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Literatura por Rogger Alzamora
Literatura, reflexión, opinión
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Sindicación
 
SOBRE VIVENCIA
Tal vez
los rostros no eran suyos;
los enojos fueron iras;
las cadenas mortajas
y las sonrisas silencio.
Probablemente
lo cierto terminó en duda;
el abrazo en distancia, tal vez.
Pero la maldición del tiempo no los halló.
Perdió ante la
visceral
necesidad de amar.
Soslayó la adversidad y vendó los ojos
del olvido.

Atravesaron la inquina y el odio
y se fueron a encontrar
en tiempos de placidez y certeza.
La undécima hora valió el jornal de la primera
y la nostalgia recaló en la urgencia.

No se hubieron vencido. No.
Fue cuando el tiempo se retiró de la batalla
derrotado y temeroso.
Desde entonces la luz es su sombra;
los dos son uno
y la memoria pertenencia.
Caminan por el recuerdo;
lucen las evidencias;
persisten en el intento.



©
 
CIEN POEMAS
Toma.
Bebe.
Te regalo cien poemas.
Mis poemas.

Están hechos de sangre,
de piel
y de huesos.
Haz con ellos un pequeño dedo.

Tapa el sol con ese dedo.


© 2005
 
HACER TAXI (fragmento)
-La próxima vez que me eches en cara tu dinero, me largo de acá, le dijo Bruno firmemente.
Mara le secó los humedecidos labios con el pulgar y lo quedó mirando.
-¿Me estás amenazando?
Bruno le corrigió la posición de su rostro.
-Sí.
-Ok- respondió Mara sabiendo la magnitud de esas palabras, pero amándolo a pesar de eso.
La tetera silbó su melodía urgente. Se despabilaron y abrazados recorrieron otra vez la distancia de retorno. Las tacitas azules estaban listas. Los largos vasos de extracto, el azucarero y los panes. Había que disfrutar lo que tal vez sería el último desayuno de la temporada.
El desayuno fue todo miradas. Todo silencio.
-¿Irás a entregar ese trabajo atrasado?
-Sí.
-Muéstrame -lo hojeó al vuelo- Está muy lindo, está perfecto.
Mara lo acarició largamente antes de irse. Él entendió. No era ni mucho menos un voto de confianza, era más bien un premio consuelo.
-Sé lo que piensas. Temo que no tengo salida por ahora. Si hay suerte me harán un contrato. Si no, haré taxi...otra vez.
Hacer taxi significaba trabajar de noche. Los dueños exigían pago de fianza y él sabía ese cuento. Luego nunca te devolvían ese dinero. Entonces sólo decía que no. Y lo mandaban al turno noche.
Hacer taxi era volver a sumergir su autoestima. Hasta en el hecho de encontrar un buen auto. Era casi imposible, pues los mejores nunca sobraban. Autos sin radio, sin pisos, con las ventanas averiadas, sin neumáticos de repuesto, sin las luces completas. Cómo sentirse bien así. Y ni aún encontrando un buen auto. Las noches limeñas eran lastimosas. Putas, ladrones, indigentes. Drogas, abusos, oscuridad. Había que ganar para la cuenta y eso significaba ir para cualquier parte. Ningún lugar está vedado si quieres ganar plata. Ningún pasajero es inelegible o sospechoso. Lugares casi cósmicos, territorios de nadie, calles amenazantes. Soledad en todas partes.
Lizz Wright sonaba en el ambiente: hit the ground
Hacer taxi era casi dormir en el auto de dos a cuatro de la madrugada, en la puerta del burdelesco hostal de cinco pisos. Oyendo Radioprogramas y las patéticas intervenciones de los insomnes. Despertar casi sin haber dormido para irse a los terminales de buses, donde la gente igualmente soñolienta y malhumorada regateaba hasta los confines. Pelearse con los demás taxistas por una moneda más. Cargar bultos y luego descargarlos. Soportar la mierda misma.
Hacer taxi era jugarse la vida por las mañanas, tratando de ganar al tiempo. Entrar
contra el tráfico, pasarse la luz roja, cruzar temerariamente las esquinas. Al todo o nada. Estar despierto, mirando la pista y buscando entre las sombras a pasajeros casi ocultos. Rezar para no regresarse solo después de un largo servicio. Reprocharse el no haber esperado suficiente, cuando el taxi de atrás logra hacerse de tu pasajero.
Hacer taxi era llegar desesperado pasada las ocho de la mañana y tener que aguantar al compañero que por culpa tuya saldrá tarde y ya no encontrará trabajo. Hacer taxi era contar las monedas de lunes a viernes y esperar sábado y domingo para sonreír. Hacer taxi era regresar dormitando en el colectivo, sin siquiera poderse laxar.
Entrar a casa y no encontrar a Mara, sino los restos de una taza de café que había bebido en el desasosiego y la soledad.
Hacer taxi era todo eso y más.

 
HE VISTO ESE ROSTRO ANTES...
He visto ese rostro antes...
No me fue desconocida.
Ha pasado un tiempo de sombras
imaginándola.
Un rostro sutil de amapolas
y cabellos de viento
hasta los hombros.
Los ojos tibios
como su sonrisa,
su boca grana, de labios gruesos,
sus dientes apretando un beso.

He visto ese rostro antes.
No ha escapado de mis sueños
Los mares que antes cantaban a lo lejos
hoy llegan a mis playas y me bañan.
El camino del mar hacia mi casa
es ese rostro y su mirada
más blanca que la luz de la nieve,
más pura que el agua enamorada,
más hermosa que el mismo arco iris.

