Comida familiar
Ayer me invitó mi tía a comer. La buena mujer casi ronda los setenta y de vez en cuando le gusta tener estos detalles gastronómicos conmigo.
Como está acostumbrada a cocinar sólo para ella y apenas usa la sal como condimento -reminiscencia de cuando todavía vivía mi abuela con ella, que por su elevada tensión arterial no podía comer nada con sal- cada vez que como en su casa es toda una aventura para mi paladar. Lo mismo puedo tomar una sal con sopa, que si tengo suerte, la cosa sea al revés: sososopa. Y quien dice sopa, dice macarrones, o lo que toque.
Otra peculiaridad de estas comidas son los excesos, ya sean gastronómicos, etílicos o ambos. Mi tía tiene la total y absoluta convicción de que si su invitado (yo) acaba lo que tiene en el plato o en el vaso, es porque todavía tiene más hambre o sed. Esta idea, combinada con mi costumbre de no dejar restos de comida en el plato por aquello de que he sido educado por personas que pasaron la guerra y posguerra, con todo el hambre que eso comporta, hace que me levante siempre de la mesa con varios primeros, algún segundo y muchos, muchos vasos de vino en el cuerpo.
Pero ahí no acaba la cosa, porque luego viene el café -varios cafés- y luego "la copita", una tradición de esa casa. Hasta mi abuela, poco antes de morir con 98 años, seguía tomando su brandy o su whisky en la sobremesa de los domingos y días señalados. O sea que hay veces en que al irme de su casa, casi que ni me acuerdo de como me llamo. De hecho ayer hubiera jurado que habían varios gatos en casa de mi tía, aunque estoy seguro de que sólo tiene uno.

Por suerte hacía mucho frío y me despejé lo suficiente como para poder acertar a pasar por debajo del Arco del Triunfo.
Como está acostumbrada a cocinar sólo para ella y apenas usa la sal como condimento -reminiscencia de cuando todavía vivía mi abuela con ella, que por su elevada tensión arterial no podía comer nada con sal- cada vez que como en su casa es toda una aventura para mi paladar. Lo mismo puedo tomar una sal con sopa, que si tengo suerte, la cosa sea al revés: sososopa. Y quien dice sopa, dice macarrones, o lo que toque.

Otra peculiaridad de estas comidas son los excesos, ya sean gastronómicos, etílicos o ambos. Mi tía tiene la total y absoluta convicción de que si su invitado (yo) acaba lo que tiene en el plato o en el vaso, es porque todavía tiene más hambre o sed. Esta idea, combinada con mi costumbre de no dejar restos de comida en el plato por aquello de que he sido educado por personas que pasaron la guerra y posguerra, con todo el hambre que eso comporta, hace que me levante siempre de la mesa con varios primeros, algún segundo y muchos, muchos vasos de vino en el cuerpo.
Pero ahí no acaba la cosa, porque luego viene el café -varios cafés- y luego "la copita", una tradición de esa casa. Hasta mi abuela, poco antes de morir con 98 años, seguía tomando su brandy o su whisky en la sobremesa de los domingos y días señalados. O sea que hay veces en que al irme de su casa, casi que ni me acuerdo de como me llamo. De hecho ayer hubiera jurado que habían varios gatos en casa de mi tía, aunque estoy seguro de que sólo tiene uno.

Por suerte hacía mucho frío y me despejé lo suficiente como para poder acertar a pasar por debajo del Arco del Triunfo.
Comentario:
Odio las comidas familiares, las odio
Comentario:
Jaja!! Comer y beber son 2 de los grandes placeres de la vida, eh!! Bueno lo de beber con cierta moderación, jeje!! Sobretodo si te cocinan especialmente para ti. Ñam que hambre!! M voy a cenar que ya es muy tarde!
1 Beso!!
1 Beso!!





