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Más cine, por favor
Acerca de
"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Sindicación
 
Notas de prensa con sabor a hospital
Capítulo uno de la Seguridad Social española:

-¿Quién tiene para las diez y cuarto? -, preguntó, dejando de atender por un instante a su nieta.
-Yo, pero van por las nueve todavía -, le dijo una voz que venía de cualquier parte.
-Dios mío. Esto va como el coño de la Bernarda -, resopló la mujer, poniendo cara de disgusto pero haciendo una mueca simpática a su nieta.

"Vuelva usted mañana": en el próximo capítulo, no se pierdan "Cómo hacerse el dni sin morir en el intento".

 
Scanning
Haciendo limpieza (me asusta la periodicidad con la que últimamente hago limpieza y vuelvo a emprender la tarea), me he encontrado esta anotación, que creo recordar que procede de "Un corazón invencible", pero ya no estoy segura: "Y antes de que acabara la música le había explicado cómo el destino de una mujer estaba escrito en la forma que tenía de bailar". Ya puedo tirar el reverso de aquel papel sin ninguna utilidad.

 
I'm wide awake, it's morning
Por la mañana, el joven de sesenta años saludó con energía a la anciana de setenta: "¡Princesita!", exclamó, y la envolvió en el abrazo matutino, aquellos que se rozan con dos barras de pan, el periódico gratuito, la bufanda entre los dedos porque el sol aprieta...

 
Contingencia
Ayer estaba velando la lucecita intermitente del ordenador cuando, a punto de quedarme dormida sobre el nada agradable teclado del portátil, leí o imaginé, o trascendió esta frase a mi memoria (la de largo plazo, pues a duras penas podrá olvidárseme ya, habiendo sido diligentemente quemada por la sensorial, la de corto plazo y la working memory): "Aquí todos somos contingentes, pero tú eres necesario".

Aquel mensaje desapareció tan pronto como llegué a la "o" final, no sé por qué me saludó y aún me pregunto qué quiso decir con ello. Sé que con "tú" no se refería a mí, sino a mí.

 
Melancolías varias
"Las personas que buscan continua, incesante e intensamente estímulos novedosos, complejos e intensos se caracterizan por poseer su nivel óptimo de activación en un punto más alto que el nivel medio".

"Las personas que saben serenarse y librarse de la ansiedad, irritación o melancolías excesivas se recuperan con mayor rapidez de los reveses de la vida".

"Etimológicamente, personalidad se deriva del término latino 'persona', que significa 'máscara' o 'careta' de los actores romanos".

 
They made a statue of us
26 de septiembre de 2003. "Tu pena no es tu tortura / tu pena es tu peregrina / quién sabe cómo termina / si termina tu aventura".

6 de septiembre de 2004. Soy feliz, aunque la felicidad no tenga presente.

5 de enero de 2005. ¡Horror! Mi vida es una sábana tendida al viento.

17 de junio de 2005. Supongo que, aunque quisiera, no podría ser feliz.

29 de enero de 2008. A día de hoy, desconozco el sabor de lo perfectamente inútil. Ahora hacen una estatua de nosotros. Siempre, después de muertos, nos erigen en lo que no fuimos. Y así permanecemos para el resto de la historia.

 
El Dorado era un champú
singular. (Del lat. singulāris).

1. adj. solo (‖ único en su especie).
2. adj. Extraordinario, raro o excelente.

Estas son las dos primeras acepciones de una palabra contradictoria, pues la búsqueda de lo singular siempre ha sido para mí uno de los motivos de la existencia.

 
Rojo sobre negro
No estoy por la labor de proferir en grandes discursos ni de hablar de un modo impostado. Hoy no. Hoy no podría explicar detalladamente nada que no fuera la necesidad de ser. La necesidad del ser.

Tal día como hoy corríamos por el césped tupido de una universidad en la que nos olvidábamos las gafas debajo de los periódicos y en la que nos besábamos sin sonrojarnos. Allí sufríamos la soledad de la cafetería y el impulso de la primavera; cuando era tarde y nos quedábamos a cerrar las puertas del edificio 17, luego intentábamos hacer lo imposible por no marcharnos nunca a casa. Pero, desgraciadamente, siempre había que regresar.

Siempre había que tomar una dirección diferente a la tuya, y cuando, sólo por jugar, me metía en tu autobús para quedarme en Atocha, luego me pellizcaba por haber sido tan blanda. Entonces conocí a aquel tipo del periódico, con el que sostuve una breve conversación.

Bajo tu portal también me saludó aquel otro: "Hola, ¿qué tal". "Perdón, ¿nos conocemos?". "Creía que sí... ¿De la Casa Encendida?". No, sin duda, no era de la terraza a la que nunca subimos... Pero, contemplando "Rayuela" bajo el brazo, me mareaba con la sola posibilidad de convertirme en Berthe Trépat...

Entonces me latía una vida que ahora he dejado en alguna parte... sólo en los jardines del Palacio recupero una sensación que creo extinguida... Sólo si hago listas de palabras enigmáticas y me acurruco en la esquina de la habitación entiendo que es imposible que el tiempo se detenga...

Que no es nada posible escribir un cuento extenso, ni debatir sobre los libros que no leeremos, ni marcharnos a la Amazonía porque sólo los anchos de corazón consiguen cruzar el Atlántico a nado... Me estremezco al pensar que las cosas no son como las vemos, que lo que vemos, no es un reflejo de la realidad, que los sonidos nos confunden, que la ópera siempre es en otra parte, lejos de donde te encuentras...

Perteneces a un mundo que no te comprende
Quisiste estudiar aquello que no eres
Descrees tu futuro, tu sola existencia
El estupor es un sentimiento que no deberías haber probado nunca
Nunca se parece a único, eso dijiste, por eso tratabas de acentuarlo
Haces preguntas ingenuas
Te trabas con los baldosines, y debajo de ninguno está la playa
La playa de Madrid ha desaparecido, ¿viste cómo se fundió entre la contaminación?