He visto ese rostro antes.
Qué acento vital sobre la esdrújula!
Qué puma guardando una manada!
Qué luciérnaga vivaz que me alumbra!

Qué pobre eres flor, junto a ella!


© 2008




 
DOS VECES EN UN DÍA (o La dulzura lleva tu nombre)


Todo cuanto escribí antes no sirve.
Todo lo que sufrí no duele.
Todo lo que viví no pesa.
Ayer
en plena medianoche,
el sol se propuso alumbrar de nuevo.
Dos veces en un día.
Y me volví, para empezar,
para vivir
dos veces en un día.
Sentir.
Sentir propone empezar.
Una risa anegada en llanto.
Una mirada larga,
cabellos recogidos,
anteojos y zarcillos dorados
sobre piel de durazno.

Viví dos veces en un día.
Toda la dulzura que antes vi
se hizo espuma,
nada es, nada fue.
La dulzura,
aún triste y sin fe,
lleva tu nombre.

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Ne me quitte pas- Jacques Brel
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EPIGRAMAS
Cinco


Niña, que me diste tus labios matinales.
Que en un lecho, bajo el sauce, viste
la única aurora que saldrá de mis ojos
y la pluma celeste de mi beso
y la brisa fatal de mi orgasmo.
Cubre tus ojos de la ventisca
Y escóndeme
En tu memoria.



Seis


En la noche de los tiempos
Habrá un lugar para arrepentirme.
Nada es mejor para la vergüenza
Que la oscuridad,
hijo mío.



Rogger Alzamora Quijano © 2007
 
REGOCIJOS
Hemos cumplido un año. Dios sabe el triunfo que significa un solo día juntos y sin embargo hemos cumplido un año. Aún recuerdo la fiesta aquella en que coincidimos. Empezamos por lavar nuestras soledades bailando en aquél pub reservado para melómanos de marca. Yo, que no acostumbro a bailar y hasta había perdido el ritmo y tú que apenas suena la melodía entras en un elástico trance, mientras de tanto en tanto cierras los ojos e invitas.
Respirando vaho e inundándonos en nuestros propios sudores nos sentamos en la barra y vimos cómo Eric Clapton hacía su versión de “While My Guitar Gently Weeps”. No lo dijimos entonces, pero aquella canción fue como un abrazo entre los dos. Luego de tres pisco sour decidimos irnos. Y nos fuimos abrazados (tres) calles abajo, donde habíamos parqueado los autos. Allí, viendo la imposibilidad de irnos juntos, nos despedimos. Tomaste un papel y escribiste algo muy breve. Me pediste que lo leyera al llegar a casa y así lo hice.

Desde entonces acordamos que, entre un desesperanzado como yo y una tierna muchacha de ojos chocolate que trata de encontrarse, abriríamos un catálogo de nuevas historias. Dos extraños tratando de conocerse entre sí, aún sin haber llegado a conocerse a sí mismos. De eso ha pasado un año.

No recuerdo haber sido feliz antes de ti.
No recuerdo haber sentido antes la náusea mortal que siento cuando me haces falta.
Aspiro de tu carne y vivo por tus versos en mis venas.
Habito la oquedad de tu memoria
y disfruto de tus ambigüedades, como un cisne en el lago.

Hay harta madeja que soltar en esta cometa que volamos al viento.
Aún espera el huerto en nuestra jubilación.
Aún puedo traerte algunas estrellas a tu mano.
Un año es apenas un parpadeo.
La mitad del otoño.
Una gota de lluvia.



P.D.- Espero que esta tibia nota esté a la altura de aquella que escribiste y que aún guardo.
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CARTA PARA ELLA
Gracias... por no haberme dejado un mensaje que respondiera mis e- mail, tercos de toda terquedad. Gracias por haberme respondido inconscientemente, telepáticamente o subjetivamente. Gracias por darme por sobreentendidos tus argumentos. Todos válidos, todos muy justos y reflexivos. Gracias por sugerirme tu nueva personalidad, por más que sea ajena para mí (cosa que de hecho ya no te incumbe).
Gracias por demostrarme entrega incondicional, amor insoslayable, urgencia tácita. Gracias por ser el horizonte que veo, aunque sea de lejos, aunque sea inalcanzable.

He esperado poco, muy poco. No sé esperar más, pero odio esperar. Y esperé días enteros encontrar una respuesta que no merezco, pero que aguardo. Soy absolutamente imperfecto, absurdo, errático e incompetente, pero creí merecer al menos una respuesta de ti, que andabas fuera de mi entendimiento, pero dentro de mi corazón.

Debo levantarme, sereno, sin aspavientos. Tomar mis cosas e irme. En estos últimos días ha llovido sobre mojado para mí. Y he intentado vanamente acercarme a ti por un poco de abrigo. Y te he sentido aquí, pero en otro mundo. En algún punto lejano mientras me mirabas.

Pasarán los días. Nadie se ha muerto de amor. La distancia y el tiempo saben confabular junto al olvido.

Algún día trataré de explicarte todo lo que no puedas entenderme y tú tendrás ese mismo derecho. Entonces buscaremos el camino que dejamos para ser más que amigos y lo retomaremos después del fracaso, intentando lavar nuestras culpas al menos de ese modo.

Baste esta definitiva carta donde me reafirmo en un adiós que me duele, pero que necesito. Un adiós que habré de reprocharme siempre. Un adiós que servirá para liberarme de mis tormentos y para aprender de nuevo a caminar.


