No debería extrañarme, porque todo lo importante que me ha pasado en esta vida me ha pasado en otoño. Sucede, siempre de la mano de la entrada del invierno, que las leyes de las probabilidades que rigen mi vida se desdoblan sobre sí mismas, para situarme a dos, seis años atrás, en mi vida, la de ahora, dos, seis años después. En el andén de esa especie de estación, siempre está aquella persona, junto a mí, siempre a destiempo pero por alguna razón, de la mano de un extraño, cínico, y curioso orden del más puro y genuino caos.
En otoño de 2002, rompí mi vida justo por la mitad.
El otoño de 2003 me trajo de la mano al único hombre que yo había amado hasta entonces justo cuando yo intentaba convencerme a mi misma que lo que sentía por aquellos entonces era amor, aunque supiera de sobras que no. Luego, volví a tener que admitir que yo sólo le había amado a él.
El otoño de 2004 me lleva mucho más allá, tres, cinco años vista para situarme en mi vida, la de entonces, tan de golpe, tan de sorpresa como si todo lo que ocurrió la otra noche estuviera escrito en algún guión, del que ninguno de los dos fuimos en ningún momento conscientes de estar interpretando. Pero yo de alguna manera lo supe, y él también.
Un abrazo dice todo lo que nosotros no hemos dicho en estos años.
Los cuerpos tienen mejor memoria que nosotros mismos, porque no desvirtúan los recuerdos. Y los sentimientos, también, aunque también sean ya recuerdos