Nótese
La vida gira y gira, y yo, que soy una cobarde, muchas veces no tengo ganas ni de subirme ni de bajarme. Muchas veces, me quedaría tranquilamente en un rinconcito y diría a mis obligaciones/responsabilidades diarias: "buscadme un poco más tarde, o mejor, olvidadme por unos días". Nunca "para siempre", eso es lo que más miedo me da.
La vida cambia, es extraño. Antes no era capaz de hablar en estos términos, de hablar de "la vida", recién empezaba a vivirla, y ya me veo arruguitas mínimas asomándose por todas partes. Dormir nos devuelve al pasado, y no sé si despertarse es una alegría o no. Lo cierto es que luego los días salen adelante, se dibujan, siguen marchando. Nadie para el mundo, nadie para los relojes (ya no), los días siguen su curso. El despertador suena y aunque sabes que verás un montón de caras amables, un montón de personas con conductas extrañas y miradas preciosas, qué pereza da mirarlas.
Si me hubieran dicho hace unos meses la "terribilidad" del asunto, no me lo hubiera creído. De nuevo en la universidad vi a los de tercero haciéndose fotos con corbatas negras y camisas blancas. Y los recuerdos como chaparrones, nublados.
Pero es que la vida comienza cada día. Cuando ese despertador suena, uno cree que lo tiene ya todo aprendido, lo da todo por sabido. De ahí viene la pereza, de creer que cada día, se resolverá como el anterior. Sin embargo, eso nunca ocurre. Lo de los pequeños detalles, los pequeños placeres, los momentos efímeros pero existentes, existen. Hay que aprender a aprender. Me parezco cada día más a Jorge Bucay o algo así (Dios no lo quiera), pero es que no hay nada como el apagar el despertador y saber que se está vivo.
De tanto en tanto, de cuando en cuando, nótese que movemos las piernas, que caminamos, que seguimos viendo a pesar de las dioptrías y que seguimos acumulando ilusiones, como la primera vez.
La vida cambia, es extraño. Antes no era capaz de hablar en estos términos, de hablar de "la vida", recién empezaba a vivirla, y ya me veo arruguitas mínimas asomándose por todas partes. Dormir nos devuelve al pasado, y no sé si despertarse es una alegría o no. Lo cierto es que luego los días salen adelante, se dibujan, siguen marchando. Nadie para el mundo, nadie para los relojes (ya no), los días siguen su curso. El despertador suena y aunque sabes que verás un montón de caras amables, un montón de personas con conductas extrañas y miradas preciosas, qué pereza da mirarlas.
Si me hubieran dicho hace unos meses la "terribilidad" del asunto, no me lo hubiera creído. De nuevo en la universidad vi a los de tercero haciéndose fotos con corbatas negras y camisas blancas. Y los recuerdos como chaparrones, nublados.
Pero es que la vida comienza cada día. Cuando ese despertador suena, uno cree que lo tiene ya todo aprendido, lo da todo por sabido. De ahí viene la pereza, de creer que cada día, se resolverá como el anterior. Sin embargo, eso nunca ocurre. Lo de los pequeños detalles, los pequeños placeres, los momentos efímeros pero existentes, existen. Hay que aprender a aprender. Me parezco cada día más a Jorge Bucay o algo así (Dios no lo quiera), pero es que no hay nada como el apagar el despertador y saber que se está vivo.
De tanto en tanto, de cuando en cuando, nótese que movemos las piernas, que caminamos, que seguimos viendo a pesar de las dioptrías y que seguimos acumulando ilusiones, como la primera vez.
Un tranvía
Me estremezco al leer que Vivien Leigh se representaba a sí misma en "Un tranvía llamado deseo". Laurence Olivier no quería que su mujer se convirtiera en Blanche Lebois porque sabía que no volvería a ser la misma. Los diálogos se grabaron en su cabeza, su mirada se perdía con frecuencia, como podemos ver en la película.
Comencé a ver el filme desde el minuto veinte, por lo que desconozco qué es lo que Kazan quiso mostrar al comienzo de la película. Por eso leo comentarios que me descolocan y desasosiegan... La sensación es la misma que he tenido tantas veces después de ver "Esplendor en la hierba", una película que sólo en momentos cumbre de la historia de mi cine, he llegado a entender. Ocurre que necesito un estado emocional determinado para enfrentarme a estas cintas que juegan con la ambigüedad y lo sutil de una época candorosa y rancia. De una época marcada por la pasión y el deseo reprimidos, disimulados, frustrados.
Antes de ver una de estas películas, y de pensar en Marlon Brando como un icono sexual, es preciso hacer un cambio rápido de ojos. Hay que leer sobre Estados Unidos, pensar en los felices años veinte, los infelices treinta. Hay que haber visto "Gigante" y "Al este del Edén", tantas otras obras maestras. Y meterse en la piel de quiénes vivieron el pudor y la "indecencia" de amarse libremente. Sólo entonces podremos entender por qué Blanche había perdido el juicio, y la presencia de esa mujer que vende flores para los muertos (escena que me recordó a "Ángel", de Lubstich) en la noche de Nueva Orleans. Y ese tranvía que traquetea como un tren, cuando Kowalsky llega a casa, y Blanche, con los ojos turbios y luminosos al mismo tiempo, habla del deseo que coagula la sangre de su cuñado.
Nótese que el filme fue programado anoche, día en que se "celebraba" el Día Internacional contra la Violencia de Género.
