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Literatura por Rogger Alzamora
Literatura, reflexión, opinión
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TERREMOTO DEL 31 DE MAYO DE 1970
Decidir entre el Alianza-U que se jugaba en la canchita de fulbito “Santa Rosa” y el México-URSS que inauguraba el Mundial era escoger entre la espada o la pared. Alianza presentaba a su ídolo Víctor Nájera y en el arco al imbatible Herrera. La “U” no se quedaba atrás y ya contaba con “El Gringo” Camones que había llegado desde su lejana escuelita para reforzar a la crema.
Empero, yo tenía una tercera inquietud: Aquella noche sería la primera en mi casa nueva. Mi tío y el electricista andaban atareados desde la mañana para colocar focos e interruptores a una casa que por todos lados olía a nueva, después de haber estado en construcción por largos tres años.
Tanto meditar no me sacó del limbo. Mi madre acabó con mis dudas y resolvió que tendría que ayudar con la mudanza. Tu cuarto quedará en el segundo piso, hacia la ventana. Nada de clásicos.
Y me quedé, oyendo por la radio el insípido partido entre mexicanos y soviéticos. Mientras, colocaba mi cama y acomodaba mis ropas. Y trataba de imaginar una estupenda atajada no sé si de Yashin o de Herrera.
Cuando me había recostado para disfrutar de mi nuevo paraíso, me sorprendió el primer gran sacudón. Una grita pavorosamente simultánea llegó de los confines y mi casa nueva se abrió por el vértice que daba a la calle Maravillas. Pude ver en un instante todo el paisaje como si se tratara de una amplia ventana. Y luego se cerró.
No sé cómo mi madre estaba ya conmigo, tratando de bajar al primer piso sin que nos alcanzara alguna de las tejas que llovían del techo. El ruido era sordo pero aterrador. No podía ser sólo de un terremoto, era de todos los desastres juntos. Era el fin del mundo.
El polvo y el estruendo de cosas que se rompían era para tener mil ojos y verlo todo. La tos y la ceguera se hizo uno. El rumor amenazante se oía cerca y se iba como un eco interminable. El aire y el sol se hicieron gritos y llanto. Mi madre esperó aterrada el apocalíptico minuto aferrada a mí y cuando supo que la tierra se había calmado, cruzó la montaña de piedras, tejas, adobes, postes y cables eléctricos a rescatar a mi abuela. El electricista ganó la calle sin medir el peligro y fue tragado por el polvo. Mi tío me agarraba fuertemente, pues yo quería ir a morirme con mamá. Por su cara espolvoreada chorreaba un hilo de sangre y se desviaba bordeando su tácito bigote. Pese a ello, su mirada serena me protegió.
Mi madre apareció con mi abuela sobre sus espaldas.
El resto es un collar de imágenes que no las puedo olvidar. El desconcierto de vivir tal vez el último día, el final de la humanidad. Don Miguel que fue quien venció el miedo y dirigió la evacuación primero hacia la Plaza de Armas, después hacia las partes altas, pues se desbocaba el río. Caminar llevando la radio portátil, junto a mi madre que no podía más con mi octogenaria abuela sobre sus hombros en plena pendiente. La lucha de una joven señora que cargaba en un brazo a su hijo herido y en el otro a su bebé muerta. El llanto generalizado y el cielo completamente oscurecido por el polvo. Era un crepúsculo repentino. Un ocaso terrorífico que duró cinco días.
Aquella misma noche las radios nos daban por borrados del mapa. Mi abuela midió dramáticamente el tamaño de aquella noticia: Ya estamos muertos. Y un comerciante mayorista de mandarinas repartió su mercadería para que el pueblo pudiera echarse algo al estómago. La fila de cadáveres que se iba alargando y el frío de mayo que no perdonaba eran lo mismo, pero no igual.
Tres días después se conformó una comisión para ir a la Iglesia y traer al Patrón Santiago. Todos esperaron lo peor, pero Santiago estaba intacto. La gente lloró a gritos en una misa que el Párroco empezó y no pudo concluir…

Cuatro días estuvo “El Gringo” en una cueva que le salvó la vida, luego de que terminara el partido en el que perdieron por la mínima diferencia y se dirigiera a su escuelita del poblado de Coris. Lo rescataron milagrosamente. Con él salvó también la vida quien venía en sentido contrario: un muchacho que tiempo después sería Brigadier General en mi colegio. Ambos dijeron haberse alimentado con sólo una hierba silvestre, célebre ya desde siglos atrás, llamada ”congona”.
El cinco de Junio un helicóptero se aproximó hasta verse en el horizonte, pero se sintió intimidado por la enorme cresta de polvo que aún ocupaba el cielo y se fue. Dos días después por fin se pudo disfrutar del sol y por la tarde un helicóptero brasileño descendió en medio de vivas y lágrimas, trayendo al pueblo de Aija un equipaje atestado de esperanza