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Más cine, por favor
Acerca de
"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Los espejuelos
Hay dos clases de personas en el mundo (me encanta iniciar así las conversaciones): las que son miopes y las que no lo son.

Las que son miopes tienen una personalidad bien diferente marcada por una serie de hechos cruciales que acontecen a lo largo de su vida: para empezar, siempre tienen una mirada más triste, ensombrecida y oculta. Miran por encima de las gafas, como quien mira por encima del hombro pero por necesidad. Auscultan a través de ellas. No practican deportes del mismo modo que un sin-miope: desgraciadamente, tienen más pánico al balón certero, pues los cristales de las gafas son frágiles, y, además, son dolorosos en la piel de alrededor de los ojos.

Desarrollan miedos. A mirar hacia el vacío en un octavo piso. A montar en la Lanzadera con ellas: ¿y si se quedan en el transcurso de los 60 kilómetros por hora? Eso te lleva a varios hechos concatenados, perjudiciales también: tus compañeros de experiencia otean durante los tres segundos duraderos (o treinta) el espectáculo, algo que debe ser fracamente genial. "Mira el Pirulí. Y aquello otro. Dios, qué vista. Es increíble. ¿Y qué es aquello de más allá?".

Ser miope te condiciona la libertad. Parece una frase fácil, barata, ancha y poco sabia, pero que no me la refuten aquellos que tienen vista de lince. La vista de pájaro que tiene un miope es más bien la de un pez nublado, perdido, saturado por la visión. La visión en mayúsculas: luces, colores, formas. Es todo lo que se distingue. Sin gafas, el oído ayuda mucho a saber dónde está uno. A localizarse.

En la piscina, si bien la ida a la plataforma azul es sencilla, no hay más que un camino posible, la vuelta a la toalla es dispersa y confusa. Un reto, sin ir más lejos, porque cuanto más lejos, más perdido estará el corto de vista: encontrar la morada resulta tan arduo como contestarse esas típicas preguntas existenciales de quiénes somos y de dónde venimos, nunca mejor dicho.

Y, ¿qué más? Hay infinidad de situaciones en las que la ausencia de gafas, porque el guión lo contemple, las ganas de disfrute lo dicten, o, simplemente, el contexto lo reclame, en que la miopía juega francamente en tu contra. Pero, si bien te convierte en un ser extraño, frágil y sin brújula en la vida, perdido y sin remitente, es decir, casi a la deriva y sin salida, te da una confianza que los que tienen ojos sanos nunca conocerán. Te hace más fuerte, pues, a tientas, y en la oscuridad, tu vista se multiplica por las dioptrías que te hacen el miope de las gafas de pasta, de concha, sin monturas y las lentes de contacto que has utilizado una y otra vez, una y otra vez, a lo largo de toda tu vida.

 
Resurrección
"Afuera siento la oscuridad y el viento como una liberación. Respiro lo más hondo posible y siento el aire suave y cálido en mi rostro. De pronto me cruzan el pensamiento imágenes de chicas, prados floridos, nubes blancas. Mis pies, dentro de las botas, avanzan, ando más rápido, empiezo a correr. Junto a mí pasan soldados, sus conversaciones me irritan aunque no las entiendo. La tierra está rebosante de energías que me inundan a través de las suelas de mis botas. La noche está cargada de electricidad, el frente retumba sordamente como un concierto de tambores. Mis extremidades se mueven ágilmente, siento mis articulaciones llenas de vigor, me lleno de aire los pulmones y los vacío. La noche está viva, yo estoy vivo. Siento hambre, mayor que la siente mi estómago.

Müller me espera delante del barracón. Le doy las botas. Entramos y se las prueba. Le van a la medida.

Revuelve entre sus provisiones y me ofrece un buen pedazo de salchicha. Además, hay té caliente y ron".

Sin novedad en el frente, E. M. R

 
La fidelidad al horror
... Pero no sucedió nada, porque a la vida siempre le falta alguna cosa para ser perfecta...

... Y antes de que acabara la música le había explicado cómo el destino de una mujer estaba escrito en la forma que tenía de bailar...

... C. Ca. Cal. Cali. Calif. Califo. Califor. Californ. Californi. California. California. California. California. Oscuridad...

... El rótulo, desde el exterior, vertía lentos resplandores rojizos sobre las paredes y sobre las cosas...