Comencé a ver el filme desde el minuto veinte, por lo que desconozco qué es lo que Kazan quiso mostrar al comienzo de la película. Por eso leo comentarios que me descolocan y desasosiegan... La sensación es la misma que he tenido tantas veces después de ver "Esplendor en la hierba", una película que sólo en momentos cumbre de la historia de mi cine, he llegado a entender. Ocurre que necesito un estado emocional determinado para enfrentarme a estas cintas que juegan con la ambigüedad y lo sutil de una época candorosa y rancia. De una época marcada por la pasión y el deseo reprimidos, disimulados, frustrados.
Antes de ver una de estas películas, y de pensar en Marlon Brando como un icono sexual, es preciso hacer un cambio rápido de ojos. Hay que leer sobre Estados Unidos, pensar en los felices años veinte, los infelices treinta. Hay que haber visto "Gigante" y "Al este del Edén", tantas otras obras maestras. Y meterse en la piel de quiénes vivieron el pudor y la "indecencia" de amarse libremente. Sólo entonces podremos entender por qué Blanche había perdido el juicio, y la presencia de esa mujer que vende flores para los muertos (escena que me recordó a "Ángel", de Lubstich) en la noche de Nueva Orleans. Y ese tranvía que traquetea como un tren, cuando Kowalsky llega a casa, y Blanche, con los ojos turbios y luminosos al mismo tiempo, habla del deseo que coagula la sangre de su cuñado.
Nótese que el filme fue programado anoche, día en que se "celebraba" el Día Internacional contra la Violencia de Género.
Exportador de emociones

Damien Rice
Guindas y frambuesas
Ahora me doy cuenta de que Iván Ferreiro siempre me gustó el doble haciendo versiones que cantando sus propias canciones (a pesar del inquietante Relax). Así como no pude parar de escuchar aquella guinda frambuesa de Bésame mucho, hoy no puedo dejar el "repeat" quieto en la 19, Algo contigo.
Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo
Es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
Ya no puedo acercarme a tu boca
sin deseártela de una manera loca
Necesito controlar tu vida
saber quién te besa y quién te abriga.
Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo
Es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
Ya no puedo continuar espiando
día y noche tu llegar adivinando
Ya no se con que inocente excusa
pasar por tu casa
Ya me quedan muy pocos caminos
y aunque pueda parecerte un desatino
no me quisera yo morirme sin tener
algo contigo.
Ya no puedo continuar espiando
día y noche tu llegar adivinando
Ya no se con que inocente excusa
pasar por tu casa
Ya me quedan muy pocos caminos
y aunque pueda parecerte un desatino
no me quisera yo morirme sin tener
algo contigo.
Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo
Es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
Ya no puedo acercarme a tu boca
sin deseártela de una manera loca
Necesito controlar tu vida
saber quién te besa y quién te abriga.
Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo
Es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
Ya no puedo continuar espiando
día y noche tu llegar adivinando
Ya no se con que inocente excusa
pasar por tu casa
Ya me quedan muy pocos caminos
y aunque pueda parecerte un desatino
no me quisera yo morirme sin tener
algo contigo.
Ya no puedo continuar espiando
día y noche tu llegar adivinando
Ya no se con que inocente excusa
pasar por tu casa
Ya me quedan muy pocos caminos
y aunque pueda parecerte un desatino
no me quisera yo morirme sin tener
algo contigo.
La visión del mundo
La feminidad es algo que condiciona la existencia. El hecho de ser mujer, de llevar un abrigo diferente al de un hombre. Un abrigo que se estrecha en la cintura, que "hace forma", como se dice. El hecho de que de mí se espere lo que no se espera de un chico. Ser mujer, ver las cosas a través de los ojos de mujer, cambia la realidad de esas cosas.
Pas facile (capítulo I)
1. Hacer las cosas bien.
2. Dormir cuando hay que dormir.
3. Pedir lo adecuado en un bar.
4. Derrochar pasión por la vida siempre.
5. Salir de una tienda y tomar la dirección adecuada.
6. Hacer cuentas, sumar y restar decimales.
7. Hablar con tu abuela cuando está en el hospital.
8. Actuar de tal modo que todos estén contentos.
9. Actuar de tal modo que uno mismo esté contento.
10. Olvidar lo bueno, y no recordar lo malo.
11. Diseñar racionalmente, elegir los elementos con intención.
12. Recordar los lugares y saber volver.
13. Ilusionarse con las pequeñas cosas. No esperar las grandes.
14. Saber vivir (como el programa).
2. Dormir cuando hay que dormir.
3. Pedir lo adecuado en un bar.
4. Derrochar pasión por la vida siempre.
5. Salir de una tienda y tomar la dirección adecuada.
6. Hacer cuentas, sumar y restar decimales.
7. Hablar con tu abuela cuando está en el hospital.
8. Actuar de tal modo que todos estén contentos.
9. Actuar de tal modo que uno mismo esté contento.
10. Olvidar lo bueno, y no recordar lo malo.
11. Diseñar racionalmente, elegir los elementos con intención.
12. Recordar los lugares y saber volver.
13. Ilusionarse con las pequeñas cosas. No esperar las grandes.
14. Saber vivir (como el programa).
Foto a sangre
"Une belle histoire d´amour", decía el título de la escultura. Una escultura que, en sí misma, nunca me habría llamado la atención. De hecho, sigue sin importarme: no recuerdo su forma, tan sólo una diagonal, aunque sí los colores, en tonos dorados y cobrizos. Pero es que lo realmente significativo era el lugar en el que estaba exhibida, el contexto. Su contexto. Las cosas no importan si no están provistas de contexto, si no pertenecen a alguien, o están integradas en algo.
