SUMAR Y NO RESTAR
Hola a todos/as!
Es miércoles, es Navidad, estoy trabajando. Sí, sí, puede parecer gracioso pero, al fin y al cabo, no soy la única que pasará de puntillas por las fiestas navideñas. La plaga de "viva la vida" que nos licenciamos en junio, ahora extrañamos con nostalgia la vida estudiantil y las fiestas nocturnas de los jueves por los adoquines valencianos.
La vida es un constante devenir de sentimientos agridulces. Por ejemplo, hoy me siento entre dos fuegos. Por una parte, me alegro de poder trabajar en algo que me gusta. Sin embargo, por otra, echo en falta lo que perdí con los años. Está claro que hacerse mayor no siempre resulta agradable.
Mi jefe siempre dice que "hay que sumar y no restar" y lo cierto es que tiene mucha razón. El mundo adolece de dos grandes males: la decadencia personal y la pereza. Ambos se disputan la cima del podium. Si bien el primero parece más propio de las mujeres y el segundo de los hombres, puede que ambos no estén exentos de presentarse en cualquiera de los dos sexos. Estos 'defectos' crecen con nosotros. Quizás, hasta vayan más rápido... y si no, recapacitemos...
¿Cuántas postales navideñas habéis mandado este año?, ¿cuándo fue la última vez que llamaste a ese/a amigo/a que tanto querías?, ¿por qué te separaste de tus amigos de siempre?, ¿por qué tu vida se ha acabado reduciendo al nombre de tu novio?, ¿por qué desaparece la espontaneidad de la gente?, ¿por qué el carácter se agría con la edad?, ¿cuándo le hiciste una visita sorpresa a alguien? ¿cuándo le regalaste algo porque sí?...
No sé, podría estar escribiendo preguntas completamente retóricas hasta que me fuera del despacho pero lo único que pretendo es dejar patentes mis dudas sobre si con los años sumamos más que restamos.
En cualquier caso, me gusta crecer. 23 primaveras han conseguido que me empape de mucho conocimiento y han constituido un gran aliento para seguir en esta línea... Queda mucho por recorrer pero, si algo he aprendido, es que TODO se merece un cuidado especial. Todo. Como diría Borges y, lamentablemente, esto es algo que una aprende... sólo con el tiempo...
Es miércoles, es Navidad, estoy trabajando. Sí, sí, puede parecer gracioso pero, al fin y al cabo, no soy la única que pasará de puntillas por las fiestas navideñas. La plaga de "viva la vida" que nos licenciamos en junio, ahora extrañamos con nostalgia la vida estudiantil y las fiestas nocturnas de los jueves por los adoquines valencianos.
La vida es un constante devenir de sentimientos agridulces. Por ejemplo, hoy me siento entre dos fuegos. Por una parte, me alegro de poder trabajar en algo que me gusta. Sin embargo, por otra, echo en falta lo que perdí con los años. Está claro que hacerse mayor no siempre resulta agradable.
Mi jefe siempre dice que "hay que sumar y no restar" y lo cierto es que tiene mucha razón. El mundo adolece de dos grandes males: la decadencia personal y la pereza. Ambos se disputan la cima del podium. Si bien el primero parece más propio de las mujeres y el segundo de los hombres, puede que ambos no estén exentos de presentarse en cualquiera de los dos sexos. Estos 'defectos' crecen con nosotros. Quizás, hasta vayan más rápido... y si no, recapacitemos...
¿Cuántas postales navideñas habéis mandado este año?, ¿cuándo fue la última vez que llamaste a ese/a amigo/a que tanto querías?, ¿por qué te separaste de tus amigos de siempre?, ¿por qué tu vida se ha acabado reduciendo al nombre de tu novio?, ¿por qué desaparece la espontaneidad de la gente?, ¿por qué el carácter se agría con la edad?, ¿cuándo le hiciste una visita sorpresa a alguien? ¿cuándo le regalaste algo porque sí?...
No sé, podría estar escribiendo preguntas completamente retóricas hasta que me fuera del despacho pero lo único que pretendo es dejar patentes mis dudas sobre si con los años sumamos más que restamos.
En cualquier caso, me gusta crecer. 23 primaveras han conseguido que me empape de mucho conocimiento y han constituido un gran aliento para seguir en esta línea... Queda mucho por recorrer pero, si algo he aprendido, es que TODO se merece un cuidado especial. Todo. Como diría Borges y, lamentablemente, esto es algo que una aprende... sólo con el tiempo...
