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Cosas que pasan a los veintimuchos
Aventurillas de un par de dos mientras recorren el mundo...
Acerca de
¡Lo que hay que ver! Tantos años soltera y bien orgullosa de serlo, y llega un morenazo derrochando amor ¡y caes como una tonta! Todo cambia, nada permanece... ¿o sí?
Sindicación
 
Tan lejos, tan cerca...
¡Por fin Internet llama a mi puerta! En realidad fue un tipo de BT de casi 2 metros y rondando los ciento cincuenta kilos, pero a mí me pareció Santa Claus...

Tengo mucho que contar y mucho que leer, pero me permitireis un inciso, porque esta semana ha tenido lugar un evento importante: mi cumpleaños.

El martes fue el primer día de mi último "veintimuchos". Seguro que pensais que la depre pre-treintena estaba cantada, pero en realidad no. Estoy contenta por tener 29, por un lado no los aparento, y por otro simplemente por tenerlos. Desde hace unos años valoro más esto de cumplir años, porque los vivo con bastante intensidad y porque hay amigos que no llegaron a cumplirlos, sólo por eso cada día más es un regalo.

Para lo que no estaba tan preparada fue para estar lejos de los míos. Tengo la enorme suerte de tener una familia adorable y unos amigos geniales, y todos mis cumpleaños desde hace mucho los he celebrado rodeada de gente, con fiestas, tartas con velas de números puestas al revés (62, 72, 82...). Pero este cumple era diferente: era el primero que celebraba con mi Romeo (ni siquiera nos conocíamos vía Internet en mi anterior cumple), pero también el primero lejos de casa, y no sólo eso, sino que también estoy bastante rato sola en casa, así que la sensación de soledad no hacía más que aumentar a medida que pasaba el día. Hablé por teléfono con mis padres, mis abuelos (mi abuela salió del hospital el mismo día que cogí el avión de vuelta, y está mucho mejor, así que por ese lado estoy tranquila), mi hermano, mi sobrina... Pero cada llamada, cada mensaje, me hacía echarles de menos un poco más.

Cuando llegó mi Romeo, yo estaba toda arregladita y dispuesta a ir a cenar a un pub para celebrarlo. Me regaló un perfume. Y ahí empezó a salir lo que llevaba todo el día guardando dentro. Fue una decepción. No por el regalo, porque es un perfume que me encanta y además me había comprado un frasco tan grande que puedo bañarme dentro (ya me va bien, soy de las que echa el perfume al aire y luego paso por en medio de la nube, es como para darme con el bote en la cabeza!!!). Me decepcionó que fuera tan a lo seguro, sin sorprenderme, sin romanticismo, sin convertir ese primer cumpleaños juntos en algo que recordar. Sé que es injusto dejar caer sobre sus hombros todo el peso de compensarme por no estar con los míos en mi cumple pero, justo o no, era así como me sentía. Además, desde que volví de España habíamos "compensado" el tiempo de separación con unas buenas sesiones de cama (y sofá, y suelo, y...), y mis problemillas de infección/irritación volvieron a hacer acto de presencia después de muchos días de estar perfectamente.

Así las cosas, mientras bajábamos al centro a comprar un teléfono mi ánimo también iba bajando. Él lo notó y empezó a disculparse, a decir que sentía no haber estado a la altura, y yo me sentía muchísimo peor por ser tan ingrata, pero es que era como si no me conociera. No era que yo esperase un gran regalo (el suyo ya lo era, perfecto, me había quedado sin perfume y ése me enamoró gracias a una muestra), sino que necesitaba algo más... "especial", no sé, un muffin con una velita, o una postal con cuatro palabras empalagosas.

Cuando cogimos el coche para ir al pub empecé a llorar: la infección me molestaba muchísimo, me sentía fatal conmigo misma por ser tan mala con él, y no me apetecía nada cenar "toad in the hole" ni ninguno de los grasientos platos típicos ingleses. Le pedí volver a casa porque no me sentía con ánimos.

