vista un momento para encender un cigarrillo y observé a Balikesir. Su pelo parecía oro y su piel brillaba de otra manera, en una ligera distancia me volvía loco. Volví a ceñirme sobre mis aparatos y continúe, faltaban escasos minutos para la fase total, monitoricé la cámara y me di en vida y alma al Vixen.
Es algo que no se puede explicar, vivir un eclipse total de sol es algo que tendría que imponerse por ley, algo parecido a ver las pirámides de Gizeh, el Partenón o las muchas maravillas del mundo.
A los tres días regresé a Madrid y he aquí la casuística que conseguí asiento para gente alta (como los nombraba mi hermana), se volvía a repetir, querer era poder, desear algo era poder. Y todo en ese viaje resultó, aún con granos de arena en suspensión, perfecto.