Adiós, lucero que hasta hoy me alumbró.


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TE ESCRIBO



Aún desde estos días mortecinos desde el alba
te escribo.
Aún desde aquí donde la valentía se diluye
y la memoria se atasca.
Porque para mis letras tú eres imprescindible,
las alas que en la cárcel se levantan
en vuelo
sobre las nubes.
Y porque tu melodía suena en mis oídos tempranos
llevándose la luna en tus senos.
Incomunicado y sordo como nací.
Infinitamente triste
te escribo.

Espero
la Flor de la palabra.
La sonata del Silencio.
La Espina del tiempo.
La espiga de tu Risa.

Nada hay tan cercano para mí como las palabras
que hablan de ti
que hablan por ti.
Nada tan certero para mis esperanzas vanas.
Nada tan noble como tu ausencia
siempre presente.
Nada tan armonioso como mi soledad.
Hago de ti una sana costumbre
de ejercitar mis recuerdos.

Mientras
te escribo.

 
AMOR PAGANO (fragmento)
Cinco años que la conocía y de ellos, tres que no la veía. Bastó ese tiempo para que pasara de los sosos diecisiete a los temibles veinte. Ahora estaba hecha un monumento. Líneas de perfección en su silueta, los dientes blancos y relucientes, los ojos calientes como una lengua. Hecha una elegante dama, de costumbres refinadas. De estilo propio o ajeno, pero estilo al fin. Bastaba mirar sus pantorrillas para saber que lo que venía más arriba. Mas, los cinco años que habían transcurrido sólo en los campos de la amistad más saludable se tornaron en inquietud, después de aquella mañana en que la casquivana mujer de su amigo trajera por los suelos su planeada cita del viernes por la noche. Por supuesto había que reparar con el chino los estragos de la asonada. Y a puro vino tinto y seco.
Con las piernas flaqueándole aún en sus sueños, y los necios olores de aquella posesiva mujer que le había mordido en los más obscuros intersticios y le había dejado un satisfactorio dolor general, la irreductible sed lo despertó a las seis y media, con la cabeza estallándole. Y pese a que hubiera querido dormir por siglos, se tuvo que levantar para paliar la resaca.
Y allí mismo, en desventaja, decidió meterse en la ducha para estar presentable, aunque ojeroso, frente a la ex-niña, quien lo había retado a mirarla como mujer. Se alistó con un pantalón blanco y una camisa blanca con rayas verdes, para dar gusto al enorme sol que ya se avecinaba.
La encontró lavando su auto. No había perdido las costumbres de hacer por ella misma lo que otros podrían haberlo hecho, con absoluto placer. Era un Peugeot metálico muy bien cuidado. Ella estaba en shorts amarillos, con la piel tostada hasta la medida. Llevaba una vieja chaqueta color palo de rosa con estampados indescifrables y andaba preocupada en asir la esponja que excedía su mano y que se le escapaba con la espuma. También su casa había cambiado. Ya no era de una planta sino de tres. Imponente, de perfecta sinfonía entre el ladrillo y el cemento y los helechos que colgaban como verdes cabelleras. Cuánto había cambiado, desde aquellos tiempos en los que se amanecían sentados en la sala, hablando y hablando.
En esos tiempos su casa era sobria, de austero decorado. Ahora ya no. Las enormes ventanas habían sido armonizadas con enrejados probablemente toledanos y techo a dos aguas, con chimenea.
Se había detenido en la esquina de enfrente para mirarla y entrar en cuenta de lo que había pasado en tres años. El parque, donde llevaban a pasear a su perro, estaba magníficamente lleno de flores de colores, senderos animosos y bancas relucientes. Los ficus habían tomado edad para hacer sombra.