 
Never change
"La gente no cambia, se especializa". Oído.

 
Un cadáver en la cocina
Odié matar a aquel coquito de Dios, pues no tenía ninguna culpa de la ira del mundo.

 
Monstruosa-UNED
La media del número de páginas, por tan sólo citar un ejemplo, de cada uno de los capítulos de una materia de la UNED es absolutamente irrisoria si se compara con el frívolo volumen que debíamos estudiar antaño.

Me he portado mal y he dejado la asignatura más fresca y deliciosa, el manjar de todo aprendizaje para los días inmediatos al examen y ahora es francamente imposible utilizar aquella expresión española tan castiza que afirmaba que se podía "coger el toro por los cuernos". No se puede, a veces, simplemente, no se puede.

Tampoco se debe, ¿no? El afán de conseguirlo todo a cualquier precio al que nos han acostumbrado (la sociedad, el sistema universitario, los trabajos) a lo largo de todos estos años hace que, al final, quiera rasgar el cinco sobre diez cuando sé que ni lo merezco ni lo voy a lograr.

 
This picture


"Desde pequeña Frida sabía que estaba posando, de modo que vamos a ver poca espontaneidad", apuntó la comisaria Elena Navarro sobre las fotografías que ilustraron la exposición de hace un año en Santa Cruz llamada "La gran ocultadora".

En la imagen superior, Frida Kahlo posa junto con Emily Lou. La foto es de pésima calidad, pero me parece de una belleza tal que "debía" -por encima de todo, de todo- reproducirla aquí. Copio a continuación un párrafo extraído del artículo de David Fuentefría, que escribió sobre dicha exposición. "La relación simbiótica con su amiga Emily Lou Packard asoma a continuación: 'Con ella compartía la ropa y la intimidad; Kahlo le hacía sus peinados -como atestigua una foto-, y, tras su segunda boda con Diego, vivieron los tres juntos mucho tiempo', apunta Navarro".

Bello. Bellísimo.

 
¿Por qué también tuvo que caer Frida?


Me enerva que todo se convierta en un símbolo moderno más susceptible de comercializarse en unas Converse. Me enervan las Converse.

 
Remember me whenever noses start to bleed
Remember me when you're the one who's silver screen
Remember me when you're the one you always dreamed
Remember me whenever noses start to bleed
Remember me, special needs

Just 19 and sucker's dream I guess I thought you had the flavour
Just 19 and dream obscene with six months off for bad behaviour

Remember me when you clinch your movie deal
And think of me stuck in my chair that has four wheels
Remember me through flash photography and screams
Remember me, special dreams

Just 19 this sucker's dream I guess I thought you had the flavour
Just 19 and dream obscene with six months off for bad behaviour
Just 19 and sucker's dream I guess I thought you had the flavour
Just 19 and dream obscene with six months off for bad behaviour

Remember me...

Just 19 this sucker's dream I guess I thought you had the flavour
Just 19 and dream obscene with six months off for bad behaviour
Just 19 and sucker's dream I guess I thought you had the flavour
Just 19 and dream obscene with six months off for bad behaviour

Remember me...

Placebo, Special needs

 
El rompecabezas
Estamos a tiempo de moldear las piezas que queramos.
Estamos a tiempo de encontrar las piezas que perdimos.




 
Sobre la volubilidad del ser
"-Tienes la misma pinta que yo, sabes -dijo Brenda-. Sólo que más grande.

Íbamos vestidos de un modo muy similar, zapatillas de deporte, calentadores, bermudas de color caqui y sudaderas, pero tuve la impresión de que Brenda no se refería a los accidentes de nuestra vestimenta -si accidentes cabía llamarlos-. Se refería, estoy seguro, a que yo, por alguna razón, ya estaba empezando a tener el aspecto que ella quería que tuviese. El mismo que ella".

Philip Roth, "Goodbye, Columbus"

Nota del recopilador (amanuense informático). Yo sé que a nadie le interesa lo de otra gente, con sus tristezas... Una fuerza mayor, una fortaleza, me ha hecho escribir esto, lo otro y esto, pues yo conocí la soportable (encantadora, nostálgica, fascinante) volubilidad del ser...

 
Cómo te gusta jugar
-Cuando me quieras, todo irá bien.
-Entonces está bien, sí te querré -sonreí.
-Claro que me querrás -dijo ella-. ¿Por qué no te metes en el agua y yo me quedo aquí esperándote con los ojos cerrados, y cuando vuelvas me das una sorpresa y me salpicas? Anda.
-Cómo te gusta jugar.
-Anda. Yo cierro los ojos.

Philip Roth, "Goodbye, Columbus"

 
De emociones
"De emociones" es el título del capítulo semanal. Todo el mundo lo sospecha: la visión túnel no es otra que la de la cámara por la que se mira. "1984" o la localización de objetivos por todas partes en pro de la seguridad: nos encanta ser observados. Deslizarnos como si la cámara siguiera nuestros movimientos, vivir el show de Truman, estar en la película. Figurar en ella y, sobre todo, constar en los créditos.

De ahí que el capítulo que se emite esta semana tenga título propio: siempre me gustó resolver de este modo el tiempo pasado. Además, me calma saberme en una cinta que durará lo justo para que no me canse de ella y que versará sobre un tema del que diferirá la próxima semana. Las emociones son el eje central por el que los protagonistas de la serie actuarán esta semana, por las que llorarán, se enamorarán, encontrarán la piedra filosofal donde menos se la esperaban.