Escribo desde la universidad. Desde mi universidad... aquella a la que no he vuelto desde hace meses. Meses es lo único que está pasando desde hace algunos... Noviembre llegó y se marchará; pasará lo mismo con la Navidad, y el Año Nuevo dejará de serlo hacia marzo. Entonces llegará el día.
Escribo desde la universidad, pero los ordenadores del edificio 14 son nuevos, pantalla plana, teclado de lujo. Un ventanal, otoño. Vengo de la cafetería, del bocata de pollo (he sido incapaz de pedirme otra cosa), y no he reconocido a ninguna cara. Estaba llena de gente de veinte años, dos menos, dos más, todos con mucho estilo, formando corros alrededor de mesas abarrotadas de platos combinados, y más bocatas (británico, normando, de tortilla). Eran como yo, como nosotras, como nosotros. Se sentaban en las sillas que nos sentaron a nosotros, se reían igual, hablaban de los mismos profesores (siempre fueron los mismos aunque cambian apellidos y nombres).
Se me ha venido a la cabeza todos y cada uno de los días de los tres años que pasé allí. Desde las nueve, hasta las nueve, algunas veces. Maquetando, editando, redactando, leyendo, tumbándome en el césped. Descubriéndome, dándome, entregándome, observándo (me y te) desde la retaguardia. Sintiendo la primavera, la luz de los días cada día más largos. Preparándome cócteles amargos que sabían a 450 y dulces, dulcísimos códigos 443. No pensé que la universidad denostada, odiada, criticada y diferentemente pública, pudiera suspenderme ahora, después de haber acabado la carrera.
A veces, de nada sirve querer ser Jean Seberg en Madrid, si cuando estás en Getafe, no eres más que la sombra taciturna de lo que fuiste. Nostalgia de meriendas y besos, es lo que veo, como una foto a sangre.
Escribo desde la universidad. Desde mi universidad... aquella a la que no he vuelto desde hace meses. Meses es lo único que está pasando desde hace algunos... Noviembre llegó y se marchará; pasará lo mismo con la Navidad, y el Año Nuevo dejará de serlo hacia marzo. Entonces llegará el día.
Escribo desde la universidad, pero los ordenadores del edificio 14 son nuevos, pantalla plana, teclado de lujo. Un ventanal, otoño. Vengo de la cafetería, del bocata de pollo (he sido incapaz de pedirme otra cosa), y no he reconocido a ninguna cara. Estaba llena de gente de veinte años, dos menos, dos más, todos con mucho estilo, formando corros alrededor de mesas abarrotadas de platos combinados, y más bocatas (británico, normando, de tortilla). Eran como yo, como nosotras, como nosotros. Se sentaban en las sillas que nos sentaron a nosotros, se reían igual, hablaban de los mismos profesores (siempre fueron los mismos aunque cambian apellidos y nombres).
Se me ha venido a la cabeza todos y cada uno de los días de los tres años que pasé allí. Desde las nueve, hasta las nueve, algunas veces. Maquetando, editando, redactando, leyendo, tumbándome en el césped. Descubriéndome, dándome, entregándome, observándo (me y te) desde la retaguardia. Sintiendo la primavera, la luz de los días cada día más largos. Preparándome cócteles amargos que sabían a 450 y dulces, dulcísimos códigos 443. No pensé que la universidad denostada, odiada, criticada y diferentemente pública, pudiera suspenderme ahora, después de haber acabado la carrera.
A veces, de nada sirve querer ser Jean Seberg en Madrid, si cuando estás en Getafe, no eres más que la sombra taciturna de lo que fuiste. Nostalgia de meriendas y besos, es lo que veo, como una foto a sangre.
Anna Karina

¿Cómo no iba a enamorarse Godard de Anna Karina?
La extrañeza
Se había quedado sin palabras. Ella, que cuando era pequeña las buscaba en el diccionario VOX para construir un glosario de consulta: "vertiginoso, bulímico, franquicia, excéntrico". Fue de esta forma como se hizo con el tesoro del lenguaje, que defendía por encima de todas las cosas. Solía afirmar que todo era expresable, que nada tenía por qué escapar al raciocinio y a la conjugación verbal, todo podía vehicularse con las palabras. "Las sumas, las restas, las multiplicas, divídelas, procúrales un aborto, o engórdalas con nutrientes, pero no rehúses a utilizarlas todas, porque cuantas más sepas, más lejos de la abstracción te hallarás". Siempre pedía: "inténtalo expresar, tómate tu tiempo, pero dime qué es exactamente lo que piensas, qué es exactamente lo que encierra tu cabeza; sólo de esa forma podré conocerte, asirte, y entenderte". Negaba frunciendo el ceño cuando le decían aquello de "es inexplicable... lo siento, pero no te lo puedo explicar". Le parecía que era una muestra de dejadez, de abandono, de debilidad. Se dejaban vencer por lo abstracto, se dejaban convencer por los que aseguraban que había sentimientos inabarcables, incapaces de someterse al lenguaje. Pero es que ella creía en un embudo por el que los sentidos y las emociones pasaban, una especie de filtro que convertía lo intangible en palabras recortadas, en letras que se hermanaban, la "h" con la "a", seguida de la "s", la "t", la "i" y la "o". La "m" era tan versatil que siempre formaba palabras preciosas: maga, madre, música. Además, lo había visto. Una vez vio un armario con cajones entreabiertos, llenos de palabras y significados que rebosaban literalmente. Si uno podía ir a ese cajón y encontrar su sentimiento, todo podría expresarse...
Sin embargo, llegó la aciaga mañana en que leyó aquello. Aquello que la enmudeció, sordamente. "Tal vez sea que la vida a veces da tales vueltas que no queda ya absolutamente nada que decir".