Por fin decidió acercarse sintiéndose estúpido con el traje demasiado formal que llevaba. Ya en el autobús se había sentido así. No era el momento para ponerse aquella ropa de vestir cuando el dolor le cincelaba el cerebro y el tufo a alcohol le salía por los poros. Pero ya estaba allí y para apurar el expediente dijo hola, desde lejos.
Su voz sonó hueca. Menos mal, pues ella no lo oyó.
Salía una melodía desde el interior del auto. El día estaba hecho una finura de relucientes tonos, por todas partes. Como todo domingo que se respete, la gente salía de sus camas rezongando e iba por el pan ataviados con desfachatez.
Ella seguía limpiando el interior del auto. En efecto, se le vieron los primeros rasgos de una decidida madurez. El impresionante contorno de su derriere, el escaso grosor de su cintura y las tostadas piernas que se ocultaban de tanto en tanto, conforme iba adentrándose en el auto.
Con el dolor perturbando la ensoñación él se aproximó definitivamente.
-¿Puedo ayudar acaso? dijo lo suficientemente claro para la distancia, pero sin tener la más mínima gana de ayudar.
Ella se revolvió y pronto estaba ya de pie, sonriendo.
Asimismo. Tal y como lo había temido, se la quedó mirando, absorto e impresionado por lo que veía. Tenía el cabello recogido, pero encajaba exactamente con su tostada belleza.
-Me dejaste plantada. Ni siquiera debería dirigirte la palabra, menos aceptar tu ayuda, dijo con el mejor de los gustos y mostrando absolutamente todos sus ángulos.
Se dieron un beso en las mejillas. Él la tomó por los hombros.
-Tienes razón, tendré que conocerte de nuevo. Ya no eres la niña de antes, pero no sé bien cómo puedo llegar a conocer algo tan exquisito.
-Tú has nacido con ese don –dijo ella sin dejarse intimidar- Si me sigues mirando así, sentiré que ya no tengo secretos.
Sonrió con la frescura de la mañana.
Para él en cambio, el dolor de cabeza se extendió por todo el cuerpo.
-Voy a casa de mi padre, dijo ella. ¿Me acompañas y aprovechamos para conversar?
-No esperes que diga que no- respondió dejándola recoger el aspirador.
Poco rato después estaban volando por la autopista. Ella, muy segura tras el volante, le siguió reprochando el plantón. Qué ganas de contarle la verdad, pero había que mentir. No era buena tarjeta contarle que se había dejado tomar por la ex mujer de su amigo, por más ex mujer que fuese. Así es que le dijo sólo la parte del reventón con su amigo, el chino. Ampliado y corregido.
Ella, que se había duchado, ahora estaba de falda amarilla de lino. Sus muslos bronceados sólo se insinuaban lo suficiente. Sus sandalias blancas jugaban con el freno, el embrague y el acelerador. Una blusa blanca, sencilla pero delicada dejaba ver debajo algo de color, que ella llevaba con soltura. En el ojal donde había recalado el primer botón, allí donde asomaba el busto, se lucía autosuficiente una medalla de oro.
Mientras hablaban de lo transcurrido en los últimos años, de tal y cual, del antiguo barrio común, de sus hermanas, de sus padres, de los amigos y de los estudios, él la observaba. Bendita velocidad, que no le permitía a ella descubrirlo.
Le pidió por favor que le alcanzara sus lentes de sol. Y cuando se los puso, no sabe él por qué ya no pudo mirarla detenidamente.
Llegaron hasta donde su padre.
Él no quiso bajar del auto, mírame las fachas.
Le tomó diez minutos salir otra vez. No había duda, era toda una mujer. Segura, distinguida, con un talante distinto al que tuvo apenas tres años atrás.
-¿Tomamos desayuno por acá cerca? preguntó.
-Me voy de cobranzas- respondió él sin ánimo de desayuno, sino de escabullirse ya.
La curiosidad se había vuelto temor.
-¿A dónde? Inquirió de inmediato.
-A Cañete, dijo él por decirlo nada más.
-Déjame recoger unos encargos y podemos irnos hasta allá en mi auto.
Eran dos horas. Ella lo sabía muy bien. Pero ese no era el problema. En realidad él nada tenía que cobrar allá.
-Iba a irme a la playa con Cecilia, dijo ella suelta de huesos, pero prefiero irme contigo. A ella la veré todos los días.
Los encargos se recogieron al filo de las nueve. Y de pronto el poderoso Peugeot tomó la Panamericana sur y fue escapándose de Lima. Tocaron su música. La de sus recuerdos, la de sus fiestas, la de su edad. Él criticó de buen humor algo de lo que no servía, pero no logró hacer mella.
Bajaron a desayunar chicharrones a la altura de Mala. Él deseó que no fuera cierto, pues cada tanto le venían náuseas y lo menos apropiado era comer. No hubo acuerdo. Ella pidió una gran porción de chicharrones de cerdo, con abundantes panes y café.
Él empezó por el café y no pudo desairar el enorme sánguche que ella le alcanzó, mirándolo a los ojos: come por favor.
Frente a frente, él recién pudo ver el borde de su ropa de baño, cuando el breve escote se abrió. Ella lo descubrió y con una sonrisa redentora lo eximió de culpa.
Ya de regreso al auto otra vez se las tuvo que ver con el inevitable malestar que se venía. Y capeó el temporal sacando la cabeza por la ventana, para que la brisa lo oxigenara. Ella mil veces feliz reía sin fin, con los lentes retirados sobre el cabello. Estaba hermosa. No había lugar para arrepentirse, ni para preparar el pretexto de las cobranzas imaginarias. Estaba hermosa como el día.
Cinco años atrás era una niña que, es verdad, mostraba una previsible belleza, pero que no logró cruzarse en sus pensamientos ni menos alborotar sus hormonas. Sólo se dedicaban a compartir, inocentemente.
Dos horas después la travesía llegó a su final, cuando arribaron a Cañete.
¿Y ahora, a quién cobrar?
Le dijo que se estacionara en la calle principal, atestada de gente.
El sol quemaba como la vergüenza. Pero la vergüenza se podía disimular.
Hizo como que iba decidido hacia un bazar. También como que entraba con autoridad. Y desapareció dejando la sensación de la certeza.
Dentro ya, se dedicó a mirar sin ver. Y a escudriñar por entre los aparejos si por desventura a ella se le ocurría entrar también.
Nada.
Calculó el tiempo en que se convierte en fallida una cobranza. Frunció el ceño cuidadosamente y con un malhumor exagerado hasta para sí, salió haciendo finalmente un mohín de disgusto y otro de resignación.
Ella casi transpiraba.
-Esto es una olla hirviente. Detesto el verano.
-No lo parece, estás completamente veraneada. Eso creo.
Ella se puso roja. ¿Qué fue eso? Pero él magistralmente salió airoso, con una invitación para almorzar.
-Está bien, pero ¿sólo ibas a hacer una cobranza?
Cierto, la mentira tiene patas cortas.
-Claro que no, pero la siguiente cobranza será luego del almuerzo. El tipo sólo se encuentra por las tardes.
Está más bella ahora que los calores se le han subido a la cara. Ya provoca faltarle el respeto. Ponerle las manos en esas marrones piernas que se interrumpen con la minifalda amarilla. Ella juega con la mirada hasta que un mechón negro se escapa y se interpone entre sus ojos.
Y es entonces que decide salir del sofoco y abrir la puerta.

