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Literatura por Rogger Alzamora
Literatura, reflexión, opinión
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EL NORTE DE LIMA

El norte me transporta al pasado. Un pasado de amplias veredas, de calles preciosas, de música incomparable. Y, por cierto, también de sol casi blanco de tanto brillo. Olor a pescado, marea, a frutas y a serena vida pueblerina. Casi siempre estoy sobre algún vehículo. Casi siempre voy de pasada. Pero allí mismo me ubico en aquél auto Dodge negro, que hacía la ruta Lima-Chimbote- Lima. Volaba la Panamericana sobre cuatro gastadas llantas y Silvana di Lorenzo que se lamentaba: ayer cuando nos despedimos me dieron ganas de llorar. Sentado atrás, entre tres viajeros silenciosos, mientras mi madre quién sabe qué pensaría de su vida, veía por momentos las solitarias playas del litoral. El mar soberano, arrojaba bocanadas de espuma hacia la arena . Yo viajaba feliz de viajar. Eso era más que suficiente, aunque mi corazón se hubiese quedado junto a Danitza, una niña dos años menor (de quien guardo apenas la sonrisa). Pero el paisaje y el calor me mantenían despierto, contando regresivamente los kilómetros que nos llevaban a la gran ciudad. Mi madre iba hacia el patíbulo. Y no es un decir. Acababa de ser diagnosticada con un cáncer de mama e íbamos a Lima al todo o nada. A mis trece años, con una mente apenas reflexiva no imaginé nunca (y no hubiera podido hacerlo) qué sensaciones pasaban por la mente de una cuasi condenada a muerte. Debió haber sido para ella un viaje horrendo, pero su inherente aplomo nunca la delató. Tardamos siete horas en llegar y se podría decir que ya era de noche, en un verano que apenas comenzaba para nosotros. Un verano oncológico, por así decirlo. Yo salí del auto asombrado por la belleza de aquél lugar que se adornaba con viejos árboles de frondosa cabellera. Era la avenida Arenales, cuadra siete. Casi como un autómata seguí a mi madre hasta la puerta de una pensión cuyo interior apacible y a todas luces idílico, pude ver desde la calle pero jamás llegaría a conocer. No había cupo. Tuvimos una odisea breve, durante la cual preguntamos un sinfín de veces por alguna posada que no estuviera llena. Hasta que, al filo de las diez de la noche, fuimos a parar en el 1182 de la calle Mariscal Miller, justo a espaldas del Hospital del Empleado.
Mal presagio. En aquél hospital moriría mi madre tres años después.

Volviendo. Yo, que había crecido entre cerros y serranía, siempre me quedaba absorto por la belleza costera. Desde que partíamos de mi pueblo, Aija, La Perla de las Vertientes, me alistaba para ver el mar. Por aquellos tiempos sufríamos viajando en una furgoneta celeste, llamada “El Pollón”. Cuatro horas hasta Huaraz y de allí, por la noche hacia Lima, en los tortuosos autos colectivos del Comité Once. Pero en ellos ya el entusiasmo era otro. Ni el persistente olor a gasolina me sacaba de mi curiosidad. Calculaba cada curva, me adelantaba imaginariamente a los cambios que efectuaba el chofer, intuía las aceleraciones y las frenadas. Contaba los árboles y, cuando a la subida hacia Conococha escaseaban, predecía los vehículos que venían en sentido contrario. Ya en la puna, mi madre me obligaba a forrarme con bufanda, chompa y gorro, para evitar el mal aire, o sea, el soroche. Y luego venía la bajada. Vuelta y vuelta, curva y curva. Y otra vez a contar árboles y a memorizar los nombres de las pequeñas estancias que bordeaban el camino, Cajacay la más pintoresca. Un poco más abajo ya asfixiaba el atavío y quedaba solamente ponerse ligero. El valle se avizoraba. Mi corazón era una fiesta. Había esperado meses para esto.
Apenas desembocábamos en el pueblito de Chasquitambo, me alistaba desde mi modorra para ver las encañadas y las areniscas. El calor latente de su aire. Las gentes sencillas de ropa breve trepaban a los autobuses a ofrecer frutas, refrescos o golosinas. Era la señal que mi espíritu reclamaba para entusiasmarse. Casi nunca mi madre compraba nada allí, pero eso no era importante. Yo me sentía satisfecho, con sólo ver las exuberantes paltas, las peras y los jugosos pacaes. De allí, bordeando el río, junto a los cañaverales. Luego, una recta vistosa y breve hasta desembocar en la Panamericana, enfrente de Paramonga. Y ver los inmensos camiones de repetidas carretas y decenas de neumáticos. Los zumbidos impresionantes de los vehículos al cruzarse. El cielo blanquecino y opaco. Las verdes praderas con sus casas enclavadas. Las gaviotas felices cerca del mar. Pativilca, Milagro, Vegueta, Barranca, Supe. Calles atiborradas de gente. Todas en un pequeño espacio.
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