Letanía
Ay, se me olvidaba que todo parece mejor cuanto más pronto es.
Ay, se me olvidaba que hay razones verdaderas por las que estar triste.
Ay, se me olvidaba que antes de ayer me escribió Tom.
Ay, se me olvidaba que hace poco supe que estabas buscando un trabajo en Alemania.
Ay, se me olvidaba que a veces hay que estar a la altura de la situación, pero que si no se está, tampoco pasa nada.
Ay, se me olvidaba que hay personas dispuestas a colorearte el mundo.
Ay, se me olvidaba que algún día tuve lo que quería.
Ay, se me olvidaba que lo perdí porque quise.
Ay, se me olvidaba que es posible encontrarlo de nuevo.
Ay, se me olvidaba que lo tenemos todo para todo y lo utilizamos en sentido contrario a las agujas del reloj.
Ay, se me olvidaba que hay razones verdaderas por las que estar triste.
Ay, se me olvidaba que antes de ayer me escribió Tom.
Ay, se me olvidaba que hace poco supe que estabas buscando un trabajo en Alemania.
Ay, se me olvidaba que a veces hay que estar a la altura de la situación, pero que si no se está, tampoco pasa nada.
Ay, se me olvidaba que hay personas dispuestas a colorearte el mundo.
Ay, se me olvidaba que algún día tuve lo que quería.
Ay, se me olvidaba que lo perdí porque quise.
Ay, se me olvidaba que es posible encontrarlo de nuevo.
Ay, se me olvidaba que lo tenemos todo para todo y lo utilizamos en sentido contrario a las agujas del reloj.
Cambio una bola de cristal por un hueso

Puzle
Tal vez todo tenga una relación gitana-árabe hoy. Primero, tu pelo tan largo y tu boca deslenguada, llamándome "malángel", y yo, sin saber qué significaba. Luego, tu acento sureño, ese restaurante que por fin sé dónde está. Retengo nombres que, con los años, me revelan secretos.
Esta mañana mismo me has dicho: "Ayer cené en un griego", construcción de una frase simple sin nexos aparentes. Viva la sencillez. Entonces, he aprovechado para dejarme ver: "¿Has visto 'Zorba el griego'?". La primera vez que me hablaron de ello las palabras vinieron de los labios más hermosos que nunca he visto.
El señor Ibrahim es para Momo lo que esos labios fueron para mí. La belleza: "Escucha, huele". Siente.
Zorba e Ibrahim tienen la misma mirada. No son ni Brandon ni Delon, eso dice Shariff, y qué verdad. Pero saben bailar. Ibrahim lo explica todo con un sencillo sintagma: "Cuando bailas sucede algo parecido". Ocurre algo parecido a casi todo.
A ese instante lumínico en que, miraba hacia la nada, buscaba en la pereza de mi bolso, cuando / una mirada alegre y un acento extranjero (el de Ibrahim, el de Zorba) / se han encontrado con el calor del sol, los rayos cenitales sobre el paraguas que nos cubría y / "¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿Todo bien? ¿Te has ido de vacaciones? / Entonces he extendido la mano y me ha dado el folleto del restaurante / "¿Te has cambiado de sitio? A lo que me contesta: "Siempre estoy aquí".
Eso anula tu petición en inglés: "No answer, please". ¿Crees que en ese idioma anglosajón, polite y correcto, suena mejor?
Tres personajes con chaqueta verde y amarilla y nombre en la solapa: trabajadores del Fnac que han hecho de Ibrahim, con sus Coranes en la sabiduría de su atención al cliente: a uno, le he dicho en voz baja: "Usted habla maravillosamente bien"; hacia otro, mi voz ha sido capaz de emerger: "Aquí está 'El misterio del solitario' por si alguna vez te lo vuelven a pedir y no lo encuentras, estaba escondido; y una, ha dirigido el resultado de sus cuerdas vocales en funcionamiento y fruición hacia mí: "No te preocupes, yo también intento pasar por la banda magnética el DNI de los clientes. Nos pasa a todos".
