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Rosas Rojas
Las paranoias de mi mundo loco
Acerca de
Mi pasillo es largo, mi pasillo es estrecho. En la oscuridad el brillo de los pomos me atrae hasta las puertas. Puertas que me llevan a otros mundos, mundos que tienen más puertas con más mundos y aun más puertas. Mi pasillo es una infinidad para tan breve y frágil vida. Tal infinidad que en todos los años que viva sólo lograré descifrar, a mi modo y manera, una pequeña mota de polvo de su gran montaña. Y entre tantos mundos me pregunto.... ¿Es este el mundo real o el fantástico? Qué paranoico, ¿eh? Bienvenidos a mi mundo... el de la imagnación.
Sindicación
 
El sentido de una vida

CAPÍTULO I

Aprendiendo a caminar:
Y descubrió que la vida es un prisma de múltiples caras disfrazadas en el que nunca sabes qué cara desnudarás


La ciudad dormía cuando Airam confesó a una noche oscura, lluviosa y tétrica su secreto. Un secreto que recibió como respuesta el silencio, el desprecio, mostrándole la frialdad absoluta de esa madrugada.
Sintiéndose sola, abatida, dejó que una desdichada lágrima rodara por su mejilla, ausente, y cayera al vacío que había bajo su ventana.
Su secreto era amar al amor. Un amor prohibido, censurado. Un amor que por amor mataba, le mataba. Un amor que le llenaba. Un amor que provocaba la incomprensión de quienes le rodeaban y la sumía en el testigo de su propio funeral.
Mientras su ataúd descendía a los confines más oscuros de esas tierras, su alma escapaba, errante, y volvía a su lugar natal. Airam observó su marcha inmóvil. Seguidamente, se sumió en el sopor de las sábanas, siendo el timón del barco que denominaba cama.
Despertó al día siguiente, congelada. Ya no estaba en su cuarto. Y recordó que había abandonado su casa, que las lágrimas cayendo al vacío recordaban al cuarto que la vio nacer, el que cerró por derribo. A esas alturas ese cuarto ya no existiría y Airam lo recordó con nostalgia. Sus paredes contenían su infancia. Su pasado. Su vida. Mas lo que ahora tenía era un camino solitario, desgastado. Unos bolsillos vacíos. Una vida fragmentada. Era una vagabunda en un mundo de ricos, pero no le molestaba. Desgraciadamente, la vida era así. Mirando el cruce suspiró resignada. Tenía que tomar una dirección que escogió al azar y empezó a caminar. Estaba en un lugar abandonado a su suerte, como ella. Donde el cielo no variaba. Donde siempre era de día y no existía el tiempo, no como tal. Recordó que le quitaron el reloj en la frontera. “Nada de manecillas. Aquí no las necesitas”. Desnudaron su alma. Dejaron su corazón descarnado apoyado en una bandeja plateada. “Sanará cuando deba, cuando estés preparada” y le señalaron una rampa. “Escálala. En la cima, tú decides”. Pero al llegar a la cima lo que quiso fue dormir. Se sentía tremendamente cansada. Tenía las manos heridas por la escalada. Los pies llenos de ampollas. La espalda repleta de pústulas. Porque no sólo dejaron al desnudo su alma, no sólo desvistieron su corazón. Su cuerpo también. E iba desnuda, sin corazón y sin alma, vagando en ese extraño mundo, en ese desierto, bajo un sol justiciero que nunca variaba y sin otro ser humano al que recurrir.
Pero sabía que era la condición de ese mundo: soledad. Desnudo y soledad. Eso y nada más. Y trataba de tomarlo de buen grado. Al fin y al cabo, decían que el que algo quería algo le costaba, y ahora comprobaba que era verdad.
Caminó mucho. Caminó tanto que sintió que ese camino era eterno, que nunca terminaba. Caminó hasta que sus piernas intentaron tirarla. Hasta que sus pies fueron suelas de sangre. Caminó hasta que encontró una casa vacía, un refugio para su cansancio. Hasta que sus pies consintieron el llevarla hasta la puerta. Hasta que pudo tocar el timbre y leer el lema. Así descubrió que estaba en su primera puerta. La primera de ese mundo electivo. Ardiendo en deseos de pasarla, de terminar cuanto antes esa prueba que se había impuesto y que ahora tanto la desgastaba, tardó poco en abrir la puerta, en entrar.
La luz le presentó una sala amplia, limpia, confortable. Una corriente indefinida de frescor le renovaba los sentidos. Se sentó en una silla colocada en una esquina, justo donde ella la habría colocado de ser esa su casa y se dispuso a descansar.
Fue pasando el invariable tiempo de ese lugar tan especial, pero Airam no se movía. No sentía deseos de moverse. Estaba a gusto allí. El camino era arduo. Le daba pereza salir. Por eso no lo hacía. Se limitaba a estar cómodamente en esa sala, curiosamente dispuesta a su agrado, y no contar con que era una prueba, con que tenía lección.
Permaneció así no se sabe cuantos días del mundo real. Sus pies sanaron. Su espalda también. Sus manos volvieron a ser lisas, gráciles, juveniles. Sin embargo, el corazón que dejó, abandonado, sobre esa bandeja de plata que le ofrecieron se cubría poco a poco de velos rojos y negros. Se cegaba. Hasta que un día no pudo ver, no pudo sentir, y Airam se dio cuenta de que la había tentado el miedo, que había caído en su trampa. Seguía sin querer levantarse, acomodada como estaba a esa vida, pero sabía que debía hacerlo. Cuando al fin reunió valor suficiente empezó a andar hasta la puerta. Pero la puerta se alejaba. Cuanto más andaba ella más se alejaba, y llegó un punto en el que pensó que era víctima de una broma pesada. Grito, corrió, se desgarró la piel, tiro de sus pelos. Nada sirvió. La puerta no se acercaba. No quería acercarse.
Sentada en medio del pasillo que de repente había surgido miro con desesperación ese pomo alejado de su mano. Ese mundo era extraño y la torturaba. Un sonido celestial le hizo girar la cabeza. Una ventana se habría a su derecha, una ventana con una imagen que le hablaba, la llamaba.