Sin embargo, llegó la aciaga mañana en que leyó aquello. Aquello que la enmudeció, sordamente. "Tal vez sea que la vida a veces da tales vueltas que no queda ya absolutamente nada que decir".
El reconocimiento
El despertador sonó a las once de la mañana. El periódico seguía en el mismo lugar desde el viernes. "Qué rabia", pensaba. "No soy capaz de leer ni un artículo". Se revolvió en la cama, se dio la vuelta tres veces, despacio al principio, con brusquedad al final. Se acordó "del hueco", de cómo se reduce el espacio cuando es compartido. Y se durmió de nuevo. Le pareció que el sueño había durado un segundo cuando de pronto, el reloj marcaba las doce menos veinte. Decidió cortar de raíz con la pesadez: ella era así. La pereza no le gustaba aunque a veces agradecía poder ser como los demás, y remolonear entre las sábanas, sin sufrir, sin ver pasar el día sin que hiciera nada de provecho. Limpió escuchando la radio, qué envidia le daban los tertulianos, hablando por hablar, y escuchados por tantos oyentes. Hizo la cama, tendió la ropa. Fue entonces cuando se reconoció en ella, a quien siempre decía que no quería parecerse. Pero se parecía. Cogía las pinzas de dos en dos, y siempre, del mismo color para cada prenda, para que hicieran juego entre sí, y a ser posible, con la camiseta que sostenían o el pantalón que se secaba al sol.
Mamá, estás en todo aunque no estés.
Mamá, estás en todo aunque no estés.
Antinatural
Escribió sus iniciales en lugar de las suyas. Reconoció el perfume que a veces usaba, aunque no era el suyo, pero se empeñaba. Se acordó de los asientos para dos. De los primeros días, hacía mucho que no los veía con nitidez. Pasó por los cines. Bajó la mirada, pero ya estaba encharcada, como las calles.
La vida era antinatural, se repetía una y otra vez. Sin embargo, no entendía lo que quería decir con ello, ni si realmente estaba de acuerdo, pero sí sabía que este desbarajuste en la más absoluta calma no podía ser sentido con sentido, entendido con la razón... Ahora de nada le servían los días libres, podía hacer con ellos cadenetas de papel o aviones para lanzar contra las paredes... Aquella jubilación y solidez mental, aquella actitud sana y digna, admirable, le parecía malgastada...
La vida era antinatural, se repetía una y otra vez. Sin embargo, no entendía lo que quería decir con ello, ni si realmente estaba de acuerdo, pero sí sabía que este desbarajuste en la más absoluta calma no podía ser sentido con sentido, entendido con la razón... Ahora de nada le servían los días libres, podía hacer con ellos cadenetas de papel o aviones para lanzar contra las paredes... Aquella jubilación y solidez mental, aquella actitud sana y digna, admirable, le parecía malgastada...
"Una forma de locura"
"El enamoramiento es un complejo proceso psicobioquímico que nos hace desear a una persona -frecuentemente, idealizada- y sentir un afecto muy profundo por ella. Significa experimentar imprevisibles descargas eléctricas, producidas en el sistema nervioso, asociadas a la creación de sustancias como dopamina, oxitocina o feniletilamina. Un cóctel químico, preparado por los neurotransmisores cerebrales, nos altera y causa lo que Platón llamó "una forma de locura". Un enamoramiento no suele durar más de tres años y, a veces, da paso al apego, sentimiento similar al cariño y la complicidad que compartimos con los mejores amigos. Hay quien se ha enamorado más de una vez de la misma persona, pero no es fácil que suceda. Mientras lo estamos, gozamos y sufrimos con intensidad, se refuerza el sistema inmunológico, se producen cambios metabólicos y nos agita un maravilloso torbellino interno".
Interesante.
Interesante.
Cierra los ojos

Etc.
Su etc. resonó tan falso en mis oidos como aquella gigantesca ciudad, cuyos colores corporativos parecían ser el rojo y el verde oliva. ¿Cómo puede ser que una ciudad tenga colores de empresa? Precisamente porque estoy hablando de la ciudad financiera creada por el banco Santander, el imperio de Emilio Botín. Se me hacía imposible no pensar en William Randolph Hearst mientras paseaba en autobús (las distancias que separan unos edificios de otros son enormes, teniendo en cuenta los campos de golf y las canchas de tenis que se intercalan) por las calles de la gran urbe económica. "Y ahí, bajo el gran lucernario que estáis viendo, el único edificio con planta circular de que disponemos, se encuentra en su despacho nuestro querido presidente...", decía por el micrófono la azafata. La misma que pronunciaba E-T-C para finalizar las enumeraciones y poseía un magnífico abanico de elogios para el banco: "maravilloso, fantástico, extraordinario, bonito, acogedor...".
Sin duda el complejo financiero es impresionante. Cualquiera estaría de acuerdo conmigo, y más si previamente le han provisto de un montón de datos y cifras que no recuerdo, pero que hablaban de miles de hectáreas, trabajadores y euros. Además, han levantado la ciudad en tan sólo dos años; tal vez sí era cierto eso de que "Zamora se hace en una hora". Al parecer, el diseño ha sido premiado en varias ocasiones; no en vano han participado en su confección prestigiosos arquitectos: Kevin Roche, Juan Ariño, José Fariña. Está concebida para ser una ciudad "agradable" en donde el 60% del suelo lo ocupan zonas verdes. Incluso las azoteas de los edificios han sido coronadas con vegetación. Funcional, pero cuidada; efectiva, pero cómoda y acogedora. En definitva: sana.
