Nocturno
Espero que este nocturno responda a tu cuestión. Lo leí hace tiempo y me es cercano por algún motivo que no sé explicar. Lo tengo en mi habitación pinchado en un corcho y lo leo más de dos veces al día. Tenía una especie de recelo a colocarlo aquí, pero me fascina y lo quiero compartir. Deseo vuestra opinión. El autor es Fruela Fernández, un joven escritor que ha publicado ya varios de sus escritos.
Para contradecirme o complementarme (aún no lo sé) esta vez impongo una imagen a un texto.
NOCTURNO
porque no quiero vivir ni morir
porque no quiero el movimiento ni la calma
porque no quiero contemplar la ruina
que oculto a los espejos
porque no quiero vivir ni seguir muriendo
porque no quiero caminar sobre el vacío
porque no quiero preguntar
de quién es mi muerte si no es mía mi vida
de quién es mi mundo si no es mío mi cuerpo
dónde las huellas que he borrado y perdido
dónde la vida que he perdido viviendo
porque no quiero vivir ni morir
porque no quiero ser llama de ceniza
porque no quiero sentarme a esperar
las jaurías del tiempo
(Publicado en La lógica de Orfeo)

Para contradecirme o complementarme (aún no lo sé) esta vez impongo una imagen a un texto.
NOCTURNO
porque no quiero vivir ni morir
porque no quiero el movimiento ni la calma
porque no quiero contemplar la ruina
que oculto a los espejos
porque no quiero vivir ni seguir muriendo
porque no quiero caminar sobre el vacío
porque no quiero preguntar
de quién es mi muerte si no es mía mi vida
de quién es mi mundo si no es mío mi cuerpo
dónde las huellas que he borrado y perdido
dónde la vida que he perdido viviendo
porque no quiero vivir ni morir
porque no quiero ser llama de ceniza
porque no quiero sentarme a esperar
las jaurías del tiempo
(Publicado en La lógica de Orfeo)

Aquí publico los artículos que escribí para otro blog hace tiempo.
El beso de Constantin Brancusi

Estoy de vuelta; y esta vez, para no aburrir a los asiduos del blog he decidido hacer mi reseña sobre escultura. Os presento “El beso” del rumano Constantin Brancusi. Fue esculpida en 1912 en piedra calcárea y mide un poco más de medio metro. Actualmente se encuentra en el Museo de Arte de Filadelfia.
Con reminiscencias cubistas estos dos amantes parecen llevar besándose desde el Neolítico. Estamos en los años que preceden a la Primera Guerra Mundial y el mundo no volverá a ser el mismo, pero el arte tampoco.
Cezzane se propuso construir un mundo atemporal a partir de la esfera, el cono y el cilindro; Picasso ha roto la perspectiva lineal y la aérea; y ahora, Brancussi lo funde para mostrarnos la belleza de lo sencillo, lo bruto y lo geométrico.
El beso es un tema recurrente en estos momentos: Klimt, Rodin, Doisneau...pero no podemos evitar ver en esta obra el recuerdo de Miguel Ángel y su estética de lo inacabado (Pietá Rondanini) o cierta esencia de las estatuas cubo egipcias. Nos esta sirviendo el maestro una lección de arte, consciente de que ha abierto la vía cubista en la escultura.
Los cuerpos son redondos o cuadrados o amorfos; las hojas de los árboles rojas y las caras de las mujeres hermosas se están tiñendo de verde. Nos alejamos de la tiranía aristotélica de la mímesis y nos adentramos en el mundo de lo irracional y de lo arbitrario.
Praxíteles enmudecería al ver que sus diosas se han hecho eternas. Este beso no va a terminar cuando dejemos de mirar, no. Los amantes nunca van a envejecer y no cabe la posibilidad de que dejen de amarse.
Concluyo, como es mi costumbre, con un poema. Esta vez, el poema es de Blas de Otero y he de decir que me gusta especialmente (pertenece al poema: Porque quiero tu cuerpo...).
Porque quiero tu cuerpo
y lo persigo a través de la sangre y de la nada.
Porque busco tu noche toda entera.
Porque quiero morir,
vivir contigo esta horrible tristeza enamorada
que abrazaría, oh Dios, cuando yo muera.
Blas de Otero
RENDICIÓN DE BREDA o LAS LANZAS . 1635, Museo del Prado (Madrid), autor: Velázquez (1599-1660)

