Auf dem Nichts zugehend
Noviembre de 1967
Mi hija después de mucha esfuerzo ha conseguido el Zertifikat Grundstufe, así podrá adquirir el Deutche Schule para desarrollar su pasión como profesora de niños.
Me llamo Gustav Meyers Trekov, y ejerzo de espía para el gobierno inglés desde hace siete años.
Mi padre me inculcó el respeto a la política y la posterior obsesión por ella. Pero no por los medios lineales de los últimos siglos, basándome en la dialéctica y los actos de partido, sino como ejecutor de la política invisible, la que verdaderamente en los tiempos en los que estamos sirve de algo más que para hacer cenas en casa del embajador. Mi madre, rusa de nacimiento, me dio el carácter del frío, el de saber mentir, ser afilado como nadie, no confiar ni de mi propia sombra, buscar siempre la visión negativa de las cosas, en la Revolución mi abuelo perdió la vida a las órdenes de Stalin y yo no sería otra leyenda muerta de los Trekov, yo sería leyenda viva y resultó ser desde el comité de espionaje británico de la Alemania de posguerra, en el meollo de la cuestión; en Berlín.
La primera regla de un espía es ocultar su verdadera ocupación, solapar su identidad profesional con un trabajo digno y falso que no haga sospechar a veces ni hasta sus más allegados. Pues bien, si escribo esto es porque me he cansado de ello. La hipocresía de un gobierno que comanda nuestros movimientos y actuaciones desde cientos de kilómetros ha podido conmigo. La incompetencia de Finch, mi superior, ha dado como resultado la muerte de mi mujer al confundirla conmigo en un ascensor. Juro que me la devolverá, para empezar canjearé los datos de los que dispongo con los sindicatos rusos de ocupación de Berlín Este. No me valen las disculpas y las reprimendas desde Londres por un descuido, por una conversación que no se tenía que haber producido en un bar, en un bar equivocado. Mi dulce Tiff ya está muy lejos.
Me ha costado noches en vela tomar esta decisión pero creo que es lo que debo hacer, el problema está en el cómo. Berlín Este no tenía ningún secreto para mí pero el hacer ver a los rusos que era de verdad un británico resentido tenía su miga.
Finch me había dado dos semanas de libertad, suficiente tiempo para dejarle a Hannah mi pensión por si ocurría algo malo y dejarle toda la herencia de su madre.
Cruzamos al Este a un piso franco, situado en la calle trasera del Hackescher Markt muy cerca de la isla de los museos, para operar desde allí mi nueva situación. Me reuní con dos americanos que me debían algún favor y concerté una cita con el jefe de sección del sindicato -das Roteisenerz-. Le advertí sobre mis intenciones y aceptó el trato. Me darían una suma de dinero y obtendría protección. Sólo debía volver al Oeste al día siguiente recogerlo todo y entregárselo al hombre bigotudo de la entrevista.
Al fin y al cabo le había devuelto el favor a mi amada madre. Una comunista de pro que vio como su hijo pasaba al otro frente, al de los esclavos del capitalismo y su dinero, una relación perdida por una mala interpretación, quince años de mutismo solo rotos por el funeral en Podolsk, su tierra natal.
Ahora ya estaré en paz con mamá.
A la mañana siguiente madrugué sobremanera, había dormido mal, la lluvia me había sobresaltado alguna vez en mis ya ligeros sueños. Me até al cinto la Imbel 380 con cargador de nueve balas y salí raudo hacía mi casa. El sol brillaba sobre las aceras de Unter den linden todavía húmedas. Cogí el coche. Al llegar Finch me esperaba con toda mi casa patas arriba, la conversación aún retumba en mi cabeza:
- Unas horas extrañas para llegar a su domicilio ¿no cree Meyers?
- Mi hija se ha alquilado un apartamento con dos amigas de la universidad, estuvimos organizando muebles y se nos hizo tarde. Me quedé allí a dormir, si a usted no le importa. Seguía con mi período de “vacaciones”.
