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RboSS, desde 1986
tres veces destilado pero auténtico
Acerca de
Un gilipollas que intenta abarcar en un blog las filosofias profundas sobre la vida en general, y que con la ansiedad de descubrirlo todo rapidamente se le va la mano con las comas. (definición MªLaura)
Sindicación
 
Verano en la ciudad


*** Globos que surcan el cielo, explotan, se escapan, perduran.


Supuestamente sin llorar, sin pensar, sin entender, sólo supuestamente. El dolor haciendo su trabajo, callado, como la recolección de las hormigas, pequeño, poco a poco, silencioso, percutor y arduo.
Bajo, pesado, hundido en la cama. No sé hasta donde puede llegar el abatimiento.
Algo similar a un miedo, un tipo de paranoia se acerca, golpea la puerta, quiere pasar, instalarse en mis cuatro paredes.
De la noche al día. Siempre la misma historia.
De noche los globos cargados de aire de fiesta, debería ser así, solo llenarse de aire de fiesta, de disfrute, sin aparecer cualquier objeto que los haga daño. Debilidad como la pompa de jabón. Dulce y mágica hasta su explosión, su desintegración, seca y súbita.
Al menos me quedan lejos, yo soy quien las sopla o quien infla los globos.
Cierta distancia, cierto respiro, algo que me ayude a encontrar, a diferenciar.

Dejar atrás mi querida nube de globos, ligera y sensual, meditando el amor.

En cuanto a religión no quiero a Buda, ni a Mahoma, ni a Jesucristo, totalmente agnóstico. Pero confuso cuando cualquiera de los tres toma forma de mujer, sin ley, sin medios, sin tiempo, sin espacio. ¿Volver a meditar? No creo, los globos con el tiempo se deshinchan poco a poco, muy lentamente, igual que los recuerdos.

Cuando la ciudad duerme yo ando. Un agujero, camino distinto, nuevo, emocionante, un universo que gira, que te envuelve, que reaviva.
La luna me llama, me mira, ella es la sabia de las confesiones, mi consejera, un cráter por cada pregunta lanzada al aire, por cada pensamiento nocturno acotado al insomnio, una llamada, petición de consejo, tan lejos y tan cerca con respuesta inmediata, tu propia respuesta, la de cada uno, la más válida.




*** La noche no es más que el día visto en tonos amarillos, blancos y negros, muchos tipos de luces y un conjunto de sombras chinescas.


Verdaderamente no se si conozco la carretera elegida, cubierta de oscuridad.
Conocerte en el camino, una posibilidad. Pero no creo que me baje en marcha.

Antes de salir los corredores y las calles estaban atestadas, un agobio innecesario ante la paz de que la única compañía sea tu mirada, siguiendo mis pasos, buscando mi verdad particular, de carácter aterrador, pero poco miedo comparado a mi satisfacción por encontrar la luz que me guíe, no importa el color, incluso tu piel me serviría.
No hace falta que todo vaya bien. Sólo el camino por el que voy.

En cuanto a tus secretos no me importan, secretos son y no se cuentan, con romper la noche y darle color está bien, iluminarnos uno a otro, recoger la bombilla y hacerla brillar, o de haber algo que brille, formar sombras chinescas, formas conjuntas.

Ser una sombra sólida, definida por el tiempo. Dos cuerpos difuminados, sombras definidas, imperfectas incluso, porque es así como funciona. Picos y formas que sobresalen, laderas y depresiones que acentúan nuestras formas, un puzzle a medio hacer en penumbra, un color apagado pero vivo, más que nunca, sin ti no habría luz, sería un camino al agujero negro.

No tener miedo, electrocutarme, una opción fantástica, dejarme recorrer por tu energía, watios de luz, de claridad sobre mi ser tan oscuro, que se haga de día en mí, iluminarme como la vela ilumina el aire de su alrededor, rítmicamente, a escondidas, cambiando de dirección sin preguntar, descubriendo juegos y bailes desde la sombra cómplice de su movimiento.




El haz de luz comenzó a dibujar un ángulo cada vez más ancho. La ventana haciendo caso omiso a su función, fue secuaz del astro y sus tentáculos se extendieron sobre mi cama, sobre mis pies y las sábanas. Se estaba haciendo de día. El sol iba tomando altura por encima de las colinas del sur de la ciudad.

Ahora menos todavía, pero nunca había sido capaz de aguantar la sensación de acostarme cuando el sol ya da cuerpo a un nuevo día. No lo llamaría angustia, simplemente me sabía mal el mero hecho de saber que mientras la ciudad comenzaba a funcionar yo pasaba a descansar, un sistema invertido de vida en el que me sentía casi forzadamente a gusto.

