Si no hubiera sido por sus ojos, no le hubiera reconocido en el cuerpo de aquel hombre calvo y cara de unos treinta y largos muy desconchados, en el mismo momento en el que le vi, de pie en medio de un estand vistiendo un polo con logo en forma de pez. No se en cuál de mis rasgos me reconocería a mi, después de diez años de perdernos de vista, los años no pasan para todos por igual, y cuando escucho un sincero cuánto tiempo! Me doy cuenta de que ni siquiera hubiera reconocido su voz, que era la misma que me decia te quiero la primera vez que me acosté con un hombre.
Cuando le miro, me cuesta reconocer a Pedro, y en el primer momento, siento una sincera alegria al ver su misma sorpresa pintada en la cara, tan espontánea como la mia, alegria que se desvanece con el pito de un globo deshinchándose en cuestión de segundos cuando advierto que los cuerpos cambian, y recuerdo que las personas no.
Diez años dan para mucho, mucho que hablar con alguien que compartió contigo una etapa importante de tu vida, diez años caben en muchos sitios, en ceniceros y tazas de café, en ataúdes y en cajitas de colores, pero a veces sólo dan para cuatro frases contadas- todo bien, si estoy buscando productos, dejaste el carrefour, si, hasta los cojones estaba, pero tu no estudiaste psicología, buennoo, como un montón de gente, pero luego me meti en esto, me va bien, me alegro de verte, todo bien, si, gracias, luego nos vemos, ok, cuidate-, y entonces uno no sabe dónde meterlas.
Cuando por fin me subí al coche de vuelta a casa, me dio hasta por ponerme triste. No fue por verle, no fue por recordar nuestra historia, ni tan solo por nostalgia de mis 15, de mis 17, de mis 19 años. Nada en aquel reencuentro brillaba. Ni siquiera tenia sabor. Ni amargura, ni dulzura, ni esa satisfacción de ver a una persona a la que guardas cariño, yo, que le guardo cariño hasta a las piedras. Sólo insipidez. Insipidez absoluta, como si la persona que vivió conmigo aquellas tardes de besos no hubiera existido nada más que en mi imaginación, pensar que las personas no cambian, que lo único que cambia es nuestro recuerdo de ellas
Las personas no cambian. Y supongo que a mis recuerdos no les gusta que le pisen la huella que han querido guardar del paso de las personas por mi vida; por eso siento un poquito de nostalgia de aquella nostalgia mia que acabé por perder, y me pongo triste por eso, por ver que mis recuerdos no quieren seguir teniendo brillo, el mismo que les puse con cuidado antes de guardarlos para siempre, en mi ataúd o en mi cajita de colores, por si alguna vez quisiera volverlos a recordar.
Yo creia que lo que guardaba me iba a durar más, pero lo que guardé como un tesoro no ha sido capaz de guardar también al tiempo. Y todo pasa.
A veces no hace falta diez años y no hacen falta ni dos, y esta mañana, mientras leia un email con cuatro destinatarios proponiendo concretar un dia de cena, mis recuedos me lo volvian a demostrar dándose de morros con una increible falta de ganas por mi parte de asistir a esa cena, de mirar a los ojos a quien tanto morbo me daba hace un par de años, ahora que informa antes que nada de que vuelve a estar soltero y tontear con él sin que nadie se de cuenta; de mirar a quien crei querer tanto para darme cuenta de lo rápido que el brillo pierde su color dorado y no asistir a la evidencia de que mi corazón no sabe nada de errores de cálculo y sentir que se siente hasta un poco avergonzado de haberse puesto alguna vez asi. De sentirme dos y tres a la vez, ahora que me siento más de una sola. Y sentí cansancio. Y sosez infinita. Seleccionar, borrar mensajes seleccionados, aceptar. Y me levanté a prepararme un café.
Pero por si acaso, escribo hoy. Porque al llegar al piso me acuerdo de que vuelvo a tener agua caliente para darme una buena ducha sin dejar sin agua al que vendrá en una hora, aunque me quede sin un duro hasta final de mes y mi primo solo me cobre el termo y nada por habérmelo instalado él. Porque no he ido a comprar y solo me quedan guisantes congelados y muestras de croquetas –eso si, las lonchitas de ibérico que no falten-. Por el ataque de risa provocada al verme enjabonada de pies a cabeza y obligada a aclararme con agua congelada. Porque el abrazo que se reconoció en el mio propio hace unos meses estaba esta mañana justo ahí detrás, abrazandose a mi espalda antes de que vuelva a sonar el maldito despertador y nos obligue a pasar los dias sólo como un triste recibo. Porque a veces somos tan injustos en ponerle brillo a los recuerdos y no a las vivencias que les dan la vida,que por eso lo escribo, para que esto sea mañana también un recuerdo, pero de esos que guardan su brillo por dentro y no lo pierdan, a fuerza de usarlos, de ir a ponerle flores.
A mi ataúd o a mi cajita de colores. .
Ojalá pudiera contarte sin que mis palabras desvirtuasen mi historia y mis porqués. nunca quise que todo aquello tuviera que ver contigo, aunque no pueda evitarlo, y entonces esta habitación se haga demasiado pequeña para los dos, para mi y mi propia historia, con todos sus porqués suspendidos del techo. Sin embargo, como me gustaria poder hacerlo. Encontrar el hilo exacto y tirar de él hasta que las palabras que lees detrás de mis ojos se convirtieran en sonidos, y luego en palabras. Ojalá pudiera contarte sin convocarme como por entonces, sin tener miedo a sentir que si vuelvo a convocar a mi tristeza, se me enrede de nuevo entre los dedos. Ojalá pudiera hacerlo sin sentir que todo lo que veas de mi historia solo hará que enrederarme en la tuya. Como explicarte. Como decirte. Por qué, si quizá no haga falta.
Todavia no sabes y ni siquiera yo, que empecé a intuirlo hace poco.
Eres luz y yo no quiero darme cuenta que detrás de mi está mi sombra, aunque tú, como luz, ya lo supieras, antes que yo, más rápido que yo, mejor que yo, aunque tampoco sepas decirlo más que con silencios y ellos dos -el tuyo, y el mio- hablen mejor con abrazos que con distancias.
No quiero mirarte desde mi sombra. Alli solo estaba el frio. No quiero verte de sombras, porque sienten que les pertenezco por decreto. Si las visito, se volverán contra mi,porque esa es su naturaleza, la de dejar a oscuras. La de estar siempre atrás.
No puedo ir alli, a la tuya, y ahora que lo pienso, ni siquiera sé si puedo. No sé si hay sombras detrás de la luz.