No me parece, a posteriori, mala idea volver a ver "El señor Ibrahim y las flores del Corán", aunque ya conozca el secreto de esos pétalos azules. Además, creo que dejaré descansar mis ojos para bailar la banda sonora: a él le gustaría. No en vano Momo es enseñado a distinguir las religiones (interiores y contra el legalismo) a través de la nariz de Moritz: las ortodoxas huelen a incienso, las católicas a cera y las musulmanas, bueno, las musulmanas a lo que olemos todos.
Con tres últimas referencias inconexas (el recuerdo del Estambul de Pamuk en los sentidos, después de que Ibrahim pasee al espectador por la bella Turquía; las palabras del extranjero sobre la espontaneidad de las españolas y las consultas a la peluquería para prender no flores si bien lazos de regalo en el cabello), recojo el puzle y doy las gracias por una sencilla explicación que pone punto y final a un desasosiego: "No me estoy muriendo, me voy a reunir con la inmensidad".
Esta mañana mismo me has dicho: "Ayer cené en un griego", construcción de una frase simple sin nexos aparentes. Viva la sencillez. Entonces, he aprovechado para dejarme ver: "¿Has visto 'Zorba el griego'?". La primera vez que me hablaron de ello las palabras vinieron de los labios más hermosos que nunca he visto.
El señor Ibrahim es para Momo lo que esos labios fueron para mí. La belleza: "Escucha, huele". Siente.
Zorba e Ibrahim tienen la misma mirada. No son ni Brandon ni Delon, eso dice Shariff, y qué verdad. Pero saben bailar. Ibrahim lo explica todo con un sencillo sintagma: "Cuando bailas sucede algo parecido". Ocurre algo parecido a casi todo.
A ese instante lumínico en que, miraba hacia la nada, buscaba en la pereza de mi bolso, cuando / una mirada alegre y un acento extranjero (el de Ibrahim, el de Zorba) / se han encontrado con el calor del sol, los rayos cenitales sobre el paraguas que nos cubría y / "¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿Todo bien? ¿Te has ido de vacaciones? / Entonces he extendido la mano y me ha dado el folleto del restaurante / "¿Te has cambiado de sitio? A lo que me contesta: "Siempre estoy aquí".
Eso anula tu petición en inglés: "No answer, please". ¿Crees que en ese idioma anglosajón, polite y correcto, suena mejor?
Tres personajes con chaqueta verde y amarilla y nombre en la solapa: trabajadores del Fnac que han hecho de Ibrahim, con sus Coranes en la sabiduría de su atención al cliente: a uno, le he dicho en voz baja: "Usted habla maravillosamente bien"; hacia otro, mi voz ha sido capaz de emerger: "Aquí está 'El misterio del solitario' por si alguna vez te lo vuelven a pedir y no lo encuentras, estaba escondido; y una, ha dirigido el resultado de sus cuerdas vocales en funcionamiento y fruición hacia mí: "No te preocupes, yo también intento pasar por la banda magnética el DNI de los clientes. Nos pasa a todos".
No me parece, a posteriori, mala idea volver a ver "El señor Ibrahim y las flores del Corán", aunque ya conozca el secreto de esos pétalos azules. Además, creo que dejaré descansar mis ojos para bailar la banda sonora: a él le gustaría. No en vano Momo es enseñado a distinguir las religiones (interiores y contra el legalismo) a través de la nariz de Moritz: las ortodoxas huelen a incienso, las católicas a cera y las musulmanas, bueno, las musulmanas a lo que olemos todos.
Con tres últimas referencias inconexas (el recuerdo del Estambul de Pamuk en los sentidos, después de que Ibrahim pasee al espectador por la bella Turquía; las palabras del extranjero sobre la espontaneidad de las españolas y las consultas a la peluquería para prender no flores si bien lazos de regalo en el cabello), recojo el puzle y doy las gracias por una sencilla explicación que pone punto y final a un desasosiego: "No me estoy muriendo, me voy a reunir con la inmensidad".
