En el intermedio
A todos les encanta opinar sobre lo que no les concierne. Esa es la conclusión que a las 18:49 me ha asolado.
Tranquila, me encontraba tranquila en casa, viendo un intenso documental sobre "cineastas contra magnates". El teléfono suena y, de nuevo, la misma historia encorsetada: "Deberías hacerte valer, deberías haber esperado, tienes que conseguir que sean ellos los que vayan a ti...". Pero, ¿por qué?
¿Por qué la actitud de una debe ser otra?
¿Por qué "hay que hacerse valer" y no esperar a que a una la valoren como debe ser valorada?
¿Por qué la actitud de los hombres parece que todavía debiera ser diferente a la de las mujeres y viceversa?
Harta de tanta parafernalia, lo digo abiertamente: no me cambiaré por una de esas mujeres dignas ni con principios, como es capaz de asegurar la húngara, que tan deslenguadamente habla sobre las mujeres españolas. ¿Es ser mejor, es tener más dignidad, ser una mujer más íntegra el criticar a otras como si la perfección se hallara en una misma? Por la misma razón que yo no juzgo los pasos de los demás, los hallazgos y desaciertos, desearía que los otros no me juzgaran a mí.
La gran desilusión es esperar que las mujeres y los hombres podamos ser vistos como iguales. La misma sociedad que me juzga por dar yo los pasos antes que esperar a que los den otros es la que reclama una falsa igualdad.
¿Por qué se debe mostrar indiferencia cuando no la siento?
¿Por qué se debe corregir la actitud si antes la que tenía parecía la adecuada?
Los demás podrán cambiar para conmigo, y yo deberé adaptarme a sus nuevas decisiones, pero no es mi labor confundir la dignidad con la personalidad. Un carácter no es menos digno que otro por seguir mostrándose amable y cariñoso aunque el destinatario de tales amabilidades y caricias ya no las quiera recibir, o no las valore del mismo modo. La dignidad está en jugar limpio y dejar de hacerlo cuando uno ya ha entendido que el otro no quiere ser el receptor de tales atenciones, no cuando se deja de actuar de un modo con el oscuro propósito de "hacerse valer" o "demostrar quién es el mejor".
Tranquila, me encontraba tranquila en casa, viendo un intenso documental sobre "cineastas contra magnates". El teléfono suena y, de nuevo, la misma historia encorsetada: "Deberías hacerte valer, deberías haber esperado, tienes que conseguir que sean ellos los que vayan a ti...". Pero, ¿por qué?
¿Por qué la actitud de una debe ser otra?
¿Por qué "hay que hacerse valer" y no esperar a que a una la valoren como debe ser valorada?
¿Por qué la actitud de los hombres parece que todavía debiera ser diferente a la de las mujeres y viceversa?
Harta de tanta parafernalia, lo digo abiertamente: no me cambiaré por una de esas mujeres dignas ni con principios, como es capaz de asegurar la húngara, que tan deslenguadamente habla sobre las mujeres españolas. ¿Es ser mejor, es tener más dignidad, ser una mujer más íntegra el criticar a otras como si la perfección se hallara en una misma? Por la misma razón que yo no juzgo los pasos de los demás, los hallazgos y desaciertos, desearía que los otros no me juzgaran a mí.
La gran desilusión es esperar que las mujeres y los hombres podamos ser vistos como iguales. La misma sociedad que me juzga por dar yo los pasos antes que esperar a que los den otros es la que reclama una falsa igualdad.
¿Por qué se debe mostrar indiferencia cuando no la siento?
¿Por qué se debe corregir la actitud si antes la que tenía parecía la adecuada?
Los demás podrán cambiar para conmigo, y yo deberé adaptarme a sus nuevas decisiones, pero no es mi labor confundir la dignidad con la personalidad. Un carácter no es menos digno que otro por seguir mostrándose amable y cariñoso aunque el destinatario de tales amabilidades y caricias ya no las quiera recibir, o no las valore del mismo modo. La dignidad está en jugar limpio y dejar de hacerlo cuando uno ya ha entendido que el otro no quiere ser el receptor de tales atenciones, no cuando se deja de actuar de un modo con el oscuro propósito de "hacerse valer" o "demostrar quién es el mejor".
El regreso
Te has marchado tan rápido que nos hemos quedado sin tus palabras y sin las mías. Se las ha llevado consigo el recuerdo y la afirmación de volver a vernos. Sin embargo, corres sin mirar atrás, nunca fue tu estilo. Detecto que tienes otros recuerdos que añadir a los grandes, a esos que configuran lo que fue y pudo ser, lo que no fue y no pudo ser.
También te has enamorado muchas veces hoy. Te suele pasar, y ya no lo recordaba. Dejas de cosechar el arroz, y pierdes la posibilidad, se va, se va, se fue, de elaborar sake. Dejas de aderezar la ensalada, y te acostumbras a tomarla sin sal ni vinagre. Borras de tu mente la sensación de entonces, de cuando todo era lo contrario a como es ahora, y piensas que te ha dejado de doler. Pero es mentira; es un placebo.
Y la sola idea de dejar de escribir, qué angustia. Aunque pronunciada en voz alta y, en ese momento, completamente entendida, asumida y cuerda, de vuelta a casa el corazón se me ha parado en dos ocasiones. Una en la que me he dado cuenta de que no ibas a mirar atrás de ninguna manera; la otra, cuando he pensado: "¿cómo he sido capaz de pensar en que dejaría esto algún día?". El día en que no escriba o no me derrame en palabras, vino blanco versus cerveza en un indio, será que he dejado de respirar.
También te has enamorado muchas veces hoy. Te suele pasar, y ya no lo recordaba. Dejas de cosechar el arroz, y pierdes la posibilidad, se va, se va, se fue, de elaborar sake. Dejas de aderezar la ensalada, y te acostumbras a tomarla sin sal ni vinagre. Borras de tu mente la sensación de entonces, de cuando todo era lo contrario a como es ahora, y piensas que te ha dejado de doler. Pero es mentira; es un placebo.
Y la sola idea de dejar de escribir, qué angustia. Aunque pronunciada en voz alta y, en ese momento, completamente entendida, asumida y cuerda, de vuelta a casa el corazón se me ha parado en dos ocasiones. Una en la que me he dado cuenta de que no ibas a mirar atrás de ninguna manera; la otra, cuando he pensado: "¿cómo he sido capaz de pensar en que dejaría esto algún día?". El día en que no escriba o no me derrame en palabras, vino blanco versus cerveza en un indio, será que he dejado de respirar.





