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Literatura por Rogger Alzamora
Literatura, reflexión, opinión
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Sindicación
 
AMOR PAGANO (fragmento)
Cinco años que la conocía y de ellos, tres que no la veía. Bastó ese tiempo para que pasara de los sosos diecisiete a los temibles veinte. Ahora estaba hecha un monumento. Líneas de perfección en su silueta, los dientes blancos y relucientes, los ojos calientes como una lengua. Hecha una elegante dama, de costumbres refinadas. De estilo propio o ajeno, pero estilo al fin. Bastaba mirar sus pantorrillas para saber que lo que venía más arriba. Mas, los cinco años que habían transcurrido sólo en los campos de la amistad más saludable se tornaron en inquietud, después de aquella mañana en que la casquivana mujer de su amigo trajera por los suelos su planeada cita del viernes por la noche. Por supuesto había que reparar con el chino los estragos de la asonada. Y a puro vino tinto y seco.
Con las piernas flaqueándole aún en sus sueños, y los necios olores de aquella posesiva mujer que le había mordido en los más obscuros intersticios y le había dejado un satisfactorio dolor general, la irreductible sed lo despertó a las seis y media, con la cabeza estallándole. Y pese a que hubiera querido dormir por siglos, se tuvo que levantar para paliar la resaca.
Y allí mismo, en desventaja, decidió meterse en la ducha para estar presentable, aunque ojeroso, frente a la ex-niña, quien lo había retado a mirarla como mujer. Se alistó con un pantalón blanco y una camisa blanca con rayas verdes, para dar gusto al enorme sol que ya se avecinaba.
La encontró lavando su auto. No había perdido las costumbres de hacer por ella misma lo que otros podrían haberlo hecho, con absoluto placer. Era un Peugeot metálico muy bien cuidado. Ella estaba en shorts amarillos, con la piel tostada hasta la medida. Llevaba una vieja chaqueta color palo de rosa con estampados indescifrables y andaba preocupada en asir la esponja que excedía su mano y que se le escapaba con la espuma. También su casa había cambiado. Ya no era de una planta sino de tres. Imponente, de perfecta sinfonía entre el ladrillo y el cemento y los helechos que colgaban como verdes cabelleras. Cuánto había cambiado, desde aquellos tiempos en los que se amanecían sentados en la sala, hablando y hablando.
En esos tiempos su casa era sobria, de austero decorado. Ahora ya no. Las enormes ventanas habían sido armonizadas con enrejados probablemente toledanos y techo a dos aguas, con chimenea.
Se había detenido en la esquina de enfrente para mirarla y entrar en cuenta de lo que había pasado en tres años. El parque, donde llevaban a pasear a su perro, estaba magníficamente lleno de flores de colores, senderos animosos y bancas relucientes. Los ficus habían tomado edad para hacer sombra.

