El nacimiento
Fue aquel momento de un minuto y medio en que la historia de mi vida y, por tanto, la suya, cambió. Giró de golpe y empezamos la marcha atrás o adelante, pusimos cuarta y nos dejamos vencer por la velocidad.
Recuerdo aquellos días en que el obsesivo estudio del carné de conducir me hacía escribir y expresarme y manifestarme y revolcarme en las páginas de mecánica sin entender nada, pero, sin embargo, me pareció una genialidad comparar el ritmo de la vida con el de la puesta de marchas. Al principio, y curiosamente, vamos marcha atrás. Retrocedemos para salir: es preciso despojarse de todo y mirar por el retrovisor.
Después, ponemos primera, aunque desearíamos estar ya en quinta. Quiero decir, en la quinta planta, donde el escenario cambia como en ese minuto y medio, donde los coches atraviesan la carretera como sombrías luces fugaces que nos hacen recordar lo pequeños que somos. Lo grandes que nos creemos. Lo inmensos que nos gustaría ser.
Mi semejanza con Grenouille es prácticamente inexistente y sin embargo, sé que llevaré este olor toda la noche. Conmigo. A donde vaya, a donde se me ocurra ir. Sólo hay que coger Plaza de Castilla y darle al play. Sólo hay que bajarse en Puerta del Sur, donde las esquinas de las casas se curvan para darle la bienvenida al foráneo.
Ese que lleva una chupa de cuero y huele distinto. Ese que comienza sus frases con una voz débil y escribe "despreciar" cuando esa palabra no forma parte del universo que nos rodea. Cuando esa palabra no forma parte de mí.
Y la letra es la de siempre, es como si la hubiera visto impresa en la factura de mi muñeca.
Yo tampoco he terminado de nacer.
Recuerdo aquellos días en que el obsesivo estudio del carné de conducir me hacía escribir y expresarme y manifestarme y revolcarme en las páginas de mecánica sin entender nada, pero, sin embargo, me pareció una genialidad comparar el ritmo de la vida con el de la puesta de marchas. Al principio, y curiosamente, vamos marcha atrás. Retrocedemos para salir: es preciso despojarse de todo y mirar por el retrovisor.
Después, ponemos primera, aunque desearíamos estar ya en quinta. Quiero decir, en la quinta planta, donde el escenario cambia como en ese minuto y medio, donde los coches atraviesan la carretera como sombrías luces fugaces que nos hacen recordar lo pequeños que somos. Lo grandes que nos creemos. Lo inmensos que nos gustaría ser.
Mi semejanza con Grenouille es prácticamente inexistente y sin embargo, sé que llevaré este olor toda la noche. Conmigo. A donde vaya, a donde se me ocurra ir. Sólo hay que coger Plaza de Castilla y darle al play. Sólo hay que bajarse en Puerta del Sur, donde las esquinas de las casas se curvan para darle la bienvenida al foráneo.
Ese que lleva una chupa de cuero y huele distinto. Ese que comienza sus frases con una voz débil y escribe "despreciar" cuando esa palabra no forma parte del universo que nos rodea. Cuando esa palabra no forma parte de mí.
Y la letra es la de siempre, es como si la hubiera visto impresa en la factura de mi muñeca.
Yo tampoco he terminado de nacer.
Primer sentido: la percepción
Me lo hicieron notar en su día (dónde quedaron esos días, a veces me pregunto, sin ya llorar, tan sólo suspirar, ¿qué fue, qué fue de aquellos soles?) y la verdad es que esa frase es demasiado grande como para sostenerse. Por eso la voy a escribir: así no tengo que cargar con su peso al salir hoy de casa.
He dormido tranquila pese a que ayer llegué algo asustada. No sé si "asustada" es la palabra: tal vez podría decirse inquieta, o volada. En esa sensación de vacío y de ausencia, de extrañeza serena pero a su vez, revulsiva.
En una de sus canciones preferidas el cantautor entona una frase que me parece el mensaje menos cifrado y más revelador de los que he llegado a conocer. Es un sintagma repetitivo y carente de originalidad, tal vez: "Amo a una mujer clara que amo y me ama sin pedir nada o casi nada, que no es lo mismo pero es igual". Es un retruécano hermoso que adoro, sobre todo, en el momento en que reitera, por si no había quedado suficientemente claro (también es una exigencia del ritmo, a mi modo de ver), que la ama. Así empieza la frase, así se almuerza a sí misma (sexta palabra) y casi se recoge, con ese chiste también: "Que no es lo mismo pero es igual".
Hay cosas que no son lo mismo o no son las que se esperaban, pero es igual porque no son mejores, pero es igual. Nada alcanza el grado de mejoría, el de la perfección o idealismo esperado, pero eso no significa que el resultado sea peor del que se quería.
Te gusta decir percibir, y a mí me gusta esa palabra porque me lleva a las manos y a los sentidos, y me hace pensar con la piel.
La claridad o la transparencia es lo más difícil de alcanzar. Los ojos encierran mucho más de lo que comunican, y por mucho que se practiquen los "besaojos", no se es capaz de absorber todo lo que vehiculan. Cuentan la vida de cada uno: informan pero las artimañas que hemos diseñado durante todos estos años (aprendemos rápido y acabamos siendo muy buenos) velan lo que quieren decir. Ocultan la noticia. Y si no se es un buen reportero, no hay quien desvele el misterio.
He dormido tranquila pese a que ayer llegué algo asustada. No sé si "asustada" es la palabra: tal vez podría decirse inquieta, o volada. En esa sensación de vacío y de ausencia, de extrañeza serena pero a su vez, revulsiva.
En una de sus canciones preferidas el cantautor entona una frase que me parece el mensaje menos cifrado y más revelador de los que he llegado a conocer. Es un sintagma repetitivo y carente de originalidad, tal vez: "Amo a una mujer clara que amo y me ama sin pedir nada o casi nada, que no es lo mismo pero es igual". Es un retruécano hermoso que adoro, sobre todo, en el momento en que reitera, por si no había quedado suficientemente claro (también es una exigencia del ritmo, a mi modo de ver), que la ama. Así empieza la frase, así se almuerza a sí misma (sexta palabra) y casi se recoge, con ese chiste también: "Que no es lo mismo pero es igual".