- Se le hizo tarde para luego quedar con uno de esos comunistas soviéticos, hijos de Satán, que solo buscan el mal y la destrucción, como si no hubiera habido bastante hace veinte años.
- Ya sabe que amo mi trabajo. No puedo dejarlo. Era un asunto pendiente sobre el contrabando de tabaco desde el aeropuerto de Tegel.
- Permíteme tu pasaporte un momento, por favor. Deja de mentir, le hemos apresado e interrogado de madrugada y nos ha contado lo que se traen ambos entre manos.
- No tengo ni idea de que te habrá dicho ese desgraciado. Encima que le damos de comer a él y toda su familia. Hay que joderse con el chivato de segunda.
- ¿Dónde está la documentación de la que habla?, de ser así como tú dices, que miente, no te importará que lleve los papeles a casa del cónsul ¿no?
- Ya veo que tú mismo te has tomado la licencia de buscarla, y no la has encontrado. No creo que sean los procedimientos propios del corporativismo de espionaje británico, y más entre compañeros.
- Hay veces que las sospechas no se pueden evitar, ya sabes como es este mundo Gustav, un día pasas información a unos, y al día siguiente puedes estar del otro lado.
- Por favor Finch, sal de mi casa. Creo que ya es suficiente.
- De acuerdo pero solo te diré que Hannah va a estar vigilada, ándate con ojo de con quien te reúnes, únicamente por su seguridad. Scott está con ella ahora, tú verás lo que haces.
- Muy bien, el código ahora también incluye amenazas. Sal por favor.
- Adiós Meyers.
Entonces su mano fue en busca de su mágnum pero le adiviné las intenciones. Cuando levanto la vista yo ya le apuntaba. Le disparé a la rodilla cojo pero no muerto, había hecho mucho por mí. Arranqué el Picasso del aparador y saqué la carpeta que Finch vino a buscar.
Corrí raudo para encontrarme con Hannah, tenía que huir junto a ella, ya era suficiente con mi mujer como para perder a mi única hija. El gran problema era como pasar al otro lado del muro sin documentación.
Siempre habían dicho que la puerta de Brandemburgo era algo demasiado bonito como para manchar sus alrededores de cadáveres que saltaban el muro, yo tenía mis dudas. Pero no podía hacer otra cosa, Hannah me necesitaba. Tenía que volver cuanto antes, pero no sabía como cruzar sin mis pasaportes falsos, y el punto de paso del viejo Greig no cambiaba de turno hasta la tarde así que intentaría pasar haciendo ver mis intenciones sin cometer ninguna locura.
Una nube se cerró en banda ante el sol y le cubrió por entero. Como decía mi padre “con el diálogo se va a todos los sitios”, cosa que yo nunca había creído, pero estaba dispuesto a cambiar mis convicciones. Un hombre es duro, no cambia su paso aunque este caminando hacia la nada…

Mi hija después de mucha esfuerzo ha conseguido el Zertifikat Grundstufe, así podrá adquirir el Deutche Schule para desarrollar su pasión como profesora de niños.
Me llamo Gustav Meyers Trekov, y ejerzo de espía para el gobierno inglés desde hace siete años.
Mi padre me inculcó el respeto a la política y la posterior obsesión por ella. Pero no por los medios lineales de los últimos siglos, basándome en la dialéctica y los actos de partido, sino como ejecutor de la política invisible, la que verdaderamente en los tiempos en los que estamos sirve de algo más que para hacer cenas en casa del embajador. Mi madre, rusa de nacimiento, me dio el carácter del frío, el de saber mentir, ser afilado como nadie, no confiar ni de mi propia sombra, buscar siempre la visión negativa de las cosas, en la Revolución mi abuelo perdió la vida a las órdenes de Stalin y yo no sería otra leyenda muerta de los Trekov, yo sería leyenda viva y resultó ser desde el comité de espionaje británico de la Alemania de posguerra, en el meollo de la cuestión; en Berlín.