Atendiendo a una de las sugerencias, me dispongo a reseñar una de las obras de arte mas hermosas de la historia de la pintura; no sólo por su técnica sino por los valores que representa.
Primero, como siempre, un poco de historia, que en este caso me veo obligada a ampliar para enriquecer el estudio del cuadro: Durante el reinado de Felipe II el problema religioso que enfrentaba a protestantes y católicos en Europa se había recrudecido. Los Países Bajos pertenecían a España y habían quedado divididos en la Unión de Arrás (protestante al Norte) y la Unión de Utrecht (católica al Sur).
Felipe II no estaba dispuesto a tolerar tal pérdida y utilizó las armas para evitarlo.
La división continuó durante el reinado de Felipe III, pero esta vez en forma de coexistencia pacífica, pues se había firmado la Tregua de los Doce Años.
Durante el reinado de Felipe IV (época de Velázquez) no se renovó la Tregua, por iniciativa del Conde Duque de Olivares (hombre fuerte de Felipe IV). Es entonces es cuando situamos nuestro cuadro: Felipe IV ha enviado a Ambrosio de Spinola (genovés, personaje central de la derecha) a enfrentarse en Breda con Justino de Nassau (entregando las llaves).
No sólo representa Spinola los valores militares, sino también los humanos: impide que el derrotado se incline ante él y permite que salgan de la ciudad en formación militar (cosa que no solía permitirse a los vencidos). Esta reconociendo la valentía y la dignidad de su adversario.
El orden y disciplina de los españoles se enfrenta al caos vertical de los hombres de Nassau.
Es una instantánea: Velázquez ha recogido sólo un instante, que resume años de historia.
Pero no podía, Velázquez, terminar el cuadro sin alguna que otra provocación: ha dejado el centro del lienzo vacío, cosa que no solía ocurrir, pues este lugar se reserva para la escena principal: pero aquí el centro lo ocupa un cuadro vacío y la llave.
Es larga la tradición de “entregas de llaves” en la historia de España y de la pintura en general, pero, sin duda, ésta es la que más ha calado en la memoria colectiva.
Otro elemento para la discordia es el primer plano de la derecha; si, el sevillano nos ha colocado la trasera del caballo; pero es tal la calidad y el aterciopelado del pelaje que no ofende como debería.
Composición estudiada y meditada, equilibrada e intencionada.
No quiero irme sin mencionar dos aspectos que podéis rastrear en toda la obra de Velázquez: el gusto por los tonos salmón que podemos ver en casi todas sus obras; y la obsesión por la perspectiva aérea (lograr la sensación de profundidad mediante la representación del aire que se interpone entre nuestro ojo y el fondo del cuadro) que consigue a la perfección en Las Meninas.
Podría escribir durante folios, pero me temo que entonces la mayoría se aburriría y descendería el número de lectores. En cualquier caso, prefiero dejarme algo en el tintero a extenderme en exceso.
Desde mi lado del espejo, Cristina a 6 de Mayo de 2006.

Estoy de vuelta; y esta vez, para no aburrir a los asiduos del blog he decidido hacer mi reseña sobre escultura. Os presento “El beso” del rumano Constantin Brancusi. Fue esculpida en 1912 en piedra calcárea y mide un poco más de medio metro. Actualmente se encuentra en el Museo de Arte de Filadelfia.
Con reminiscencias cubistas estos dos amantes parecen llevar besándose desde el Neolítico. Estamos en los años que preceden a la Primera Guerra Mundial y el mundo no volverá a ser el mismo, pero el arte tampoco.
Cezzane se propuso construir un mundo atemporal a partir de la esfera, el cono y el cilindro; Picasso ha roto la perspectiva lineal y la aérea; y ahora, Brancussi lo funde para mostrarnos la belleza de lo sencillo, lo bruto y lo geométrico.
El beso es un tema recurrente en estos momentos: Klimt, Rodin, Doisneau...pero no podemos evitar ver en esta obra el recuerdo de Miguel Ángel y su estética de lo inacabado (Pietá Rondanini) o cierta esencia de las estatuas cubo egipcias. Nos esta sirviendo el maestro una lección de arte, consciente de que ha abierto la vía cubista en la escultura.
Los cuerpos son redondos o cuadrados o amorfos; las hojas de los árboles rojas y las caras de las mujeres hermosas se están tiñendo de verde. Nos alejamos de la tiranía aristotélica de la mímesis y nos adentramos en el mundo de lo irracional y de lo arbitrario.
Praxíteles enmudecería al ver que sus diosas se han hecho eternas. Este beso no va a terminar cuando dejemos de mirar, no. Los amantes nunca van a envejecer y no cabe la posibilidad de que dejen de amarse.
Concluyo, como es mi costumbre, con un poema. Esta vez, el poema es de Blas de Otero y he de decir que me gusta especialmente (pertenece al poema: Porque quiero tu cuerpo...).
Porque quiero tu cuerpo
y lo persigo a través de la sangre y de la nada.
Porque busco tu noche toda entera.
Porque quiero morir,
vivir contigo esta horrible tristeza enamorada
que abrazaría, oh Dios, cuando yo muera.
Blas de Otero
RENDICIÓN DE BREDA o LAS LANZAS . 1635, Museo del Prado (Madrid), autor: Velázquez (1599-1660)