Hay cosas que no son lo mismo o no son las que se esperaban, pero es igual porque no son mejores, pero es igual. Nada alcanza el grado de mejoría, el de la perfección o idealismo esperado, pero eso no significa que el resultado sea peor del que se quería.
Te gusta decir percibir, y a mí me gusta esa palabra porque me lleva a las manos y a los sentidos, y me hace pensar con la piel.
La claridad o la transparencia es lo más difícil de alcanzar. Los ojos encierran mucho más de lo que comunican, y por mucho que se practiquen los "besaojos", no se es capaz de absorber todo lo que vehiculan. Cuentan la vida de cada uno: informan pero las artimañas que hemos diseñado durante todos estos años (aprendemos rápido y acabamos siendo muy buenos) velan lo que quieren decir. Ocultan la noticia. Y si no se es un buen reportero, no hay quien desvele el misterio.
El desvelo
Soñó que había soñado con ella en un sueño que más tarde soñaría sin ser realmente soñado sino vivido.
Soñó que todas las horas que dormía eran las horas que quería dormir. Soñó con repartirlas entre dos, hizo bien los cálculos, y así las horas de sueño eran doblemente soñadas. Y mejores.
Soñó que todas las horas que dormía eran las horas que quería dormir. Soñó con repartirlas entre dos, hizo bien los cálculos, y así las horas de sueño eran doblemente soñadas. Y mejores.
Escribo
Orhan Pamuk dice en "La maleta de mi padre" que los periodistas no somos muy originales. Estoy bastante de acuerdo con él, pero también apunta que, pese a todo, la pregunta más repetida por todos es la que más le gusta contestar:
¿Por qué escribe usted? ¿Por qué escribe Orhan Pamuk? Tecleo ávidamente lo que contesta:
"¡Escribo porque me sale de dentro! Escribo porque soy incapaz de hacer un trabajo normal como los demás. Escribo para que se escriban libros parecidos a los míos y yo pueda leerlos. Escribo porque estoy muy, muy enfadado con todos ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me gusta pasarme el día entero en una habitación escribiendo. Escribo porque solo puedo soportar la realidad si la altero. Escribo para que el mundo entero sepa la vida que hemos llevado y seguimos llevando yo, los otros, todos, nosotros, en Estambul, en Turquía. Escribo porque me gusta el olor del papel, de la pluma, de la tinta. Escribo porque más que en cualquier otra cosa creo en la literatura y en la novela. Escribo porque es una costumbre y una pasión. Escribo porque me da miedo ser olvidado. Escribo porque me gusta la fama y la atención que me ha proporcionado la escritura. Escribo para estar solo. Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para ver si acabo de una vez esa novela, ese artículo, esa página que he comenzado. Escribo porque eso es lo que todos esperan de mí. Escribo porque infantilmente creo en la inmortalidad de las bibliotecas y en cómo mis libros están en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo, es increíblemente hermoso y soprendente. Escrib porque me resulta agradable verter en palabras toda esa belleza y esa riqueza de la vida. Escribo no para contar una historia sino para crear una historia. Escribo para librarme de la sensación de que hay un sitio al que debo ir pero al que no consigo llegar, como en un sueño. Escribo porque no consigo ser feliz. Escribo para ser feliz".
¿Por qué escribe usted? ¿Por qué escribe Orhan Pamuk? Tecleo ávidamente lo que contesta:
"¡Escribo porque me sale de dentro! Escribo porque soy incapaz de hacer un trabajo normal como los demás. Escribo para que se escriban libros parecidos a los míos y yo pueda leerlos. Escribo porque estoy muy, muy enfadado con todos ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me gusta pasarme el día entero en una habitación escribiendo. Escribo porque solo puedo soportar la realidad si la altero. Escribo para que el mundo entero sepa la vida que hemos llevado y seguimos llevando yo, los otros, todos, nosotros, en Estambul, en Turquía. Escribo porque me gusta el olor del papel, de la pluma, de la tinta. Escribo porque más que en cualquier otra cosa creo en la literatura y en la novela. Escribo porque es una costumbre y una pasión. Escribo porque me da miedo ser olvidado. Escribo porque me gusta la fama y la atención que me ha proporcionado la escritura. Escribo para estar solo. Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para ver si acabo de una vez esa novela, ese artículo, esa página que he comenzado. Escribo porque eso es lo que todos esperan de mí. Escribo porque infantilmente creo en la inmortalidad de las bibliotecas y en cómo mis libros están en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo, es increíblemente hermoso y soprendente. Escrib porque me resulta agradable verter en palabras toda esa belleza y esa riqueza de la vida. Escribo no para contar una historia sino para crear una historia. Escribo para librarme de la sensación de que hay un sitio al que debo ir pero al que no consigo llegar, como en un sueño. Escribo porque no consigo ser feliz. Escribo para ser feliz".
La fuga del pescador
Yo lo llamaría revelación.
Tal vez epifanía.
Las manos temblaban.
El pescador había desaparecido.
Algo que me resultó ingrato.
Oliveira se da cuenta al final.
Habría que tener mucho tiempo.
El que hay.
Tal vez epifanía.
Las manos temblaban.
El pescador había desaparecido.
Algo que me resultó ingrato.
Oliveira se da cuenta al final.
Habría que tener mucho tiempo.
El que hay.
Sobre el periodismo
Me agrada el orden establecido en mi nueva habitación. Bueno, aunque es la de antes, ahora dispongo de unas alfombras del Ikea de colores muy vivos (naranja y marrón) y la lámpara es de esas que simbolizan el mundo en una bola de papel. He descubierto que me gusta sentarme de espaldas al armario y ver el mundo a través de la hoja de papel del libro que esté manoseando en el momento: "Un corazón invencible. Vida y muerte de mi mardo Danny Pearl: corresponsal de guerra".
