Descubriendo la vida
El lugar que yo prefería de mi casa era el mirador, recuerdo que me sentaba en uno de sus dos pequeños sofás y desde allí veía pasar a la gente, los perros callejeros, algún carro de mulas , los pocos coches y motos que cruzaban en la época -los años sesenta del pasado siglo-, chicos y hombres en bicicletas con barra, y si eran mujeres o chicas sin ella. Me gustaba ver las golondrinas volando, las nubes, los relámpagos, la lluvia y el agua deslizándose vertiginosa por las cuestas de las dos calles a las que se asomaba el mirador, y luego el arcoiris.
A lo lejos las montañas azules recortadas en el cielo -porque aunque estaba situado en el centro del pueblo y en la primera planta de la casa, las vistas eran muy amplias- a veces las miraba con los prismáticos de mi padre- y entonces distinguía los pinos y los arbustos sobre ellas, en las faldas los bancales y las casas de campo, los caminos que serpenteaban hacía el valle y los alrededores del pueblo. Desde allí veía también la plaza del mercado -donde mi madre tenía una carnicería-, y la parada de autobuses, delante de la posada, y la de los taxis junto al teatro.
La gente iba y venia arriba y abajo, unos con prisa y otros tranquilamente, los días de mercadillo, que eran los lunes, todo este trajín se multiplicaba por diez y entonces el colorido de los puestos de ropa, verduras, calderería, alpargatas, retales y cuanto alguien pudiera necesitar. Así como los sonidos y ruidos que llegaban de los vendedores ambulantes, del afilador con su silbato aflautado, o del vendedor de "arrop i talladetes" eran fantásticos.
Los días festivos el ritmo era diferente y la gente, que vestía endomingada, paseaba tranquilamente en grupos, el tráfico era casi inexistente y se veían parejas de novios, niños con sus padres que iban a misa o al fútbol, o el churrero que pasaba anunciandose a voces.
A lo lejos las montañas azules recortadas en el cielo -porque aunque estaba situado en el centro del pueblo y en la primera planta de la casa, las vistas eran muy amplias- a veces las miraba con los prismáticos de mi padre- y entonces distinguía los pinos y los arbustos sobre ellas, en las faldas los bancales y las casas de campo, los caminos que serpenteaban hacía el valle y los alrededores del pueblo. Desde allí veía también la plaza del mercado -donde mi madre tenía una carnicería-, y la parada de autobuses, delante de la posada, y la de los taxis junto al teatro.
La gente iba y venia arriba y abajo, unos con prisa y otros tranquilamente, los días de mercadillo, que eran los lunes, todo este trajín se multiplicaba por diez y entonces el colorido de los puestos de ropa, verduras, calderería, alpargatas, retales y cuanto alguien pudiera necesitar. Así como los sonidos y ruidos que llegaban de los vendedores ambulantes, del afilador con su silbato aflautado, o del vendedor de "arrop i talladetes" eran fantásticos.
Los días festivos el ritmo era diferente y la gente, que vestía endomingada, paseaba tranquilamente en grupos, el tráfico era casi inexistente y se veían parejas de novios, niños con sus padres que iban a misa o al fútbol, o el churrero que pasaba anunciandose a voces.