Ahora bien: esa es la pretensión (o lo que dice el video corporativo). Es una pena no haber tenido oportunidad de hablar con un empleado que no fuera sólo una sonrisa "fantástica y estupenda" con piernas largas. Preguntarle a cualquiera: ¿a ti te gusta trabajar en Bohadilla del Monte? ¿Te compensa que la comida sea gratis? ¿Qué te transmiten los olivos españoles, italianos y de no sé dónde en este jardín pavimentado inspirado en La Alhambra? ¿Crees que cuando los políticos hablan de conciliación laboral se refieren a dejar a tu niño en una guardería todo el día? ¿Realmente vas al gimnasio, haces tai chi, juegas al tenis y al golf con tu jefe? ¿Te gusta vivir en una ciudad financiera? ¿No es un poco artificial? Etc.
Sin duda el complejo financiero es impresionante. Cualquiera estaría de acuerdo conmigo, y más si previamente le han provisto de un montón de datos y cifras que no recuerdo, pero que hablaban de miles de hectáreas, trabajadores y euros. Además, han levantado la ciudad en tan sólo dos años; tal vez sí era cierto eso de que "Zamora se hace en una hora". Al parecer, el diseño ha sido premiado en varias ocasiones; no en vano han participado en su confección prestigiosos arquitectos: Kevin Roche, Juan Ariño, José Fariña. Está concebida para ser una ciudad "agradable" en donde el 60% del suelo lo ocupan zonas verdes. Incluso las azoteas de los edificios han sido coronadas con vegetación. Funcional, pero cuidada; efectiva, pero cómoda y acogedora. En definitva: sana.
Ahora bien: esa es la pretensión (o lo que dice el video corporativo). Es una pena no haber tenido oportunidad de hablar con un empleado que no fuera sólo una sonrisa "fantástica y estupenda" con piernas largas. Preguntarle a cualquiera: ¿a ti te gusta trabajar en Bohadilla del Monte? ¿Te compensa que la comida sea gratis? ¿Qué te transmiten los olivos españoles, italianos y de no sé dónde en este jardín pavimentado inspirado en La Alhambra? ¿Crees que cuando los políticos hablan de conciliación laboral se refieren a dejar a tu niño en una guardería todo el día? ¿Realmente vas al gimnasio, haces tai chi, juegas al tenis y al golf con tu jefe? ¿Te gusta vivir en una ciudad financiera? ¿No es un poco artificial? Etc.
La sorpresa de octubre
Resultó que los meses más aburridos del año se convirtieron en los más intensos. En ellos aprendió a escribir, a leer, a mirar. A escribir sin destinatario; a leer en el metro, por encima del hombro de aquel que no tiene espacio, que lee por encima del tuyo. A mirar aquello que no había visto antes, que era nuevo aunque muy viejo. Aprendió también a pasear de otro modo, sin prisas. A esperarse. A sonrojarse. A saltar.
Fascinada por un centenar de nuevas verdades, quería fotocopiarse el pasado para archivarlo. Sabía que si lograba agujerearlo y anillarlo, se sentiría mejor. Podría volver a él cuando quisiera, sin hacerse daño, y sin manipularlo. Ah, no hay escenas de cine más puras y mejor rodadas que las del recuerdo. Los besos que rescatamos no son como los que sucedieron, aunque esto no nos guste.
"Corrige con arte lo que el azar te ofrece", leyó. Releyó. Y salió presurosa, sonriente a la calle.
Fascinada por un centenar de nuevas verdades, quería fotocopiarse el pasado para archivarlo. Sabía que si lograba agujerearlo y anillarlo, se sentiría mejor. Podría volver a él cuando quisiera, sin hacerse daño, y sin manipularlo. Ah, no hay escenas de cine más puras y mejor rodadas que las del recuerdo. Los besos que rescatamos no son como los que sucedieron, aunque esto no nos guste.
"Corrige con arte lo que el azar te ofrece", leyó. Releyó. Y salió presurosa, sonriente a la calle.
Pero no hacen nada
Mira los electrodomésticos y los televisores a color, de pantalla plana, sin inquietud, con una quietud queda e inquietante. Y dispara pulsando el uno, el dos, el tres, el volumen. El teletexto. Con su pulgar teclea en la superficie imaginaria que sostiene. Sólo él ve el mando. Sólo él mira la televisión desde el banco de la calle, esquina Seminario de Nobles. Y nadie lo mira, pues su mirada es turbadora. Asusta a los cobardes que cruzan la ciudad con sus zapatos de charol. Y nadie se quiere atrever a mirarle, pero cuando doblan la calle, piensan, aturdidos: "¿qué hacer?".
A ti, que te dejen vagar
"A diferencia de Penélope, tú nunca miras atrás. Sabes que no puedes cambiar el pasado.
Cada día, al despertar, sientes la llamada de la aventura, adviertes que la vida es un estado de ánimo, y el ánimo una forma de vida. Eres un hombre nuevo cada nuevo día que amanece. No te das por vencido jamás porque jamás has sospechado que hubiese algo que pudiera vencerte.
Vili dice que eres un inconsciente, un irresponsable. Que tu mejor virtud es que careces de conciencia, y que esa falta es también lo más peligroso que hay en ti. Que tienes valor porque no sabes que tienes valor, que si lo supieras dejarías de tenerlo. Que, en este mundo sin héroes, te ocurre lo mismo que a todos los héroes de antaño: que son tan atrevidos que acaban comportándose como imbéciles; tan codiciosos que les cuesta entender que lo único valioso que lograrán atesorar a lo largo de sus vidas son esas cosas que nadie puede robarles; que se arriesgan incluso a morir, que ocasionalmente mueren, porque su ignorancia de seres vivos los ha transformado en incapaces de temerle a aquello que no conocen.