Nunca he sido una de esas personas o, por qué no centrarse, periodistas (al fin y al cabo lo soy) que leen literatura emborronada por otros periodistas. Que gustan saber sobre las historias que nos encumbran y también las que nos critican, las que forman parte de nuestro gremio y analizan el por qué del periodismo y su función. Lo que uno puede hacer bajo la bandera de la pluma, lo bien visto y lo moralmente no aceptado. Todas esas disquisiciones, siempre pensé que así era, me generaban bastante indiferencia; en definitiva, no creí pertenecer a esa clase de periodistas que debaten sobre lo que hacen y sobre lo que debería ser el periodismo, esta ciencia nueva, obtusa, tan denostada y apreciada, tan llena de aventuras insípidas y rutinas aburridas.
Sin embargo, me percibo subrayando las frases que hablan del periodismo con mayúsculas, aquel que sólo algunos practican y en lo más hondo de mi ser, me gustaría ser partícipe: "Vivimos en un mundo en el que la gente no habla para comunicarse sino para sojuzgar (...). Nosotros poseemos las herramientas y el lenguaje para revelar verdades. Nosotros creemos que podemos cambiar el mundo modificando el modo en que las personas piensan en sus semejantes. Podemos inclusive establecer lazos entre la gente, por muy frágiles que éstos sean. Por eso, para quienes promueven el odio, nosotros somos los más odiados de todos".
Continúa Mariane Pearl reflexionando acerca de la piel especial de los periodistas. Yo, que nunca he creído en ello (bueno, miento, sólo al comienzo de la licenciatura, cuando, llena de ingenuidad y rubor, expresé en voz alta lo que pensaba del periodismo, esa "profesión" que había escogido, con toda la voluntad del mundo: "Periodismo es libertad". Eso dije y me descreo), ahora caigo en la cuenta de que si bien me gusta hacerme pasar por el gato que disimula que es un felino, no puedo ocultar mis verdaderas inquietudes. Anoche mismo sostuve esta conversación:
-Yo no soy tan periodista como vosotros. No soy "como" vosotros, que os late la noticia, que os encanta a lo que os dedicáis.
-No te creo, no es verdad. Por lo que he podido ver durante este año, sé que te gusta tanto el periodismo como a mí. Te apasiona de veras.
El comentario me dejó cabizbaja: yo que estaba dispuesta a "pasar" de esto el resto de mis días, que quería ser proyectista o acomodadora. Yo que estaba tan tranquila devoro las páginas escritas (que no emborronadas) por Mariane Pearl, y me coloco de su lado. Y disfruto con la sencillez de sus descripciones, con su capacidad para emocionar y divulgar una verdad, una tendencia al diálogo por encima de las brutalidades que hubo de vivir y enfrentar.
Como por arte de magia, me acuerdo de aquella profesora que, antes de convertirse en lingüista y correctora, se encerró un año en su habitación (y en prolongadas fiestas nocturnas, bares y pianos) para leer una pieza teatral cada día. Chèjov, Valle-Inclán, Lorca, Moliere. Todos los que pudo.
Nunca he sido una de esas personas o, por qué no centrarse, periodistas (al fin y al cabo lo soy) que leen literatura emborronada por otros periodistas. Que gustan saber sobre las historias que nos encumbran y también las que nos critican, las que forman parte de nuestro gremio y analizan el por qué del periodismo y su función. Lo que uno puede hacer bajo la bandera de la pluma, lo bien visto y lo moralmente no aceptado. Todas esas disquisiciones, siempre pensé que así era, me generaban bastante indiferencia; en definitiva, no creí pertenecer a esa clase de periodistas que debaten sobre lo que hacen y sobre lo que debería ser el periodismo, esta ciencia nueva, obtusa, tan denostada y apreciada, tan llena de aventuras insípidas y rutinas aburridas.
Sin embargo, me percibo subrayando las frases que hablan del periodismo con mayúsculas, aquel que sólo algunos practican y en lo más hondo de mi ser, me gustaría ser partícipe: "Vivimos en un mundo en el que la gente no habla para comunicarse sino para sojuzgar (...). Nosotros poseemos las herramientas y el lenguaje para revelar verdades. Nosotros creemos que podemos cambiar el mundo modificando el modo en que las personas piensan en sus semejantes. Podemos inclusive establecer lazos entre la gente, por muy frágiles que éstos sean. Por eso, para quienes promueven el odio, nosotros somos los más odiados de todos".
Continúa Mariane Pearl reflexionando acerca de la piel especial de los periodistas. Yo, que nunca he creído en ello (bueno, miento, sólo al comienzo de la licenciatura, cuando, llena de ingenuidad y rubor, expresé en voz alta lo que pensaba del periodismo, esa "profesión" que había escogido, con toda la voluntad del mundo: "Periodismo es libertad". Eso dije y me descreo), ahora caigo en la cuenta de que si bien me gusta hacerme pasar por el gato que disimula que es un felino, no puedo ocultar mis verdaderas inquietudes. Anoche mismo sostuve esta conversación:
-Yo no soy tan periodista como vosotros. No soy "como" vosotros, que os late la noticia, que os encanta a lo que os dedicáis.
-No te creo, no es verdad. Por lo que he podido ver durante este año, sé que te gusta tanto el periodismo como a mí. Te apasiona de veras.
El comentario me dejó cabizbaja: yo que estaba dispuesta a "pasar" de esto el resto de mis días, que quería ser proyectista o acomodadora. Yo que estaba tan tranquila devoro las páginas escritas (que no emborronadas) por Mariane Pearl, y me coloco de su lado. Y disfruto con la sencillez de sus descripciones, con su capacidad para emocionar y divulgar una verdad, una tendencia al diálogo por encima de las brutalidades que hubo de vivir y enfrentar.
Como por arte de magia, me acuerdo de aquella profesora que, antes de convertirse en lingüista y correctora, se encerró un año en su habitación (y en prolongadas fiestas nocturnas, bares y pianos) para leer una pieza teatral cada día. Chèjov, Valle-Inclán, Lorca, Moliere. Todos los que pudo.