... Entonces pensó que, por mucho que la vida sea incomprensible, probablemente la atravesamos con el único deseo de regresar al infierno que nos creó, y de habitar en el mismo junto a quien, en una ocasión, nos salvó de aquel infierno. Intentó preguntarse de dónde procedía esa absurda fidelidad al horror, pero descubrió que no tenía respuestas. Sólo comprendía que nada es más fuerte que ese instinto de volver donde nos desgarraron, y de seguir repitiendo ese instante años y años. Pensando tan sólo que quien nos salvó en una ocasión puede después hacerlo para siempre. En un largo infierno idéntico a aquel del que venimos. Pero, de pronto, clemente. Y sin sangre.

Sin sangre, A. B.

 
Tipos sin suerte
Había quedado con Federico, Federico, Federico en la estación de Tribunal para pasarnos una cinta y una grabadora, esto hacen los periodistas en su tiempo libre. Allí estuvimos hablando unos breves minutos. El histriónico Federico, Federico, Federico (como la novela) se movía a lo Woody Allen, tanto, que a mi me es casi imposible seguir una conversación con él. Me decía: "Eres imprescindible". Pensé que, como me habían enseñado mis padres siempre, nadie es imprescindible. Todos somos absolutamente prescindibles y sustituibles. Bueno, unos más que otros, eso es verdad.

El manojo de nervios se subió al vagón sin grabadora pero con cinta, allí llevaba la conversación con un Premio Nobel. Tenía su gloria en el bolsillo de su pantalón; su ego, por los aires. Sin demasiada malicia, me sonreí. Me gustó pensar que Federico, Federico, Federico, estaba contento por ser periodista por unos días.

Elegí salir. Era viernes por la noche, y no tenía por qué encerrarme en casa, ¿no? Al día siguiente, debía madrugar, pero el mundo estaba lleno de personas que apenas duermen y triplican mi eficacia. Salí a la calle. Respiré el aire de Tribunal, cargado de elementos y partículas nada extrañas, pero reñidas unas con otras. Y elegí ir a Gran Vía. El camino, aun en la soledad de mis pasos, me pareció espléndido. Hacía un poco de frío, pero quería ir en tirantes. No quería ponerme la chaqueta; de hecho, la guardé. Quería que me diese el viento en la cara, en los hombros. Llevaba una camiseta rosa muy fea, las prisas de última hora, las ganas de no repetir la misma todos los días, pero pensé: "Ahora soy una de esas chicas con personalidad que llevan una camiseta hortera". Y caminé.

Anduve rápido, observándolo todo. Me quedé con retazos de conversaciones, los grupos de amigos decicidiendo a dónde ir, las parejas de la mano, sus charlas íntimas. Las sostuve para mí, se las robé. Era una ladrona en manga corta por las calles de mi ciudad, un viernes por la noche en el que las prostitutas se hacinaban en las esquinas. El quiosquero hizo una pregunta al aire, me alcanzó los oidos: "¿Te gustan los western?". Sí, claro. ¿A quién no?

En Príncipe Pío hacía más frío. El autobús tardó algo en llegar, la rotonda ha cobrado el mismo aspecto de siempre. Pero nada ha cambiado. Bueno, miento. Sí ha cambiado con respecto al Príncipe Pío de siempre, en el que nos esperábamos con el libro de "Melalcor" imaginario, siempre soñado, nunca más visto, sobre el regazo. La 513 no para allí, aunque sí lo hacen otros autobuses. Siempre hubo clases y tipos sin suerte.

 
Un proceso psicobioquímico
Hace mucho que no continuo mi reflexión-debate (eso si queréis solamente) sobre qué es eso del amor, y cuánto dura el enamoramiento. Hoy tengo una frase aislada que añadir, leída ayer al mediodía en la redacción: "Un enamoramiento es un proceso psicobioquímico que tiene principio y fin". Esto significa que el estado de enamorarmiento no puede durar más de lo que dura tomarse un café o, tal vez, uno diario durante un año o varios meses, pero no es eterno. Tras la fase de deslumbramiento y fascinación, necesariamente ha de llegar la del amor a secas, la del amar a secas, que no tiene por qué ser peor, pero, sin duda, no implica tanto arrojo y pasión.