Gracias a tu luz propia y la que provocábamos ambos, ahora siempre hay claridad. Nunca me había gustado estar en penumbra.
 
Valquiria
Mi hermano tenía barba bonita, como de unos cuantos días, de peinado dejado pero cuidado y sus pantalones se sujetaban por gracia divina (los llevaba demasiado bajos, cuando digo demasiado digo culo desprotegido, no caídos, no no, sino por debajo del pompis).
Ya estaba en la universidad, siempre me había gustado que el fuera por delante, la voz de la experiencia y los consejos eran algo característico, y yo evidentemente le hacía caso porque nunca me había dicho nada en balde.
Me sacaba casi dos años y medio. Antes no me daba cuenta, cuando éramos más pequeños yo estaba a lo mío, con mis chorradas haciéndole chinchar, mamá siempre le acusaba a él y yo feliz de ello, al fin y al cabo es la base de la adolescencia entre hermano y hermana.
Pero a partir de los dieciséis la cosa cambió. Yo me hice “mayor” (se que suena ridículo, pero empecé a salir, amigas, chicos, colegio) fue entonces cuando descubrí en él a mi segundo padre, a mi mejor amigo, a mi confesor, mi apoyo, en definitiva a la persona que más quiero o quería.

La concepción del amor y los sentimientos es lo que más me ha influido de muchas de las cosas que siempre me ha dicho.

Decía de las mujeres que las había “pegadoras” (te abofeteaban el corazón pero se curaba con el tiempo), “pesopluma” (pasaban de puntillas y de manera rápida por tu vida) a estas últimas también las conocíamos como estrellas fugaces, término de mi propia cosecha; y después estaban las “valquirias”, las más complicadas, las que te tocaban en lo más dentro, las que no se olvidaban, las que realmente merecían la pena.

Rubén que así se llamaba mi hermano, me hizo comprender desde un punto de vista distinto al que creía, esos tipos de mujeres. Es más, las del último tipo.

Cada una de ciertas divinidades de la mitología escandinava que en los combates designaban los héroes que habían de morir, y en el cielo les servían de escanciadoras, esas eran las valquirias, él decía que los héroes eran sus elegidos, y que la muerte llegaba después del final.

Me hacía gracia cuando yo le preguntaba que de que tipo las había tenido, a lo que respondía:
“me han dado dos guantazos mientras veía pasar tres estrellas fugaces, hoy he vuelto a soñar que me servía vino en el cielo”.
Últimamente estaba triste, siempre andaba diciendo “la valquiria acechaba tras la puerta”, yo no lo entendía pero supuse que sería una metáfora como si le asaltara en sueños a modo de pesadilla o pensamientos continuos.

Cuando llamaron el jueves de noche, creí que era Rafa o Jaime, sus dos colegas inseparables, pero no, era una secretaria judicial con voz refinada. Acababan de proceder al levantamiento del cadáver de Rubén del Olmo, de mi hermano. A la mañana siguiente debíamos ir al anatómico forense para su identificación ocular y la posterior autopsia, aunque ya nos dijo la secretaria judicial que había sido atropellado, al parecer por temeridad suya, por cruzar en verde para los vehículos (testigos de por medio).

Allí estaba amoratado, sobre una mesa de metal, cubierto por una sábana. Si ya hacía frío fuera, dentro me encontraba entumecida. Era el sin duda, su triskell en el omóplato derecho le delataba.

Volví a casa aún en estado de shock, al llegar me tumbé en su cama a llorar puede que durante dos o tres horas fácilmente. Me senté en su mesa, cos sus cds desperdigados, sus notas, su paquete de marlboro, bajo unas hojas del banco había otro sobre en el que ponía mi nombre “Sara” bueno exactamente, “Sara mi dulce valquiria”

No supe como enfocarlo. Pero era evidente que el atropello lo tenía premeditado y era su despedida.
Cogí el tabaco y salí a la terraza.

Releí ya no sé las veces la carta. No daba crédito a lo que Rubén escribió. Estaba perdidamente enamorado de mí desde hacía más de un año, hasta el punto de pedir a algún “pesopluma” que llevó a casa a que se pusieran ropa mía. Que su verdadera valquiria era yo, y que el resto del tiempo lo gastaba con pegadoras o pesopluma para hacerse ver que no era el camino correcto, que no era esa la solución que debía encontrar a otra, pero que la perdición la tenía en su propia casa.

Fue entonces cuando entendí que la valquiria acechaba tras la puerta.
No sé que hubiera preferido, saberlo o no saberlo, el caso es que con el tercer cigarrillo la quemé, no lo olvidaría jamás… en el recuerdo quedaría.

Eran cosas de hermanos.