El almuerzo fue de lo mejor: cabrito a la norteña con frejoles y blanquísimas y arenosas yucas. Y mientras los paladares se regocijaban, hubo dos o tres roces que los embarcaron en el mismo bote, mar a dentro.
Por debajo de la mesa su rodilla parecía enervarlo con los primeros escarceos. Imaginárselos en medio de los calores propios de la resaca y de la angustia por repetir de cualquier modo la noche anterior, pues el cuerpo reclama, es como echar leña al fuego. Ella hablaba. Contaba historias que decía ajenas, aunque parecieran suyas. Aún llevaba los anteojos sobre el cabello. Unos ojos pardísimos de gran estructura y de brillo notable. En los pallares de cada oreja una bolita de oro, delicada y exacta.
- ¿Te acuerdas de Polo?
- Sí, el que amaneció en cama de...
- ¿tienes que recordarlo así siempre?
Le molestó su impertinencia y ya no quiso seguir hablando del tema.
Él tocó su mano, suavemente, como si fuera a acariciar a una paloma.
Y le pidió perdón.
- Soy más corriente que nunca- dijo afligido.
Fue entonces que ella lo sacó del purgatorio con una blanquísima sonrisa. Y apretó su mano. Y le quebró la compostura.
No midieron el tiempo que se miraron.
Hasta que el mozo llegó para merecerse un buen ajustón.
- Lo siento señores, dijo.
Ella envolvió también al mozo con esa misma sonrisa.
Pero él no se lo perdonaría, sino hasta la semana siguiente.
Bebieron una botella de vino de la casa y les pareció perfecto. Pero cuando trajeron la cuenta, él se preocupó. Disimuló perfectamente el papel semi doblándolo y empezó a hacer cuentas en su cabeza, con todo y monedas. Y las matemáticas lo nublaron. Le ardió la cabeza y le encendió la cara.
Ella se percató, pero esperó hasta la hora nona.
- ¿Tienes para pagar o te quedaste corto? Dijo con naturalidad.
- Me gustaría decirte que no falta, pero mentiría. Lo siento, pero me faltan dos soles.
- No es nada. Pero sería mejor si pagáramos a medias- volvió a mostrarse natural.
Él no se lo permitió, aunque seguramente tendría que regresar a pie a casa.

Tiempo después él se convencería de que efectivamente para ella era algo sumamente natural. Que las cuestiones de dinero eran demasiado simples y se reducían a tener o no. A gastar menos de lo que se gana y a disfrutar el dinero, cuando lo hay.
Para eso hubo que recorrer harto camino, pues él tenía complejos enquistados desde su cultura machista, traída de los andes, de la provincia, donde era impensable permitir a una dama meter la mano en la cartera. Complejos atizados en su hogar, en su colegio, por sus amigos y aún hasta por Esteban. Incluso ya en la gran urbe sentía que eso no cambiaría jamás. Sólo había que no exponerse.

Cuando la tarde empezó a dar bocanadas de aire, primero tibio y luego ya casi fresco, decidieron el regreso. Habían caminado por la costanera y hablado de los tres años. De los amores frustrados. De los actuales. En ese trayecto, él volvía a mirarla. Era como diez centímetros más baja y por eso mismo se la podía ver en toda su extensión. Su pelo hasta la nuca volaba al viento y por momentos entraba en su boca a lo que ella, con una sensualidad muy suya, apartaba con sus dedos.
El crepúsculo los sorprendió a la altura de la playa León Dormido. Chorros de gente se apresuraban a regresar a Lima. Desde allí es un poco más de una hora de trayecto en auto, pero en los veranos se triplica ese tiempo.
No les costó mucho trabajo meterse en la cola de autos que iniciaba el retorno. Sonaba la aguardentosa voz de Sabina: “entre la cirrosis y la sobredosis andas siempre muñeca...” Y había que cantarlo a voz en cuello “ahora es demasiado tarde princesa, búscate otro perro que te ladre, princesa...”
Pronto se hizo la noche entrando a Lima. Largas filas de luces se encendieron de pronto y las sombras se hicieron presente en la pista. El tiempo no perdona.

La despedida fue breve, pero promisoria. Se verían nuevamente el miércoles. Pero ahora, táctica contra los desplantes, en la misma puerta de la universidad..
No habría más desplantes, se prometió él. Por el contrario. Sabía que no podría pegar los ojos sin antes haberla soñado despierto.

Derechos Registrados


 
NO SÉ POR QUÉ HAY TARDES COMO ESTA...

No sé por qué hay tardes como esta, que no encandilan.

Que no seducen. Que no sirven para nada. Quiero escuchar música y no sé cuál. Quiero sentarme y escribir. Pero me voy perdiendo entre los vericuetos de mis recuerdos, en vez de crear algo. Tal vez porque mucho de lo escribo viene de los recuerdos: propios o ajenos.

No me levanto y me voy, porque no sé adónde irme.

De pronto desparecieron mis am¡gos: no los ubico en mi mente. Quisiera saber con cuál de ellos la pasaría mejor. Y con nadie. Antes era otra cosa. Como que he perdido la locura por algún lado. Y si no soy loco no soy yo.

