diálogos ii
- Perdona, tienes fuego?
Levanté la vista, y bajé de golpe de las nubes. Se estaba bien en aquel parque, y aquella noche, el calor me había arrancado de las sábanas, calzada con las chanclas marrones y una camiseta de tirantes, superviviente de algún verano. Eran las once y media de la noche del segundo jueves de agosto y había decidido quedarme en casa.. Habia noches en la que conectaban el sistema de riego automático y en mi banco, se estaba bien. Se escuchaba el agua y podía pensar.
-... Si, espera... - le alargué el mechero y le miré torcer la cabeza para conseguir el ángulo adecuado con el cigarrillo, prender ligeramente la brasa y exhalar una buena calada. Tenia ganas de fumar -pensé mientras le observaba batallar con el mechero, medio gastado y que debía reposar en el bolsillo trasero del tejano desde hacia unos cuantos meses. Dejé de fumar durante un tiempo. Luego volví, pero no me gustaba acordarme de por qué. Me alargó el mechero y me miró. Tenía los ojos marrones, corrientes, del mismo color vulgar que compartimos la gran mayoría de mortales, ojos de rostro anómino, los mismos ojos que podía compartir cualquiera, pero no la misma mirada, y la suya me inspiró una lejana sensación de compañía, labios bien dibujados, una nariz de hombre, un rostro que me resultaba familiar pese a estar segura de que no le habia visto nunca.
- Creo que hacemos los dos cara de cansados.... estás trabajando el agosto?
- Si... este año me ha tocado quedarme sin vacaciones...- afirmé, tomando el mechero que me alargaba para guardarlo en el mismo bolsillo.
- Yo acabo de salir ahora mismo de trabajar, pero al menos, trabajo por la tarde noche y no estoy todo el dia dando vueltas. Es un consuelo.... –contestó suspirando, mientras se sienta a el banco - mi banco, pensé-.
Sentí una súbita señal de alarma, porque los desconocidos no tienen porqué sentarse en tu banco, y luego curiosidad, porque en ningún sentido su presencia me inspiró amenaza o desconfianza alguna, sino más bien al contrario, aunque no hubiera sabido decir porqué. .Tiene un pelo bonito-pensé- negro, negro.. Recordé cómo me gustaba tocarle el pelo recién cortado a mi hermano, y me sorprendí pensando en pasarle la mano por el pelo al igual que lo hacía con él, levantarle la raiz con la yema de los dedos para ver esa cortina cerrándose otra vez, pero me dí cuenta de que ese era un gesto que denotaba demasiada familiaridad, para acto seguido preguntarme porqué habia sentido ese impulso. Lo tenía ligeramente mojado, parecía recién salido de la ducha y me pregunté dónde trabajaría mientras le observaba frotarse con energia la cara, para despejarse, para quedarse mirando algún punto impreciso del parque...
- Es raro, verdad?
- El qué?
- El silencio de las ciudades en agosto... te da una idea de lo que serían si no estuviéramos aquí...
- ... yo a veces lo siento siniestro.
- El qué? El silencio?
- O la ciudad... o quizá solo sea este parque –está lleno de fantasmas, añadí mentalmente-.
-No te gusta el silencio....
- En esta época, ahora, no...por qué te gusta tanto?
- No digo que me guste el silencio. Digo que me gustan las situaciones que se viven en silencio... me permites?- me dice pidiéndome el mechero con la palma abierta al ver que decidía encenderme otro cigarro-... el silencio me parece más sincero que las palabras
Porque es su ausencia, pensé. Mientras le observaba mirarse las manos, algo muy lejano, remotamente anclado en mi memoria reconoció esas palabras como si las hubiera escuchado alguna vez, hacía años, más de los que yo había ya vivido y lo encontré extraño, y familiar, todo a la vez.Yo ya no sabía, porque yo había pensado lo mismo y el silencio me falló una noche, en aquel mismo banco, hacía algo más de un año. El silencio también es la más rotunda de las respuestas. Para mí, por aquellos entonces, el silencio tenía sabor, y era el más amargo de todos.
- Una vez leí que el silencio también es una bonita guarida para los cobardes.
- Y es cierto, pero también de esos momentos se hace la vida. A veces hay que aprender a ser cobarde para luego poder aprender valiente.
- Eso es lo especial, supongo...
- De qué? -preguntó, apagando el cigarro en el suelo con cuidado.