LA SOLEDAD
Ahora que se acerca la Navidad creo que es un buen momento para hablar de la soledad. De hecho, considero que diciembre debería ser reconocido como su mes estrella. Las luces, los villancicos, las cenas, las visitas, las aglomeraciones en los grandes almacenes, los regalos, las risas, el champagne y la “masa” que inunda la ciudad acentúan la necesidad de sentirse acompañado. De no saciar este apetito de amistad y este afán por tener a alguien con quien pasar unas fechas tan familiares, la soledad te puede reducir y, hasta aplastar, porque es una de las peores enemigas del hombre.
Sin embargo, desde una perspectiva mucho más abierta, he de reconocer que hay infinidad de oportunidades para sentirse solo así como muchas formas de soledad. Por ejemplo, ésta puede ser eventual o perpetua, puede estar ocasionada porque al buscar manos sólo encuentres puños o puede estar derivada de una carencia emocional; puede estar motivada por la ausencia de gente con quien hablar o por una excesiva presencia de personas que no te aportan nada y que te empujan, irremediablemente, a sentir nostalgia por la que te falta. Hay multitud de causantes. Ya lo decía Ana Frank en su Diario, “una persona puede sentirse sola aún cuando haya mucha gente que la quiera”.
La soledad no es ajena a nuestros tiempos. Es más, considero que va ligada a la brutal transformación que están sufriendo las sociedades modernas para ser globales. La mundialización y el desarraigo pueden llegar a sobrepasarnos. Y aquí viene el problema. Nadie aprende a soportar la soledad y cada cual, a su manera, trata de esquivarla. Algunos se aferran al primer clavo ardiendo que encuentran y otros dicen que “mejor solo que mal acompañado”. En ambos casos, su actitud es muy hipócrita. No sé de ninguna persona a la que no le guste que no se preocupen por ella. Necesitamos testigos de todo lo que hacemos. Alguien que nos dé su parecer y que sepamos que nos acompaña aun cuando físicamente no esté con nosotros. Necesitamos seguridad.
Todos nos hemos sentido invisibles en algún momento. El modo más habitual es el de sentirse solo por no poder estar con ese alguien al que adoras. Pero, ¿qué hacer cuando la única persona que puede hacer que dejes de llorar es aquella por la que lloras?, ¿qué hacer cuando resulta imposible que acuda a tu rescate? Es entonces cuando la soledad se hace más fuerte y se crece para recordarte que está ahí porque la raíz del problema sigue bajo la piel; es entonces cuando uno tiene que darse cuenta de que la solución reside en uno mismo por difícil que sea vislumbrarla. Está en ser valiente, en saber afrontar el problema, neutralizarlo y buscar nuevas motivaciones que te ayuden a seguir tirando. Como decía Newton, “la gente se siente sola porque construye murallas en lugar de puentes”. A veces es necesario derribar esquemas y desmitificar a las personas. La soledad es una prisión que sólo puede abrirse desde dentro. Otras basta con viajar en el tiempo y evocar recuerdos agradables. Arjona dijo una vez “realmente no estoy tan solo, ¿quién te dijo que te fuiste? si cargaste con el cuerpo, pero no con el recuerdo”.
En cualquier caso, sentir el desierto a tu alrededor es un estado de ánimo nada deseable aun sabiendo que, como animales, hemos nacido para ser seres independientes. A mí los solitarios me despiertan ternura. Creo que son los antihéroes de la sociedad y un grupo más dentro de los olvidados del sistema. Viven en un vacío donde sus sentimientos se confunden y se replantean constantemente y donde no hay lugar para el sosiego. Sufren en silencio porque nadie se preocupa de pensar en su dolor o, quizás, porque nadie se da cuenta. Es muy fácil compartir una sonrisa pero muy difícil soportar una lágrima y, precisamente por esto, muchas veces los solitarios aprenden a controlar su pena en público. Aprenden a mandar de su dolor. Por ello, esos millones de personas que parecen llevar una vida perfecta son los que, al caer el día, se sienten más vacíos. La quietud que otorga la noche les puede resultar muy traicionera. Digo yo que algo habrán perdido en el camino.