He pensado irme a mi cama como si fuese ya de noche. Hacerle cuenta de que ya cené, y calzarme las pantuflas antes de cepillarme los dientes. Clic al televisor y ver alguna cosa donde no falte sangre, ni sexo, ni traición.

Pero ni eso. Calculando, deben ser las cuatro. Mis perros me miran y seguro quieren ir a pasear. Ya regresé de hacer una consultoría y no me fue bien tampoco en eso. Fue demasiado fácil. Me dejó un vacío en la boca, nada más había por decir.

Vivir solo no es tan malo, pero hoy parece ser de lo peor. No porque viva solo, sino porque me siento solo. Con la urgencia de salir de acá.

Ni el Rulfo que siempre me entretiene da hoy luces a mi vida. Veo mis cuadros. Tal vez empezar otro, pero ¿qué pintaría si no hay nada en mi cerebro, sino ella?

Ella se fué. Y no volverá. Me dijo que me adora, pero no me aguanta. Me dijo que soy lo que toda mujer quisiera tener, pero que es imposible vivir conmigo. Yo lo sé mejor que nadie.

Recogió sus cosas. Me pidió que la ayudara y lo hice. Sabía que lloraba y lloré también a escondidas. No quise retenerla, porque no. Algo me decía que la dejara ir y le hice hice caso.

Se llevó la suave tempestad de su Chanel No. 5. Se llevó el desorden que trajo como su sello propio. Se llevó los secretos que aplicaba en sus comidas. Se llevó sus ojos.

Le hice adiós con ambas manos, para esconder mis temblores. Le mandé un beso directo a su cuello y ella sonrió como si lo supiera.

Se fue con la mañana. Me quedé sabiendo que no era justo hacerla quedar sólo para ocultarme de mi propia verdad.

Que no puedo vivir conmigo.




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NO UN POETA...
me sobrevivirán aguja vaso piedra
hormigas afanosas
me sobrevivirán

donde yo deje de estar pasará la sombra del sol
y muchas palabras de boca a boca
tejereán sin mi aliento sinsentidos
..............

("Concierto animal" Blanca Varela (Lima 1926)






Que se altera, que muerde el anzuelo.
Que se oculta bajo un libro y muere en el intento.
Que se hunde para vivir.
Y siempre retorna.
Que lame las estepas y duerme bajo el sol.
Que aguarda con calma, esperando el rigor.

Un pez de aguas calientes.
Un loco de aguas tranquilas.
Un caballo sin crines.
Un caballo sin viento.
Un paisaje sin ventana.
Claro de luna
sin luna.

Por doquier.
Por nada y sin embargo
por todo.
O por la nada que es el ser.
Impropio, ajeno. Sin rumbo.
Sin causa, sin encanto.
Sin vestigios.
Existir nada más.
Salir de la botella
cada día.

Para nadie.
Tal vez.
Acaso.
Quizás.
Nunca la certeza.



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TE ESPERO...
De aquella tarde en la que, confundido y azorado, retuve tu mano entre las mías ha pasado mucho tiempo. Hoy ni tus manos están, ni las mías las buscan.
Eras una niña de catorce para quince. Te encontré en mi ruta, como quien se encuentra un tesoro a la vera del camino.
Había un largo paréntesis entre la escuela y tu casa, el cual disfrutábamos con miedo. Miedo de que se acabara el tiempo. Miedo de que la distancia se acortara. Miedo de que, al otro día, alguien se mezclara con nosotros. Y así, siempre con algún miedo, celebrábamos cada día el sólo hecho de encontrarnos.
Fueron largos tres años, ¡ pero tan breves para mí !
Luego me fui, jurando esperarte.
Hoy es tu cumpleaños. Y es el mío. Cumplimos cuarenta. No quiero pensar si tus hijos te celebrarán, si tu marido te llevará a cenar o aún más allá de todo eso. Sólo escribirte para que jamás leas esta nota y que mi fantasma se aparezca en tus sueños.
Van quedando atrás uno a uno los calendarios, pero tu sonrisa está fresca como el viento y tus ojos siguen brillando en todo lo alto.
Se trata de una obsesión. Pero qué importa. Estoy enfermo de recuerdos.
Y, por más que sea inútil, te espero.
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Polito no es adulto...
No quiero que Polito haga de las suyas en la reunión que con motivo experimental citamos a los adultos de la pléyade . Polito no es adulto, aunque diga que sí. Yo soy su tutor y lo conozco bien.
Lo podrán descubrir fácilmente. Camina al encuentro de su propia sombra, y le hace monerías a las paredes grafitadas.
Cree en sí mismo.
No lo piensa dos veces antes de elegir el tono de su corbata.
No le da a las damas el lado de la pared, en la calle.
Su lógica sigue siendo cartesiana.
Se para en medio de las avenidas sólo para ver el cielo.
Lo he visto tomar vino con los mequetrefes que juegan al fútbol todo el día e intercambiar besos con las fotografías.
No es adulto ni maduro como para ser alturadamente irresponsable.
Finalmente: cuando se relaciona con alguien, suele ser muy asertivo. Y, como todos los adultos sabemos, eso es terrible, cuando de lo que se trata acá es de decir no, sistemáticamente, para no perder contacto con la realidad.
Quedan debidamente avisados.