Así, hace unos minutos Silvio Rodríguez volvía a erigirse en voz en la casa. En esta ocasión, desde el lugar más céntrico del hogar, para que todos los oídos (o vientres auditivos, como recientemente leí) sintieran el placer de escucharlo. Sin embargo, y para disgusto (e incluso displacer de quien esto escribe) nadie le prestaba atención. La asignación de recursos atencionales era lo más lejos a equitativa; tan subjetiva e injusta que "Una mujer con sombrero" se quedaba sin fuelle para aquellas dos personas que limpiaban a todo correr, maldecían y se movían con diligencia. Yo, perpleja, intentaba comprender por qué la música sólo aterrizaba en mí. Por qué sólo me conmovía a mí, y por qué hasta tal punto en que apenas sí podía entender el devenir del mundo.

 
Síndrome de Korsakoff
Sí, él lo cree así. Nada de lo que puedan enseñarme esos libros no está contenido en la esencia de la vida. Y, realmente, a veces me siento tentada a opinar como él, por mucho que me guste discrepar, y debatir, y discutir. Atiendo, percibo, aprendo, memorizo, me motivo y emociono constantemente sin ser consciente de que lo hago, sin achacarle al hipotálamo las funciones de esto último, o sin percatarme de que, si bien mi memoria sensorial radiografía la realidad, la de corto plazo hace que me acuerde de lo último que digo, y la de largo alcance me respaldará en el examen.

Me gusta estudiar porque expando mis conocimientos. Sobre todo, me gusta leer párrafos que, de otro modo, tiraría por la borda de la apatía, y adoro la sensación de acuñar a mi vocabulario nuevas formas léxicas. Me encanta percibir que la materia gris respira mientras yo suspiro por querer encontrarme a cien mil metros de donde estoy; me encanta subrayar aquello que no conocía, y apuntar en la hojita de ideas que cuelga del corcho un nuevo guión de pareceres: "Síndrome de Korsakoff", "la imaginación se lleva a cabo a través de recuerdos", "disonancia cognitiva" (pág. 64), "búsqueda de sensaciones", "nos pasamos un tercio de la vida visitando recurrentemente el reino del dios Hypnos".

Mi principal problema es que la constancia no es una emoción primaria y que, pese a haberlo escrito en todas partes -hasta en las manos, en las etiquetas, en las muñecas- mi rotundo "no a la pereza" se desvanece en cuanto un rayo de sol se cuela por la ventana.

 
Tres colores: rojo
En cierto modo, siempre me maravilló cómo la sangre cubre cualquier superficie en cuestión de segundos.



 
I don't know where I am
This is the first day of my life
Swear I was born right in the doorway
I went out in the rain
Suddenly everything changed
They're spreadin' blankets on the beach

Yours is the first face that I saw
Think I was blind before I met you
I don't know where I am
I don't know where I've been
But I know where I want to go
So I thought I'd let you know
That these things take forever
I especially am slow
But I realized that I need you
And I wondered if I could come home

I remember the time you drove all night
Just to meet me in the morning
And I thought it was strange
You said everything changed
You felt as if you'd just woke up
And you said,
This is the first day of my life,
Glad I didn't die before I met you
But now I don't care I could go anywhere with you
And I'd probably be happy.

So if you wanna be with me
With these things there's no telling
We'll just have to wait and see
But I'd rather be working for a paycheck
Than waiting to win the lottery

Besides maybe this time it's different
I mean I really think you'll like me...

The first day of my life, Bright Eyes

 
Moonlight serenade
Hay determinadas cosas en la vida que deben hacerse. Fue un error dejar aquella “nouvela” a la mitad; lo que pasa es que en algún momento dejé de sentir que podía seguir escribiéndola. Sin embargo, ahora sé que podría retomarla y continuar examinando por qué las cosas fueron como fueron, en qué momento las estrellas comenzaron a convertirse en cicatrices, y si esas cicatrices podrán resistir al rayo láser.

Aquello es lo que vi anoche según regresaba a casa. Eran las cuatro de la madrugada. Las cuatro menos diez, para ser más precisos y como en aquella película de la que siempre me he reído, que nunca he valorado y, todo lo contrario, me he hinchado a criticar, sentí el fogonazo. “Luces, cámara y acción”, había dicho poco antes, hacia ti, en un lugar recóndito de las Antípodas, donde ni el frío ni el calor congelan o calientan. Es extraño, es como estar en la Luna, como reposarse en ella, balancearse como hace Mirna, y pensar que todo seguirá igual por siempre...

No tengo miedo a nada y sin embargo el miedo recorre las calles, sube por el ascensor, inquieto, se cuela por la rendija, la débil rendija de la puerta blindada que encaja perfectamente e incluso la alfombra aísla del mundo entero... El miedo sube por las tuberías también y se mete por cada uno de esos orificios del aire acondicionado y encuentra las vidas en las que anidar, el virus al que contagiar... El miedo llega, recorre la sala de estar, el pasillo, olfatea el propio miedo, se huele y desciende... De nada te servirá meterte debajo de la cama... de nada te servirá elevar tu alma... el miedo es como las voluntades de Sietelunas... está en todas partes, en todas partes...

Tumbados en la habitación de aquella nuestra casa inglesa escuchábamos a menudo la banda sonora de lo que creíamos era nuestra estancia en el paraíso solar de una tierra sin nombre y sin dirección. Todos nos encontrábamos en los corredores sin retorno: subsumo que acabamos por no regresar. Ya era imposible: habíamos mutado, habíamos vuelto al lugar al que nunca quisimos ir... Ya lo dice Sabina, sí, Sabina: “Al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver”.

Si tuviera tiempo, mucho tiempo para sentarme frente a este ordenador, delante de esta hoja de papel en blanco y con los cascos gritándome en los oídos; si tuviera tiempo para teclear al ritmo de la música y dejarme llevar por la voz de quien esto grabó, por sus soldados y bailarinas californianos; si tuviera tiempo para tomarme la vida en serio entonces lo haría, empezaría a recoger las riendas por los estribos y decidiría darle a cada sentimiento su debido tratamiento, y evitar el perfecto soneto, pues no existe, sólo el de Bright Eyes...