Pero no voy a ser pesimista. No es mi estilo. Puede que algún día un acontecimiento extraordinario y repentino les sacuda su existencia y les devuelva al “juego”. Mientras tanto, tenemos que pensar que si nos caemos siete veces, nos podemos levantar ocho. Los/las que sufrís de mal de amores no os preocupéis. Cuando menos os lo esperéis aparecerá esa personita que os pondrá el mundo en la palma de la mano. Todo llega porque como dice Mikel Erentxun, “siempre quedará el mañana”.
¡Feliz Navidad Solitarios!
... y muchos besos…
Sin embargo, desde una perspectiva mucho más abierta, he de reconocer que hay infinidad de oportunidades para sentirse solo así como muchas formas de soledad. Por ejemplo, ésta puede ser eventual o perpetua, puede estar ocasionada porque al buscar manos sólo encuentres puños o puede estar derivada de una carencia emocional; puede estar motivada por la ausencia de gente con quien hablar o por una excesiva presencia de personas que no te aportan nada y que te empujan, irremediablemente, a sentir nostalgia por la que te falta. Hay multitud de causantes. Ya lo decía Ana Frank en su Diario, “una persona puede sentirse sola aún cuando haya mucha gente que la quiera”.
La soledad no es ajena a nuestros tiempos. Es más, considero que va ligada a la brutal transformación que están sufriendo las sociedades modernas para ser globales. La mundialización y el desarraigo pueden llegar a sobrepasarnos. Y aquí viene el problema. Nadie aprende a soportar la soledad y cada cual, a su manera, trata de esquivarla. Algunos se aferran al primer clavo ardiendo que encuentran y otros dicen que “mejor solo que mal acompañado”. En ambos casos, su actitud es muy hipócrita. No sé de ninguna persona a la que no le guste que no se preocupen por ella. Necesitamos testigos de todo lo que hacemos. Alguien que nos dé su parecer y que sepamos que nos acompaña aun cuando físicamente no esté con nosotros. Necesitamos seguridad.
Todos nos hemos sentido invisibles en algún momento. El modo más habitual es el de sentirse solo por no poder estar con ese alguien al que adoras. Pero, ¿qué hacer cuando la única persona que puede hacer que dejes de llorar es aquella por la que lloras?, ¿qué hacer cuando resulta imposible que acuda a tu rescate? Es entonces cuando la soledad se hace más fuerte y se crece para recordarte que está ahí porque la raíz del problema sigue bajo la piel; es entonces cuando uno tiene que darse cuenta de que la solución reside en uno mismo por difícil que sea vislumbrarla. Está en ser valiente, en saber afrontar el problema, neutralizarlo y buscar nuevas motivaciones que te ayuden a seguir tirando. Como decía Newton, “la gente se siente sola porque construye murallas en lugar de puentes”. A veces es necesario derribar esquemas y desmitificar a las personas. La soledad es una prisión que sólo puede abrirse desde dentro. Otras basta con viajar en el tiempo y evocar recuerdos agradables. Arjona dijo una vez “realmente no estoy tan solo, ¿quién te dijo que te fuiste? si cargaste con el cuerpo, pero no con el recuerdo”.
En cualquier caso, sentir el desierto a tu alrededor es un estado de ánimo nada deseable aun sabiendo que, como animales, hemos nacido para ser seres independientes. A mí los solitarios me despiertan ternura. Creo que son los antihéroes de la sociedad y un grupo más dentro de los olvidados del sistema. Viven en un vacío donde sus sentimientos se confunden y se replantean constantemente y donde no hay lugar para el sosiego. Sufren en silencio porque nadie se preocupa de pensar en su dolor o, quizás, porque nadie se da cuenta. Es muy fácil compartir una sonrisa pero muy difícil soportar una lágrima y, precisamente por esto, muchas veces los solitarios aprenden a controlar su pena en público. Aprenden a mandar de su dolor. Por ello, esos millones de personas que parecen llevar una vida perfecta son los que, al caer el día, se sienten más vacíos. La quietud que otorga la noche les puede resultar muy traicionera. Digo yo que algo habrán perdido en el camino.
Pero no voy a ser pesimista. No es mi estilo. Puede que algún día un acontecimiento extraordinario y repentino les sacuda su existencia y les devuelva al “juego”. Mientras tanto, tenemos que pensar que si nos caemos siete veces, nos podemos levantar ocho. Los/las que sufrís de mal de amores no os preocupéis. Cuando menos os lo esperéis aparecerá esa personita que os pondrá el mundo en la palma de la mano. Todo llega porque como dice Mikel Erentxun, “siempre quedará el mañana”.