Lo que hagas con tu alma es asunto tuyo
Edward Albee escribió un libreto para "La cabra o ¿quién es Silvia?", que Josep María Pou (genial los domingos por la mañana en "A vivir") tradujo, adaptó y acabó por interpretar. Yo me limité a ir al teatro y tragarme a sorbos de irrealidad una de las historias más atrevidas que he visto nunca (mucho más sorprendente para mí que Fassbinder y sus lágrimas). El bolígrafo, en su contínua lucha por salir del bolso, acabó por escribir a tajos las frases del guión. Ahora desparramo las vísceras en este cuaderno. Bien servidas, queman.
-Oye, ¿pero tú tienes trapos sucios?
-Esto no es más que una fase.
-Como la luna, ¿no?
-¿Menguante o creciente?
-Para seguir alimentando tu ego.
-Nunca te he sido infiel.
-De pronto un buen día.
-El otoño recién estrenado.
-Todos somos animales. Nos enamoramos de todo tipo de criaturas.
-El que la hace, la paga.
-Nadie te ha hundido todavía.
-La quiero y me quiere.
-Tocado y hundido.
-Responsable y adulto.
-Lo que has roto ya no puede componerse.
-Hecho añicos.
-Me has destruido.
-De nada sirve pedir perdón.
-Nos hemos matado el uno al otro.
-¿Qué le has hecho a mi madre?
-Eso es lo único que importa: que la gente lo sepa.
-Éxtasis, amor, pureza, amor.
-¿Por qué no tengo derecho a sentir lo que siento?
-No tendría que haber ocurrido.
-Entendimiento, conexión, comunicón natural, profunda, intensa...
-Ya no seremos capaces de salir de él nunca más.
-Ha cavado su propia fosa.
-Arrasarlo todo.
-Está avergonzado: en conflicto consigo mismo.
-¿Tengo alternativa?
-La más señora de todas las putas. La más puta de todas las señoras.
-¿Hay algo en este mundo que no tenga relación con el sexo?
-Cosas que pasan.
-Dios mío, estás enfermo.
-Es una perversión, una aberración destructiva.
-Una revelación, una epifanía: esa es la palabra.
-Esto lo supera todo.
-Lo que hagas con tu alma es asunto tuyo.
-Yo soy un bicho raro.
-La ingenuidad, la pureza, la inocencia.
-Era algo nuevo, sorprendente.
-Fui hacia ella y le hablé, sí.
-Pero, ¿quién es Silvia?
-El bestialismo.
-Ni siquiera llego a concebirlo.
-Cuéntamelo de manera que no me lo crea.
-Forma parte del juego.
-Saberlo no es creerlo.
-Era monstruoso y absurdo, pero no era ninguna broma.
-Desmesurado.
-Un corazón de cinco años.
-Empieza el debate.
-No podemos hacer como que Ross no me cuenta lo que me cuenta.
-Y no la llames ella.
-Ella es ella.
-Yo estoy intentando no vomitar.
-Aquí, conmigo, ahora.
-Una expresión que se me hizo extraña: él ya lo había dejado.
-Soledad.
-Oye, ¿pero tú tienes trapos sucios?
-Esto no es más que una fase.
-Como la luna, ¿no?
-¿Menguante o creciente?
-Para seguir alimentando tu ego.
-Nunca te he sido infiel.
-De pronto un buen día.
-El otoño recién estrenado.
-Todos somos animales. Nos enamoramos de todo tipo de criaturas.
-El que la hace, la paga.
-Nadie te ha hundido todavía.
-La quiero y me quiere.
-Tocado y hundido.
-Responsable y adulto.
-Lo que has roto ya no puede componerse.
-Hecho añicos.
-Me has destruido.
-De nada sirve pedir perdón.
-Nos hemos matado el uno al otro.
-¿Qué le has hecho a mi madre?
-Eso es lo único que importa: que la gente lo sepa.
-Éxtasis, amor, pureza, amor.
-¿Por qué no tengo derecho a sentir lo que siento?
-No tendría que haber ocurrido.
-Entendimiento, conexión, comunicón natural, profunda, intensa...
-Ya no seremos capaces de salir de él nunca más.
-Ha cavado su propia fosa.
-Arrasarlo todo.
-Está avergonzado: en conflicto consigo mismo.
-¿Tengo alternativa?
-La más señora de todas las putas. La más puta de todas las señoras.
-¿Hay algo en este mundo que no tenga relación con el sexo?
-Cosas que pasan.
-Dios mío, estás enfermo.
-Es una perversión, una aberración destructiva.
-Una revelación, una epifanía: esa es la palabra.
-Esto lo supera todo.
-Lo que hagas con tu alma es asunto tuyo.
-Yo soy un bicho raro.
-La ingenuidad, la pureza, la inocencia.
-Era algo nuevo, sorprendente.
-Fui hacia ella y le hablé, sí.
-Pero, ¿quién es Silvia?
-El bestialismo.
-Ni siquiera llego a concebirlo.
-Cuéntamelo de manera que no me lo crea.
-Forma parte del juego.
-Saberlo no es creerlo.
-Era monstruoso y absurdo, pero no era ninguna broma.
-Desmesurado.
-Un corazón de cinco años.
-Empieza el debate.
-No podemos hacer como que Ross no me cuenta lo que me cuenta.
-Y no la llames ella.
-Ella es ella.
-Yo estoy intentando no vomitar.
-Aquí, conmigo, ahora.
-Una expresión que se me hizo extraña: él ya lo había dejado.
-Soledad.
La izquierda aún duele y está torcida
-No estaba el doctor Javier, sino ese otro extranjero con el que tanto he sufrido al ver que escribía con la mano izquierda.
Magalomanía
Aquello se convirtió en una costumbre. Me gustaría decir: la hora de servirse un té. Un café a las cinco y media de la tarde. Salir los sábados para tomar el tranvía y dar unas vueltas a la manzana. Ver "House" en tu casa. Correr los domingos por la mañana. Desayunar churros una vez por semana. Salir a dar un paseo los jueves por la noche. Quedar para ver cómo cambian los productos de los estantes de los supermercados. Cualquier cosa podría ser una costumbre hermosa; pero voy a hablar de las que no lo son tanto.