Dice Vili que, en vez de taparte los oídos para no oír los cantos de sineras, seguramente, a veces te tapas los oídos para no oír que no hay cantos, que no hay sirenas. Que no hay.
Tú administras obstinadamente bien tus placeres.
Haces bien, Ulises, haces bien.
Claro que ahora no piensas, ni en eso ni en nada. En realidad, no sueles pensar. Tú haces. Eres un hombre de acción, no de abstracción. (Qué le vamos a hacer.)
Sabes pintar, no cabe duda, aunque no sabrías definir lo que haces, ni cómo lo haces o por qué.
Sabes hablar, y en ocasiones, cuando te paras a oírte un instante, te preguntas divertido quién estará hablando por ti desde dentro de ti.
Te gusta caminar, no trazar posibles caminos por los que sabes que quizás nunca vasya a andar.
Tampoco te preocupa mucho el asunto de la felicidad, al que todo el mundo parece darle vueltas y más vueltas hoy en día. Estás harto de obligaciones. Jamás te han gustado las imposiciones de ningún tipo, y eso de sentirte apremiado a ser dichoso te parece el colmo de la perversión social. Un puro fraude colectivo. La gran bufonada terrorista de Occidente. Fin del individuo. Vaya fórmula más tonta para mantener a la gente entretenida y preocupada, eternamente insatisfecha.
Uno es feliz cuand no sabe que es feliz, y qué más da. Cuando no se pregunta sin cesar si lo es o si deja de serlo.
A ti, que te dejen vagar, que te dejen pintar, que te dejen viajar, que te dejen sufrir y gozar a gusto. Que quieres vivir, en suma, ¿verdad, Ulises? Que lo tuyo se trata de eso, simplemente. Sólo de eso".
Los estados carenciales, de Ángela Vallvey
Cada día, al despertar, sientes la llamada de la aventura, adviertes que la vida es un estado de ánimo, y el ánimo una forma de vida. Eres un hombre nuevo cada nuevo día que amanece. No te das por vencido jamás porque jamás has sospechado que hubiese algo que pudiera vencerte.
Vili dice que eres un inconsciente, un irresponsable. Que tu mejor virtud es que careces de conciencia, y que esa falta es también lo más peligroso que hay en ti. Que tienes valor porque no sabes que tienes valor, que si lo supieras dejarías de tenerlo. Que, en este mundo sin héroes, te ocurre lo mismo que a todos los héroes de antaño: que son tan atrevidos que acaban comportándose como imbéciles; tan codiciosos que les cuesta entender que lo único valioso que lograrán atesorar a lo largo de sus vidas son esas cosas que nadie puede robarles; que se arriesgan incluso a morir, que ocasionalmente mueren, porque su ignorancia de seres vivos los ha transformado en incapaces de temerle a aquello que no conocen.
Dice Vili que, en vez de taparte los oídos para no oír los cantos de sineras, seguramente, a veces te tapas los oídos para no oír que no hay cantos, que no hay sirenas. Que no hay.
Tú administras obstinadamente bien tus placeres.
Haces bien, Ulises, haces bien.
Claro que ahora no piensas, ni en eso ni en nada. En realidad, no sueles pensar. Tú haces. Eres un hombre de acción, no de abstracción. (Qué le vamos a hacer.)
Sabes pintar, no cabe duda, aunque no sabrías definir lo que haces, ni cómo lo haces o por qué.
Sabes hablar, y en ocasiones, cuando te paras a oírte un instante, te preguntas divertido quién estará hablando por ti desde dentro de ti.
Te gusta caminar, no trazar posibles caminos por los que sabes que quizás nunca vasya a andar.
Tampoco te preocupa mucho el asunto de la felicidad, al que todo el mundo parece darle vueltas y más vueltas hoy en día. Estás harto de obligaciones. Jamás te han gustado las imposiciones de ningún tipo, y eso de sentirte apremiado a ser dichoso te parece el colmo de la perversión social. Un puro fraude colectivo. La gran bufonada terrorista de Occidente. Fin del individuo. Vaya fórmula más tonta para mantener a la gente entretenida y preocupada, eternamente insatisfecha.
Uno es feliz cuand no sabe que es feliz, y qué más da. Cuando no se pregunta sin cesar si lo es o si deja de serlo.
A ti, que te dejen vagar, que te dejen pintar, que te dejen viajar, que te dejen sufrir y gozar a gusto. Que quieres vivir, en suma, ¿verdad, Ulises? Que lo tuyo se trata de eso, simplemente. Sólo de eso".
Los estados carenciales, de Ángela Vallvey
A piece of advice
"Cicerón aconseja conocer a las personas antes de aventurarse a quererlas".
Sumar lo que no se puede sumar
Siempre he defendido que yo no era caprichosa. De pequeña, mi hermana me lo llamaba: "eres caprichosa, pero todas las hermanas pequeñas lo sois". Y yo, que por entonces también era muy vulnerable, decía, preguntaba, interpelaba, rogaba: "no, yo no soy caprichosa, no lo soy, no, no, ¿no, mamá?". Sin embargo, creo que lo era y lo seré. ¿Cómo se desprende alguien de su ser irresistiblemente caprichoso? Cómo se puede evitar no desearlo todo, intentar sumar lo que no se puede sumar, hacer malabarismos con las vidas de los demás, convertirlo todo en algo posible porque el deseo de hacerlo es demasiado fuerte...