Entonces podría escribir sobre las alfombras de colores de mi nueva habitación, y sobre lo bien que me hacen sentir esos pequeños detalles en las estanterías, y sobre la edad que tengo, la felicidad de esos 23 años recién exprimidos, y sobre las Matriuskas que se dan la mano sobre el aparador (o escaparate de la vida de uno), o sobre el placer de sacar y colocar fotos, dejarlas encima de la cama y mirar lo que fui en Dublín, lo que alcancé en York, lo que descubrí en Windermere, lo que sufrí en Londres, lo que entendí en Moscú, lo que atravesé en Viena, lo que palpé en Rabat, lo que busqué en Estocolmo, lo que abracé en Salamanca, lo que amé en Toledo, lo que recé en La Habana, lo que bailé en Preston, lo que perdí en Getafe, lo que lloré en París, lo que até en Copenhague, lo que tarareé en Brujas, lo que reí en Ámsterdam, lo que fotografié en Edimburgo...

Si tuviera realmente tiempo y ganas y constancia y pasión por la ficción, o la non-fiction novel dejaría esta carrera que intento intravenar y pasearía por las letras de Valle y de otros tantos, de aquellos a los que debo leer, a Philip Roth y Paul Auster, aunque sólo sea para criticarlos, o a John Fante, o quién sabe qué, dónde, cómo, cuándo... Sólo escribir y leer y narrar y describir y utilizar el lenguaje que la vida nos ha brindado como mayor regalo... Todo lo demás son pulsiones, instintos, placeres, satisfacciones...

Dijiste que no era una persona triste, no lo soy, lo fui, lo volveré a ser... Los ciclos son lo que son, siempre se muerden la cola, vuelven a empezar... Mientras pienso que regresaré al lugar de donde vengo el día en que menos lo espere, mientras me doy cuenta de que descenderé tan rápido como alcanzo el clímax, mientras sé que nada puedo hacer para evitar la brutal caída... Mientras me anudo los dedos, y hago trizas el alma viva que me queda, para evitar que el paracaídas haga sus efectos –queremos vivirlo todo, ¿no?-, escucho aquella canción que habla de mí, o de ti, o de todos, pues al fin todos somos cortados por el mismo patrón, sólo que para algunos echaron más tela, y a otros les falta que los arropen para siempre... Noches enteras, largas, doradas, o frías... La canción dice, suave, suave, suave... “Sweet Marie, there's a hole where your heart should be. Oh you need to be loved. Oh you need to be loved. Oh you need all my love tonight - all my love”.

 
Certeza
Donde no llega Dios, llega el Diablo.

 
La gaviota
-¿Que ha muerto Ángel González?
-Sí, ayer. Tienes que mirar el diario.
-Qué pena. Nunca le escribí la carta que le tenía que haber enviado.

Nunca es tarde. Yo tampoco le mandé a la dirección adecuada la carta postrer sobre "Nina" a José Ramón Fernández, pero me la envié a mí misma, pues, tal vez, yo era la principal destinataria.

 
The heart blew up soon after its launching


Lista de cosas que quiero empezar a hacer (ahora que: tengo tiempo, tengo miedo, tengo de todo, vivo):

-Ver "Blow up".
-Dejarme fotografíar como en la fotografía.
-Discutir sobre cine.
-Descubrir todos los meses la "phototheque" de "Cahiers du cinema".
-Analizar los colores.
-Entender el poder de seducción de algunas personas.
-Debatir sobre el alcance de la imagen en blanco y negro.

 
Una buena dosis


No somos ni Ally McBeal ni Robert Downey Junior pero bailamos al ritmo de la música que suena. Lo mismo nos da un blues que un tango... La esencia de la vida está en tomársela a pequeñas dosis, pero tú siempre dijiste: "Qué mala soy dosificándote". Temo que esta dosis lleve demasiada nostalgia.

 
More endings
Entonces me armé de valor, entorné los ojos y le dije:
-Me alegro de haberte conocido.
Me sonrió como siempre lo hacía a través del cristal de su coche, y asintió.
No supe si nos volveríamos a ver algún día, pero aún guardo dos películas suyas para tener una coartada y volverle a abrazar.

 
Sin sangre
Si hay alguien al otro lado de esta pantalla aconsejo que le de al interruptor de desconexión y no lo digo como aquella zapatería que en letras luminosas y parpadeantes rezaba: "No compre aquí, vendemos muy caro", con el propósito de atraer al cliente. Aquí no hay márketing ni sondeos de opinión; no procuro enganchar a nadie ni sugerir. Estoy lo suficientemente cansada como para destilar palabras sin preocuparme por la forma ni el estilo. Además, ya lo decían ayer: hay quien sabe juntar palabras y quien hace esto con arte. Yo no persigo lo segundo, sólo quiero expresarme.

Estoy tan llena de ideas, tan harta de tener tantas ideas y de no poder parar de pensar que quisiera dormir toda la noche de un tirón, despertar cuando terminara septiembre. ¿Tendría entonces menos sueños?

También creo que sería dulce hacerme un ovillo y clavar mi mirada en una pantalla en la que se vieran las calles de París en blanco y negro, grabadas desde una cámara en movimiento subida a un coche. Una música de fondo. Sin palabras. Sin sangre.

 
Toque de queda
Y, sin darme cuenta, le di a Agosto de 2007.
Y, sin darme cuenta, empecé a devorarme a mí misma.
Y, sin darme cuenta, comencé a llorar.
Y, sin darme cuenta, estaba en un rincón de la habitación encogida.
Y, sin darme cuenta, me di cuenta de que Antonioni no se volvería morir.
De que Bergman sólo viviría una vez.
De que Avenida de América será sólo una parada más.
De que no huiré nunca por las escaleras al baño de abajo, para toser la vida, y parir la rabia.
De que no pediré la vez en maquetación.
De que no me equivocaré al marcar el número de cierre.
De que no acumularé libros bajo mi escritorio.
De que no contendré la mirada ante su presencia.
De que no veré anochecer al día desde la locura de aquel sitio.
De que no me pedirán una página en dos minutos.
De que no listaré aquellos teletipos.
De que el teletipo no me frustrará ningún plan.
De que he perdido mi firma.