La costumbre de leer entre líneas. De pasar las páginas sin terminar la hoja, de volver atrás y no llegar hasta el final nunca. En definitiva, la costumbre de quemar libros sin completarlos. A la hoguera: esto es ya una rutina más y cuando algo se convierte en tradición, cuesta mucho dejar de verlo como algo habitual, sano y hasta cierto punto, natural.
Así pasó. Con "En busca del tiempo perdido", "Lo que el viento se llevó", "La caverna", "Estambul", "El imperio", "Rayuela". Aquí me detengo, recorto un artículo que no me ha sido comentado, una de las cosas más inspiradoras que he hecho hasta la fecha: como aquellos análisis de textos que hacíamos, que a mí tanto me gustaban, aquella mañana de metro decidí subrayarlo considerando mi vida como punto de partida. Éste es el resultado: "La chica con la que Horacio se encontró un mediodía en la calle, de Cherche-Midi, por si fuera poco, que se llamaba Lucía ('Y así es como los que nos iluminan son los ciegos') y venía de Montevideo con un chico en brazos, y a todos -a Horacio el primero- les asombraba que 'hubiera podido llevar la fantasía al punto de llamarle Rocamadour a su hijo' (como un pueblito de Francia que se llama así y que, visto desde arriba de la Nacional 7, parece un bebé despatarrado en la cuna); la que anda por la calle, buscando, lo que le concierne busca, y eso no es, nunca es lo mismo que para los demás, 'porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunqueu se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa... si uno se ordena como un cajón de la cómoda...', es el signo de la busca y de lo que se sale a buscar".
Esto escribe Ana Becciu, unas frases que me han impresionado hasta tal punto de querer dilatar su pensamiento y de buscarlo, como hace Oliveira cuando se da cuenta de que ha perdido (siempre ocurre así) a la Maga, de que la ha perdido para siempre, y de que ya no se encontrarán por gracia y obra del azar. O de quien sabe dónde ponerse para propiciar un encuentro fortuito, eso sí que es arte.
Del azar a la casualidad, y de la causalidad a la coincidencia me agarro fuerte de una mano invisible que no es la del mercado, olvidemos a Adam Smith por unos instantes, sino la de algo, un ente, una realidad, un ser onírico, algo como ovni, podría ser lo mismo (a.l.g.o.), ¿qué más da?, que me conduce corriendo por los corredores velados de una cita de libro, de una cita entre dos personas, de una cita textual, de lo que para un signo bajo la influencia lunática del sol simboliza el encontrase en la calle, el preguntar si estás ahí, detrás de esos carteles aunque no te vea, si lo estarás, si por fortuna estabas, si me esperarás aunque llegue tan tarde.
La costumbre de leer entre líneas. De pasar las páginas sin terminar la hoja, de volver atrás y no llegar hasta el final nunca. En definitiva, la costumbre de quemar libros sin completarlos. A la hoguera: esto es ya una rutina más y cuando algo se convierte en tradición, cuesta mucho dejar de verlo como algo habitual, sano y hasta cierto punto, natural.
Así pasó. Con "En busca del tiempo perdido", "Lo que el viento se llevó", "La caverna", "Estambul", "El imperio", "Rayuela". Aquí me detengo, recorto un artículo que no me ha sido comentado, una de las cosas más inspiradoras que he hecho hasta la fecha: como aquellos análisis de textos que hacíamos, que a mí tanto me gustaban, aquella mañana de metro decidí subrayarlo considerando mi vida como punto de partida. Éste es el resultado: "La chica con la que Horacio se encontró un mediodía en la calle, de Cherche-Midi, por si fuera poco, que se llamaba Lucía ('Y así es como los que nos iluminan son los ciegos') y venía de Montevideo con un chico en brazos, y a todos -a Horacio el primero- les asombraba que 'hubiera podido llevar la fantasía al punto de llamarle Rocamadour a su hijo' (como un pueblito de Francia que se llama así y que, visto desde arriba de la Nacional 7, parece un bebé despatarrado en la cuna); la que anda por la calle, buscando, lo que le concierne busca, y eso no es, nunca es lo mismo que para los demás, 'porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunqueu se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa... si uno se ordena como un cajón de la cómoda...', es el signo de la busca y de lo que se sale a buscar".
Esto escribe Ana Becciu, unas frases que me han impresionado hasta tal punto de querer dilatar su pensamiento y de buscarlo, como hace Oliveira cuando se da cuenta de que ha perdido (siempre ocurre así) a la Maga, de que la ha perdido para siempre, y de que ya no se encontrarán por gracia y obra del azar. O de quien sabe dónde ponerse para propiciar un encuentro fortuito, eso sí que es arte.
Del azar a la casualidad, y de la causalidad a la coincidencia me agarro fuerte de una mano invisible que no es la del mercado, olvidemos a Adam Smith por unos instantes, sino la de algo, un ente, una realidad, un ser onírico, algo como ovni, podría ser lo mismo (a.l.g.o.), ¿qué más da?, que me conduce corriendo por los corredores velados de una cita de libro, de una cita entre dos personas, de una cita textual, de lo que para un signo bajo la influencia lunática del sol simboliza el encontrase en la calle, el preguntar si estás ahí, detrás de esos carteles aunque no te vea, si lo estarás, si por fortuna estabas, si me esperarás aunque llegue tan tarde.
Un café vienés
La razón por la que me metí en tu coche un día tras otro, aún la desconozco. Se supone que los dos acabamos a esas horas de trabajar. Se supone que yo vivo tan lejos que tú, con tu corazón de templanza, te apiadas y me propones Moncloa, lo que yo acepto sin pensar y, una vez allí, tras los pitidos que emite tu coche como si fuera fantástico para chivarse de que me he quitado el cinturón de seguridad, le inquiero a alguien que cómo se va hasta Príncipe Pío. "En metro", responden todos. Me justifico: "No, andando, es que quiero pasear". Con cara de interrogación y admiración (en su sentido lingüístico más absoluto: exclamación), me indican con un dedo inseguro: "Todo recto por ahí hasta Plaza de España. Luego hacia abajo". Sí, ahí ya sé.
Entonces me conecto a la radio y me dispongo a retroceder.
