passion
El amor nos esta bien. Es cómodo, sencillo, eficaz, caliente, tranquilo, reconfortante. Es un hogar para pasar la vida, donde realmente quieres estar, donde tu yo de día a día quiere pasar sus años. La pasión te da alas para soñar, y lo mejor de todo es que no puedes controlarla. Y lo peor de todo es que no puedes controlarla. Le cuelgas el vestido de tu pasión a quien mejor ajusta a tu talla, a tus señales, a tus frecuencias, tus indirectas, juegos de palabras, aficiones. A veces el vestido es tan completo que lleva hasta careta. Nuestros ojos están viendo lo soñado. Nace la química. El deseo. La pasión te arrasa por dentro, te hace incapaz, imprudente, pedante, te paraliza mientras buscas desesperadamente excusas, señales para atraer la atención, para vivir eso que has soñado. Solo que eso lo sueñas tu. Crees que los sueños de los demás son también los tuyos. Te sobran evidencias para creerlo, pero tu también haces una evidencia del vuelo de una mosca. Buscas mensajes en las canciones, en las palabras, y las encuentras. Vives de migajas de presencia, que siempre es escasa. Te buscan huecos en las agendas. Vas a la peluquería, te pintas las uñas, te depilas. Te maquillas cada dia, y te sientes menos guapa que nunca. Si te miran, es porque estás ridícula, fea, pequeña e inmunda como un insecto.
Cuando la pasión muere, y sobretodo cuando muere antes de tiempo, sin tener lugar a consumirse se convierte en una nostalgia atroz, voraz, que no te deja dormir, ni comer, donde coges el teléfono y cuelgas, intentas mantener el contacto, buscas problemas para tener conversaciones con las que solucionarlos, pero eso tampoco funciona. El tiempo sigue pasando. La pasión, muerta de hambre, empieza a comerse a sí misma, por las esquinas.