 
Anudándose los dedos
Ayer sentí cómo mi mundo cerraba la puerta tras de sí. Todas las personas a quienes conocí este año estrechamente (vale, admito que faltaban algunas, pero su ausencia me resultó tan natural que ni olfateé la tristeza) se convirtieron en un único pañuelo de seda en el que estaban bordados sus nombres, en letra de imprenta.

Mientras el histriónico argentino escribía una larga dedicatoria con lápiz sobre "Las flores del mal", que le habían costado unos dos pesos y medio, y me lo extendía para regalármelo, miraba de reojo a Federico, que más tarde danzaría como una bailarina por la oscuridad espesa del bar, cerrando los ojos y dejando que toda su vida se expusiera ante los demás. Hacía lo que todos esconden; rezaba en voz alta, en inglés, siguiendo al pie de la letra a los Smiths, y se lamentaba: "Esto me está pasando a mí, a mí, a mí".

Y tenía razón. Uno espera toda la vida para que le ocurra. Para que algo le ocurra, para sentir que esto le está sucediendo, que por fin me está pasando a mí. Que lo podré contar, que lo podré vivir, que estaré en ese lugar, que ese lugar será testigo de mi vida. Que llegaré alcanzarlo, que lo asiré, que me estremeceré por fin. "Please, please, please, let me get what I want this time...".

De nuevo el argentino se convertía en Alberto Caeiro y declamaba, leía "Los albatros", "La voz", citaba a todos los poetas, a los malditos y a los perdidos, y yo me agarraba a tu espalda, me subía al tren en marcha, y desaparecía... Nadie hablaba, podíamos bailar con los ojos cerrados al ritmo de "Paranoid android" (qué bien que la pediste, Federico, Federico, Federico), luego sonó aquel descubrimiento de "The cure", "Close to me"...

Y Moralejo llevaba las gafas del que corrompió a Lo-lee-ta, y me decía al oído: "¿Common people? Esa es nuestra canción, ¿verdad?". Sí, esa era...

Fue un año larguísimo de dudas y neuras, problemas y risas, muchas risas... Recuerdo cuando te lloré, Cecilia, por primera vez (y única) en la redacción, a las once de la noche, un sábado. Todavía no habías aparecido en mi vida cuando sentía que todo se derrumbaba, que me hallaba en el lugar equivocado en el momento más inoportuno... y tuve la oportunidad de descender o de convertirme en lo que dijiste que era, tu mano derecha, una profesional del periodismo...

Y me dan ganas de llorar ahora, como me la dieron muchas veces anoche, mientras aquel me confesaba que éste otro siempre le había fascinado, mientras le hacía preguntas personales y las confesiones me llegaban en píldoras de buena amistad... Y mientras la lengua no le cabía en la boca, la que fue mi jefa se trababa con el peso de la vida, con los obstáculos y me decía, haciendo con sus dedos un nudo: "No voy a sentir dolor por tu partida, no me lo puedo permitir ahora, en este momento de mi vida. Espero que lo comprendas". ¿Cómo no lo voy a comprender?

Me ha llegado el momento de meterme en todos los sitios en los que quiera estar. De defraudar y vender mi alma, de hacer sin pensar, de cerrar los ojos y mirarlos a todos desde una retina que se ha quedado sin luz.

Sin dudarlo, Cecilia, yo también he perdido mi mano derecha.

 
Durmiendo la veladora
La servilleta se llenaba de nombres que nos hicieron daño y que se interpusieron entre tu vida y la mía que, en un momento, fueron una misma. Un momento que duró una eternidad, como escribimos, como sabemos, como siempre tendremos la noción de que fue así.

Dice Silvio (una de las millones de cosas que le debo a esa vida de a dos, a ese asiento para dos, como siempre adoré decir) que "la rabia es mi vocación". Tal vez la rabia sea lo que empiece a moverme a partir de ahora, estoy decidida a no hacer aquello que no quiero. Ya he empezado, y tengo miedo, pero no puedo dejarme vencer por las miserias que se esconden entre mis alas, a su vez, escondidas. O si no, ¿de dónde crees que vienen todas esas plumas?

La imagen de verme sentada en un coche que he de conducir me ha inspirado tal rabia que he sentido ganas de vomitar. He recordado el por qué sigo estando donde estoy; me ha traído a la memoria aquellos largos instantes de estupor, de hostilidad, de violencia interior, de rencor, de odio, de asco. Los peores sentimientos los albergué allí sentada, incapaz. Absolutamente incapaz. Nunca se me reveló una tarea tan imposible de forma tan rotunda como aquella; entonces sí me dejé vencer.

Y no quiero regresar, pero es cobarde. Los amores cobardes no duran, también es frase de Silvio.

Mis manos teclean a toda velocidad y me gustaría que en lugar de un pc debajo de mis dedos hubiera un piano. Pero como no sé tocar ni me importa que sea una pianola, ya estoy viendo los ojos de Marlene Dietrich en "Sed de mal".

Pero por qué todo es susceptible de convertirse en nostalgia. La pianola se ha convertido, de pronto, y pese a sus voluminosas diferencias, en una melódica. No sé tocarla, pero siento sus notas bajar y subir y entonar ese estruendo de catedral antes de que Silvio se declare:

Creo que la luna ya es muy alta
y en la caricia falta
un viaje a la humedad.
Creo que de noche me despierto
con frío, al descubierto,
tanteando oscuridad.
Creo que la lluvia está cayendo
y no voy sonriendo
dejándome mojar.
Creo que me va a quitar el sueño
un dedo aquí,
un labio allá,
que te perdí,
que ya no estás,
que ya viví,
que te vas.