Atendiendo a una de las sugerencias, me dispongo a reseñar una de las obras de arte mas hermosas de la historia de la pintura; no sólo por su técnica sino por los valores que representa.
Primero, como siempre, un poco de historia, que en este caso me veo obligada a ampliar para enriquecer el estudio del cuadro: Durante el reinado de Felipe II el problema religioso que enfrentaba a protestantes y católicos en Europa se había recrudecido. Los Países Bajos pertenecían a España y habían quedado divididos en la Unión de Arrás (protestante al Norte) y la Unión de Utrecht (católica al Sur).
Felipe II no estaba dispuesto a tolerar tal pérdida y utilizó las armas para evitarlo.
La división continuó durante el reinado de Felipe III, pero esta vez en forma de coexistencia pacífica, pues se había firmado la Tregua de los Doce Años.
Durante el reinado de Felipe IV (época de Velázquez) no se renovó la Tregua, por iniciativa del Conde Duque de Olivares (hombre fuerte de Felipe IV). Es entonces es cuando situamos nuestro cuadro: Felipe IV ha enviado a Ambrosio de Spinola (genovés, personaje central de la derecha) a enfrentarse en Breda con Justino de Nassau (entregando las llaves).
No sólo representa Spinola los valores militares, sino también los humanos: impide que el derrotado se incline ante él y permite que salgan de la ciudad en formación militar (cosa que no solía permitirse a los vencidos). Esta reconociendo la valentía y la dignidad de su adversario.
El orden y disciplina de los españoles se enfrenta al caos vertical de los hombres de Nassau.
Es una instantánea: Velázquez ha recogido sólo un instante, que resume años de historia.
Pero no podía, Velázquez, terminar el cuadro sin alguna que otra provocación: ha dejado el centro del lienzo vacío, cosa que no solía ocurrir, pues este lugar se reserva para la escena principal: pero aquí el centro lo ocupa un cuadro vacío y la llave.
Es larga la tradición de “entregas de llaves” en la historia de España y de la pintura en general, pero, sin duda, ésta es la que más ha calado en la memoria colectiva.
Otro elemento para la discordia es el primer plano de la derecha; si, el sevillano nos ha colocado la trasera del caballo; pero es tal la calidad y el aterciopelado del pelaje que no ofende como debería.
Composición estudiada y meditada, equilibrada e intencionada.
No quiero irme sin mencionar dos aspectos que podéis rastrear en toda la obra de Velázquez: el gusto por los tonos salmón que podemos ver en casi todas sus obras; y la obsesión por la perspectiva aérea (lograr la sensación de profundidad mediante la representación del aire que se interpone entre nuestro ojo y el fondo del cuadro) que consigue a la perfección en Las Meninas.
Podría escribir durante folios, pero me temo que entonces la mayoría se aburriría y descendería el número de lectores. En cualquier caso, prefiero dejarme algo en el tintero a extenderme en exceso.
Desde mi lado del espejo, Cristina a 6 de Mayo de 2006.
Los nenúfares de Monet (1905). Museo de Bellas Artes de Boston
Me causaba temor enfrentarme a este cuadro, del que nunca habría hablado si no me lo hubieran pedido. Pero no podía obviar a la única persona que me consta que gasta parte de su tiempo en leer mis divagaciones.

