
Harta de probar mil dietas sin que ninguna tuviera el efecto esperado, las dejé; dejé de hacer dietas y empecé a hacer cookies, madalenas y pasteles de chocolate. Y como el desayunar un pedazo de bizcocho esponjoso y dulzón me subía la moral, el tramo de escaleras de la uni lo recorría a brincos, con garbo, de dos en dos los escalones mientras Melendi (ya lo he confesado, ya no tiene que extrañaros) me cantaba. El caso es que el dejar de hacer dieta tuvo el efecto que se supone que debe tener la dieta en sí: menos grasas, más musculitos y mejor forma física. Eso sin contar el humor, que mejora considerablemente cuando puedes comerte un croissant relleno de chocolate blanco sin - demasiados - remordimientos. Comiendo una hoja de lechuguita al día no tiene una fuerzas ni para levantar los párpados por la mañana, mal asunto, ya que así no quemará ni la mitad de la hoja de lechuga del desayuno..
Así que desde aquí reivindico el culto al chocolate, a las galletas; el culto a las patatas fritas caseras, a la carne con salsa de ciruelas y a la carne rebozada con pan rallado, ajo y perejil. ¡¡Basta ya de dietas que amargan la existencia!! ¡¡Arriba el helado, arriba la explosión de sabores del mundo de los "alimentos prohibidos"!! [fes-me cas, Agus.. xD]
Y es que con el estómago satisfecho, uno ve mejor el mundo.
Visca la xocolata... I love it!!!
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