- Airam….. Airam…..
- No quiero escuchar a nadie, olvídame.
- Airam……..
- ¡Que no me hables!
- Airam…. ¿eres tú quien no quiere escucharme, o tu corazón quien, acomodado, no quiere oír?

Ante esa pregunta Airam se quedo petrificada. Comprendió el gran error que había cometido al creer en ese sueño. La casa no existía, ni la puerta, ni el pasillo ni la burla. Todo era algo que ella había creado para no tener que andar más. Para no desgastarse. Sin embargo comprendió que en el camino estaba el aprendizaje, que la sangre que vertiera ahora la ahorraría después. Y lo retomó. Mas pronto habría de descubrir que no siempre es todo como aparenta serlo, que la vida es un prisma de caras disfrazadas y las respuestas, a veces, están donde menos las imaginas ver.
 
Dia D

Ayer por la noche fue el día D. El día en que al fin le decía a mis padres que era lesbiana y tenía novia. En realidad me costó lo mío que las palabras salieran. Lo "gracioso" han sido las reacciones:

Mi padre

Si es como es déjala. Es su vida
(Esto ayer por la noche, que esta mañana....)
Piénsatelo bien, que no hay vuelta atras, que no es normal.
(A estas alturas desconecté el cerebro)

Mi madre

Tras despotricar un rato con el "Me lo olía", "Lo sabía", empezó a decir burradas. Tras decirle a mi padre que me tendrían que haber llevado a un psicólogo (Sí, por favor, y a ser posible con el psiquiátra ese que salió llamándonos degenerados) le entró una llorera incontrolable.
Lo último que registré fue unos sollozos con la frase "Me quiero morir, me quiero morir":
A día de hoy no me habla. Mi condición sexual se ve que influye en cuanto a la hija y la persona que soy. Ç´est la vie

Todo esto más otras cosas que he vivido me hace pensar que esta sociedad no es tan tolerante como dice ser. Que hay cosas muy arraigadas y que es muy bonito que el hijo del vecino sea homosexual, pero por favor, no el mío.