Por fin decidió acercarse sintiéndose estúpido con el traje demasiado formal que llevaba. Ya en el autobús se había sentido así. No era el momento para ponerse aquella ropa de vestir cuando el dolor le cincelaba el cerebro y el tufo a alcohol le salía por los poros. Pero ya estaba allí y para apurar el expediente dijo hola, desde lejos.
Su voz sonó hueca. Menos mal, pues ella no lo oyó.
Salía una melodía desde el interior del auto. El día estaba hecho una finura de relucientes tonos, por todas partes. Como todo domingo que se respete, la gente salía de sus camas rezongando e iba por el pan ataviados con desfachatez.
Ella seguía limpiando el interior del auto. En efecto, se le vieron los primeros rasgos de una decidida madurez. El impresionante contorno de su derriere, el escaso grosor de su cintura y las tostadas piernas que se ocultaban de tanto en tanto, conforme iba adentrándose en el auto.
Con el dolor perturbando la ensoñación él se aproximó definitivamente.
-¿Puedo ayudar acaso? dijo lo suficientemente claro para la distancia, pero sin tener la más mínima gana de ayudar.
Ella se revolvió y pronto estaba ya de pie, sonriendo.
Asimismo. Tal y como lo había temido, se la quedó mirando, absorto e impresionado por lo que veía. Tenía el cabello recogido, pero encajaba exactamente con su tostada belleza.
-Me dejaste plantada. Ni siquiera debería dirigirte la palabra, menos aceptar tu ayuda, dijo con el mejor de los gustos y mostrando absolutamente todos sus ángulos.
Se dieron un beso en las mejillas. Él la tomó por los hombros.
-Tienes razón, tendré que conocerte de nuevo. Ya no eres la niña de antes, pero no sé bien cómo puedo llegar a conocer algo tan exquisito.
-Tú has nacido con ese don –dijo ella sin dejarse intimidar- Si me sigues mirando así, sentiré que ya no tengo secretos.
Sonrió con la frescura de la mañana.
Para él en cambio, el dolor de cabeza se extendió por todo el cuerpo.
-Voy a casa de mi padre, dijo ella. ¿Me acompañas y aprovechamos para conversar?
-No esperes que diga que no- respondió dejándola recoger el aspirador.
Poco rato después estaban volando por la autopista. Ella, muy segura tras el volante, le siguió reprochando el plantón. Qué ganas de contarle la verdad, pero había que mentir. No era buena tarjeta contarle que se había dejado tomar por la ex mujer de su amigo, por más ex mujer que fuese. Así es que le dijo sólo la parte del reventón con su amigo, el chino. Ampliado y corregido.
Ella, que se había duchado, ahora estaba de falda amarilla de lino. Sus muslos bronceados sólo se insinuaban lo suficiente. Sus sandalias blancas jugaban con el freno, el embrague y el acelerador. Una blusa blanca, sencilla pero delicada dejaba ver debajo algo de color, que ella llevaba con soltura. En el ojal donde había recalado el primer botón, allí donde asomaba el busto, se lucía autosuficiente una medalla de oro.
Mientras hablaban de lo transcurrido en los últimos años, de tal y cual, del antiguo barrio común, de sus hermanas, de sus padres, de los amigos y de los estudios, él la observaba. Bendita velocidad, que no le permitía a ella descubrirlo.
Le pidió por favor que le alcanzara sus lentes de sol. Y cuando se los puso, no sabe él por qué ya no pudo mirarla detenidamente.
Llegaron hasta donde su padre.
Él no quiso bajar del auto, mírame las fachas.
Le tomó diez minutos salir otra vez. No había duda, era toda una mujer. Segura, distinguida, con un talante distinto al que tuvo apenas tres años atrás.
-¿Tomamos desayuno por acá cerca? preguntó.
-Me voy de cobranzas- respondió él sin ánimo de desayuno, sino de escabullirse ya.
La curiosidad se había vuelto temor.
-¿A dónde? Inquirió de inmediato.
-A Cañete, dijo él por decirlo nada más.
-Déjame recoger unos encargos y podemos irnos hasta allá en mi auto.
Eran dos horas. Ella lo sabía muy bien. Pero ese no era el problema. En realidad él nada tenía que cobrar allá.
-Iba a irme a la playa con Cecilia, dijo ella suelta de huesos, pero prefiero irme contigo. A ella la veré todos los días.
Los encargos se recogieron al filo de las nueve. Y de pronto el poderoso Peugeot tomó la Panamericana sur y fue escapándose de Lima. Tocaron su música. La de sus recuerdos, la de sus fiestas, la de su edad. Él criticó de buen humor algo de lo que no servía, pero no logró hacer mella.
Bajaron a desayunar chicharrones a la altura de Mala. Él deseó que no fuera cierto, pues cada tanto le venían náuseas y lo menos apropiado era comer. No hubo acuerdo. Ella pidió una gran porción de chicharrones de cerdo, con abundantes panes y café.
Él empezó por el café y no pudo desairar el enorme sánguche que ella le alcanzó, mirándolo a los ojos: come por favor.
Frente a frente, él recién pudo ver el borde de su ropa de baño, cuando el breve escote se abrió. Ella lo descubrió y con una sonrisa redentora lo eximió de culpa.
Ya de regreso al auto otra vez se las tuvo que ver con el inevitable malestar que se venía. Y capeó el temporal sacando la cabeza por la ventana, para que la brisa lo oxigenara. Ella mil veces feliz reía sin fin, con los lentes retirados sobre el cabello. Estaba hermosa. No había lugar para arrepentirse, ni para preparar el pretexto de las cobranzas imaginarias. Estaba hermosa como el día.
Cinco años atrás era una niña que, es verdad, mostraba una previsible belleza, pero que no logró cruzarse en sus pensamientos ni menos alborotar sus hormonas. Sólo se dedicaban a compartir, inocentemente.
Dos horas después la travesía llegó a su final, cuando arribaron a Cañete.
¿Y ahora, a quién cobrar?
Le dijo que se estacionara en la calle principal, atestada de gente.
El sol quemaba como la vergüenza. Pero la vergüenza se podía disimular.
Hizo como que iba decidido hacia un bazar. También como que entraba con autoridad. Y desapareció dejando la sensación de la certeza.
Dentro ya, se dedicó a mirar sin ver. Y a escudriñar por entre los aparejos si por desventura a ella se le ocurría entrar también.
Nada.
Calculó el tiempo en que se convierte en fallida una cobranza. Frunció el ceño cuidadosamente y con un malhumor exagerado hasta para sí, salió haciendo finalmente un mohín de disgusto y otro de resignación.
Ella casi transpiraba.
-Esto es una olla hirviente. Detesto el verano.
-No lo parece, estás completamente veraneada. Eso creo.
Ella se puso roja. ¿Qué fue eso? Pero él magistralmente salió airoso, con una invitación para almorzar.
-Está bien, pero ¿sólo ibas a hacer una cobranza?
Cierto, la mentira tiene patas cortas.
-Claro que no, pero la siguiente cobranza será luego del almuerzo. El tipo sólo se encuentra por las tardes.
Está más bella ahora que los calores se le han subido a la cara. Ya provoca faltarle el respeto. Ponerle las manos en esas marrones piernas que se interrumpen con la minifalda amarilla. Ella juega con la mirada hasta que un mechón negro se escapa y se interpone entre sus ojos.
Y es entonces que decide salir del sofoco y abrir la puerta.