 
"Evitar con todo empeño el eructar"
Hay recuerdos que se mezclan y otros que se reconstruyen gracias a la imaginación. También los hay que nunca fueron hechos pero se convirtieron en recuerdos. Te puedes preguntar: ¿cómo es posible algo así? En una explosión de melancolía, uno puede cometer el error o el acierto de colarse entre los rollos de cinta de "Big fish" o des-pertenecerse. Yo misma he inventado algunos recuerdos, pues, ¿realmente fui al bosque a tirar mi último chupete y lo lancé con la fuerza de un jugador de béisbol? ¿Fue así o es una deconstrucción propia de la post-modernidad?

Mi padre es el experto en invención. A uno puede dársele bien la redacción. A otro, las matemáticas. Hay quien es un hacha en cálculo mental. O en memoria visual. Ahora bien, mi padre es bueno en la invención. Él crea y sienta cátedra. Nosotras, con los ojos abiertos como platos y la boca entreabierta, absortas, lo escuchamos como si no tuviéramos los 23 y 28 años, respectivamente, que tenemos. Nos fascina, por decirlo de algún modo, rápido y preciso.

Entre las cosas que inventa y las que desconocemos si fueron verdad, que no es lo mismo, pero es igual, ha rescatado de unos escombros un cuaderno que debió pertenecer a un pobre chico al que la escuela lo adoctrinó sin enseñarle cómo acentuar o escribir "ayer" con "y" griega. La vida está llena de injusticias.

Entre las perlitas de "memoria histórica" (esto sí que obedece a ese término) que contiene el cuaderno amarillento, roto y arrugado, que desprende un olor extraño y el tacto es harto desagradable, voy a copiar (sin faltas de ortografía) algunas de las que más gracia nos han hecho. Como no sabemos a quien perteneció dicho tesoro, hemos convenido en hacer partícipe al mundo, desde la más modesta de todas las bitácoras, de sus delicias, disfrutables para todos los sentidos.

Premio al mejor documento histórico por su noticiabilidad: "Navidad. En las Navidades se comen turrones. Las navidades son el veinticinco y el veintiséis de diciembre. En las Navidades se hacen meriendas con los amigos. Las navidades son en iempo de invierno. En las Navidades en la iglesia se hace el portal de belén".

Premio a mejor docuemento histórico por su genialidad. "Normas de aseo. Las uñas siempre muy limpias, sobre todo cuando tienen gran borde blanco. El que no se acostumbra desde joven a limpiarse las uñas diariamente, después tampoco lo hará. Las uñas no se cortan ni se limpian en público. Es feísimo morderse las uñas. No lavarse en el agua ya utilizada por otro. Los malos olores de pies, sudor y otros deben evitarse con el mayor empeño. La frecuencia con la que uno debe cambiarse los calcetines y lavarse los pies, depende de las personas. Quizá sea necesario hacerlo diariamente o cada dos días."

Premio al mejor documento histórico por su rotundidad. "No es bonito secarse el sudor delante de los demás. Pero como a veces es necesario, procurar hacerlo con discreción y no como quien se seca la cara después de lavarse, sino con el pañuelo recogido. Pero el sudor no se quita con la mano. Al estornudar, carraspear, respirar fuertemente, suspirar, etc., hay que tener cuidado de no echar el aliento al vecino. Al toser, estornudar, etc. hay que taparse la boca con el pañuelo o torcer la cabeza hacia donde no haya nadie. Mucho cuidado con no salpicar al vecino. Evitar con todo empeño el eructar. Si no fuera posible impedirlo, hacerlo con la boca cerrada pero la nariz. Al hablar a una persona, no acercar demasiado la cara a la suya ni darle codazos o suaves puñetazos para remarcar lo que decimos".

La frase estrella no podía ser otra: "Mucho cuidado con no salpicar al vecino".

Qué pena que la hoja de las "normas de higiene personal" haya sido prácticamente arrancada en su totalidad.

 
Lo moderno
"Gracias a las nuevas tecnologías, todos podemos ser escritores por la mañana, cineastas por la tarde y músicos de madrugada".

Así empezaba el párrafo inmediatamente posterior a un ladillo que rezaba: "Cómo molamos todos". La idea está tan bien expresada que me cuesta casi comentarla, pues se entiende por sí sola. La "Generación Y" no será desgraciadamente como el "movimiento beat" de Ginsberg, Orlovsky o Kerouac, por citar sólo algunos, sino más bien creo que los ensayistas que hablan de la "dictadura de los idiotas" son los auténticos visionarios del ahora.

Lo moderno (llamado así, por denominación de origen -o propia- en honor a la obra de Eugenio D' Ors, "Lo barroco"), nos está consumiendo. Pero no sólo está minando nuestra creatividad para supuestamente multiplicarla por quince, sino que, lo que es más flagrante, nos está convirtiendo en unos artistas de plastilina. Ahora no hay nadie que no cargue con "Las flores del mal" en el metro y cite a Kiergegaard (¿me puede explicar alguien qué dijo este hombre y por qué todos se volvieron locos con él?) cuando menos lo avistas, ni nadie a quien no le guste la música pop de los setenta y la irlandesa de nuevo cuño (jo-der), o esté al día en todo lo que la ciencia del moderneo está dando por sentado.

Me asusta Gonzalo Suárez con su reportaje-acierto y su diana; me encanta la denuncia pero me aterra sospechar que la maldita generación de los ególatras (y habrá quien vea en ese "maldito" un "link" visual y teórico a los poetas que siempre fueron tildados de ese modo), o la "Y", la del blog y fotolog, Facebook y MySpace, sea la mía y me haya abducido. O yo me haya rendido de pura seducción dejándome vencer e inscribiéndome entre su camada.

