El destino me trajo de la mano a un domador de caballos, que había sido mago, camarero, guía turístico, marido fiel y esposo abandonado ante el dios de las hipotecas de 30 años, a interés variable, dos perros, una casa enorme en la mejor zona de la ciudad, con vistas al parque. Y le llenó de regalos, del instinto impreciso de saber aparecer en el momento justo, en el lugar acertado como por casualidad, como quien no quiere la cosa, y le llenaba de cayenas los bolsillos, para que pudiera meter la mano y sacarme un manojo de globos, un castillo de fuegos artificiales, un libro, la canción que estaba buscando desde hacia años, y hasta un bolero que me decía que le besara. Y eso hacía. Pese a saber que no debía, simplemente lo hacía. El destino le colocó justo ante mis narices la noche que yo arrastré a mi hermana a un garito en el que no habia estado nunca, solo porque alguna vez se lo oí mencionar al que creí hombre de mi vida. Todo lo demás, fue fácil, tan sencillo, tan natural, tan obvio, tan perfecto como todo lo que yo era capaz de pedir, de imaginar, de desear en el que yo quería el hombre de mi vida. El destino, tan irónico, me daba la posibilidad de hacer realidad todas y cada una de las cosas que yo ya había deseado. Solo cambió la persona. Y el que debía ser el hombre de mi vida, el que quería serlo, no lo era.
Una vez, conocí a la mujer de mi vida...-le dijo un amigo al otro-. Y qué pasó? preguntó. Me abandonó....porque quería seguir buscando al hombre de su vida.