 
Clic
- "Es triste realmente".
- "Sí y no, porque en realidad te queda la esencia".

Tenía razón mi amiga desde su exilio murciano, tenía razón mi amiga desde su recinto talaverano, tenían razón las voces que sonaban en mi cabeza. Me siento como si estuviera borracha pues ayer la catarsis de la tormenta resacosa me dejó tirada, varada y sin fuerzas. No había sol esta mañana cuando amanecí, y sin embargo, los paseantes llevaban paraguas para protegerse de los rayos.

El viento me sacude y estoy mareadísima, es un barco en el que no dejo de teclear y mientras escribo con palabras imprecisas, indefinidas, escucho aquello de que "some things in life make sense" y "some things in life may change"...

Se apellidaba Monreal. Eso hizo clic. Me reveló que era Magritte. Eso también hizo clic. Pero el peso de la vida no cesaba y la carga era tal que las fuerzas eran innecesarias y daba hasta miedo mirar atrás...

 
Just give me time
He came back the other day, you know
Some things in life may change
And some things
They stay the same

Like time, there's always time
On my mind
So pass me by, I'll be fine
Just give me time

 
La máquina hace al hombre
Por unos instantes, me meto en la piel de las personas que escriben sobre cine en un diario, y explican en qué consisten, de forma valorativa, las películas programadas para el día siguiente. Así, si mañana echan el filme "2001. Odisea en el espacio", de Stanley Kubrick, es de obligado cumplimiento hablar sobre la banda sonora, sobre lo que supuso su intervención en el género ciencia ficción, sobre "Así habló Zaratrusta", de Strauss, y sobre el enigmático final que muchos interpretan de un modo religioso o visionario. Pues bien, si yo tuviera que escribir en un periódico sobre este tema, lo haría de la forma más estratégica posible: copiaría literalmente otras críticas y sinopsis, y reproduciría, refundiendo los mensajes, uno sólo, pues no sería capaz de transmitir ni de contar lo que para mí, este filme, ha significado. No alcanzo a hipnotizarme con la armonía de las imágenes, todas ellas perfectas, según dicen, ni tampoco entiendo el simbolismo de las mismas. Lo único que me ha parecido certeramente revelador, ha sido el hecho de que la máquina llegue a dominar al hombre, habiendo sido éste el que la ha creado. El ser humano desarrolla una inteligencia que proyecta en la creación de una máquina, un ordenador perfecto que se convierte en la propia voluntad de quien fuera su cerebro. La tiranía es tal que el desafiante cacharro se vuelve más fuerte que su invención, hecho que determina una relación de subordinación que acaba con el ser humano. El hombre derrotado ante la máquina, el hijo mata al padre, la sed ahoga al sediento.

 
San Francisco Self Portrait


Matthew Pillsbury
 
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Silvia Plachy
 
Breathe


Silvia Plachy
 
Ser o no ser


Ma Liuming
 
De reojo


Silvia Plachy
 
Tú, tú, tú, tú, tú y tú
La dificultad estriba en dejarse llevar por la música y teclear al ritmo de ésta mientras los pensamientos se coordinan y se unen, dan paso a unos, ceden el turno a otros.

La dificultad estriba en mover los hombros y los pies conjuntamente, y arquear las cejas, y mirarme al mismo tiempo, y dar vueltas, dar vueltas, dar vueltas...

La dificultad estriba en juntar los ojos enfermos de Monet y Degas con Peter Stein, y aquello de que el arte es lo único que justifica la existencia humana. Sí, así es, es el arte, el de los cuerpos, el de los deseos, el de las manos, el de la creatividad... Hay un orden mundial armónico, dinámico, por encima de nosotros...

La dificultad estriba en no dejarse confundir en la delgada mirada del otro, ni en su vacilante hilo de voz...

La dificultad está en entender que la vida es un barco de vapor en una ciudad de replicantes en la que tú, tú, tú, tú, tú, tú y tú no tienes nada que decir.

 
Diálogo mudo
Me han chivado una idea. Deliciosa idea. Transcribo: "Se podría hacer una historia de la literatura de los últimos siglos sólo visitando, en un viaje en el tiempo y en el espacio, las cafeterías a las que acudieron los distintos escritores. Hoy el café es un local como otro cualquiera, pero hace relativamente poco era algo más: un lugar de escritura, de diálogo, un refugio, una manera de no estar solo o de estar solo rodeado de gente".

