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RboSS, desde 1986
tres veces destilado pero auténtico
Acerca de
Un gilipollas que intenta abarcar en un blog las filosofias profundas sobre la vida en general, y que con la ansiedad de descubrirlo todo rapidamente se le va la mano con las comas. (definición MªLaura)
Sindicación
 
Las reflexiones de Nacho y Lidia; que no eran los novios
Pinturas y cansancio

Lidia me decía que buscara en el cielo, que preguntara en cada estrella, que en alguna estaría él, haciendo lo mismo, mirándola desde la ventana, buscando una tenue luz que alumbrara su amor insomne.
Las últimas flores en el portal, aún marchitas en el jarrón de la mesa. Porque como ella decía era una cuestión más de orgullo que de sentimiento, dejar crecer nueva hierba, dar una capa de blanco sobre el lienzo ya pitado, acrílicos mezclados con lágrimas, temperas que dejan su rastro sobre manos, cuerpos manchados de azul, romper los espejos para evadirse de la soledad.

También le dimos nombre entre las dos de “cansancio”, un día fue pero ya no, demasiado fuerte el estar “enamorado”, cansarse ya del mismo hombro, el mismo pelo, los mismos susurros. Encontrar la salida del laberinto de sus labios.

Cafés de máquina en cafetines del centro, mi amiga como una función de mi yo interior, poder hablar conmigo misma, respuestas coherentes y algo de cordura, ante la normal irracionalidad. Se pone a llover y pensar que antes bajo el paraguas que él llevaba, yo bailaba absorta, protegida.


Tormentas durante la noche


Nacho siempre me daba la razón, se rompió el amor, se partió el papel, se arrugó, se mojo, podría secar o recomponerse, pero el vaso se había llenado demasiado como para intentar cualquier movimiento brusco. Una tempestad imprevista, ventolera que levantó todo de cuajo, tormenta, empapado en el portal, y el cielo de nuevo en calma, negro y raso, incitando a recordar.

Lo que decía Nacho, el salir por olvidar.
Beber porque sí, descuidar el tiempo, si total no puedo pasarlo con ella, al menos de noche en las caras no se reconoce la tristeza, se resguarda bajo combinados, humo y estupefacientes. Incluso la música me hace llevar a sus movimientos rítmicos, como si de lanzamiento de martillo fuera, lo hecho lejos, pero es que hay veces que voy yo detrás a caer en el mismo sitio.
Tantas tardes de teléfono (lo más divertido era cuando descolgaba su madre, preguntar por Ignacio) – lo mal que suena esa G antes de otra consonante - . Las teorías de autoconvencimiento, muchas estupideces, pero de vez en cuando algo clarividentes.

No poder sacar de la cabeza su sonrisa, que repiquetea en la mirada como la lluvia al golpear el alféizar. Multiplicidad de planes, la imposibilidad de no estar solo para evitar pensar en el ayer, vista atrás en el adiós: una opción prohibida.



Listas de la compra


Espuma de afeitar
Pavo, jamón
Pasta rellena
Su piel
Su pelo
Sus labios


Queso fresco
Crema hidratante
fruta
Sus ojos
Sus brazos rodeándome
Sus caricias

 
Dos de corazones
Rebeca era hija de una joven argelina. A los cuatro meses de dar a luz ya en España, Cedryl, su madre, desapreció sin dejar rastro.
Antes de irse la envolvió en el capacho y tocó a la puerta de un piso en el edificio donde trabajaba de limpiadora. Cuando Paula abrió la puerta se le cayó el mundo a los pies, ¿como podía haber alguien que hiciera algo así? Evidentemente la recogió para esperar a su novio, que sin comerlo ni beberlo tenía pastel preparado para el postre.

Éste no lo entendió le dijo que suficientes esfuerzos hacía ya a sus veinticinco para tener un piso alquilado que mas que alquilado parecía un asesino a sueldo que le cogía por el cuello cada mensualidad, como para tener en casa un bebé que no era suyo, que no sabían como andaba de salud, y que era demasiado joven. No contento con eso la advirtió que eligiera entre él o la pequeña.

Paula se quedó compuesta y sin novio, pero algo en su interior le decía que era lo correcto. No era la llamada del reloj biológico, pero en sí mismo sentía que le debía algo a la niña, que tenía que ayudarla como ayudaron a su padre los Marqueses de Bessa cuando quedó huérfano a muy corta edad. Era su deber.
Hablo con los de asuntos sociales y arreglo como pudo los papeles para hacerse cargo de la niña, de su manutención y futura adopción.
Los de asuntos ya especificaron que si en algún momento reaparecía la madre o algún familiar de consanguinidad sería difícil que pudiera continuar con la custodia de la niña, siempre que se dieran los requisitos mínimos para ello.
Con ayuda de su madre, que la atendía hasta que ella volvía de trabajar y con mucho esfuerzo y amor fue sacando adelante a la pequeña, a la que llamó desde el principio Rebeca (siempre le había hecho mucha gracia que una prenda de ropa tuviera nombre de persona, o que una persona fuera como una prenda de ropa).