La primera regla de un espía es ocultar su verdadera ocupación, solapar su identidad profesional con un trabajo digno y falso que no haga sospechar a veces ni hasta sus más allegados. Pues bien, si escribo esto es porque me he cansado de ello. La hipocresía de un gobierno que comanda nuestros movimientos y actuaciones desde cientos de kilómetros ha podido conmigo. La incompetencia de Finch, mi superior, ha dado como resultado la muerte de mi mujer al confundirla conmigo en un ascensor. Juro que me la devolverá, para empezar canjearé los datos de los que dispongo con los sindicatos rusos de ocupación de Berlín Este. No me valen las disculpas y las reprimendas desde Londres por un descuido, por una conversación que no se tenía que haber producido en un bar, en un bar equivocado. Mi dulce Tiff ya está muy lejos.
Me ha costado noches en vela tomar esta decisión pero creo que es lo que debo hacer, el problema está en el cómo. Berlín Este no tenía ningún secreto para mí pero el hacer ver a los rusos que era de verdad un británico resentido tenía su miga.
Finch me había dado dos semanas de libertad, suficiente tiempo para dejarle a Hannah mi pensión por si ocurría algo malo y dejarle toda la herencia de su madre.
Cruzamos al Este a un piso franco, situado en la calle trasera del Hackescher Markt muy cerca de la isla de los museos, para operar desde allí mi nueva situación. Me reuní con dos americanos que me debían algún favor y concerté una cita con el jefe de sección del sindicato -das Roteisenerz-. Le advertí sobre mis intenciones y aceptó el trato. Me darían una suma de dinero y obtendría protección. Sólo debía volver al Oeste al día siguiente recogerlo todo y entregárselo al hombre bigotudo de la entrevista.
Al fin y al cabo le había devuelto el favor a mi amada madre. Una comunista de pro que vio como su hijo pasaba al otro frente, al de los esclavos del capitalismo y su dinero, una relación perdida por una mala interpretación, quince años de mutismo solo rotos por el funeral en Podolsk, su tierra natal.
Ahora ya estaré en paz con mamá.
A la mañana siguiente madrugué sobremanera, había dormido mal, la lluvia me había sobresaltado alguna vez en mis ya ligeros sueños. Me até al cinto la Imbel 380 con cargador de nueve balas y salí raudo hacía mi casa. El sol brillaba sobre las aceras de Unter den linden todavía húmedas. Cogí el coche. Al llegar Finch me esperaba con toda mi casa patas arriba, la conversación aún retumba en mi cabeza:
- Unas horas extrañas para llegar a su domicilio ¿no cree Meyers?
- Mi hija se ha alquilado un apartamento con dos amigas de la universidad, estuvimos organizando muebles y se nos hizo tarde. Me quedé allí a dormir, si a usted no le importa. Seguía con mi período de “vacaciones”.
- Se le hizo tarde para luego quedar con uno de esos comunistas soviéticos, hijos de Satán, que solo buscan el mal y la destrucción, como si no hubiera habido bastante hace veinte años.
- Ya sabe que amo mi trabajo. No puedo dejarlo. Era un asunto pendiente sobre el contrabando de tabaco desde el aeropuerto de Tegel.
- Permíteme tu pasaporte un momento, por favor. Deja de mentir, le hemos apresado e interrogado de madrugada y nos ha contado lo que se traen ambos entre manos.
- No tengo ni idea de que te habrá dicho ese desgraciado. Encima que le damos de comer a él y toda su familia. Hay que joderse con el chivato de segunda.
- ¿Dónde está la documentación de la que habla?, de ser así como tú dices, que miente, no te importará que lleve los papeles a casa del cónsul ¿no?
- Ya veo que tú mismo te has tomado la licencia de buscarla, y no la has encontrado. No creo que sean los procedimientos propios del corporativismo de espionaje británico, y más entre compañeros.