Tendré que acostumbrarme a esta nueva situación esperando que mis padres me dejen tranquila con ese tema y sacudiéndome el olor a naftalina mientras tanto.

 
Persiana subida


Lloverá sobre mojado y una garra asomará sobre el alféizar de la ventana que se supone cerrada para trepar hasta su cama, devorará sus sueños y se deslizará silenciosa por el desván del misterio de su alma.
De nuevo huirá sobre el tejado que se supone mojado, el olor a ozono despertará a los cautivos que perecieron en la batalla del cielo rojizo en una lucha por librarse de una lluvia que les mojó las miradas, que empañó sus rumbos, que trastocó sus caminos.
Y saltará los muros de la terraza bordeada de rosas, trepará por las vías de la fachada del colegio, abrirá uno de los cuadros que este callejón muestra y caerá sobre la calle para desaparecer en el misterio de la noche.
La luna dará paso a las bocas de dientes hambrientos de amarillos rugientes, donde sombras parecen acechar las sombras de sus pasos.
De tejado en tejado, los sueños devorados por la garra anonadada son llevados a las lejanías del viento, donde el agua ahogará las expectativas de esperanzas.
Un grillo cantará ausente y por fin la primera gota de lluvia veraniega mojará la sequedad de esa voz que nunca fue escuchada.


Libro del día: "El pueblo aéreo", de Julio Verne
Canción del día: "No soy como tú", de Amaral
Frase del día: "El hombre: un milímetro por encima del mono cuando no un centímetro por debajo del cerdo", de Pío Baroja
 
EL PUEBLO

El pueblo de mi padre es un lugar destartalado y abandonado al que se accede a través de una carretera mal señalada, con demasiadas curvas y bellos paisajes. Lo que más cuesta no es entrar, sino ver la señal, este año ya ausente, otros colocada en forma de raído cartel escrito con una mano de pulso tembloroso.

No cuesta demasiado entrar, una vez coges el cruce son diez minutos y todas las calles llevan al mismo sitio, a la plaza, al corazón del pueblo.

Allí está la casa de mi tío, frente a la moribunda iglesia del siglo XVI cuyo interior cuentan que es precioso, pero cuyo exterior pide a gritos una restauración que ya nunca llegará. Las paredes, de recia piedra, lloran desconsoladas intentando que sus lágrimas frenen su caída y sobrevivan. Las cruces luchan a duras penas por no ponerse del revés.
Una vez llegas y bajas del coche siempre hay algún vecino que se asoma, espiando entre rendijas si no te conoce, saludando a gritos si saben quienes sois.
Dentro de la casa de mi tío el ambiente es agobiante. Solterón por vocación, solo desde que murió su madre de trágica forma, la suciedad crece conforme su edad avanza y arraiga más el hábito de su no limpieza. Porque mi tío es alguien chapado a la antigua que por no avanzar ni siquiera enchufa el frigorífico, ni siquiera usa radio, ni siquiera ve televisión. Mas aunque los años no pasan en balde y lo que antes fue una constitución física envidiable hoy son harapos de vejez, se agarra con uñas y dientes a ese lugar, lugar donde nació, lugar que elige para morir.

Se niega a ir al médico. Los compara con los abogados, “una vez que te agarran, ya no te dejan ir” y vive de su pensión y de lo que la huerta le da.
El pueblo, el lugar donde vive, es un sitio cada vez más desértico, moribundo, condenado al ostracismo por los descendientes de esos mismos hombres que lo mandaron construir. Sus caminos llevan a monte y campos de cultivo. Su silencio sobrecoge. Me gusta perderme por sus múltiples lugares, donde apenas pasa gente, si acaso cazadores. A veces me entra el loco deseo de sentarme sola en cualquier parte de su rico suelo, cerrar los ojos y dejar que mi alma se comunique con el ego de los pasos naturales, con esa naturaleza que crea tanto como mata, que reparte amor y crueldad a partes igualadas. Son bellos sus parajes.