¡Feliz Navidad Solitarios!
... y muchos besos…
LA LIBERTAD
A Mario,
A petición tuya voy a escribir unas líneas sobre la “libertad”, sobre todo lo que este término lleva implícito y sobre la importancia que tiene el respeto a la misma, ya no sólo como vocablo sino como valor moral y como derecho fundamental que ampara (o que, al menos, debería amparar) toda Carta Magna que se considere el principio rector de un estado de derecho y, por qué no, democrático. Hay una multitud de ideas que se agolpan en mi mente así que espero ser clara y no resultar contradictoria.
EL CONCEPTO LIBERTAD
Es sorprendente el valor polisémico que tiene una palabra de tan sólo siete letras. Pero más asombroso es contemplar la posibilidad de que ésta no exista o, en caso de existir, el raudal de sentimientos que entraña poseerla o carecer de ella. No es un asunto baladí.
¿Somos libres? Esta es la eterna duda de todo mortal que se preste a una mera reflexión. Como en todo dilema filosófico, siempre encontraremos apocalípticos e integrados[1]cuya postura se fundamentará en la definición o significado que se le conceda al controvertido concepto. Ahí está el quid de la cuestión. El lenguaje nos subyuga y nos somete y, por ello, es importantísimo rescatar la consciencia lingüística presente en toda la obra de Nietzsche.
La definición más primaria de la libertad es la que la considera como la autonomía que tienen los individuos para proceder de manera aleatoria en su conducta. Partir de este axioma me lleva, irremediablemente, a una rápida conclusión: no somos libres. Principalmente, porque como seres pertenecientes a una sociedad con una cultura característica y, ¡ojo!, con una religión arraigada, siempre estaremos predeterminados en nuestras decisiones. Es así de simple. Por mucho que queramos desprendernos de los valores aprehendidos desde nuestro nacimiento, no lo lograremos. Y si, además, tenemos fe en alguna creencia, si estamos convencidos de que el sentido de todo se llama Dios y de que tenemos un "destino", las dificultades para ser libres se multiplican.
Según Nietzsche, para evitar todo esto tendríamos que abandonar la teodicea y pasar a la cosmodicea, esto es, cambiar a Dios por la Naturaleza y creer en el superhombre. Precisamente de aquí arranca su tesis del eterno retorno, no como una literal repetición infinita de las cosas en el tiempo, no como una valoración del tiempo real como algo con un principio y un final, sino como una transvaloración hacia una visión del mismo tiempo como algo total, eterno, cíclico. Esto es un tanto complicado de entender y, más aún de explicar. En su libro “Así habló Zaratrusta” tenemos un ejemplo:
“Mira ese portón (...), tiene dos caras. Dos caminos convergen aquí: nadie los ha recorrido aún hasta su final. Esa larga calle hacia atrás: dura una eternidad. Y esa larga calle hacia delante es otra eternidad. Se contraponen esos caminos; chocan derechamente de cabeza. Y aquí, en este portón, es donde convergen. El nombre del portón está escrito arriba: "instante". Pero si alguien recorriese algunos de ellos – cada vez y cada vez más lejos: ¿Crees tú (...) que esos caminos se contradicen eternamente? – (...) Desde este portón llamado Instante corre hacia atrás una calle larga, eterna: a nuestras espaldas yace una eternidad. Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá que haber recorrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?
(ZA; III. De la visión y el enigma; p.230)
Vamos a ver. Para Nietzsche, el eterno retorno rompe con la estructura tradicional del concepto "tiempo"; para él no hay pasado ni futuro, con lo cual, el hombre es libre en tanto en cuanto tiene todo un “futuro” por delante así como la experiencia de todo un “pasado” por detrás. No sé si se entenderá pero éstas, a mi modo de ver, son sus premisas. (Mariado, tú que eres filósofa y habrás estudiado más a fondo su obra, ¿qué opinas? ¿me equivoco?)
No obstante y, sin ánimo de criticar al maestro, pienso que como lo que lo que plantea no existe, en algún recoveco de nuestra mente siempre brillará con fuerza todo el proceso de asimilación del entorno y de enseñanza labrado con los años que nos impedirá ser libres.