Limón y sal
"El resultado del olfato, como del gusto o del llanto, son culturales. (...) Frente a los datos obtenidos a través de la vista que fácilmente se aberran, el olor se recuerda con una potencia 65% mayor y, aun no siendo la condición humana de las mejores dotadas, nuestro sentido del olfato es capaz de distinguir entre casi 10.000 tonos distintos."
Vicente Verdú, El olor del yo y el arma de la marca
El olor es algo que siempre me ha obsesionado. Desde el momento en que comienzas a reconocer el olor de una persona, su olor natural, o el perfume que usa, si es siempre el mismo, y no es muy intenso, no puedes olvidarlo fácilmente. Se te mete en las entrañas, dentro de ti, en el impulso vital, y despierta los más importantes sentimientos: amor, nostalgia, reconocimiento, deseo. Es como llegar a casa. Meter la cabeza en ese escondido lugar entre el cuello y el hombro, inundarse del olor de la piel de las personas, búscarselo. Encontrarlo. Hacerlo tuyo. Y reconocerlo allá donde quiera que vayas, en otros, en otras, en las personas que se cruzan en las calles, que se sientan en el metro, que suben en el ascensor. Entonces no puedes evitarlo: si el olor lleva mucho tiempo lejos, la lágrima está obligada a escaparse de casa.
Vicente Verdú, El olor del yo y el arma de la marca
El olor es algo que siempre me ha obsesionado. Desde el momento en que comienzas a reconocer el olor de una persona, su olor natural, o el perfume que usa, si es siempre el mismo, y no es muy intenso, no puedes olvidarlo fácilmente. Se te mete en las entrañas, dentro de ti, en el impulso vital, y despierta los más importantes sentimientos: amor, nostalgia, reconocimiento, deseo. Es como llegar a casa. Meter la cabeza en ese escondido lugar entre el cuello y el hombro, inundarse del olor de la piel de las personas, búscarselo. Encontrarlo. Hacerlo tuyo. Y reconocerlo allá donde quiera que vayas, en otros, en otras, en las personas que se cruzan en las calles, que se sientan en el metro, que suben en el ascensor. Entonces no puedes evitarlo: si el olor lleva mucho tiempo lejos, la lágrima está obligada a escaparse de casa.
Teardrop
"El vicio de soñar es la más cuerda de las enfermedades mentales. El de recordar, la más inutil". (Añado: pero inevitable)
Los estados carenciales, de Ángela Vallvey
Los estados carenciales, de Ángela Vallvey
Logros
1. Entender que los tiempos cambian. Esto implica aceptar que las cintas no han sido el mejor material, que los cds las superan, y que definitivamente, tardé mucho tiempo en asumir el mp3.
2. Descargarme el Winamp. Observar las ventajas de poder colocar la música en el orden que se quiera.
3. Utilizar el ordenador para escuchar música, aunque también huyera de esta práctica en el pasado.
2. Descargarme el Winamp. Observar las ventajas de poder colocar la música en el orden que se quiera.
3. Utilizar el ordenador para escuchar música, aunque también huyera de esta práctica en el pasado.
Invierno

Descubrimientos asombrosos
He descubierto algo un poco terrible sobre la palabra "Rosebud" y sobre Ciudadano Kane:
"El que mejor sabía que era "Rosebud" era el verdadero Kane. Es decir, William Randolph Hearst denominaba cariñosamente los genitales de su amante - la actriz Marion Davis - con este término". Ver más.

Ciudadano Kane pronunciando Rosebud
"El que mejor sabía que era "Rosebud" era el verdadero Kane. Es decir, William Randolph Hearst denominaba cariñosamente los genitales de su amante - la actriz Marion Davis - con este término". Ver más.

Ciudadano Kane pronunciando Rosebud
Wanted Freud
"Para el conde de Montecristo: dureza, corteza y astronomía".
Ayer, cuando me desperté, clausuré mis sueños (¿febriles?) con esta frase. Me pregunto qué estaría soñando para construir esta alocución...
Ayer, cuando me desperté, clausuré mis sueños (¿febriles?) con esta frase. Me pregunto qué estaría soñando para construir esta alocución...
Remendándonos
Hacía tiempo que no vivía un otoño tan sedentario, en cierto modo, hasta casero (aunque apenas paso tiempo en casa, qué paradoja). Es un otoño de hojas marrones -no doradas- y pesares, un otoño de los de Retiro y reflexión. Los últimos años de mi vida fueron vividos al margen de las estaciones. No importaban; simplemente, favorecían los paseos, las charlas, las largas horas en los bancos. La vida se vive de forma muy diferente según el estado de ánimo y las emociones; según las sombras en torno a ti, a tu lado, en tu espalda, o según la ausencia de las sombras. Sin sombras, los objetos cobran identidad, también lo superfluo y lo profundo. Los libros pesan mucho menos, las revistas se ojean con mucho menos pereza. La música es más meláncolica, y no se tiende a escuchar como banda sonora de nada. La vida se concentra mucho más en uno mismo: en los autobuses que toma, los ejercicios que corrige, las conversaciones que tiene con todo el mundo. Todo el mundo se cuela en tu vida, y tú dejas que pasen, que pasen, que te entretengan la existencia porque más allá de los esporádicos encuentros con alguien que no es uno mismo, sólo quedamos nosotros. En saco roto, nosotros.
Tengo que remendarme los codos, como aquel jersey de socialista. Pienso en que también le harán falta a las rodillas, y tal vez se necesiten parches con la forma del globo terráqueo. Hay que remendarse como había hecho la chaqueta del espantapájaros de aquel campo de trigo, al atardecer, tan húmedo, tan fresco. Hay que coserse lentamente pero con destreza, para descoserse dentro de unos meses, y mostrar las lindezas que guardan tras de sí los trapos remendados.