Somethings in life make sense
Like time, there's always time
On my mind
So pass me by, I'll be fine
Just give me time
"Papa".
Su voz en un cd.
Soldados.
Bailarinas.
Schöeder.
I've never met anyone like you.
The Professor.
No surprises.
Parch.
Avenham.
Family.
Las Filipinas.
Yo llevo la carta.
Skinny.
Remind me of.
Explain to me.
Shyness.
Extraordinary.
I used to be a dancer.
To love and to be loved.
Brazilian.
The Americans.
Bush.
Driving while blind.
Amèlie.
Damien Rice.
Hot wine.
La plus belle fille au monde.
Oceanside.
CA.
Sweet Marie.
Yellowcard.
Can you hear me now?
Pocket.
Converse.
Barista.
Those pants.
Run out of.
Pass me by.
Pass away.
Stop.
On my mind
So pass me by, I'll be fine
Just give me time
"Papa".
Su voz en un cd.
Soldados.
Bailarinas.
Schöeder.
I've never met anyone like you.
The Professor.
No surprises.
Parch.
Avenham.
Family.
Las Filipinas.
Yo llevo la carta.
Skinny.
Remind me of.
Explain to me.
Shyness.
Extraordinary.
I used to be a dancer.
To love and to be loved.
Brazilian.
The Americans.
Bush.
Driving while blind.
Amèlie.
Damien Rice.
Hot wine.
La plus belle fille au monde.
Oceanside.
CA.
Sweet Marie.
Yellowcard.
Can you hear me now?
Pocket.
Converse.
Barista.
Those pants.
Run out of.
Pass me by.
Pass away.
Stop.
Sobre Azorín y otros cronopreocupados
La concentración es de lo más difícil en la vida. Por ejemplo, por mucho que lea y relea "La maleta de mi padre" yo no puedo imaginar cómo Pamuk lo que más desea y necesita en el mundo es encerrarse en su habitación, sentarse en su escritorio y ponerse a escribir. Sí entiendo la última parte de la ceremonia, pero las dos primeras...
Pero, en realidad, y es aquí cuando empiezo a arrepentirme de la decadencia de una existencia a veces anodina, se puede asegurar, pese a que lo afirme yo misma, que hace unos años yo era pura concentración. Solía esconderme en la habitación a escribir en los diarios sin mirar a ninguna parte, hacía listas sobre las cosas que quería escribir, y con mucha paciencia recogía los sentimientos atrasados, las experiencias acumuladas, los anhelos que iban a ser olvidados.
Me resulta injusta la situación actual. No me sirven de consuelo las palabras de Javier Ors, ese periodista al que probablemente ya no vea nunca más en la vida, o con el que a lo mejor algún día me tope donde menos me lo espero. Sus palabras decían algo así como lo siguiente: "Es una etapa temporal. Si llevas unos meses sin leer mucho y fluidamente es porque no estás bien. Pero cuando salgas de ese periodo, podrás volver a devorar libros".
¿Si? Eso es lo que me pregunto. Una de mis grandes angustias es ver cómo los libros pasan por delante de mí sin ser leídos. También me inquieta hacinar ideas sobre ideas y dejarlas en remoje. Y todo ese tiempo libre que no llega, del que debería disponer para: aprender a pintar o tirarme a la piscina en este ámbito; ver todas las palículas de Woody Allen y así, las de Antonioni, Fellini, Visconti, Godard, Bergman, yo qué sé. Hacer fotografías, salir a correr, ir a charlas sobre literatura o, en su defecto, pero mucho mejor, apuntarme a ese taller mañana mismo. Pero el tiempo pasa y uno siempre se lamenta de que no dispone de él (no somos dueños ni del minutero..).