- Lo especial del silencio. El poderlo asociar con emociones tan distintas y que sea la expresión más intensa de todas ellas. Mirar a quien amas en silencio. Mirar a quien odias en silencio. Mirar al que compadece en silencio. Que te miren en silencio.
- Vaya... te has hecho algún psicoanálisis ultimamente?-preguntó risueño.
- Pues el último hace media hora...
- Es curioso, porque me pareces una persona muy cuerda...
- Si? Pues puede que sea ese el problema...que intento explicarmelo todo.
- Quizá no sabes vivir el silencio.
- Puede ser...
Me quedé mirándolo porque senti que alguien me había leido el alma, y volví a sentir que le conocía, de alguna manera, pese a estar absolutamente segura de que era la primera vez que le veía. Me levanté para irme, y él me imitó, me despedí de él y le recomendé ver la zona vieja del parque, sobretodo por la noche. Me miró con sus ojos de calma y me dijo que no tenía prisa. Le dije que yo tampoco, y sin darnos cuenta empezamos a andar. Al llegar a la ermita, le quise señalar el campanar, pero me cogió la mano y me puso el dedo índice en los labios.
- Déjame probar una cosa... cómo te llamas?
- Lucía –respondí.
- Pues déjame probar algo, lucía –me dijo,siseando con los labios, igual que se susurra a los niños pequeños.
Simplemente, echamos a andar. Caminamos durante casi dos horas, sin hablarnos nunca, pero recordé cómo olían los árboles recién regados, el ruido de los aspersores y el de los grillos, el olor a jazmín de las noches de verano, como en las noches de mi infancia. De repente me dí cuenta de que con aquellos pasos iba haciendo las paces con mi silencio, y sentí que él asistía atentamente a todo el proceso, corraborándose a sí mismo, con una sonrisa leve y aquella mirada...Me gustó esa mirada y me dije que quería mirarle yo también. El resto del paseo me dediqué a observarle y cuando se dio cuenta, me acarició la cara con una ternura antigua, como si fuera a besarme, pero no lo hizo. Seguimos caminando. Al llegar a la puerta del parque me dí cuenta de algo.
- No me has dicho tu nombre.
- Me llamo Gabriel.
- Me dejas probar algo, gabriel?
Fui hacia él y, siempre en silencio, le abracé.
Levanté la vista, y bajé de golpe de las nubes. Se estaba bien en aquel parque, y aquella noche, el calor me había arrancado de las sábanas, calzada con las chanclas marrones y una camiseta de tirantes, superviviente de algún verano. Eran las once y media de la noche del segundo jueves de agosto y había decidido quedarme en casa.. Habia noches en la que conectaban el sistema de riego automático y en mi banco, se estaba bien. Se escuchaba el agua y podía pensar.
-... Si, espera... - le alargué el mechero y le miré torcer la cabeza para conseguir el ángulo adecuado con el cigarrillo, prender ligeramente la brasa y exhalar una buena calada. Tenia ganas de fumar -pensé mientras le observaba batallar con el mechero, medio gastado y que debía reposar en el bolsillo trasero del tejano desde hacia unos cuantos meses. Dejé de fumar durante un tiempo. Luego volví, pero no me gustaba acordarme de por qué. Me alargó el mechero y me miró. Tenía los ojos marrones, corrientes, del mismo color vulgar que compartimos la gran mayoría de mortales, ojos de rostro anómino, los mismos ojos que podía compartir cualquiera, pero no la misma mirada, y la suya me inspiró una lejana sensación de compañía, labios bien dibujados, una nariz de hombre, un rostro que me resultaba familiar pese a estar segura de que no le habia visto nunca.
- Creo que hacemos los dos cara de cansados.... estás trabajando el agosto?
- Si... este año me ha tocado quedarme sin vacaciones...- afirmé, tomando el mechero que me alargaba para guardarlo en el mismo bolsillo.
- Yo acabo de salir ahora mismo de trabajar, pero al menos, trabajo por la tarde noche y no estoy todo el dia dando vueltas. Es un consuelo.... –contestó suspirando, mientras se sienta a el banco - mi banco, pensé-.