“Y se oyó un ruido de cadenas… ha nacido un hombre”. Me pides que interprete esta frase y, bueno, creo que mi visión ya ha quedado explicada en el párrafo anterior. Coincido con Nietzsche al afirmar que no somos libres pero me surgen serias dudas en torno a su idea del eterno retorno. En cualquier caso, pienso que somos el resultado de un engranaje llamado sociedad cuyo funcionamiento hace que rueden las cadenas, que surjan nuevas generaciones, pero creando siempre un mismo producto final llamado hombre.
UNA POSIBLE LIBERTAD
La única libertad que considero posible es la que se deriva de su definición como valor social de convivencia (en un Estado, en un grupo de amigos, en una relación de pareja…) que debe ser defendido y respetado a capa y espada.
Pero, para considerar la libertad como un derecho a defender, en primer lugar tenemos que reconocernos como personas y, en segundo, adquirir cierta educación para saber torear con inteligencia la más que tendente intolerancia social. La historia nos ha dejado suficientes ejemplos de esto que planteo. Sólo hay que echar la vista atrás o buscar en el diccionario la palabra “esclavo/a”.
Mi humilde punto de vista me lleva a aseverar que mi libertad termina donde empieza la de los demás. Como en muchos otros aspectos, debemos marcar unos límites para hacer prevalecer este bien, ¿o acaso la democracia no tiene los suyos?, ¿por qué, entonces, la ley de partidos?, ¿por qué, si no, someternos a la Justicia?
Es nuestra responsabilidad poner el freno a quienes intentan arrebatárnosla. No se puede tolerar la intolerancia porque, de permitirlo, siempre saldría victoriosa esta última. Hay una infinidad de ejemplos. Desde siempre han existido personas que han estado convencidas de poder manejar a su antojo las libertades de terceros. Basta con recordar a los piratas, a los monarcas déspotas, a los que pensaban que eran una raza superior, etc, etc. En definitiva, la libertad como derecho fundamental es una garantía que debe ser respetada porque, de lo contrario, su precio puede costar muy caro.
CONCLUSIÓN FINAL
El genio Quevedo escribió una vez “poderoso caballero es don dinero”; yo podría extender tan aguda y mordaz frase para aportar una nueva versión: “poderosas majestades son las pelas y las libertades”. No es una premisa tan ingeniosa como la primera pero se podría entender como una derivación. Ambos conceptos mueven montañas, ambos determinan tu tránsito por la vida y ambas son deseadas por todos los homo sapiens[2] que vagamos por el mundo. Y ésto no lo digo solamente yo... Es una declaración de principios transversal a cualquier época que también está presente en las canciones (ej. Para la libertad - Serrat o Libre- Nino Bravo), en los poetas del Romanticismo (ej. La canción del pirata - José de Espronceda), en el cine (Braveheart), en la historia, en la mitología, en la pintura, en la escultura, en la publicidad (deseo a alcanzar que se verá satisfecho con la compra de un producto, ej. Amena) y en todas las artes.
Mario, desconozco si era esta la reflexión que me pedías. He intentado darle un enfoque más funcional que teórico, más adaptado a la realidad social en la que nos encontramos. Acepto tus posibles críticas al respecto. Es más, las espero con ansias. La verdad es que es un gusto poder reflexionar y debatir sobre temas tan interesantes como estos. Sólo con que la gente parara, de vez en cuando, el reloj de la inercia social y analizara el espacio (¿predeterminado?) que bulle a su alrededor y que lo condiciona, conseguiríamos entre todos tener un mundo mejor. Ser conscientes de todas estas realidades no sólo nos permite dar un paso adelante a nivel intelectual sino que nos acerca un poco más al foco del problema para facilitarnos el planteamiento de posibles soluciones.
Ignacio Ramonet decía que “informarse cansa”; parece que “pensar” también es una tarea molesta y exánime. Mientras seamos pocos los que de verdad valoremos todo esto y critiquemos la opresión y, mientras sean muchos los que, en calidad de políticos que representan al pueblo, en lugar de buscar soluciones estudien como someter a los que están por debajo, el mundo estará perdido. ¡Respeto, respeto, respeto! Ahí está la clave para deambular con más soltura y tener, quizás, algo de libertad.
Gracias por darme la idea para un nuevo ensayo y por despertar las ganas de reflexionar y escribir. Un besete.
[1] Término empleado por Umberto Eco para referirse a las personas que están de acuerdo o en desacuerdo con un determinado asunto.