El almuerzo fue de lo mejor: cabrito a la norteña con frejoles y blanquísimas y arenosas yucas. Y mientras los paladares se regocijaban, hubo dos o tres roces que los embarcaron en el mismo bote, mar a dentro.
Por debajo de la mesa su rodilla parecía enervarlo con los primeros escarceos. Imaginárselos en medio de los calores propios de la resaca y de la angustia por repetir de cualquier modo la noche anterior, pues el cuerpo reclama, es como echar leña al fuego. Ella hablaba. Contaba historias que decía ajenas, aunque parecieran suyas. Aún llevaba los anteojos sobre el cabello. Unos ojos pardísimos de gran estructura y de brillo notable. En los pallares de cada oreja una bolita de oro, delicada y exacta.
- ¿Te acuerdas de Polo?
- Sí, el que amaneció en cama de...
- ¿tienes que recordarlo así siempre?
Le molestó su impertinencia y ya no quiso seguir hablando del tema.
Él tocó su mano, suavemente, como si fuera a acariciar a una paloma.
Y le pidió perdón.
- Soy más corriente que nunca- dijo afligido.
Fue entonces que ella lo sacó del purgatorio con una blanquísima sonrisa. Y apretó su mano. Y le quebró la compostura.
No midieron el tiempo que se miraron.
Hasta que el mozo llegó para merecerse un buen ajustón.
- Lo siento señores, dijo.
Ella envolvió también al mozo con esa misma sonrisa.
Pero él no se lo perdonaría, sino hasta la semana siguiente.
Bebieron una botella de vino de la casa y les pareció perfecto. Pero cuando trajeron la cuenta, él se preocupó. Disimuló perfectamente el papel semi doblándolo y empezó a hacer cuentas en su cabeza, con todo y monedas. Y las matemáticas lo nublaron. Le ardió la cabeza y le encendió la cara.
Ella se percató, pero esperó hasta la hora nona.
- ¿Tienes para pagar o te quedaste corto? Dijo con naturalidad.
- Me gustaría decirte que no falta, pero mentiría. Lo siento, pero me faltan dos soles.
- No es nada. Pero sería mejor si pagáramos a medias- volvió a mostrarse natural.
Él no se lo permitió, aunque seguramente tendría que regresar a pie a casa.