- Hay veces que las sospechas no se pueden evitar, ya sabes como es este mundo Gustav, un día pasas información a unos, y al día siguiente puedes estar del otro lado.
- Por favor Finch, sal de mi casa. Creo que ya es suficiente.
- De acuerdo pero solo te diré que Hannah va a estar vigilada, ándate con ojo de con quien te reúnes, únicamente por su seguridad. Scott está con ella ahora, tú verás lo que haces.
- Muy bien, el código ahora también incluye amenazas. Sal por favor.
- Adiós Meyers.
Entonces su mano fue en busca de su mágnum pero le adiviné las intenciones. Cuando levanto la vista yo ya le apuntaba. Le disparé a la rodilla cojo pero no muerto, había hecho mucho por mí. Arranqué el Picasso del aparador y saqué la carpeta que Finch vino a buscar.
Corrí raudo para encontrarme con Hannah, tenía que huir junto a ella, ya era suficiente con mi mujer como para perder a mi única hija. El gran problema era como pasar al otro lado del muro sin documentación.
Siempre habían dicho que la puerta de Brandemburgo era algo demasiado bonito como para manchar sus alrededores de cadáveres que saltaban el muro, yo tenía mis dudas. Pero no podía hacer otra cosa, Hannah me necesitaba. Tenía que volver cuanto antes, pero no sabía como cruzar sin mis pasaportes falsos, y el punto de paso del viejo Greig no cambiaba de turno hasta la tarde así que intentaría pasar haciendo ver mis intenciones sin cometer ninguna locura.
Una nube se cerró en banda ante el sol y le cubrió por entero. Como decía mi padre “con el diálogo se va a todos los sitios”, cosa que yo nunca había creído, pero estaba dispuesto a cambiar mis convicciones. Un hombre es duro, no cambia su paso aunque este caminando hacia la nada…

Un año; 64
Según mis cuentas me quedan sesenta y cuatro años de vida a los ochenta y tres se terminará mi paseo vital. Últimamente pienso mucho, siempre ando apuntando detalles y chorradas soy así. No me gusta del todo pero es lo que hay.
Llegar tarde. Desperdiciarte. Saber que es malgastarte. Como me malgasto a mi misma en la facultad, en casa, en general salvo cuando de verdad creo que aprovecho, junto a ti, junto a cualquiera. No sé o no puedo estar sola.
Perder un metro, tirar el tiempo, las vías me llaman, me acogen en su regazo. Paso, prefiero el vagón. Salgo a la luz, estoy mareada, me paro en un banco respiro y respiro pero parece que el aire huya, que corra por delante de mí, ¿y si un día no lo atrapara?
Mañana…quizá mañana no llegue, si puede que no llegue, ¿para que hacer los ejercicios de integrales? Los supuestos mejores años se me vienen encima, no puedo.
Niña con suerte, es lo que quiero, lo busca mi alma, un no al último beso, conservarlo, quiero encontrarte, por fin, relajarme, ser feliz.
Cara de triste, todas las mañanas, mi sombra de ojos, mi pelo alisado, camisetas de tirantes, zapatitos con mariposas, la escalera se me hace muy cuesta arriba.
El pan duro en la despensa, botes de maíz, mermelada sin aditivos, congelador lleno de helado.
Comemos uno, se quita el vaquero, me mata me mira, chupa un chupa-chups, me imita.
Cama sin hacer, si papá y mamá supieran…
Recordando aún la última vez, siento sus manos palpándome.
Colillas y cerillas quemadas al lado de las macetas, riego las plantas, que bonitas superskunk, me llegan por la cintura. ¿Cómo gasto mi tiempo? ¿desaprovecho? Los desayunos hace mucho que no existen, siempre me levanto y ya es hora de comer.