Sentí una súbita señal de alarma, porque los desconocidos no tienen porqué sentarse en tu banco, y luego curiosidad, porque en ningún sentido su presencia me inspiró amenaza o desconfianza alguna, sino más bien al contrario, aunque no hubiera sabido decir porqué. .Tiene un pelo bonito-pensé- negro, negro.. Recordé cómo me gustaba tocarle el pelo recién cortado a mi hermano, y me sorprendí pensando en pasarle la mano por el pelo al igual que lo hacía con él, levantarle la raiz con la yema de los dedos para ver esa cortina cerrándose otra vez, pero me dí cuenta de que ese era un gesto que denotaba demasiada familiaridad, para acto seguido preguntarme porqué habia sentido ese impulso. Lo tenía ligeramente mojado, parecía recién salido de la ducha y me pregunté dónde trabajaría mientras le observaba frotarse con energia la cara, para despejarse, para quedarse mirando algún punto impreciso del parque...
- Es raro, verdad?
- El qué?
- El silencio de las ciudades en agosto... te da una idea de lo que serían si no estuviéramos aquí...
- ... yo a veces lo siento siniestro.
- El qué? El silencio?
- O la ciudad... o quizá solo sea este parque –está lleno de fantasmas, añadí mentalmente-.
-No te gusta el silencio....
- En esta época, ahora, no...por qué te gusta tanto?
- No digo que me guste el silencio. Digo que me gustan las situaciones que se viven en silencio... me permites?- me dice pidiéndome el mechero con la palma abierta al ver que decidía encenderme otro cigarro-... el silencio me parece más sincero que las palabras
Porque es su ausencia, pensé. Mientras le observaba mirarse las manos, algo muy lejano, remotamente anclado en mi memoria reconoció esas palabras como si las hubiera escuchado alguna vez, hacía años, más de los que yo había ya vivido y lo encontré extraño, y familiar, todo a la vez.Yo ya no sabía, porque yo había pensado lo mismo y el silencio me falló una noche, en aquel mismo banco, hacía algo más de un año. El silencio también es la más rotunda de las respuestas. Para mí, por aquellos entonces, el silencio tenía sabor, y era el más amargo de todos.
- Una vez leí que el silencio también es una bonita guarida para los cobardes.
- Y es cierto, pero también de esos momentos se hace la vida. A veces hay que aprender a ser cobarde para luego poder aprender valiente.
- Eso es lo especial, supongo...
- De qué? -preguntó, apagando el cigarro en el suelo con cuidado.
- Lo especial del silencio. El poderlo asociar con emociones tan distintas y que sea la expresión más intensa de todas ellas. Mirar a quien amas en silencio. Mirar a quien odias en silencio. Mirar al que compadece en silencio. Que te miren en silencio.
- Vaya... te has hecho algún psicoanálisis ultimamente?-preguntó risueño.
- Pues el último hace media hora...
- Es curioso, porque me pareces una persona muy cuerda...
- Si? Pues puede que sea ese el problema...que intento explicarmelo todo.
- Quizá no sabes vivir el silencio.
- Puede ser...
Me quedé mirándolo porque senti que alguien me había leido el alma, y volví a sentir que le conocía, de alguna manera, pese a estar absolutamente segura de que era la primera vez que le veía. Me levanté para irme, y él me imitó, me despedí de él y le recomendé ver la zona vieja del parque, sobretodo por la noche. Me miró con sus ojos de calma y me dijo que no tenía prisa. Le dije que yo tampoco, y sin darnos cuenta empezamos a andar. Al llegar a la ermita, le quise señalar el campanar, pero me cogió la mano y me puso el dedo índice en los labios.
- Déjame probar una cosa... cómo te llamas?
- Lucía –respondí.
- Pues déjame probar algo, lucía –me dijo,siseando con los labios, igual que se susurra a los niños pequeños.
Simplemente, echamos a andar. Caminamos durante casi dos horas, sin hablarnos nunca, pero recordé cómo olían los árboles recién regados, el ruido de los aspersores y el de los grillos, el olor a jazmín de las noches de verano, como en las noches de mi infancia. De repente me dí cuenta de que con aquellos pasos iba haciendo las paces con mi silencio, y sentí que él asistía atentamente a todo el proceso, corraborándose a sí mismo, con una sonrisa leve y aquella mirada...Me gustó esa mirada y me dije que quería mirarle yo también. El resto del paseo me dediqué a observarle y cuando se dio cuenta, me acarició la cara con una ternura antigua, como si fuera a besarme, pero no lo hizo. Seguimos caminando. Al llegar a la puerta del parque me dí cuenta de algo.
- No me has dicho tu nombre.
- Me llamo Gabriel.
- Me dejas probar algo, gabriel?
Fui hacia él y, siempre en silencio, le abracé.