Tiempo después él se convencería de que efectivamente para ella era algo sumamente natural. Que las cuestiones de dinero eran demasiado simples y se reducían a tener o no. A gastar menos de lo que se gana y a disfrutar el dinero, cuando lo hay.
Para eso hubo que recorrer harto camino, pues él tenía complejos enquistados desde su cultura machista, traída de los andes, de la provincia, donde era impensable permitir a una dama meter la mano en la cartera. Complejos atizados en su hogar, en su colegio, por sus amigos y aún hasta por Esteban. Incluso ya en la gran urbe sentía que eso no cambiaría jamás. Sólo había que no exponerse.

Cuando la tarde empezó a dar bocanadas de aire, primero tibio y luego ya casi fresco, decidieron el regreso. Habían caminado por la costanera y hablado de los tres años. De los amores frustrados. De los actuales. En ese trayecto, él volvía a mirarla. Era como diez centímetros más baja y por eso mismo se la podía ver en toda su extensión. Su pelo hasta la nuca volaba al viento y por momentos entraba en su boca a lo que ella, con una sensualidad muy suya, apartaba con sus dedos.
El crepúsculo los sorprendió a la altura de la playa León Dormido. Chorros de gente se apresuraban a regresar a Lima. Desde allí es un poco más de una hora de trayecto en auto, pero en los veranos se triplica ese tiempo.
No les costó mucho trabajo meterse en la cola de autos que iniciaba el retorno. Sonaba la aguardentosa voz de Sabina: “entre la cirrosis y la sobredosis andas siempre muñeca...” Y había que cantarlo a voz en cuello “ahora es demasiado tarde princesa, búscate otro perro que te ladre, princesa...”
Pronto se hizo la noche entrando a Lima. Largas filas de luces se encendieron de pronto y las sombras se hicieron presente en la pista. El tiempo no perdona.

La despedida fue breve, pero promisoria. Se verían nuevamente el miércoles. Pero ahora, táctica contra los desplantes, en la misma puerta de la universidad..
No habría más desplantes, se prometió él. Por el contrario. Sabía que no podría pegar los ojos sin antes haberla soñado despierto.

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NO SÉ POR QUÉ HAY TARDES COMO ESTA...

No sé por qué hay tardes como esta, que no encandilan.

Que no seducen. Que no sirven para nada. Quiero escuchar música y no sé cuál. Quiero sentarme y escribir. Pero me voy perdiendo entre los vericuetos de mis recuerdos, en vez de crear algo. Tal vez porque mucho de lo escribo viene de los recuerdos: propios o ajenos.

No me levanto y me voy, porque no sé adónde irme.

De pronto desparecieron mis am¡gos: no los ubico en mi mente. Quisiera saber con cuál de ellos la pasaría mejor. Y con nadie. Antes era otra cosa. Como que he perdido la locura por algún lado. Y si no soy loco no soy yo.

He pensado irme a mi cama como si fuese ya de noche. Hacerle cuenta de que ya cené, y calzarme las pantuflas antes de cepillarme los dientes. Clic al televisor y ver alguna cosa donde no falte sangre, ni sexo, ni traición.