Además, la situación es más grave aún. Hay que considerar un par de factores que la adornan: ahora estoy en el epicentro de mi tiempo libre. No tengo obligaciones, no dependo de nada ni de nadie, puedo dedicar cada minuto a una de esas "imposiciones volitivas". Mi juventud, mi falta de responsabilidades, mi bienestar y mi disposición mental plena (vuelvo a recuperarla después de años errante) me avalan pero, ¿qué es lo que pasa? ¿Es la prisa, el tráfico, el cansancio, la dura vida del trabajador? O, ¿va más allá? ¿Es un estilo de vida? ¿Es en realidad una elección?
Pero, en realidad, y es aquí cuando empiezo a arrepentirme de la decadencia de una existencia a veces anodina, se puede asegurar, pese a que lo afirme yo misma, que hace unos años yo era pura concentración. Solía esconderme en la habitación a escribir en los diarios sin mirar a ninguna parte, hacía listas sobre las cosas que quería escribir, y con mucha paciencia recogía los sentimientos atrasados, las experiencias acumuladas, los anhelos que iban a ser olvidados.
Me resulta injusta la situación actual. No me sirven de consuelo las palabras de Javier Ors, ese periodista al que probablemente ya no vea nunca más en la vida, o con el que a lo mejor algún día me tope donde menos me lo espero. Sus palabras decían algo así como lo siguiente: "Es una etapa temporal. Si llevas unos meses sin leer mucho y fluidamente es porque no estás bien. Pero cuando salgas de ese periodo, podrás volver a devorar libros".
¿Si? Eso es lo que me pregunto. Una de mis grandes angustias es ver cómo los libros pasan por delante de mí sin ser leídos. También me inquieta hacinar ideas sobre ideas y dejarlas en remoje. Y todo ese tiempo libre que no llega, del que debería disponer para: aprender a pintar o tirarme a la piscina en este ámbito; ver todas las palículas de Woody Allen y así, las de Antonioni, Fellini, Visconti, Godard, Bergman, yo qué sé. Hacer fotografías, salir a correr, ir a charlas sobre literatura o, en su defecto, pero mucho mejor, apuntarme a ese taller mañana mismo. Pero el tiempo pasa y uno siempre se lamenta de que no dispone de él (no somos dueños ni del minutero..).
Además, la situación es más grave aún. Hay que considerar un par de factores que la adornan: ahora estoy en el epicentro de mi tiempo libre. No tengo obligaciones, no dependo de nada ni de nadie, puedo dedicar cada minuto a una de esas "imposiciones volitivas". Mi juventud, mi falta de responsabilidades, mi bienestar y mi disposición mental plena (vuelvo a recuperarla después de años errante) me avalan pero, ¿qué es lo que pasa? ¿Es la prisa, el tráfico, el cansancio, la dura vida del trabajador? O, ¿va más allá? ¿Es un estilo de vida? ¿Es en realidad una elección?
Elegía (un Philip Roth otra vez)
Las recomendaciones literarias de mi padre siempre son una delicia. Con la mirada perdida en un vagón invisible (como las mujeres bellas), me instalo en el artículo de Rosa Montero de hace ya dos semanas. Vivo en un pasado quiosquero que hace que el tiempo presente sea más perezoso. La vida no pasa delante de mí sin observarla, por eso dejo que los demás me miren. Yo sigo decididamente mirando a la nada, al vacío, a la ciénaga, a la alberca azulada, a la pantalla de un ordenador inaccesible cuando caigo en la cuenta de que tu nombre existió, de que tenías dos apellidos sonoros coincidentes con aquel fotógrafo de "El País". Y luego descuelgo la mirada y la cruzo con dos o tres personas que tienen miedo de encontrarse con su mirada en la charca. Los salvo. Los recojo y se la devuelvo.