Al llegar, como es habitual en él, fue todo paciencia, cariño y dulzura. Me dijo que si me sentía sola que dejaría el trabajo y se buscaría cualquier cosa en Barcelona, o si no que me volviera yo, que me quedara con los míos, que dejaría el piso, se buscaría una habitación compartida y lo que ahorrara lo emplearía en comprar billetes de avión para estar conmigo todos los fines de semana. Yo le dije que ni hablar, y le conté porqué me sentía así.

Al cabo de un rato, cuando ya estaba más tranquila, me mandó sentarme en el pasillo: me trajo un "pastel" hecho por él mismo con pan de molde, mantequilla y mermelada de albaricoque, con una velita en el centro... y me dio el regalo de verdad, el que pensaba darme durante la cena (el perfume sólo me lo compró porque sabía que no tenía): unas entradas para ver "Guys & Dolls" en Londres en octubre, y así ver en persona a mi actor preferido, que no es otro que Ewan McGregor.

Al acabarnos el pastel, me invitó al cine, y el día terminó mientras paseábamos hasta el coche, abrazados y comentando la película, solos en medio de la típica noche de junio en UK: fresquita y con cuatro nubes tapando las estrellas.

¿Cómo pude pensar que no me conocía, y que no iba a hacer de mi cumpleaños un día especial y súper-romántico? Tal vez soy yo la que no le conoce aún, y no puedo pensar en ningún regalo mejor que cada día que pasamos juntos...

¡¡¡Hala, os doy permiso para tener arcadas de puro empacho!!!
 
Que San Ceregumil me asista...
Aprovechando que tengo un ratito tranquilo antes de comer, voy a empezar con el prometido relato de nuestra aventurilla, que ya toca.

Lo del coche parecía ser el alternador, así que el mecánico amigo de la familia nos recomendó esperarnos hasta el martes 17 por la mañana (porque el lunes era fiesta) para podernos buscar un alternador en condiciones y salir tranquilos. El lunes aproveché para pasar todo el día con mis sobrinos y acumular una buena dosis de energía sobrinera que me durara hasta la vuelta. Mientras, mi Romeo seguía haciendo la maleta... ¿Cómo lo habríamos hecho para salir el domingo por la tarde? Con todo y con eso dejamos mil temas pendientes, como vaciar su piso para alquilarlo (por cierto, que si alguien de la provincia de Barcelona desea independizarse a un dúplex amueblado bastante apañadito que nos lo haga saber...).

Al final, el mecánico encontró que "sólo tenía un poco de juego" (el muy ludópata) y que no tenía porqué dejarnos tirados. De esto me enteré cuando ya vinieron mi Romeo y mi papi a casa dispuestos a cargar el coche. Mi reacción: "¿Y ya que hemos esperado día y medio no sería más seguro arreglarlo?". Respuesta masculina al unísono: "Si el experto dice que aguanta, lo sabrá él mejor que tú, ¿no?". Me callo por no herir egos, "mayormente"...

Entre unas cosas y otras, salimos a las 12. Tenemos una reserva abierta en el ferry de Boulogne-sur-Mer, así que da igual el que cojamos, pero hemos reservado hotel en el pueblo del mismo nombre para esa noche. ¿1300 kilómetros en 12 horas? Lo dudo mucho, pero el check-in es automático, así que aunque lleguemos a las 2 de la mañana podremos descansar un ratito y coger el ferry al día siguiente.

El viaje es la mar de animado: llevamos el coche como el de ésos que cruzan el estrecho, la radio no funciona, está cayendo un tormentón del 15 y la calefacción del coche lo que hace es soltar aire congelado y no encontramos la manera de que deje de entrar por la parte de los pies. A pesar de todo llevamos un humor excelente y estamos encantados de habernos lanzado por fin.