Cuando Rebeca tenía un año y medio conoció a Stefano, un siciliano cansado de estar rodeado de agua que pidió el traslado en su empresa a la Península. Fue todo maravilloso. Lo primero que le dijo fue que tenía una niña de tres años a lo que Paula contestó rápidamente - “abbiamo già la coppia”, yo tengo una de dieciocho meses-.

Fue el encuentro de la horma de su zapato, el café y la leche, el tomate, pepino y sal del gazpacho, y las cosquillas en los pies cuando las dos dormían al fin a las tantas de la madrugada. Stefano dejó su empresa y consiguió un cargo en la administración. Las cosas les marchaban aceptablemente.

A su madre la dijeron que debía vender las tierras de su pueblo por un PAU que iban a desarrollar. La constructora les ofrecía dinero en efectivo o viviendas en distintas zonas donde la promotora desarrollaba varias obras a la vez. Llamó a su hija y la contó las nuevas noticias. Quería que la casa fuera para ellos, nada le haría más feliz. Se llevaba genial con Stefano y le quería tanto que su deseo era que su familia fuera a mejor.
Aceptaron previa condición de que ella también viviera con ellos, cosa que Margarita aceptó encantada. Ya viuda desde hacía un lustro se sentía demasiado sola y no pudo decir que no.


Cuando Rebeca cumplió los seis, y estaba tan contenta con el uniforme de su segundo curso de primaria, un día llegó a casa y había un coche que no era el suyo.
Dentro esperaban dos agentes de asuntos sociales. Su madre biológica reclamaba a su hija. Tras un exhaustivo estudio, los de asuntos habían decidido que volviera con ella. Vivía en Sant Boi de Llobregat, un pueblo de Barcelona. Desde allí quedaba a menos de una hora. Su madre se había casado con un congoleño que llevaba viviendo en España siete años. Vivían en un piso de unos cincuenta metros donde eran diez personas, -eso evidentemente no lo sabían los de asuntos sociales- fue algo de lo que Paula tuvo conocimiento después, por Rebeca.

No pudo reprimir las lágrimas desde que le comunicaron la noticia. Luchó por seguir viéndola, pero solo obtuvo un fin de semana al mes y las vacaciones de verano, como si fuera un convenio al uso de un hijo de padres separados.
Habló con Cedryl para que, ya que al ser musulmanes ambos no celebraban la navidad, la niña pudiese pasarla en su casa con ellos. Cedryl no objetó y aceptó lo que decía Paula. De camino a casa tras las vacaciones del colegio (que Paula seguía pagándole porque así lo hizo constar cuando tuvo que devolver a Rebeca) la vio cambiada, como triste. Condujo rápido para llegar pronto a casa.

- ¿Está la yaya cuando lleguemos?
- La yaya vendrá mañana, que vuelve de la excursión con sus amigas al balneario, ¿sabes lo que es un balneario?
- Lo vi en la tele, tiene muchas piscinas y sale gente que la echan tierra y agua.
- Sí eso es. Pues se fue con sus amigas, si quieres vamos a recogerla a la estación de autobuses mañana cuando llegue.
- Sí, que bien.
- ¿qué tal con Nbema?
- No sé, hay muchos días que llego del colegio y están hablando muy alto, y luego oigo a mi madré llorar. Me ha dicho un niño de mi clase que sus padres también lo hacen, que se llama discutir.
- Bueno tu tranquila, seguro que contigo nunca discute ¿a que no?
- Yo no quiero estar allí. No me gusta. Quiero estar contigo y Stefan con la yaya y con Livia.
- Yo también querría pero ya te lo he dicho, no podemos. Tu madre es tu madre.
- Pero es que yo solo quiero tener una madre, no dos, y quiero que la de verdad seas tú. Y Stefan mi papá, tener una hermana y una abuela.


Rebeca se puso de pie en el asiento delantero y agarró a Paula como cuando jugaban a princesas y caballeros en el patio de casa. La dio un beso en la mejilla y se volvió a sentar.
Paula se mordió el labio de amargura y metió la cuarta velocidad.

- Mamá, quiero un helado, ¿compramos uno porfi porfi? ¡De los de chocolate con trocitos!. Porfiii!!