Me saludas al comenzar la mañana, me hago la indiferente porque no quisiera mostrar que he estado esperando el momento en que te quitas el abrigo negro de tela, la capa del Estudiante de Salamanca gruesa y que tanto pesa, que tanto cuidas y cuyo cuello subes para no pasar frío, siempre pareces estar aterido de frío. Entonces lo veo: por la redacción se mueve espesamente el olor sólido que traes; no es un olor ligero, no es el de una persona joven que recién cumplió los 25, es el de alguien que se acerca a los cuarenta y mensajea que tiene esa edad. Es una mezcla entre coco y limón, es dulce y denso por otro lado; es devastador como tu figura de espadachín (¿en serio practicaste esgrima durante años?), algo que se mete en las entrañas y que sólo sale por la puerta cuando desapareces de la redacción, que no son pocas veces: así, el doctor te busca muchas veces, por todas partes, y manda para buscarte. Y ahí estoy yo: te sostengo por las pinzas de la camisa suelta que llevas, y te postro ante ellos. "Aquí traigo al rehén. El rehén se había esfumado como su olor a las diez de la noche. Cuando se marcha".
Antes de marcharte una vez preguntaste qué iba a hacer después. "Nada, no tengo plan. ¿Y tú?". "Beberme un whisky en el sofá de mi casa". ("Y cortarme las venas", quisiste añadir).
No sugirió el suicidio por desconsuelo y decoro pero lo vehiculó hasta mí (me pregunto si de igual modo que dejas frases en el aire también controlas el radio de acción de olor) como si estuviera pidiéndome que lo recogiera como a Olivia, cuando le quedaban dos días para morir. Entonces, el que se confiesa "infantil" en "determinadas situaciones íntimas", el que hace tiempo tuvo que enfrentarse a una situación paradigmática que tanto se aproxima a otras de sobra conocidas, el que apenas sí parece que junta los veinte, aunque suma más de tres décadas, aquel que viste "informal pero elegante", que creció entre los "pijos de Madrid", que vivió deprisa y no se mató porque su sombra lo protegió, el que se ríe de todos aquellos que escriben blogs (y cambian el gesto cuando le confiesan que hay gente cercana que puede tenerlos) y que no bebe cervezas, sino vinos, al que toda la ropa le queda grande, el que merma, se consume por dentro y se le rizan las pestañas de puro capricho, el que no tiene un rostro actual si esto se me permite, que parece escapado de uno de esos filmes que presta alegremente, el que aburre por su dicción asombrosa o engancha por sus historias inéditas y templadas, al que le han dejado y ha dejado repetidas veces a lo largo de su vida, al que para romper hielos encaja un "chica" desesperado que atonta y produce risa, el que huye de la redacción, sugirió ir a tomar algo. Acepté.
Entonces me conecto a la radio y me dispongo a retroceder.
Me saludas al comenzar la mañana, me hago la indiferente porque no quisiera mostrar que he estado esperando el momento en que te quitas el abrigo negro de tela, la capa del Estudiante de Salamanca gruesa y que tanto pesa, que tanto cuidas y cuyo cuello subes para no pasar frío, siempre pareces estar aterido de frío. Entonces lo veo: por la redacción se mueve espesamente el olor sólido que traes; no es un olor ligero, no es el de una persona joven que recién cumplió los 25, es el de alguien que se acerca a los cuarenta y mensajea que tiene esa edad. Es una mezcla entre coco y limón, es dulce y denso por otro lado; es devastador como tu figura de espadachín (¿en serio practicaste esgrima durante años?), algo que se mete en las entrañas y que sólo sale por la puerta cuando desapareces de la redacción, que no son pocas veces: así, el doctor te busca muchas veces, por todas partes, y manda para buscarte. Y ahí estoy yo: te sostengo por las pinzas de la camisa suelta que llevas, y te postro ante ellos. "Aquí traigo al rehén. El rehén se había esfumado como su olor a las diez de la noche. Cuando se marcha".
Antes de marcharte una vez preguntaste qué iba a hacer después. "Nada, no tengo plan. ¿Y tú?". "Beberme un whisky en el sofá de mi casa". ("Y cortarme las venas", quisiste añadir).
No sugirió el suicidio por desconsuelo y decoro pero lo vehiculó hasta mí (me pregunto si de igual modo que dejas frases en el aire también controlas el radio de acción de olor) como si estuviera pidiéndome que lo recogiera como a Olivia, cuando le quedaban dos días para morir. Entonces, el que se confiesa "infantil" en "determinadas situaciones íntimas", el que hace tiempo tuvo que enfrentarse a una situación paradigmática que tanto se aproxima a otras de sobra conocidas, el que apenas sí parece que junta los veinte, aunque suma más de tres décadas, aquel que viste "informal pero elegante", que creció entre los "pijos de Madrid", que vivió deprisa y no se mató porque su sombra lo protegió, el que se ríe de todos aquellos que escriben blogs (y cambian el gesto cuando le confiesan que hay gente cercana que puede tenerlos) y que no bebe cervezas, sino vinos, al que toda la ropa le queda grande, el que merma, se consume por dentro y se le rizan las pestañas de puro capricho, el que no tiene un rostro actual si esto se me permite, que parece escapado de uno de esos filmes que presta alegremente, el que aburre por su dicción asombrosa o engancha por sus historias inéditas y templadas, al que le han dejado y ha dejado repetidas veces a lo largo de su vida, al que para romper hielos encaja un "chica" desesperado que atonta y produce risa, el que huye de la redacción, sugirió ir a tomar algo. Acepté.
La estacada
Comenzar un artículo con la frase "la literatura era una asignatura pendiente" me parece el peor comienzo de la historia, precisamente, de la literatura. Si es que, por alguna razón, reajustes de última hora, suspicacias que acaban alabando mi incursión, consiguiera entrar en el peor de los puestos. La primera frase de un relato, de todos es sabido, tiene que enganchar. ¿Cómo era? ¿Coger al lector por las solapas? ¿Competir con el cruasán? Todo eso eran también patrañas.
Llega un día en el que las decisiones tomadas revocan. Vuelven a uno, retroceden, se instalan en la garganta, en ese también transepto que permite que respiremos. Al quedarse ahí como una ciénaga de hielo, corta la respiración. Toses. Espasmos. Y entonces.