La música suena, odio el silencio, Banquet gran tema. “ A Heart of stone, a smoking gun”
Cartas dobladas, el casero vendrá en un rato, ochocientos euros de alquiler, el amor suele estar a parte pero últimamente parece haber desaparecido.
Llamadas perdidas, estás matando todo lo que hay en mí. ¿estás feliz con lo que estás haciendo? Tus besos parecen estar cobrándose en cada instante, ¿soy una soñadora?
De cuclillas por la vida, me corto el pelo y él pasa por la calle, ¿quiero de verdad la píldora?
Tardes, noches, mañanas, quiero brillar en el corazón de algún chico, sentirme importante, sentir que valgo para alguien a parte de para mí misma.
Cigarros, cervezas, copas, si me faltan, me evado en el stereo de los altavoces “And if you feel a little left behind, I will see you on the other side”
Temas, pistas de baile, jueves locos, el último con el chico misterioso, murió volviendo a casa, vaya mal trago, por lo menos se fue teniéndome a mí como último recuerdo, aunque algo dramático eso me hace sentir bien.
Cenas césped llaves, sentir la desnudez de otro cuerpo.
Portales sillones caricias, cientos de noches viajando, de este a oeste de norte a sur, en la cama, en la calle, de bares, por favor, abre la puerta tengo frío aquí fuera. En la ventana veo reflejadas las nubes, veo más allá, como si viera más luz a través de una bombilla.
Verlo pasar todo, me despierto corro las cortinas, el día esta acabando, un buen rato para ir a nadar, mi cutis terso y fino lo agradece, y ellos también.
En un momento las lagrimas caen hacia dentro, en lo más hondo.
Corre por mis venas algo de harina sobrante, corren mis tacones por el suelo, me miro al espejo, me gustan mis curvas, mis pezones son lindos. Vuelven a cantar los pájaros, la noche clarea, otra noche sin dormir ya perdí la cuenta me quede en seis mil. Miro mi corcho, fotos de ayer y de hoy. Ahí estas. Fuiste el último, el mejor.

Papeles en los bolsillos

Este artículo viene determinado porque encontre en un bolsillo de un chubasquero el siguiente texto. He añadido alguna palabra y frase que completaba su sentido
"25 de Marzo de 2004
También hoy es un día raro, para empezar llueve y hace frío, más de lo normal. Supongo que nunca he sabido sofocar los numerosos conflictos y las numerosas guerrillas que cada tanto se rebelan en la península de los sentimientos, y por mucho que reciba inversiones extranjeras, en el ejército de la cordillera del pensamiento, ninguno de los generales ni comandantes que fueron asignados son más capaces de lo que fue Napoleón.
La palma se la llevan Paula, el sábado, las teorías del 300%, la adolescencia y la necesidad de buscar respuestas.
Como por ejemplo cuando me encuentro con un personaje que se sienta al fondo para poder verlo todo y me deja ver un poquito y dibuja mapas, porque tiene mi edad pero sabe volar, y puede ver las cosas desde arriba: La planta que se dice. Prefiere sacar las fotografías con la media luz de la tarde, pero eso no quiere decir que sea negativo, sino que valora los rincones en general considerados melancólicos. Yo a veces me confundo y no analizo alguna de las instantáneas o de los planos que me deja ver.
Y tiro palabras al aire como piedras cuya caída no me quedo a escuchar, y le doy un poco la razón: Las vueltas que da una pajita tan larga hacen que las cosas pierdan su sabor (lo que siempre hemos buscado; la esencia) de lo que al fin y al cabo nos alimenta. Por suerte no tiene pelos en la lengua ni dobleces en el carácter y me avisó.
La piedra hizo pum, al llegar al fondo, que torpeza la mía, tendré que refinarme. Por suerte sus palabras frases y conversaciones me envuelven y cuando el ejército del pensamiento llega tan herido, el personaje me insinúa alguna de las tácticas que, según ha observado desde el fondo, acostumbra a seguir la guerrilla. Por suerte."