 
Comment ça va avec la doleur?
Ni un centavo te cuesta este beso,
pues mi alma lo paga.

Ya te vas. Yo no me quedo y no atino
a saber qué ha pasado.
Sólo sé que, por causa o destino,
ya no estás a mi lado.

Versos de "Rosana", Silvio Rodríguez

Hallazgo: Causa o destino. ¿Puede haber alguna otra razón?

 
Diez años instalado en el error
Ayer me metí por menos de una hora en la piel de una de esas personas que no tienen casa. Me senté en un banco a esperar, con la música y los periódicos, es decir: con todo lo que las mañanas de domingo hacen las delicias de alguien a quien un chocolate caliente le asienta el corazón. Decía aquel profesor (el que peores sentimientos despertó en mí y al que más recuerdo de todos): "No os disfracéis". Ahora que se van a cumplir 55 años de "Esperando a Godot", estoy de acuerdo en que disfrazarse no es lo más propio. Nunca entendí esas líneas pese a que siempre opiné que los trípticos crípticos eran lo más recomendable para desgranar la vida en pequeñas explicaciones. La metáfora me gusta y no es un secreto: prefiero jugar a extender las cartas sobre la mesa, decirte: "¿Reinventamos el periodismo?", cuando lo que realmente quiero decir es que si estarías dispuesto a cambiarlo todo. A dejarlo todo, a tirarlo todo. Tengo una bolsa enorme para las miserias, veinte más para los nuevos propósitos, y las que quieras, para los conceptos que no encuentran sus palabras de expresión.

No pretendía disfrazarme: lo juro. Pero terminé sintiendo lo que debe sentir un cuerpo menos de una hora en la sequedad del paisaje madrileño. Los coches pasaban humeantes, corriendo; las luces no eran como las de Picadilly Circus pero así las registraban mis pupilas; el frío era tan intenso que se colaba por todas las rendijas de la ropa. Entre los minúsculos agujeros de la gruesa lana nórdica, por las grietas de mi alma.

Y luego la conversación, segundos después de aquel tajante comentario, tres veces leído, seis veces incomprendido, ocho veces digerido: "Lleva diez años intentando reducir la melancolía a cuestión de forma, a un estático delirio de manierismos, pero, finalmente, Wes Anderson se ha dado cuenta de que estaba equivocado: la melancolía es más que un color, una canción o un elemento de estilismo". Sí, es mucho más. Es ese necesitar de un recuerdo lívido del Canadá, pasando por Jeremiah Johnson, para aguantar el cielo plomizo de Madrid; es ese aislamiento visceral y razonado, deliberadamente buscado, por el que esconderse y huir...

La melancolía es escucharte a través del discrepar del mundo en boca de un sin techo que grita, se desgañita, regurgita sangre "expeliendo por la boca, sin esfuerzo o sacudida de vómito, sustancias sólidas o líquidas contenidas en el esófago o en el estómago". O el mundo por el vómito.

 
Y ahora, ¿qué?
Manos a la obra: las ideas rondan por mi cabeza. Ante la pérdida evidente de inspiración y buen hacer (sólo hay que observar las últimas piezas publicadas en la nada de este blog), intentaré, al menos, no dejar que las notas de la libretita se acumulen sin ver nunca la luz.

Ayer, mientras observaba el mundo desde mis ojos miopes, pensaba que, en realidad, prefería verlo de ese modo. Todo estaba deformado y defectuoso como realmente es; no necesito unas lentes correctoras que verdaderamente lo único que hacen es manipular unos hechos, tratar de enderezar unos hechos que son como son. Sin más, sin fondo e informes...

Ya lo dijo en voz alta el jefe: "La pregunta es: ¿quién se atreverá mañana a llevar esta fotografía, la imagen del último mes, por lo menos, en su portada?". Se respondía a sí mismo ante mi perplejidad: "Nadie o casi nadie". Tenía razón y, sin embargo, yo no sabía por qué. Luego dio algunas explicaciones: "¿Quién puede tener el valor suficiente de publicar a todos estos muñecos muertos, a todos estos cadáveres de niños de Kenia hacinados en el depósito, unos encima de otros, como si estuvieran durmiendo, cuando en realidad no respiran, sólo lanzan a la atmósfera el hediondo olor a muerte?". La otra jefa lo miraba de soslayo. Contestaba: "Esto es pornografía infantil", sentenciaba. Y se oía la reflexión de nuestras mentes... Ahora que se acercan los Reyes Magos, ahora que todos los niños deberían tener un regalo, ahora que...

"Ahora que" era esa canción de Sabina que, al principio, me parecía tan pesada y luego tan deliciosa. Hablaba de un ahora que nada tenía que ver con el anterior. Mi pregunta también es: "Y ahora, ¿qué?".

Ahora tengo miedo. Ya te lo dije: mis miedos no se ven, se disipan, parece que no existen. Pero los tengo, me carcomen por dentro y salen en cualquier momento, como brotan las palabras de Federico cuando está borracho y no sabe lo que dice y, sin embargo, sabe lo que dice. Te agarra del cuello y de las manos, y te atrapa su mirada acuosa, y su voz insegura, y sus ojos pidiendo auxilio.

Ahora tengo miedo de no seguir en contacto con el mundo de ahí afuera. Con el cine, el teatro, la música, los libros, el arte, las exposiciones, la política cultural, Londres, París, los bohemios que todavía escriben, los burgueses que dejaron de escribir. Tengo miedo de saltarme tus gestos y olvidarlos, de perder tus comentarios sobre la ópera, de no escuchar nunca más la entusiasta opinión de un Ayanz enamorado en la séptima fila de la butaca.