Hacemos un par de paraditas cortas a comer unos bocatas y hacer "un riu", a eso de las 16h pasamos por Toulouse, con los buenos recuerdos que nos trae (nuestra primera escapadita romántica...), y un poco más allá mi Romeo me sugiere hacer un relevo porque empieza a estar cansadillo de conducir. Al cabo de una media hora, mi Romeo deja de intentar dormir (se ha metido tanta cafeína en el cuerpo para no dormirse al volante que casi no puede parar quieto) y se propone investigar porqué no funciona la radio (posiblemente porque siempre que conduzco me pongo a cantar para entretenerme). En esas que tira de la radio para mirar los cables de detrás y de pronto el cuadro se enciende con la señal de stop y la de la batería. Yo le grito que qué demonios ha tocado mientras paro el coche junto al poste de SOS, y él me jura que no ha sido culpa suya. Abrimos el capó y ¡cómo no! la correa del alternador ha desaparecido, porque el alternador se ha cascado (me revienta tener razón...).

Conseguimos hacernos entender lo suficiente para que venga una grúa, que nos lleva al taller mecánico de la familia, en un pueblecillo que no sale ni en el mapa. Nos dicen que "l'alternateur c'est casse", así que nos vayamos olvidando de reemprender viaje hasta el día siguiente, aunque para las 10 espera tener el coche arreglado.

Vamos al hotelillo que hay en el pueblo de al lado, que es un poquito más grande, y allí esperamos hasta las 10. Y las 12. Y las 14. Y las 15. Y por fin a las 17h nos entregan el coche arreglado y podemos seguir tirando. El último ferry sale a medianoche y tenemos 7 horas para hacer unos 800 o 900 kilómetros. Aguantándonos un poco las ganas de hacer pis, pisándole un poquillo al acelerador, esperando no perdernos al rodear Paris y rezándole a Santa Bujía para que no se rompa nada más en el coche nos hacemos a la idea de que llegaremos esa noche a UK, y llamamos a la dueña del B&B, que nos dice que esconderá nuestra llave bajo el paragüero de la entrada, así que da igual la hora a la que lleguemos mientras no hagamos ruido.

Obras por media autopista que nos obligan a bajar la velocidad a 90km/h. Posibilidades de llegar al ferry antes de las 12: escasas.

Al llegar a París nos perdemos y lo rodeamos por el otro lado, más largo. Además está saturadísimo de coches y perdemos un montón de rato. Posibilidades de llegar al ferry antes de las 12: mínimas.

Al llegar a la salida de la autopista que nos conviene para llegar al puerto, nos encontramos que está cerrada por obras. Posibilidades de llegar al ferry antes de las 12: nulas porque son las 0:05.

Aún así decidimos ir hasta el puerto para encontrar el sitio ahora que la cosa está tranquila, y además el hotel que habíamos reservado para la noche anterior no debe andar muy lejos, igual podemos hacer el check-in automático aunque no tengamos reserva. Después de callejear un rato, encontramos la cabina de la compañía de ferrys. Hay una chica dentro. Por preguntar no se pierde nada:
Romeo: Hola, ¿ha salido ya el ferry de las 00:30? (son las 00:20)
Chica: Aún no ("español tenías que ser", debió pensar).
Romeo: ¿Estamos a tiempo de cogerlo?
Chica: Sí ("si no, ¿de qué iba a estar yo en la taquilla a estas horas de la noche?").
Romeo: ¡Vale, pues lo cogemos!

Fue llegar nosotros y cargar los coches, así que supongo que fue una cuestión de 2 minutos, y porque éramos 4 gatos, si alguna vez teneis que coger un ferry no os confieis y llegad a la hora...

El trayecto en el ferry fue tranquilo, conectamos el portátil y pusimos una peli, aunque gracias que el trayecto dura unos 45' y que el mar estaba como una balsa de aceite, porque si no mi estómago no lo hubiera resistido.

Llegada al puerto de Dover, ratito de autopista y llegada al B&B a las 3 de la mañana hora local (4 en España, que es la que cuenta para nosotros). Agotados, nos arrastramos hasta la cama, sabiendo que a las 7:30 habrá que ponerse en pie si queremos disfrutar del desayuno (que se sirve de 7:30 a 8:15 de lunes a viernes, y de 8:30 a 9 los fines de semana, olvídate de remolonear en la cama!!!).

En cuanto pueda, más.