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Barcelona: una historia cotidiana
Acerca de
Bienvenidos a una historia cotidiana, urbana ... Aquella en la que la mayoría de vosotros os veréis reflejados de una forma u otra. Es por ello que vuestras aportaciones o sugerencias para llevarla hacia un lugar u otro serán bienvenidas!!!
Sindicación
 
III
- Y bien, mi querido desconocido... ¿cuál es tu historia? – Me preguntó.
¿Cuál es mi historia?, ¿qué significa exactamente esa pregunta?. Mi historia. ¿Pretende que le explique, entre lametazo y lametazo a un cucurucho de pistacho, todo aquello que en mis 35 años de vida ha sucedido y es digno de ser recordado? Mi historia reciente, mis orígenes, mi crecimiento, mi educación, mi vida laboral o la sexual o la sentimental, mis pensamientos, mis creencias, mis traumas, mis miedos, mis emociones ... Pareció leerme el pensamiento.
- Bueno, a lo mejor la pregunta es demasiado amplia. Realmente lo que quiero es conocerte bien y seguramente la mejor forma es utilizar preguntas más concretas, ¿prometes contestármelas todas?.- Claro, siempre y cuando tu las contestes igualmente. – Si me pregunta de qué me arrepiento la respuesta es fácil: de no haber escogido el sabor a turrón.
- Bien, es justo ... empecemos. ¿Cuándo fue la última vez que lloraste?
Tengo que reconocer que inicialmente la pregunta me sorprendió y es probable que mi expresión no pudiera disimular esa sorpresa. Un poco de reflexión bastaba para darse cuenta que la pregunta no era en absoluto absurda. Si para definir a alguien de quien no sabemos absolutamente nada sólo dispusiéramos de una pregunta para hacerle, probablemente ésa sería una de las mejores.
No tuve que hacer mucha memoria para recordar aquella última vez.
- Fue hace tres días, al despertarme - La invité a sentarnos en uno de los bancos junto a una de las fuentes frente al edificio de La Caixa – Lo que me despertó fue el llanto de mi vecina, la señora Dolores. Era un llanto sincero, profundo, ... silencioso, casi imperceptible pero a la vez ensordecedor. El llanto de la decadencia, de quien ha vivido mil historias, mil emociones, mil sorpresas y es plenamente consciente que no volverán; el llanto de la soledad, de quien ha conocido miles de personas, miles de amores, miles de odios y sabe bien que ninguno de éllos reaperecerá. El llanto de la derrota, del perdedor, de quien se ve superado por la propia vida, de quien se ha creido siempre invencible hasta que el tiempo, inexorable, ha acabado por demostrarle que no es nadie, que no es más que una hoja más dentro de la inmensidad del bosque que acabará por caer, por desaparecer. Era el sonido más triste que recuerdo haber escuchado nunca.
Estuvimos en silencio durante casi un minuto. Cuando rematé mi cucurucho y me fijé en ella ví que no había podido evitar derramar una lágrima.
- Vaya, ya no hace falta que me contestes tú a la pregunta.-
Sonrió al mismo tiempo que no podía evitar ruborizarse ligeramente.
- Perdona, debes pensar que soy una estúpida. Pero me ha parecido tan bello y tan triste a la vez. ¿Te parece bonito?, primero me pisas, llenas de mierda mis zapatos nuevos y luego me haces llorar, pasando por alto que no he conseguido el trabajo y que he sido yo quien ha pagado los helados. No está mal para hacer apenas dos horas que te he conocido ¿no?
Me había sentido atraido por aquella mujer desde nuestro encontronazo inicial. Me había atraido su aspecto físico: su cabello, sus ojos, sus labios, sus pechos, todo lo que sus pantalones invitaban a imaginar. Pero cada vez que hablaba incrementaba mi interés por ella más allá de lo físico: cada una de sus frases, sus tonos de voz, su sentido del humor, sus pausas, la inteligencia que se le presumía ... Vale, el amigo Cupidín se había precipitado en el pasado más de una vez al lanzarme una flecha envenenada, pero la sensación era tan agradable que no me importó verle de nuevo alejándose entre la multitud. Se giró y me guiñó un ojo. Nunca había hecho eso antes.
 
II
La acompañé hasta la entrada del edificio donde tenía la entrevista. Era uno de esos edificios enormes de oficinas en la Diagonal con 4 puertas giratorias que chorrean sin cesar caras trajeadas y corbatas con prisas. Al entrar al vestíbulo tenías la sensación de haberte dejado fuera la luz y los colores. No había rojos, ni amarillos, ni verdes …acababas de entrar en el hogar del gris y sus amigos, allí estaban todos: gris marengo hablaba con negro (“te veo más delgado”), azul oscuro leía la prensa económica, gris acero hablaba por el móvil con un tono excesivamente alto,…
- Mucha suerte, te espero en la cafetería.
- Gracias por acompañarme pero no hace falta de verdad.
- Venga, no puedo irme a casa después de mi torpeza sin saber cómo te ha ido . Estáte tranquila y sé tu misma ¿vale?.

Sin darme ni cuenta le di un beso en la cara al mismo tiempo que le volvía a desear suerte. Ella sonrió. “Me llamo Blanca”, me dijo girándose mientras se introducía en uno de los ascensores.
Me dirigí a la cafetería, al final del vestíbulo, y me senté en una de las mesas desde donde se tenía una visión majestuosa del edificio. Era un auténtico hormiguero humano, los ascensores panorámicos subían y bajaban a gran velocidad, la misma con la que toda la gente que deambulaba por el vestíbulo o por los pasillos de los pisos superiores lo hacía. Ninguna de todas aquellas personas creían que podían permitirse el lujo de no correr, de pensar por un momento que aquello que tenían entre manos no era realmente tan urgente.
Presté atención a la conversación que mantenían en la mesa de al lado gris perla y negro azabache:
- Debemos encontrar un nombre para la campaña antes de mañana. Es indispensable tenerlo para la presentación al Comité de Dirección. ¿Está ya preparada la presentación?
- No te preocupes, trabajaremos durante toda la noche si es necesario. La presentación estará preparada con un ingenioso nombre para la campaña en la portada
– Gris perla hablaba con seguridad y confianza pero su mirada era tensa y su frente se mostraba humedecida por el sudor.
- Eso espero. Recuerda que nos jugamos mucho y que es nuestro cliente principal. Venga, volvamos al trabajo.
Mientras gris perla buscaba con manos temblorosas las monedas para pagar el café, negro azabache ya subía por uno de los ascensores.
Miré la nota que me había dejado la camarera: Café París. 1 cerveza San Miguel 2’50 euros. Me sorprendió el nombre del café. En un lugar como aquel hubiera esperado un nombre como “La corbata apresurada” o algo parecido . Quizás la persona que decidió el nombre del local pensó algo así pero finalmente optó por utilizar París que no deja de ser mucho más comercial que su anagrama “Prisa”.
Blanca regresó al cabo de unos diez minutos. Se mostraba cansada y nerviosa.
- Necesito salir de aquí cuanto antes.
Salimos a la calle donde nos reencontramos con la luz, el aire y el color. Blanca respiraba hondo y poco a poco parecía recobrar la normalidad.
- No me cogerán. Mi inglés no les ha parecido suficientemente bueno.
- No me malinterpretes pero me alegro que no hayas conseguido ese trabajo

Me miró con cierta sorpresa durante unos instantes, al rato asintió:
- Sí, creo que yo también me alegro. ¿Me invitas a un helado?.