CIEN POEMAS
Toma.
Bebe.
Te regalo cien poemas.
Mis poemas.
Están hechos de sangre,
de piel
y de huesos.
Haz con ellos un pequeño dedo.
Tapa el sol con ese dedo.
© 2005
Bebe.
Te regalo cien poemas.
Mis poemas.
Están hechos de sangre,
de piel
y de huesos.
Haz con ellos un pequeño dedo.
Tapa el sol con ese dedo.
© 2005
HACER TAXI (fragmento)
-La próxima vez que me eches en cara tu dinero, me largo de acá, le dijo Bruno firmemente.
Mara le secó los humedecidos labios con el pulgar y lo quedó mirando.
-¿Me estás amenazando?
Bruno le corrigió la posición de su rostro.
-Sí.
-Ok- respondió Mara sabiendo la magnitud de esas palabras, pero amándolo a pesar de eso.
La tetera silbó su melodía urgente. Se despabilaron y abrazados recorrieron otra vez la distancia de retorno. Las tacitas azules estaban listas. Los largos vasos de extracto, el azucarero y los panes. Había que disfrutar lo que tal vez sería el último desayuno de la temporada.
El desayuno fue todo miradas. Todo silencio.
-¿Irás a entregar ese trabajo atrasado?
-Sí.
-Muéstrame -lo hojeó al vuelo- Está muy lindo, está perfecto.
Mara lo acarició largamente antes de irse. Él entendió. No era ni mucho menos un voto de confianza, era más bien un premio consuelo.
-Sé lo que piensas. Temo que no tengo salida por ahora. Si hay suerte me harán un contrato. Si no, haré taxi...otra vez.
Hacer taxi significaba trabajar de noche. Los dueños exigían pago de fianza y él sabía ese cuento. Luego nunca te devolvían ese dinero. Entonces sólo decía que no. Y lo mandaban al turno noche.
Hacer taxi era volver a sumergir su autoestima. Hasta en el hecho de encontrar un buen auto. Era casi imposible, pues los mejores nunca sobraban. Autos sin radio, sin pisos, con las ventanas averiadas, sin neumáticos de repuesto, sin las luces completas. Cómo sentirse bien así. Y ni aún encontrando un buen auto. Las noches limeñas eran lastimosas. Putas, ladrones, indigentes. Drogas, abusos, oscuridad. Había que ganar para la cuenta y eso significaba ir para cualquier parte. Ningún lugar está vedado si quieres ganar plata. Ningún pasajero es inelegible o sospechoso. Lugares casi cósmicos, territorios de nadie, calles amenazantes. Soledad en todas partes.
Lizz Wright sonaba en el ambiente: hit the ground
Hacer taxi era casi dormir en el auto de dos a cuatro de la madrugada, en la puerta del burdelesco hostal de cinco pisos. Oyendo Radioprogramas y las patéticas intervenciones de los insomnes. Despertar casi sin haber dormido para irse a los terminales de buses, donde la gente igualmente soñolienta y malhumorada regateaba hasta los confines. Pelearse con los demás taxistas por una moneda más. Cargar bultos y luego descargarlos. Soportar la mierda misma.
Hacer taxi era jugarse la vida por las mañanas, tratando de ganar al tiempo. Entrar
contra el tráfico, pasarse la luz roja, cruzar temerariamente las esquinas. Al todo o nada. Estar despierto, mirando la pista y buscando entre las sombras a pasajeros casi ocultos. Rezar para no regresarse solo después de un largo servicio. Reprocharse el no haber esperado suficiente, cuando el taxi de atrás logra hacerse de tu pasajero.
Hacer taxi era llegar desesperado pasada las ocho de la mañana y tener que aguantar al compañero que por culpa tuya saldrá tarde y ya no encontrará trabajo. Hacer taxi era contar las monedas de lunes a viernes y esperar sábado y domingo para sonreír. Hacer taxi era regresar dormitando en el colectivo, sin siquiera poderse laxar.
Entrar a casa y no encontrar a Mara, sino los restos de una taza de café que había bebido en el desasosiego y la soledad.
Hacer taxi era todo eso y más.
Mara le secó los humedecidos labios con el pulgar y lo quedó mirando.
-¿Me estás amenazando?
Bruno le corrigió la posición de su rostro.
-Sí.
-Ok- respondió Mara sabiendo la magnitud de esas palabras, pero amándolo a pesar de eso.
La tetera silbó su melodía urgente. Se despabilaron y abrazados recorrieron otra vez la distancia de retorno. Las tacitas azules estaban listas. Los largos vasos de extracto, el azucarero y los panes. Había que disfrutar lo que tal vez sería el último desayuno de la temporada.
El desayuno fue todo miradas. Todo silencio.
-¿Irás a entregar ese trabajo atrasado?
-Sí.
-Muéstrame -lo hojeó al vuelo- Está muy lindo, está perfecto.
Mara lo acarició largamente antes de irse. Él entendió. No era ni mucho menos un voto de confianza, era más bien un premio consuelo.
-Sé lo que piensas. Temo que no tengo salida por ahora. Si hay suerte me harán un contrato. Si no, haré taxi...otra vez.
Hacer taxi significaba trabajar de noche. Los dueños exigían pago de fianza y él sabía ese cuento. Luego nunca te devolvían ese dinero. Entonces sólo decía que no. Y lo mandaban al turno noche.
Hacer taxi era volver a sumergir su autoestima. Hasta en el hecho de encontrar un buen auto. Era casi imposible, pues los mejores nunca sobraban. Autos sin radio, sin pisos, con las ventanas averiadas, sin neumáticos de repuesto, sin las luces completas. Cómo sentirse bien así. Y ni aún encontrando un buen auto. Las noches limeñas eran lastimosas. Putas, ladrones, indigentes. Drogas, abusos, oscuridad. Había que ganar para la cuenta y eso significaba ir para cualquier parte. Ningún lugar está vedado si quieres ganar plata. Ningún pasajero es inelegible o sospechoso. Lugares casi cósmicos, territorios de nadie, calles amenazantes. Soledad en todas partes.
Lizz Wright sonaba en el ambiente: hit the ground
Hacer taxi era casi dormir en el auto de dos a cuatro de la madrugada, en la puerta del burdelesco hostal de cinco pisos. Oyendo Radioprogramas y las patéticas intervenciones de los insomnes. Despertar casi sin haber dormido para irse a los terminales de buses, donde la gente igualmente soñolienta y malhumorada regateaba hasta los confines. Pelearse con los demás taxistas por una moneda más. Cargar bultos y luego descargarlos. Soportar la mierda misma.
Hacer taxi era jugarse la vida por las mañanas, tratando de ganar al tiempo. Entrar
contra el tráfico, pasarse la luz roja, cruzar temerariamente las esquinas. Al todo o nada. Estar despierto, mirando la pista y buscando entre las sombras a pasajeros casi ocultos. Rezar para no regresarse solo después de un largo servicio. Reprocharse el no haber esperado suficiente, cuando el taxi de atrás logra hacerse de tu pasajero.
Hacer taxi era llegar desesperado pasada las ocho de la mañana y tener que aguantar al compañero que por culpa tuya saldrá tarde y ya no encontrará trabajo. Hacer taxi era contar las monedas de lunes a viernes y esperar sábado y domingo para sonreír. Hacer taxi era regresar dormitando en el colectivo, sin siquiera poderse laxar.
Entrar a casa y no encontrar a Mara, sino los restos de una taza de café que había bebido en el desasosiego y la soledad.
Hacer taxi era todo eso y más.