Tengo que remendarme los codos, como aquel jersey de socialista. Pienso en que también le harán falta a las rodillas, y tal vez se necesiten parches con la forma del globo terráqueo. Hay que remendarse como había hecho la chaqueta del espantapájaros de aquel campo de trigo, al atardecer, tan húmedo, tan fresco. Hay que coserse lentamente pero con destreza, para descoserse dentro de unos meses, y mostrar las lindezas que guardan tras de sí los trapos remendados.
Pensamientos
Hay quien dice que no es posible vivir permanentemente en la nostalgia. Me gustaría estar de acuerdo con esta afirmación, pero por desgracia, no lo estoy. Creo que es viable vivir instalado en la nostalgia, "disfrutar" de ese sentimiento en cada minuto que transcurre a lo largo del día. De pronto sacas unas carpetas y al mirar de frente, a la estantería, ves ese libro, "Papillón", que tan buenos ratos te hizo pasar. Te dices en voz alta: "Henri Charrière", y saboreas el nombre. Piensas en Steve McQueen (es la primera vez que relaciono tan ágilmente estas ideas, sin la ayuda de nadie que me recuerde el nombre: autosuficiencia), en la tarde en que sin esperarlo, te topaste con esas película y la viviste intensamente.
Estos recuerdos te llevan a pensar en aquellos tiempos, pasados, mejores, tal vez sí, tal vez no, pero más cándidos, eso sí. Siempre tengo ganas de hablar de la candidez, o del candor; tiendo a imaginarme antes, cuando aún era capaz de concentrarme en algo durante horas, y no impacientarme, no ansiar nada, no desviar mis pensamientos. Me acuerdo de las numerosas tardes en que me enfrascaba en los libros de texto, y hacía amplios cuadros sinópticos: todo era susceptible de ser resumido.
Pienso en cuando leía con tanto interés ciertos libros que me despiertan, hoy en día, tan buenos recuerdos. Pienso en esa frase maravillosa, que dice que el olvido está lleno de recuerdos. Me pregunto por qué soy capaz de acordarme tan nítidamente de algunas cosas, porque mi historia está zanjada y cruzada por símbolos, momentos decisivos: intersecciones, disyuntivas, elecciones. Malas y buenas decisiones tomadas. Buenos y malos momentos vividos.
Sin embargo, aunque a veces cueste desenvolverse del ovillo, activar el engranaje, engrasar el mecanismo ("ya no sé si es que mi pecho late, cual mecánico ingenio, o está averiado"), la nostalgia no es futura. Es siempre pasada. Forma parte de la taza de té, de las bolsas del Aldi, de la colcha de Bridget. Está en "Papillón", en "Memorial de un convento", ya no somos más Sietelunas, o Sietesoles. Está en las aspas y en los paisajes Wolskie, en los maizales que se agitaban levemente en nuestro cerebro. En tantos sitios... nombres, personas, ojos, lunares, rubores, azulejos, alcachofas de baño, pinturas, interruptores, tejados, olores, pájaros que sobrevuelan el viento.
Uno guarda las cosas en sobres, cajas, cajones, trasteros, bolsas, armarios. Uno se las guarda en la memoria, las almacena para que no le hagan daño, ni florezcan pensamientos.
Estos recuerdos te llevan a pensar en aquellos tiempos, pasados, mejores, tal vez sí, tal vez no, pero más cándidos, eso sí. Siempre tengo ganas de hablar de la candidez, o del candor; tiendo a imaginarme antes, cuando aún era capaz de concentrarme en algo durante horas, y no impacientarme, no ansiar nada, no desviar mis pensamientos. Me acuerdo de las numerosas tardes en que me enfrascaba en los libros de texto, y hacía amplios cuadros sinópticos: todo era susceptible de ser resumido.
Pienso en cuando leía con tanto interés ciertos libros que me despiertan, hoy en día, tan buenos recuerdos. Pienso en esa frase maravillosa, que dice que el olvido está lleno de recuerdos. Me pregunto por qué soy capaz de acordarme tan nítidamente de algunas cosas, porque mi historia está zanjada y cruzada por símbolos, momentos decisivos: intersecciones, disyuntivas, elecciones. Malas y buenas decisiones tomadas. Buenos y malos momentos vividos.
Sin embargo, aunque a veces cueste desenvolverse del ovillo, activar el engranaje, engrasar el mecanismo ("ya no sé si es que mi pecho late, cual mecánico ingenio, o está averiado"), la nostalgia no es futura. Es siempre pasada. Forma parte de la taza de té, de las bolsas del Aldi, de la colcha de Bridget. Está en "Papillón", en "Memorial de un convento", ya no somos más Sietelunas, o Sietesoles. Está en las aspas y en los paisajes Wolskie, en los maizales que se agitaban levemente en nuestro cerebro. En tantos sitios... nombres, personas, ojos, lunares, rubores, azulejos, alcachofas de baño, pinturas, interruptores, tejados, olores, pájaros que sobrevuelan el viento.
Uno guarda las cosas en sobres, cajas, cajones, trasteros, bolsas, armarios. Uno se las guarda en la memoria, las almacena para que no le hagan daño, ni florezcan pensamientos.

Rescate de una conversación
- Yo lo que propongo es que si "rey" está escrito en mayúsculas, "siervos" y "campesinos" también.
- ¡Ja! "Obispados" se les ha escapado.
- ¿Y eso qué significa?
- ¿Obispados? Los señores de la COPE.
- ¡Ja! "Obispados" se les ha escapado.
- ¿Y eso qué significa?
- ¿Obispados? Los señores de la COPE.