[2] Empleo el término homo sapiens para remarcar el carácter animal e instintivo de los humanos.
A petición tuya voy a escribir unas líneas sobre la “libertad”, sobre todo lo que este término lleva implícito y sobre la importancia que tiene el respeto a la misma, ya no sólo como vocablo sino como valor moral y como derecho fundamental que ampara (o que, al menos, debería amparar) toda Carta Magna que se considere el principio rector de un estado de derecho y, por qué no, democrático. Hay una multitud de ideas que se agolpan en mi mente así que espero ser clara y no resultar contradictoria.
EL CONCEPTO LIBERTAD
Es sorprendente el valor polisémico que tiene una palabra de tan sólo siete letras. Pero más asombroso es contemplar la posibilidad de que ésta no exista o, en caso de existir, el raudal de sentimientos que entraña poseerla o carecer de ella. No es un asunto baladí.
¿Somos libres? Esta es la eterna duda de todo mortal que se preste a una mera reflexión. Como en todo dilema filosófico, siempre encontraremos apocalípticos e integrados[1]cuya postura se fundamentará en la definición o significado que se le conceda al controvertido concepto. Ahí está el quid de la cuestión. El lenguaje nos subyuga y nos somete y, por ello, es importantísimo rescatar la consciencia lingüística presente en toda la obra de Nietzsche.
La definición más primaria de la libertad es la que la considera como la autonomía que tienen los individuos para proceder de manera aleatoria en su conducta. Partir de este axioma me lleva, irremediablemente, a una rápida conclusión: no somos libres. Principalmente, porque como seres pertenecientes a una sociedad con una cultura característica y, ¡ojo!, con una religión arraigada, siempre estaremos predeterminados en nuestras decisiones. Es así de simple. Por mucho que queramos desprendernos de los valores aprehendidos desde nuestro nacimiento, no lo lograremos. Y si, además, tenemos fe en alguna creencia, si estamos convencidos de que el sentido de todo se llama Dios y de que tenemos un "destino", las dificultades para ser libres se multiplican.
Según Nietzsche, para evitar todo esto tendríamos que abandonar la teodicea y pasar a la cosmodicea, esto es, cambiar a Dios por la Naturaleza y creer en el superhombre. Precisamente de aquí arranca su tesis del eterno retorno, no como una literal repetición infinita de las cosas en el tiempo, no como una valoración del tiempo real como algo con un principio y un final, sino como una transvaloración hacia una visión del mismo tiempo como algo total, eterno, cíclico. Esto es un tanto complicado de entender y, más aún de explicar. En su libro “Así habló Zaratrusta” tenemos un ejemplo:
“Mira ese portón (...), tiene dos caras. Dos caminos convergen aquí: nadie los ha recorrido aún hasta su final. Esa larga calle hacia atrás: dura una eternidad. Y esa larga calle hacia delante es otra eternidad. Se contraponen esos caminos; chocan derechamente de cabeza. Y aquí, en este portón, es donde convergen. El nombre del portón está escrito arriba: "instante". Pero si alguien recorriese algunos de ellos – cada vez y cada vez más lejos: ¿Crees tú (...) que esos caminos se contradicen eternamente? – (...) Desde este portón llamado Instante corre hacia atrás una calle larga, eterna: a nuestras espaldas yace una eternidad. Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá que haber recorrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?
(ZA; III. De la visión y el enigma; p.230)
Vamos a ver. Para Nietzsche, el eterno retorno rompe con la estructura tradicional del concepto "tiempo"; para él no hay pasado ni futuro, con lo cual, el hombre es libre en tanto en cuanto tiene todo un “futuro” por delante así como la experiencia de todo un “pasado” por detrás. No sé si se entenderá pero éstas, a mi modo de ver, son sus premisas. (Mariado, tú que eres filósofa y habrás estudiado más a fondo su obra, ¿qué opinas? ¿me equivoco?)
No obstante y, sin ánimo de criticar al maestro, pienso que como lo que lo que plantea no existe, en algún recoveco de nuestra mente siempre brillará con fuerza todo el proceso de asimilación del entorno y de enseñanza labrado con los años que nos impedirá ser libres.
