Entonces... qué esta tristeza seca, árida, esta tristeza de desierto?
Shh...Silencio. Bonita guarida para los cobardes.
Puedo escuchar tu respiración. Yo ya empiezo a respirar por la boca. Lo mejor y lo peor que tengo dispuestos a aliarse y a lanzarse, frontalmente y como un solo, contra ti. Detrás de mi propio cuerpo, el mundo parece haberse detenido, suspendido en un segundo eterno.
Un puñal afiladísimo y diminuto se desliza sigilosamente por mi lengua de larva, situándose en su centro exacto, mientras entorno los ojos en busca de la diana más certera. Una distancia tan corta como una mesa de un café. Mínimo riesgo de error. Altas probabilidades de éxito. No tienes la más mínima posibilidad, y un oscuro escalofrio repta, viscoso, por mi espina dorsal.
En mis venas, riadas de sangre empujan tus piedras, y mi cuerpo se afila, se tensa en diagonal, hundo los hombros y adelanto la cabeza, me muerdo los labios para encontrar palabras, saliva, sangre, relamiéndome como un gato, casi podría ponerme a ronronear.
Como he podido estar tan ciega. Toda la verguenza que siento de mi misma me instala la náusea en la boca del estómago.
Esta rabia no es mía. Acércate. Deja que te muerda y te devuelva tus virus. Los he cuidado y potenciado para tí. Y los dos sabemos que lo estás deseando.
Ya sé que quizá no era necesario, que me sobran las evidencias para destronarte, sacudirme el recuerdo de un arrebato tan ingenuo. Para qué perder el tiempo elaborando mentiras piadosas. No me gusta perder el tiempo, y no he venido a pedirte que te enamores de mí como yo lo hice. Eso ya no va a pasarnos otra vez. Si, una lástima, es cierto.
Y casi me habia creido que no, que no necesitaba esa conversación, que no quiero saber lo que pasó por tu mente para que de repente te esfumaras con el rabo entre las piernas, que ningún argumento va a convencerme ya de cualquier cosa que no sea la condena por tu silencio. Por condenarme a él, te condené yo al mio.
Por tener un corazón cobarde.
Y porque el mio quiere ir a la guerra.