Regreso del cine sola y, al encontrarme con aquella vieja estampa, servil pero amable, toda bondad enardecida de pretensiones propias (lo aplaudo para quien lo lleva consigo y lo mueve en la vida, en las alegrías y en las miserias), pregunto por Cecilia. Enorgullecida de tal hallazgo ("Hoy mismo hemos estado hablando de ti"), regreso más feliz y menos preocupada, menos preocupada y más feliz, más preocupada y menos feliz.... Depende de lo que se lea y en el orden en que esto se lea.
No era la película oportuna porque al principio crucé afiladas desaprobaciones. Porque luego imaginé que no era otra cosa que una romántica historia que no conseguiría tirarme del músculo fotosintético y, sin embargo, de pronto, ante el corte de pelo de la protagonsita, la vuelta de tuerca a la vida y el reflejo de un órgano -otro- no vital pero sí único (pese a tener hermano gemelo) en la pantalla, todo ha cambiado.
Y eso es lo que a mí me gusta. Que todo cambie en un abrir y cerrar de ojos. Que lo calculado se deshaga, que lo organizado se trence complicado, que lo complejo se vuelva fácil y que lo fácil sea para otros.
Después de ver "Elegy", Coixet menos sentimental y ¿vaga? ¿discreta? ¿ligera?, basada en un relato del autor de "Goodbye, Columbus".
Regreso del cine sola y, al encontrarme con aquella vieja estampa, servil pero amable, toda bondad enardecida de pretensiones propias (lo aplaudo para quien lo lleva consigo y lo mueve en la vida, en las alegrías y en las miserias), pregunto por Cecilia. Enorgullecida de tal hallazgo ("Hoy mismo hemos estado hablando de ti"), regreso más feliz y menos preocupada, menos preocupada y más feliz, más preocupada y menos feliz.... Depende de lo que se lea y en el orden en que esto se lea.
No era la película oportuna porque al principio crucé afiladas desaprobaciones. Porque luego imaginé que no era otra cosa que una romántica historia que no conseguiría tirarme del músculo fotosintético y, sin embargo, de pronto, ante el corte de pelo de la protagonsita, la vuelta de tuerca a la vida y el reflejo de un órgano -otro- no vital pero sí único (pese a tener hermano gemelo) en la pantalla, todo ha cambiado.
Y eso es lo que a mí me gusta. Que todo cambie en un abrir y cerrar de ojos. Que lo calculado se deshaga, que lo organizado se trence complicado, que lo complejo se vuelva fácil y que lo fácil sea para otros.
Después de ver "Elegy", Coixet menos sentimental y ¿vaga? ¿discreta? ¿ligera?, basada en un relato del autor de "Goodbye, Columbus".
El tiempo de azúcar
Duelen los recuerdos de infancia, canicas y dientes caídos. De árbol navideño y tiempos remotos de abuelas ágiles, viajes a playas masivas y estancias de un mes (un año) en el pueblo. El azúcar en el zumo y la tarta de manzana, con sus pastelitos aparte, y de miel. Papá en la piscina a las cinco de la tarde y mi hermana y yo, y mi hermana y yo, y mi hermana y yo, siempre.
El coqueteo
Madrid, esa ciudad hostil que me recibe con los brazos abiertos.
Vértice vórtice
Hay canciones del recuerdo
pero más son los sabores
de tan larga travesía.
De existir en el paradero oportuno
una carta atlántica llegaría
iluminando tu sol.
Al no existir el tiempo te la lleva,
ya no puedo hacerlo yo.
En ella imprimo mis huellas
y mis credenciales de fortuna.
Soy una vida más
encima de un tren de feria.
No descarrilo porque las simientes
crecieron fuertes.
No soy tan débil ni elegante como tú;
más bien, toscas son mis raíces.
Pero, aunque no libres
pronto echarán a volar
como el último vástago de esta prole.
Siento a la familia
de azúcar, limón y helados.
Los aplazo como las hipotecas
para dosificar su esencia,
pero no puedo sin ellos
ser yo.
Ni quiero yo sin ellos.
En la carta me vuelvo
de frente y atrevida.