El cementerio está tras una cuesta pronunciada, y contra todo pronóstico está tan bien conservado que gente que está enterrada desde hace más de 20 años tiene la tumba cuidada, con flores, curiosa, como si hubiera sido enterrada ayer. Me sorprendió a la par que me asustó. Son nombres anónimos, recuerdos borrados de la memoria de las nuevas generaciones que ahogados en tierra sobreviven estoicos, inamovibles. Sin embargo algunas de sus cruces se muestran torcidas, y aunque estén construyendo nuevos nichos (mi propio tío señaló uno – qué valor - que había comprado para él) esas damas sobrias, supervivientes de una generación perdida, probablemente pronto caerán.

Y tras comer una comida asada al antiguo fuego de leña, volvimos a nuestras casas, a la ciudad. Y mientras tomo el camino de vuelta recuerdo el cementerio, tan recientes parecían sus tumbas, tanta antigüedad reflejada en el razonamiento de las lápidas con las fechas a fuego grabadas, y pienso en ese pueblo que pronto será pura dejadez, que el polvo devorará voraz, que el tiempo mellará conforme se descuide. Y pienso que tal y como él es devorado y abandonado, yo seré devorada y abandonada del mismo modo, condenada al olvido de un nombre anónimo que pisó este lugar como tantos otros y acabó siendo tragado por esa misma tierra que en su momento le escupió.

Una oleada de terneza me invade mientras me despido del lugar. Adiós, viejo amigo, adiós. Ya no nos volveremos a ver más.

pd: Ese pueblo existe de verdad. Y es verdad que la iglesia está que se cae (cualquier día las cruces aparecen del revés y condenan al pueblo entero por hereje). También es cierto que mi abuela murió de una forma trágica, aunque supongo que común. A decir verdad y desde la objetividad de no haberla llegado a conocer, si fue tal y como me lo ha contado puede dar para un argumento de historia de terror. Quizá algún día escriba algo basado en eso o cuente la historia en sí, según me dé.
Decir también que no sé seguro si ese pueblo quedará abandonado. Es cierto que cada vez vive permanentemente menos gente allí, y que los fijos son todos ancianos.
Por último dedicar un aplauso a la gente del lugar. El cementerio, de tan cuidado y silencioso, sobrecoge. No sé si es común, pero la verdad es que era un lugar digno de verse (y eso que siempre evito entrar a los cementerios).

Libro del día: "Los pilares de la tierra"
Canción del día: "Good enough", Evanescence.
Película del día: "Café de noche"
Frase del día: "Mientras pensaba que estaba aprendiendo a vivir, he aprendido cómo morir", Leonardo Da Vinci

 
Soberano de la muerte



Muere el soberano de la muerte
que como resquicio mata.
Que las huellas de mis pies ausentes
serán la nada.

Estrella sus olas mar calmo
sobre la arena encallada.
Hoy los pasos que se dieron
no llevan un alma.

Hoy el corazón se para,
ser ausente renegado.
Hoy las palabras callan
asustadas.

Mañana seré don caballero
de sabor amargo.
Pasado dama añeja
de perfume amado.

Mañana pisaré el cielo
por sufrir vértigo en las calles.
Pasado ahogaré mis gritos
en las manos de un don nadie.

¿Quién será el que conceda un abrazo
en esta tierra sin vates?
¿Quién concederá deseo vano
si ya no queda nadie?

Muere el soberano de la muerte
y la muerte atrapa al mundo.
Muere, y mata, y llega a mi puerta y llama……
Y me toca ser la Dama muerta de llave alada.

Muere el soberano de la muerte,
ya no me queda más por darte
y surge un mundo que se acaba.



Libro del día: La casa de los espíritus, de Isabel Allende
Canción del día: A contracorriente, de Melon Diesel.
Frase del día: "Verdaderamente, el hombre es el rey de los animales, pues su brutalidad supera a la de éstos."
Leonardo Da Vinci