-¿Qué harías tú si no pudieras escribir?
-Escribiría.
-Entonces es que realmente sientes la literatura.
Y yo me pregunto en voz alta, me voceo a mí misma, pues creo que estoy perdiendo el oído, como mi padre, pues creo que estoy dejando atrás las facultades físicas de todo tipo, y ya no sé saltar, ni correr, ni escalar, ni volar de un salto hasta tu puerta: ¿Se puede amar algo que se desconoce? ¿Se puede sentir la palabra hasta el punto de no retrasar el momento de parirla? ¿Qué es la literatura? ¿Por qué me das libros que hablan sobre este fenómeno? ¿Por qué conectas la radio cuando los escritores charlan sobre su poder? ¿Por qué me invitas a una comida en que todos debaten sobre Joseph Conrad?
No quiero violentarme, pero si colocas bajo mis dedos las teclas y haces que el mecanismo no pueda parar hasta siguiente orden, no me dejes tampoco en la estacada.
Llega un día en el que las decisiones tomadas revocan. Vuelven a uno, retroceden, se instalan en la garganta, en ese también transepto que permite que respiremos. Al quedarse ahí como una ciénaga de hielo, corta la respiración. Toses. Espasmos. Y entonces.
-¿Qué harías tú si no pudieras escribir?
-Escribiría.
-Entonces es que realmente sientes la literatura.
Y yo me pregunto en voz alta, me voceo a mí misma, pues creo que estoy perdiendo el oído, como mi padre, pues creo que estoy dejando atrás las facultades físicas de todo tipo, y ya no sé saltar, ni correr, ni escalar, ni volar de un salto hasta tu puerta: ¿Se puede amar algo que se desconoce? ¿Se puede sentir la palabra hasta el punto de no retrasar el momento de parirla? ¿Qué es la literatura? ¿Por qué me das libros que hablan sobre este fenómeno? ¿Por qué conectas la radio cuando los escritores charlan sobre su poder? ¿Por qué me invitas a una comida en que todos debaten sobre Joseph Conrad?
No quiero violentarme, pero si colocas bajo mis dedos las teclas y haces que el mecanismo no pueda parar hasta siguiente orden, no me dejes tampoco en la estacada.
La llave
Por dos veces dejo que alguien lea esto, tan hermoso:
"LAS COSAS QUE AMO DE MARIANE"
-Pone Led Zep por las mañanas.
-Dice que no desea ninguna de esas mierdas comerciales en nuestra boda.
-Baila con o sin música.
-No cree que uno deba rendirse en ciertas cosas a medida que se envejece.
-Es tímida al día siguiente.
-No teme llorar.
-Disfruta de las cosas convencionales (las fogatas, la navegación) sin ser convencional.
-Me permite comportarme tan estúpidamente como lo desee sin sentirse avergonzada.
-No toma a papá demasiado en serio.
-Es intrépida y práctica.
-No hay nada de lo que no pueda conversar con ella.
-Le agradan los animales disecados.
-Se sienta sobre mí mientras trabajo.
-Viste la misma camiseta durante dos días seguidos si le place.
-No suele mirar por dónde va.
-Tiene una increíble habilidad para analizarse a sí misma y a nosotros dos con una clara perspectiva.
Personalmente, la que más deliciosa me parece es esa de "no suele mirar por dónde va" o aquella otra de "baila con o sin música", y estoy de acuerdo con el alto chico del peto vaquero en que "le agradan los animales disecados" desentona aunque a mí "viste la camiseta durante dos días seguidos si le place" y "se sienta sobre mí mientras trabajo" me parece encantador. O hermoso, como rezaba la punta de la llave a lápiz en la página 80. O bonito, como bromearon después.
"LAS COSAS QUE AMO DE MARIANE"
-Pone Led Zep por las mañanas.
-Dice que no desea ninguna de esas mierdas comerciales en nuestra boda.
-Baila con o sin música.
-No cree que uno deba rendirse en ciertas cosas a medida que se envejece.
-Es tímida al día siguiente.
-No teme llorar.
-Disfruta de las cosas convencionales (las fogatas, la navegación) sin ser convencional.
-Me permite comportarme tan estúpidamente como lo desee sin sentirse avergonzada.
-No toma a papá demasiado en serio.
-Es intrépida y práctica.
-No hay nada de lo que no pueda conversar con ella.
-Le agradan los animales disecados.
-Se sienta sobre mí mientras trabajo.
-Viste la misma camiseta durante dos días seguidos si le place.
-No suele mirar por dónde va.
-Tiene una increíble habilidad para analizarse a sí misma y a nosotros dos con una clara perspectiva.
Personalmente, la que más deliciosa me parece es esa de "no suele mirar por dónde va" o aquella otra de "baila con o sin música", y estoy de acuerdo con el alto chico del peto vaquero en que "le agradan los animales disecados" desentona aunque a mí "viste la camiseta durante dos días seguidos si le place" y "se sienta sobre mí mientras trabajo" me parece encantador. O hermoso, como rezaba la punta de la llave a lápiz en la página 80. O bonito, como bromearon después.
Lector poco imaginado
"Mi música es autobiográfica. Es mi forma de expresión y es para mí". Esto se lo dice James Blunt a sí mismo y aunque pueda parecer un poco pedante, tal vez egocéntrico y hasta egoísta (¿dónde quedó aquello del altruismo, del escribo y canto y compongo para los demás?), me parece sincero. A veces o en todos los casos uno escribe para sí mismo o para otra persona, el lector imaginario que no lo es tanto sino que tiene corazón y ojos. Sobre todo corazón literario.
Llegan las provisiones
La soledad de uno le es indiferente al otro de un modo natural. A veces creo que la solución se encontraría en esconder bajo tierra o dejar en el paragüero las palabras egoísmo, indiferencia, superioridad, discriminación. Hay tantas palabras grandilocuentes como nociones abstractas se usan para definir la obra de un artista, pero yo me estoy refiriendo simplemente a la soledad. La tele suena desde el salón y retransmite el funeral de estado que se le otorga a la última víctima de ETA. Raúl Centeno tenía la edad que tendré yo a partir de marzo. Y su vida ha sido sesgada por las hoces de Millet. Supongo que el verdugo no da igual pero, en el origen de las cosas y en la consecuencia final, lo que verdaderamente importa es que Raúl Centeno ha muerto.