Me cuesta y creo que, gracias a este escrito, sé porqué.
Probablemente Monet se levantaba tarde (no podía ser de otra forma, para todo bohemio que se precie); desayunaría mirando por una ventana y el sol amarillo de la Francia de finales del siglo XIX le iluminaría la cara.
Una vez que se llenaba de sol, le era imposible encerrarse en un estudio lúgubre: cogía sus colores y su caballete y salía al plain-aire. Allí le recorría el azul, el rojo, el verde y el blanco: los colores limpios de su jardín.
Pero a él no le interesaban esos colores, ni la agradable esencia de su naturaleza; para nuestro asombro le interesaba el aire: el aire se respira se contamina, se vuelve húmedo o seco... y nadie, nadie, lo pintaba como Monet.
Lo siento por los fans de la botánica y por los que tratan de ver qué pinta Monet: da igual, no le interesa; su fin es pintar el aire que se interpone entre él y el motivo. Es la pura esencia del impresionismo, de lo que no se ve pero se siente y se respira.
Por eso me incomoda este pintor: porque no hay un tema trascendente y nos engaña con la belleza; no se puede leer iconografía ni sacar punta a los pequeños detalles escondidos.
Asimilada la impresión, decae y desaparece. Bienvenido, expresionismo. Maldito siglo XX de guerras y odios eternos. ¿Qué nos espera después? Guerras, guerras, guerras...Hágase la vanguardia.
Aire: nada, casi nada,
o con un ser muy secreto,
o sin materia tal vez,
nada, casi nada: cielo.
Con sigilo se difunde,
nadie puede ver su cuerpo.
He ahí su misma idea,
aire claro, buen silencio.
Hasta el espíritu el aire,
que es ya brisa va ascendiendo
mientras una claridad
traspasa la brisa al vuelo.
Un frescor de transpárencia
se desliza como un témpano
de luz que fuese cristal
adelgazándose en céfiro.
¡Qué celeste levedad!
¡Un aire apenas terreno,
apenas una blancura
donde lo más puro es cierto!
(Jorge Guillén)

Me cuesta y creo que, gracias a este escrito, sé porqué.
Probablemente Monet se levantaba tarde (no podía ser de otra forma, para todo bohemio que se precie); desayunaría mirando por una ventana y el sol amarillo de la Francia de finales del siglo XIX le iluminaría la cara.
Una vez que se llenaba de sol, le era imposible encerrarse en un estudio lúgubre: cogía sus colores y su caballete y salía al plain-aire. Allí le recorría el azul, el rojo, el verde y el blanco: los colores limpios de su jardín.
Pero a él no le interesaban esos colores, ni la agradable esencia de su naturaleza; para nuestro asombro le interesaba el aire: el aire se respira se contamina, se vuelve húmedo o seco... y nadie, nadie, lo pintaba como Monet.
Lo siento por los fans de la botánica y por los que tratan de ver qué pinta Monet: da igual, no le interesa; su fin es pintar el aire que se interpone entre él y el motivo. Es la pura esencia del impresionismo, de lo que no se ve pero se siente y se respira.
Por eso me incomoda este pintor: porque no hay un tema trascendente y nos engaña con la belleza; no se puede leer iconografía ni sacar punta a los pequeños detalles escondidos.
Asimilada la impresión, decae y desaparece. Bienvenido, expresionismo. Maldito siglo XX de guerras y odios eternos. ¿Qué nos espera después? Guerras, guerras, guerras...Hágase la vanguardia.
Aire: nada, casi nada,
o con un ser muy secreto,
o sin materia tal vez,
nada, casi nada: cielo.
Con sigilo se difunde,
nadie puede ver su cuerpo.
He ahí su misma idea,
aire claro, buen silencio.
Hasta el espíritu el aire,
que es ya brisa va ascendiendo
mientras una claridad
traspasa la brisa al vuelo.
Un frescor de transpárencia
se desliza como un témpano
de luz que fuese cristal
adelgazándose en céfiro.
¡Qué celeste levedad!
¡Un aire apenas terreno,
apenas una blancura
donde lo más puro es cierto!
(Jorge Guillén)