Pero ni eso. Calculando, deben ser las cuatro. Mis perros me miran y seguro quieren ir a pasear. Ya regresé de hacer una consultoría y no me fue bien tampoco en eso. Fue demasiado fácil. Me dejó un vacío en la boca, nada más había por decir.

Vivir solo no es tan malo, pero hoy parece ser de lo peor. No porque viva solo, sino porque me siento solo. Con la urgencia de salir de acá.

Ni el Rulfo que siempre me entretiene da hoy luces a mi vida. Veo mis cuadros. Tal vez empezar otro, pero ¿qué pintaría si no hay nada en mi cerebro, sino ella?

Ella se fué. Y no volverá. Me dijo que me adora, pero no me aguanta. Me dijo que soy lo que toda mujer quisiera tener, pero que es imposible vivir conmigo. Yo lo sé mejor que nadie.

Recogió sus cosas. Me pidió que la ayudara y lo hice. Sabía que lloraba y lloré también a escondidas. No quise retenerla, porque no. Algo me decía que la dejara ir y le hice hice caso.

Se llevó la suave tempestad de su Chanel No. 5. Se llevó el desorden que trajo como su sello propio. Se llevó los secretos que aplicaba en sus comidas. Se llevó sus ojos.

Le hice adiós con ambas manos, para esconder mis temblores. Le mandé un beso directo a su cuello y ella sonrió como si lo supiera.

Se fue con la mañana. Me quedé sabiendo que no era justo hacerla quedar sólo para ocultarme de mi propia verdad.

Que no puedo vivir conmigo.




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NO UN POETA...
me sobrevivirán aguja vaso piedra
hormigas afanosas
me sobrevivirán

donde yo deje de estar pasará la sombra del sol
y muchas palabras de boca a boca
tejereán sin mi aliento sinsentidos
..............

("Concierto animal" Blanca Varela (Lima 1926)






Que se altera, que muerde el anzuelo.
Que se oculta bajo un libro y muere en el intento.
Que se hunde para vivir.
Y siempre retorna.
Que lame las estepas y duerme bajo el sol.
Que aguarda con calma, esperando el rigor.

Un pez de aguas calientes.
Un loco de aguas tranquilas.
Un caballo sin crines.
Un caballo sin viento.
Un paisaje sin ventana.
Claro de luna
sin luna.

Por doquier.
Por nada y sin embargo
por todo.
O por la nada que es el ser.
Impropio, ajeno. Sin rumbo.
Sin causa, sin encanto.
Sin vestigios.
Existir nada más.
Salir de la botella
cada día.

Para nadie.
Tal vez.
Acaso.
Quizás.
Nunca la certeza.



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TE ESPERO...
De aquella tarde en la que, confundido y azorado, retuve tu mano entre las mías ha pasado mucho tiempo. Hoy ni tus manos están, ni las mías las buscan.
Eras una niña de catorce para quince. Te encontré en mi ruta, como quien se encuentra un tesoro a la vera del camino.
Había un largo paréntesis entre la escuela y tu casa, el cual disfrutábamos con miedo. Miedo de que se acabara el tiempo. Miedo de que la distancia se acortara. Miedo de que, al otro día, alguien se mezclara con nosotros. Y así, siempre con algún miedo, celebrábamos cada día el sólo hecho de encontrarnos.
Fueron largos tres años, ¡ pero tan breves para mí !
Luego me fui, jurando esperarte.
Hoy es tu cumpleaños. Y es el mío. Cumplimos cuarenta. No quiero pensar si tus hijos te celebrarán, si tu marido te llevará a cenar o aún más allá de todo eso. Sólo escribirte para que jamás leas esta nota y que mi fantasma se aparezca en tus sueños.
Van quedando atrás uno a uno los calendarios, pero tu sonrisa está fresca como el viento y tus ojos siguen brillando en todo lo alto.
Se trata de una obsesión. Pero qué importa. Estoy enfermo de recuerdos.
Y, por más que sea inútil, te espero.
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