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BORRADOR D: ¿TIENE FUTURO EUROPA?
Si proyectamos previsiones más a largo plazo, las sociedades resultantes en el Occidente europeo verán una recomposición porcentual que alterará sin duda el perfil cultural y las formas de convivencia política tal y como las conocemos hoy en día. No es solo que la democracia sea difícilmente exportable, por invasión o seducción diplomática, al Irak actual, como al resto de países, sudamericanos o africanos, en los que la democracia es más un maquillaje retórico que un valor social cristalizado. Es que además es dudosamente sostenible en el futuro de una Europa progresivamente inmigrada, islamizada, desindividualizada en guetos que refractan los regímenes y los valores sociales y culturales de los países de origen. Europa tolera en su seno el crecimiento de un enorme contingente de población esclavizada en la práctica y carente de los más elementales derechos de ciudadanía: las mujers musulmanas. O consiente inerme el machismo violento y primario de matriz latina, aquí reproducido bajo la capa de un sensualismo festivo de falsa liberación femenina. Obligar a las muchachas mahometanas a despojarse del velo en las escuelas sólo enmascara la absoluta invisibilidad, física y civil, en la que quedan recluidas apenas alcanzan la pubertad. Y no es previsible que acepten un Espartaco extranjero, como el malogrado Theo van Gogh, para conducirlas por la senda de la rebelión frente a la sumisión en la que viven. Antes retrocederán, a la larga, las mujeres occidentales que no avanzarán en derechos las musulmanas, sudamericanas o africanas en la vieja y gemebunda Europa. Buen indicio de ello lo tenemos en los recientes hechos de Holanda y su expulsada diputada somalí.
 
BORRADOR C: GÉNESIS DEL AUTOODIO OCCIDENTAL

De hecho, la coartada ideológica contraria al mundo desarrollado se gesta en buena medida dentro del propio Occidente, que segrega, desde sus filas juveniles y desde la desorientada izquierda, movimientos confusos de autoodio, violento o irenista, como la antiglobalización o el ecologismo. Tales utopismos vacuos se proyectan, como un catecismo difuso e ilusorio, en la educación estatalizada. De forma parecida a como el marxismo se transformó en una iconoclasta guerra civil, fría, virtual y permanente en la conciencia de cada europeo, hasta el desplome del Bloque soviético. Nuevas generaciones acceden a un mercado laboral empobrecido y de actividades cambiantes e impredecibles. Sufren la competencia de mano de obra barata inmigrada, tanto en los propios países como en los receptores de las empresas deslocalizadas. Y, educadas en el miserabilismo de los mitos de alternativas más inconsistentes, no operan la reinstalación ideológica fruto del ascenso social. Por el contrario, se enquistan en un victimismo generacional, al comprobar que su estatus económico ha descendido respecto del de sus padres, de los que no consiguen emanciparse. Con ello se generan familias extensas, donde vuelven a convivir diferentes generaciones, pero no reproductivas, o solo tardíamente y con escasa natalidad. Los valores de Occidente quedan así bloqueados en su transmisión. La enseñanza promete un paraíso falso de igualdad y paz, desconectado de la experiencia histórica real. La realidad ofrece unos opulentos y longevos padres que obturan el mercado laboral y de vivienda, gracias a la mayor esperanza de vida, y no comprenden ni comparten los valores escapistas y utopistas de sus egocéntricos y parasitarios vástagos.
 
BORRADOR B: TERCER MUNDO

El llamado Tercer Mundo acoge las empresas deslocalizadas de Occidente. Invade con sus ejércitos silenciosos de inmigrantes, legales o ilegales, que generan masivas divisas, y proporcionan un instrumento de chantaje potencial y hasta ahora pacífico, como se vio en la huelga de ilegales de Estados Unidos hace pocas fechas o en la reciente actitud del presidente de Senegal ante la repatriación de sus connacionales en la crisis de las Canarias. Por no referirnos al reclutamiento de terroristas suicidas, hoy ceñido al islamismo más violento, pero que nada impide se alcen también en un futuro contra los países de acogida, agitando miméticamente la bandera de un indigenismo irredento y rampante en la escena internacional o un africanismo postesclavista y postcolonial. Basta observar la conexión entre la existencia de reservas petrolíferas cuantiosas y la generación de una ideología desafiante y extrema frente al orden mundial vigente basado en la hegemonía militar americana y los desequilibrios económicos internacionales. Si este proceso se ha fraguado entre Occidente y el Islam, no es impensable que se propague en América del Sur o el África occidental, que ahora emergen como potencias productoras de petróleo y se convierten en objetivo preferente de las empresas transnacionales, amenazadas en los países islámicos. Sin olvidar la pujanza económica de nuevas potencias, demográfica y territorialmente enormes, como China o incluso la India, consumidoras netas de recursos petrolíferos y evidentes elementos limitativos de la unilateralidad cultural del binomio, no bien avenido, Europa-Estados Unidos.
 
BORRADOR A: IGLESIAS Y MULTICULTURALISMO EN EUROPA

Se hace difícil encontrar cuál debe ser el rumbo de la Iglesia Católica y las diversas confesiones cristianas, depositarias y reponsables históricamente, quiérase o no, de una de las claves definitorias de la cultura occidental, en el seno de una sociedad a la deriva y carente de destino cierto. Estamos embarcados, ciertamente, en un progreso económico, al menos aparente, y una globalización impredecible, que produce ingentes flujos económicos, culturales y de población en todas las direcciones. No es fácil predecir el balance de civilización que resulte de un proceso tan abierto y caótico. Y la Iglesia Católica, las confesiones cristianas europeas, estaban acostumbradas, en la segunda mitad del siglo XX, a una amable secularización más o menos progresiva, en la que continuaban siendo el referente cultural, aun desposeído de su carácter central y normativo, de la comunidad. O incluso se benefician, últimamente, en la Europa oriental, de un fervoroso risorgimento reactivo tras la caída de los regímenes comunistas. Pero las cosas han cambiado. Y Occidente es hoy un campo de batalla, o quizá un labrantío, para configurar la imagen de la Europa del futuro. No es trascendente la mención en epitafios verbosos, como la nonnata constitución europea. El verdadero combate se libra en el terreno de las ideas, en la acción en el seno de una nueva polis, que, mientras mimetiza el teatro y la liturgia de su ser-todavía, fermenta sordamente en el humus oscuro de los sedimentos demográficos, multiculturales y económicos. Al final emergerá en un nuevo orden, social y político.