 
TERREMOTO DEL 31 DE MAYO DE 1970
Decidir entre el Alianza-U que se jugaba en la canchita de fulbito “Santa Rosa” y el México-URSS que inauguraba el Mundial era escoger entre la espada o la pared. Alianza presentaba a su ídolo Víctor Nájera y en el arco al imbatible Herrera. La “U” no se quedaba atrás y ya contaba con “El Gringo” Camones que había llegado desde su lejana escuelita para reforzar a la crema.
Empero, yo tenía una tercera inquietud: Aquella noche sería la primera en mi casa nueva. Mi tío y el electricista andaban atareados desde la mañana para colocar focos e interruptores a una casa que por todos lados olía a nueva, después de haber estado en construcción por largos tres años.
Tanto meditar no me sacó del limbo. Mi madre acabó con mis dudas y resolvió que tendría que ayudar con la mudanza. Tu cuarto quedará en el segundo piso, hacia la ventana. Nada de clásicos.
Y me quedé, oyendo por la radio el insípido partido entre mexicanos y soviéticos. Mientras, colocaba mi cama y acomodaba mis ropas. Y trataba de imaginar una estupenda atajada no sé si de Yashin o de Herrera.
Cuando me había recostado para disfrutar de mi nuevo paraíso, me sorprendió el primer gran sacudón. Una grita pavorosamente simultánea llegó de los confines y mi casa nueva se abrió por el vértice que daba a la calle Maravillas. Pude ver en un instante todo el paisaje como si se tratara de una amplia ventana. Y luego se cerró.
No sé cómo mi madre estaba ya conmigo, tratando de bajar al primer piso sin que nos alcanzara alguna de las tejas que llovían del techo. El ruido era sordo pero aterrador. No podía ser sólo de un terremoto, era de todos los desastres juntos. Era el fin del mundo.
El polvo y el estruendo de cosas que se rompían era para tener mil ojos y verlo todo. La tos y la ceguera se hizo uno. El rumor amenazante se oía cerca y se iba como un eco interminable. El aire y el sol se hicieron gritos y llanto. Mi madre esperó aterrada el apocalíptico minuto aferrada a mí y cuando supo que la tierra se había calmado, cruzó la montaña de piedras, tejas, adobes, postes y cables eléctricos a rescatar a mi abuela. El electricista ganó la calle sin medir el peligro y fue tragado por el polvo. Mi tío me agarraba fuertemente, pues yo quería ir a morirme con mamá. Por su cara espolvoreada chorreaba un hilo de sangre y se desviaba bordeando su tácito bigote. Pese a ello, su mirada serena me protegió.
Mi madre apareció con mi abuela sobre sus espaldas.
El resto es un collar de imágenes que no las puedo olvidar. El desconcierto de vivir tal vez el último día, el final de la humanidad. Don Miguel que fue quien venció el miedo y dirigió la evacuación primero hacia la Plaza de Armas, después hacia las partes altas, pues se desbocaba el río. Caminar llevando la radio portátil, junto a mi madre que no podía más con mi octogenaria abuela sobre sus hombros en plena pendiente. La lucha de una joven señora que cargaba en un brazo a su hijo herido y en el otro a su bebé muerta. El llanto generalizado y el cielo completamente oscurecido por el polvo. Era un crepúsculo repentino. Un ocaso terrorífico que duró cinco días.
Aquella misma noche las radios nos daban por borrados del mapa. Mi abuela midió dramáticamente el tamaño de aquella noticia: Ya estamos muertos. Y un comerciante mayorista de mandarinas repartió su mercadería para que el pueblo pudiera echarse algo al estómago. La fila de cadáveres que se iba alargando y el frío de mayo que no perdonaba eran lo mismo, pero no igual.
Tres días después se conformó una comisión para ir a la Iglesia y traer al Patrón Santiago. Todos esperaron lo peor, pero Santiago estaba intacto. La gente lloró a gritos en una misa que el Párroco empezó y no pudo concluir…

Cuatro días estuvo “El Gringo” en una cueva que le salvó la vida, luego de que terminara el partido en el que perdieron por la mínima diferencia y se dirigiera a su escuelita del poblado de Coris. Lo rescataron milagrosamente. Con él salvó también la vida quien venía en sentido contrario: un muchacho que tiempo después sería Brigadier General en mi colegio. Ambos dijeron haberse alimentado con sólo una hierba silvestre, célebre ya desde siglos atrás, llamada ”congona”.
El cinco de Junio un helicóptero se aproximó hasta verse en el horizonte, pero se sintió intimidado por la enorme cresta de polvo que aún ocupaba el cielo y se fue. Dos días después por fin se pudo disfrutar del sol y por la tarde un helicóptero brasileño descendió en medio de vivas y lágrimas, trayendo al pueblo de Aija un equipaje atestado de esperanza