Ando descubierta y salvaje.
Amo el paisaje de donde venimos.
Ella, la flor que me riega;
él, el soporte de dicha rama;
la savia, de donde la naturaleza crece;
el sol, quien lo echó todo a rodar.
Y los grandes azules:
el mar, el cielo.
Quienes alimentan todo el mecanismo.
Que rige el motor a punto de zumbar.
Amor, lealtad, calma y solidez.
Ese cuatro en uno, multiuso
y a todo riesgo,
que me enraiza al mundo.
A la tierra.
Qué más me gustaría
que parir una aliteración
tan hermosa como
"del ala aleve del leve abanico"
pero que en el sonido
captase el expresable
sentimiento de quereros.
Como unidad, como ente.
Y yo, como vértice vórtice.
Y nexo.
pero más son los sabores
de tan larga travesía.
De existir en el paradero oportuno
una carta atlántica llegaría
iluminando tu sol.
Al no existir el tiempo te la lleva,
ya no puedo hacerlo yo.
En ella imprimo mis huellas
y mis credenciales de fortuna.
Soy una vida más
encima de un tren de feria.
No descarrilo porque las simientes
crecieron fuertes.
No soy tan débil ni elegante como tú;
más bien, toscas son mis raíces.
Pero, aunque no libres
pronto echarán a volar
como el último vástago de esta prole.
Siento a la familia
de azúcar, limón y helados.
Los aplazo como las hipotecas
para dosificar su esencia,
pero no puedo sin ellos
ser yo.
Ni quiero yo sin ellos.
En la carta me vuelvo
de frente y atrevida.
Ando descubierta y salvaje.
Amo el paisaje de donde venimos.
Ella, la flor que me riega;
él, el soporte de dicha rama;
la savia, de donde la naturaleza crece;
el sol, quien lo echó todo a rodar.
Y los grandes azules:
el mar, el cielo.
Quienes alimentan todo el mecanismo.
Que rige el motor a punto de zumbar.
Amor, lealtad, calma y solidez.
Ese cuatro en uno, multiuso
y a todo riesgo,
que me enraiza al mundo.
A la tierra.
Qué más me gustaría
que parir una aliteración
tan hermosa como
"del ala aleve del leve abanico"
pero que en el sonido
captase el expresable
sentimiento de quereros.
Como unidad, como ente.
Y yo, como vértice vórtice.
Y nexo.
Comme toujours
Escuchando (desayunándome) a Jorge Drexler me acuerdo de aquella etapa en que cada vez que respiraba me salía un suspiro a Silivo Rodríguez. Nada cambia: lo hemos dicho, Laura, por teléfono. Tu preciosa voz y tú deletreando "La voz de Lanzarote" me han hecho recordar que nos conocimos hace, tal vez, quince años atrás aunque solamente sean cinco... La vida da tales vueltas que siempre termina en el mismo punto: pidiendo y esperando, espero, me prometo, rehago, y me traiciono. También lo decía aquel profesor, en aquellos días en que todo estaba en el aire, en que todo explotaba, como la primavera... Ahora tengo unas piernas mucho más fuertes que las que tenía antes; pedaleo por toda Gran Vía sin sillín sintiendo que la vida es más compleja de lo que parece, siendo yo la que la protagoniza aminoro la marcha instando a otra a usurpar mi haber. El intérprete se enfada: el intérprete llora; el intérprete baila. El son es el de las margaritas, la facilidad de la palabra se acumula en mi gargante, en esa zona evidente donde un cabello se enredó, un nudo se deshizo, la noche nos devolvió la calma... Y el caos.
En forma de papel transparente.
Y el rubor.
En forma de besos que no se dicen.
Y mirándote te hablo al teléfono.
Y pienso: ¿qué castigo?
Castigo.
En forma de papel transparente.
Y el rubor.
En forma de besos que no se dicen.
Y mirándote te hablo al teléfono.
Y pienso: ¿qué castigo?
Castigo.