Discrepo: No es verdad, Toni Montesinos. Lo escribiste porque tal vez tú, escritor, ya no utilizas el café para dejar caer las palabras por el cuaderno, como cae el azúcar (siempre dos bolsitas) por la espuma del americano. Pero desde el momento en que hay personas que llevan un libro, un libro suyo, propio, comprado, cuidado, a la cafetería, y se sientan en la barra, y miran al camerero, lo miran de tal modo que llegan a romper una hoja del volumen, contenidos los versos más sublimes, o los peores de todo el libro, y se la tienden, se la regalan con la despreocupación de quien da un refresco, es que sí hay literatura y poesía aún en un café de Peñíscola. De Peñíscola, no te estoy hablando del lírico París, ni de una Lisboa que puede resultar vieja como Pessoa.

Sigues: "Como dice Antoni Martí Monterde en su ensayo, al final de la introducción: 'El presente volumen está dedicado a la búsqueda de la escritura de esa vida interior de la ciudad, con la certeza indemostrable de su papel decisivo en la modernidad literaria, de que alguna cosa comenzó a cambiar en la literatura en el preciso instante en que alguien se sentó en una mesa de un Café, tomó un papel y se puso a escribir".

Revelas. Descubres. Dilatas la imaginación: cómo nos gusta, al hombre occidental, hecho a los libros de texto y a las historias de todo (del arte, de la geografía humana, de la sociología, del bricolaje), que marques un antes y un después. Como lo marcaron los grandes hitos de la historia de todas las cosas. Así, la literatura encuentra su revolución en el "coffehouse", una delicia con pastas de té para que el entusiasta de los puntos cronológicos y de las transformaciones abruptas saboree el resto del relato. Y, claro, para que todavía el ilusionista se encuentre a sí mismo en un café, taza en mano, cuaderno entre el platito y los terrones de azúcar, convencido de que la literatura se va a detener en él, que conoce los entresijos de la cuna de la modernidad europea.

Pero qué poético sigue resultando.

 
El panadero también desfalca
- ¿Tú te has visto reflejada en el texto?
- En cierto modo, sí.
- ¿Tú me has visto a mí reflejado en el texto?
- No lo sé, lo leí hace tiempo.
- Pero.
- ¿Por qué lo dices?
- ¿No recuerdas lo que hacía el padre?
- No.

"Mi padre amoroso, cada mañana antes de venir a verme casi desfalca el Horno de San Onofre buscando el bizcocho más rico. Me trae libros para entretenerme y me mima, me mima, me mima..." - citó de memoria. Compruebo con ello dos datos: que los sumarios periodísticos cumplen su función y que mi padre es un mago que no tiene réplica en este mundo. En el mío, quiero decir.

 
Para qué quiero yo un coche
Venía clavando mis ojos en el de enfrente y pensaba: ¿para qué quiero yo un coche? Me lo preguntaba con la intensidad de una persona que se pregunta una mañana: ¿quién soy? O todas esas cuestiones clave que alguien dijo un día que era preciso resolver y hacerse, o hacerse primero y luego resolver, mejor dicho. Preguntas existenciales pasadas por el arroz de la vida, que no se pasa.

Pues así venía yo. Clavaba mis ojos en el chico de enfrente y le interrogaba también a él: ¿para qué quiero yo un coche? Le decía. Y él contestaba: "No lo sé. ¿Para ponerle un tapacubos, un alerón y tunearlo?". Sí, tal vez para eso.

Clavaba mis ojos en el cristal de enfrente mientras viajaba en metro, observándolos a todos. Comiéndomelos a todos: a la señora del sudoku y la metodología extraña de resolverlo; a la niña de, tal vez, cinco años, que era demasiado grande para el carrito que la llevaba; a su padre, que le enseñaba el mundo a través de sus ojos, sesgado; a la mujer preciosa de en frente, madura pero como Diana Keaton en Annie Hall; y a los negros por pareja que hablaban en un idioma francamente incomprensible.

Les decía a todos: ¿Para qué quiero yo un coche, con lo que me gusta viajarme en metro, cederos el sitio o quitároslo, observaros dejando quieta mi mirada, analizaros y tomar notas sobre todos vosotros?