 
EL NORTE DE LIMA

El norte me transporta al pasado. Un pasado de amplias veredas, de calles preciosas, de música incomparable. Y, por cierto, también de sol casi blanco de tanto brillo. Olor a pescado, marea, a frutas y a serena vida pueblerina. Casi siempre estoy sobre algún vehículo. Casi siempre voy de pasada. Pero allí mismo me ubico en aquél auto Dodge negro, que hacía la ruta Lima-Chimbote- Lima. Volaba la Panamericana sobre cuatro gastadas llantas y Silvana di Lorenzo que se lamentaba: ayer cuando nos despedimos me dieron ganas de llorar. Sentado atrás, entre tres viajeros silenciosos, mientras mi madre quién sabe qué pensaría de su vida, veía por momentos las solitarias playas del litoral. El mar soberano, arrojaba bocanadas de espuma hacia la arena . Yo viajaba feliz de viajar. Eso era más que suficiente, aunque mi corazón se hubiese quedado junto a Danitza, una niña dos años menor (de quien guardo apenas la sonrisa). Pero el paisaje y el calor me mantenían despierto, contando regresivamente los kilómetros que nos llevaban a la gran ciudad. Mi madre iba hacia el patíbulo. Y no es un decir. Acababa de ser diagnosticada con un cáncer de mama e íbamos a Lima al todo o nada. A mis trece años, con una mente apenas reflexiva no imaginé nunca (y no hubiera podido hacerlo) qué sensaciones pasaban por la mente de una cuasi condenada a muerte. Debió haber sido para ella un viaje horrendo, pero su inherente aplomo nunca la delató. Tardamos siete horas en llegar y se podría decir que ya era de noche, en un verano que apenas comenzaba para nosotros. Un verano oncológico, por así decirlo. Yo salí del auto asombrado por la belleza de aquél lugar que se adornaba con viejos árboles de frondosa cabellera. Era la avenida Arenales, cuadra siete. Casi como un autómata seguí a mi madre hasta la puerta de una pensión cuyo interior apacible y a todas luces idílico, pude ver desde la calle pero jamás llegaría a conocer. No había cupo. Tuvimos una odisea breve, durante la cual preguntamos un sinfín de veces por alguna posada que no estuviera llena. Hasta que, al filo de las diez de la noche, fuimos a parar en el 1182 de la calle Mariscal Miller, justo a espaldas del Hospital del Empleado.
Mal presagio. En aquél hospital moriría mi madre tres años después.

Volviendo. Yo, que había crecido entre cerros y serranía, siempre me quedaba absorto por la belleza costera. Desde que partíamos de mi pueblo, Aija, La Perla de las Vertientes, me alistaba para ver el mar. Por aquellos tiempos sufríamos viajando en una furgoneta celeste, llamada “El Pollón”. Cuatro horas hasta Huaraz y de allí, por la noche hacia Lima, en los tortuosos autos colectivos del Comité Once. Pero en ellos ya el entusiasmo era otro. Ni el persistente olor a gasolina me sacaba de mi curiosidad. Calculaba cada curva, me adelantaba imaginariamente a los cambios que efectuaba el chofer, intuía las aceleraciones y las frenadas. Contaba los árboles y, cuando a la subida hacia Conococha escaseaban, predecía los vehículos que venían en sentido contrario. Ya en la puna, mi madre me obligaba a forrarme con bufanda, chompa y gorro, para evitar el mal aire, o sea, el soroche. Y luego venía la bajada. Vuelta y vuelta, curva y curva. Y otra vez a contar árboles y a memorizar los nombres de las pequeñas estancias que bordeaban el camino, Cajacay la más pintoresca. Un poco más abajo ya asfixiaba el atavío y quedaba solamente ponerse ligero. El valle se avizoraba. Mi corazón era una fiesta. Había esperado meses para esto.
Apenas desembocábamos en el pueblito de Chasquitambo, me alistaba desde mi modorra para ver las encañadas y las areniscas. El calor latente de su aire. Las gentes sencillas de ropa breve trepaban a los autobuses a ofrecer frutas, refrescos o golosinas. Era la señal que mi espíritu reclamaba para entusiasmarse. Casi nunca mi madre compraba nada allí, pero eso no era importante. Yo me sentía satisfecho, con sólo ver las exuberantes paltas, las peras y los jugosos pacaes. De allí, bordeando el río, junto a los cañaverales. Luego, una recta vistosa y breve hasta desembocar en la Panamericana, enfrente de Paramonga. Y ver los inmensos camiones de repetidas carretas y decenas de neumáticos. Los zumbidos impresionantes de los vehículos al cruzarse. El cielo blanquecino y opaco. Las verdes praderas con sus casas enclavadas. Las gaviotas felices cerca del mar. Pativilca, Milagro, Vegueta, Barranca, Supe. Calles atiborradas de gente. Todas en un pequeño espacio.
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EL BESO


Me pasaste el cigarro
y me supo a beso.


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ESCUCHANDO A SADE
¿Cómo es que nunca me dijo eso?
Ahora es tarde. Mi amigo Fabián logró contener una lágrima. Y yo, que pensaba que estaba exagerando, me arrepiento. La enfermera ya no está. Clara Luna se había escapado. No hoy. No ayer. Hace más de diez años. Pensé que lo sabía. Todos pensamos lo mismo. Menos él.
Hoy escuchábamos a Sade y entre tema y tema empezamos a discutir si en realidad se parecían o eran la misma persona. Allí salió lo de Clara Luna, alta, grácil y risueña como un delfín.



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EL PERDÓN


Limbo y colonia salvaje de remordimientos.
Es donde vivo. Donde espero. Donde desfallezco.
Cotidianamente.
Adonde me he retractado sin aspavientos.
Sin siquiera una sombra.
Sin una fotografía que alimente mis ensueños.

Urge la luz, la tempestad amenaza. No estoy ayer.
No estoy ahora.
Estoy apenas en tal vez. Y ni siquiera.
Porque aquella esquina donde rechacé un abrazo
monte de penitencia, muro de lamento,
corta.
Lacera.
Y el raudo tajo deja
perpendicular
la cobardía.


Si pudiera hacer metáfora de mi silencio, estarías en él.
Si fuera yo tu música, sería siempre desatino.
Y en una octava, un bemol.
Un amor que sufro con sigilo.