Tengo pánico a olvidarme de lo que he aprendido, a no recordar nombres como el de Laia Ripoll, o Bieito, o Bourgois, o José Ramón Fernández o Lidell o quién sabe cuántos otros. Flórez y Bartoli... Incluidos los de todos aquellos que este año no eran hombres, sino vehículos culturales. Así los veía yo: autos cargados de interés pero poco dispuestos a compartirlo, personas llenas de letras e inquietudes, que se me escapaban de las manos, por muy empeñada que estuviera, desde mi sigilo, a asirlos. A rozarlos con las manos, a pedirles, sedienta, que se compartieran conmigo.

Ahora tengo miedo de perder todo eso y de perderme "La cabra o quién es Silvia" o "Las amargas lágrimas de Petra Von Kant", o "A ciegas" o "Fando y Lis" o quién sabe cuantas otras.

 
Resumen de noticias
"Al final del viaje está el horizonte,
al final del viaje partiremos de nuevo,
al final del viaje comienza el camino,
otro buen camino que seguir descalzos
contando la arena.
Al final del viaje estamos tu y yo intactos".

Me he levantado con esta melodía en la cabeza, pues hoy empieza un nuevo viaje, una nueva etapa. Ayer, cuando el reloj tocaba la cifra de las once, quise darle un abrazo a aquella persona de la que había aprendido tanto a lo largo del año. Ella, que suele veranear e invernar en Portugal; ella, que tiene una voz serena y firme, y es tranquila pese al peso de la rutina y del bagaje de ser jefa pero subsidiaria, jefa pero de las que no constan en la mancheta, jefa pero subordinada, jefa pero negra; ella, con la que he comido en muchas ocasiones, a la que he visto llorar y reír como a quien le va la vida en ello... Con ella ayer tuve un cruce de emociones, un ir y venir de viejas palabras, de aquellas que ya no se oyen, ni se dicen, y, aunque los nervios y la ira que albergaba en cierto modo no me dejaran expresarme, fui capaz de hacerlo. Y se lo agradecí. Y no salí corriendo, pues aquello, quisiera pensar, no fue un adiós, sino un hasta luego.

La vida empieza. Estamos en la estación esperanza, en el nivel cero, llevo el escalón a todas partes para ver mejor. Para avistar qué es lo nuevo, hacia dónde voy. Por dónde he de caminar.

Sueño que me tomo dos cervezas y ni siquiera termino la segunda cuando empiezo a bailar en la calle, y me siento perseguida, pero por un ojo que no me inquieta; me siento alcanzada, pero por una mano que no me asusta; me siento arropada, en medio de los hombres, en plena luz.

 
El siglo narciso
La rutina del primer día del año ha sido semejante a la de todos los días del pasado año. Pese a lo aburrido que pueda parecer, yo soy una mujer de costumbres, liberales, pero costumbres. En fin, creo que al que se le ocurre negar que a todos nos gusta seguir un camino está faltando a la verdad, simplemente. Se está mintiendo, pues es mucho más atractivo decir: "A mí me encanta elegir cada día un camino para llegar a casa".

Lo decía aquel que conocí y al que imaginé como un explorador de mirada dilatada, mirada ancha y anchas espaldas. Mediano cuerpo, consumido por una voluntad recia de ser siempre el personaje de "La Reina de África", un desaliñado que se dirige a alguna parte, incapaz de comunicar dónde.

Ahora bien, lo importante es dirigirse a alguna parte. Aparentar que uno sigue un camino, decir que es improvisado. Sin embargo, todo son patrones. Nuestros movimientos son copiados de alguna parte, nuestras salidas gramaticales, nuestros desafíos verbales, nuestras ocurrencias, nuestras tristezas enormes y pretendidamente espontáneas... Está todo calculado por un fuero interno, es decir, una compilación de leyes que se encuentran localizadas bajo la solapa de tu bolsillo izquierdo. Ese es el camino al que todos retrocedemos, por mucho que adoremos decir: "A mí me gusta improvisar".

A mí me gusta improvisarme. A quienes conozco, una parte de la humanidad que se instala en Occidente, lo que les gusta es sorprenderse a sí mismos también. Es como aquella vieja teoría (tan largamente desarrollada, en realidad) que asegura que cuando uno se enamora, realmente se enamora de sí mismo. Está francamente encantado de conocerse en esa situación, de darse al cien por cien, de entregar lo que le pertenece, para lo que ha trabajado tantos años, tantas horas de cultivo intelectual y físico, tantos momentos transcurridos en soledad soñándose en compañía. Así es que uno no cabe en su dicha de verse completo por primera vez, seguro por pertenecerse y actuar, decir, ser escuchado y valorado. En definitiva, por valorarse como no suele hacerlo cuando a sí mismo sólo se tiene. Cuando se tiene sólo a sí mismo.

 
La ventana es un buen lugar para escapar
No tengo plantas ni realmente ningún objeto personal diseminado por la mesa en la que trabajo, pero me va dar pena igual irme y recoger.

Hay que empezar a recoger y guardar la ropa y diseñar todo un nuevo ideario de vida. Abrir el compás de par en par y trazar un círculo grande en el que meterme. Lo haré como más me gustaba hacer cuando era pequeña: dejando algunas puertas abiertas. Midiendo con delicadeza la longitud de esos espacios de salida al exterior, de vista al mar, de escape.

A veces me alcanzaba a pensarme en esa buhardilla alada de Ópera, en la que partir turrón en verano y sacudir el edredón, lleno de recortes de revistas, palabras de periódico, azulejos de papel de todos los colores, muy gaudianos, a través de los ventanales del techo. Ahora que sé que eso no ocurrirá nunca, decido separar la vida real de la ideal. Navego por los sueños de la irrealidad pero luego soy capaz de enfrentarme a las imágenes telediaras de siempre.

De hecho, cuanto más abrupto es el mundo, más fácil resulta huir.

Y cerrar los ojos.

Y permitir que todo cambie.