Yo, que me paso el día narrándome en inglés las aventuras futuras, que para mis adentros y mi mente demasiado infantil y perseguida por la fantasía me he casado tres veces y divorciado un número mayor; yo, que para dentro de unos años pienso haber peinado la parte sur del universo; yo, que descreo la llegada del hombre a la Luna por el mero hecho de que quisiera verla con mis propios ojos; yo, que voy prometiendo primaveras y desenredando nudos al ritmo de una pieza de jazz rayada; yo, que aún no he cumplido los 23, siento que lo que verdaderamente importa es que una vida ha sido arrancada del mundo para ser plantada en otra parte. En aquello que anoche se escondía detrás del biombo. No viste, pero ahí estaba el secreto.
Las mañanas que siempre soñé no son como la de hoy, pero la de hoy tampoco fue mala. Recuerdo aquel comienzo de párrafo, algo que me pareció una genialidad insensata cuando sólo era una frase más: "Desde la soledad de la redacción...". Ahora bien, desde la soledad de esta sala, y queriendo, como siempre, encontrarme esta tarde eterna paseando en el Retiro, sin horarios ni sombras, recreo los minutos transcurridos desde que no quería levantarme de la cama hasta que por fin lo hice, desde que puse la radio hasta que la apagué, desde que las voces de los periodistas de la mañana dominical me llenan de alegría y me incitan a la risa, desde esa figura de la que subscribe riéndose en mitad de la cocina, sin contención y extrañamente siendo observada por sí misma, y pensando en voz alta, sosteniendo la sartén y la cuchara de palo: la palabra leída, la palabra hablada, la palabra escuchada, la palabra compartida, la palabra desmembrada, la suspirada, la invocada, la dialogada, la regalada, la pertenecida, no es más que mi sustento.
Yo, que me paso el día narrándome en inglés las aventuras futuras, que para mis adentros y mi mente demasiado infantil y perseguida por la fantasía me he casado tres veces y divorciado un número mayor; yo, que para dentro de unos años pienso haber peinado la parte sur del universo; yo, que descreo la llegada del hombre a la Luna por el mero hecho de que quisiera verla con mis propios ojos; yo, que voy prometiendo primaveras y desenredando nudos al ritmo de una pieza de jazz rayada; yo, que aún no he cumplido los 23, siento que lo que verdaderamente importa es que una vida ha sido arrancada del mundo para ser plantada en otra parte. En aquello que anoche se escondía detrás del biombo. No viste, pero ahí estaba el secreto.
Las mañanas que siempre soñé no son como la de hoy, pero la de hoy tampoco fue mala. Recuerdo aquel comienzo de párrafo, algo que me pareció una genialidad insensata cuando sólo era una frase más: "Desde la soledad de la redacción...". Ahora bien, desde la soledad de esta sala, y queriendo, como siempre, encontrarme esta tarde eterna paseando en el Retiro, sin horarios ni sombras, recreo los minutos transcurridos desde que no quería levantarme de la cama hasta que por fin lo hice, desde que puse la radio hasta que la apagué, desde que las voces de los periodistas de la mañana dominical me llenan de alegría y me incitan a la risa, desde esa figura de la que subscribe riéndose en mitad de la cocina, sin contención y extrañamente siendo observada por sí misma, y pensando en voz alta, sosteniendo la sartén y la cuchara de palo: la palabra leída, la palabra hablada, la palabra escuchada, la palabra compartida, la palabra desmembrada, la suspirada, la invocada, la dialogada, la regalada, la pertenecida, no es más que mi sustento.
Transepto hacia el pasado
No necesito ir a la "Catarsis del tomatazo" para cruzarme con un bólido que me arranca de cuajo el corazón.
No necesito contar descendiendo para darme cuenta de que el cero ha llegado y de que, aunque jamás lo creí así, no hay números negativos.
No estoy acostumbrada a ser yo la que se quede.
No quiero acostumbrarme pero lo haré a conformarme.
Tengo una bola de estupor en la muela del juicio mientras el alma pesa en la espalda desnuda.
Llegas, caminas, te vas.
Caminas sobre todo.
Te tragas la cámara.
Pones la mano en el objetivo y rompes la toma.
Te quejas por los verbos que utilizo: son vagos, son como los de Doris Lessing traducida al español.
Tengo miedo de perder la lucidez.
Tengo miedo de alcanzar ese estado de ánimo. Tal vez no quiera hallarme bien en este mundo, encontrar la solidez, la estabilidad, el otoño recién estrenado.
Quisiera estrenar de nuevo las lágrimas.
Y las sábanas del cíclope.
Lo más cruel de este mundo no es la muerte, sino el pasado. Y con él, la nostalgia que pesa como losas y tira como las cadenas de un reo que desgraciadamente es libre.
No necesito contar descendiendo para darme cuenta de que el cero ha llegado y de que, aunque jamás lo creí así, no hay números negativos.
No estoy acostumbrada a ser yo la que se quede.
No quiero acostumbrarme pero lo haré a conformarme.
Tengo una bola de estupor en la muela del juicio mientras el alma pesa en la espalda desnuda.
Llegas, caminas, te vas.
Caminas sobre todo.
Te tragas la cámara.
Pones la mano en el objetivo y rompes la toma.
Te quejas por los verbos que utilizo: son vagos, son como los de Doris Lessing traducida al español.
Tengo miedo de perder la lucidez.
Tengo miedo de alcanzar ese estado de ánimo. Tal vez no quiera hallarme bien en este mundo, encontrar la solidez, la estabilidad, el otoño recién estrenado.
Quisiera estrenar de nuevo las lágrimas.
Y las sábanas del cíclope.
Lo más cruel de este mundo no es la muerte, sino el pasado. Y con él, la nostalgia que pesa como losas y tira como las cadenas de un reo que desgraciadamente es libre.