“Y se oyó un ruido de cadenas… ha nacido un hombre”. Me pides que interprete esta frase y, bueno, creo que mi visión ya ha quedado explicada en el párrafo anterior. Coincido con Nietzsche al afirmar que no somos libres pero me surgen serias dudas en torno a su idea del eterno retorno. En cualquier caso, pienso que somos el resultado de un engranaje llamado sociedad cuyo funcionamiento hace que rueden las cadenas, que surjan nuevas generaciones, pero creando siempre un mismo producto final llamado hombre.
UNA POSIBLE LIBERTAD
La única libertad que considero posible es la que se deriva de su definición como valor social de convivencia (en un Estado, en un grupo de amigos, en una relación de pareja…) que debe ser defendido y respetado a capa y espada.
Pero, para considerar la libertad como un derecho a defender, en primer lugar tenemos que reconocernos como personas y, en segundo, adquirir cierta educación para saber torear con inteligencia la más que tendente intolerancia social. La historia nos ha dejado suficientes ejemplos de esto que planteo. Sólo hay que echar la vista atrás o buscar en el diccionario la palabra “esclavo/a”.
Mi humilde punto de vista me lleva a aseverar que mi libertad termina donde empieza la de los demás. Como en muchos otros aspectos, debemos marcar unos límites para hacer prevalecer este bien, ¿o acaso la democracia no tiene los suyos?, ¿por qué, entonces, la ley de partidos?, ¿por qué, si no, someternos a la Justicia?
Es nuestra responsabilidad poner el freno a quienes intentan arrebatárnosla. No se puede tolerar la intolerancia porque, de permitirlo, siempre saldría victoriosa esta última. Hay una infinidad de ejemplos. Desde siempre han existido personas que han estado convencidas de poder manejar a su antojo las libertades de terceros. Basta con recordar a los piratas, a los monarcas déspotas, a los que pensaban que eran una raza superior, etc, etc. En definitiva, la libertad como derecho fundamental es una garantía que debe ser respetada porque, de lo contrario, su precio puede costar muy caro.
CONCLUSIÓN FINAL
El genio Quevedo escribió una vez “poderoso caballero es don dinero”; yo podría extender tan aguda y mordaz frase para aportar una nueva versión: “poderosas majestades son las pelas y las libertades”. No es una premisa tan ingeniosa como la primera pero se podría entender como una derivación. Ambos conceptos mueven montañas, ambos determinan tu tránsito por la vida y ambas son deseadas por todos los homo sapiens[2] que vagamos por el mundo. Y ésto no lo digo solamente yo... Es una declaración de principios transversal a cualquier época que también está presente en las canciones (ej. Para la libertad - Serrat o Libre- Nino Bravo), en los poetas del Romanticismo (ej. La canción del pirata - José de Espronceda), en el cine (Braveheart), en la historia, en la mitología, en la pintura, en la escultura, en la publicidad (deseo a alcanzar que se verá satisfecho con la compra de un producto, ej. Amena) y en todas las artes.
Mario, desconozco si era esta la reflexión que me pedías. He intentado darle un enfoque más funcional que teórico, más adaptado a la realidad social en la que nos encontramos. Acepto tus posibles críticas al respecto. Es más, las espero con ansias. La verdad es que es un gusto poder reflexionar y debatir sobre temas tan interesantes como estos. Sólo con que la gente parara, de vez en cuando, el reloj de la inercia social y analizara el espacio (¿predeterminado?) que bulle a su alrededor y que lo condiciona, conseguiríamos entre todos tener un mundo mejor. Ser conscientes de todas estas realidades no sólo nos permite dar un paso adelante a nivel intelectual sino que nos acerca un poco más al foco del problema para facilitarnos el planteamiento de posibles soluciones.
Ignacio Ramonet decía que “informarse cansa”; parece que “pensar” también es una tarea molesta y exánime. Mientras seamos pocos los que de verdad valoremos todo esto y critiquemos la opresión y, mientras sean muchos los que, en calidad de políticos que representan al pueblo, en lugar de buscar soluciones estudien como someter a los que están por debajo, el mundo estará perdido. ¡Respeto, respeto, respeto! Ahí está la clave para deambular con más soltura y tener, quizás, algo de libertad.
Gracias por darme la idea para un nuevo ensayo y por despertar las ganas de reflexionar y escribir. Un besete.
[1] Término empleado por Umberto Eco para referirse a las personas que están de acuerdo o en desacuerdo con un determinado asunto.
[2] Empleo el término homo sapiens para remarcar el carácter animal e instintivo de los humanos.





