Setenta por setenta
Puedes prever cuando el vómito está en su punto, al dente. Lo gargajeas y lo echas en la sartén. Déjalo reposar.
Empieza la náusea. Estás en el salón, programas varios, múltiples colores, la televisión está encendida. Da igual, no la estás mirando, para ti es como una carta de ajuste o un menú en japonés. Sueñas con almacenar la ansiedad en pequeñas cajas de madera. Enviarlas por correo con una nota en un sencillo color: "disfrútala". Quieres correr, estar en otra parte, con otras personas, lejos, regresar tal vez. Parar de pensar, reconocer todos los olores, encontrar sólo aquellas miradas. Moverte con soltura por la casa. Pero no te puedes mover. Extasiado, piensas en gris. El gris te puede, se va desplazando espesamente como la sangre. Imágenes flasheadas se superponen, una tras otra, una tras otra. Te sientes mareado. La náusea nauseabundea.
Has dado demasiadas vueltas al reloj de mano. Te has pasado unas setenta veces, y ni siquiera te habías dado cuenta. El relojero pone la mano sobre la tuya. Está fría como la muerte. Sin embargo, sabes que tienes que negociar con él. Al fin y al cabo, te dices, él es tan miserable como tú. No hay nadie que no haya experimentado tu soberbia, tu ira, tu mezquindad, tu blasfemia. Le das el dinero: setenta de los grandes. Los cuenta con agilidad, tiene unas manos escurridizas, que te recuerdan a los gusanos, aunque bien sabes que éstos son torpes.
Setenta por setenta. Has recuperado el tiempo perdido, lo desaprovechado, lo arrepentido. Pero el relojero te mintió. No eres capaz de olvidar los agujeros negros en los que te has asfixiado setenta veces. Cicatrices azuladas, rastro(jos) de una muerte lenta.
Empieza la náusea. Estás en el salón, programas varios, múltiples colores, la televisión está encendida. Da igual, no la estás mirando, para ti es como una carta de ajuste o un menú en japonés. Sueñas con almacenar la ansiedad en pequeñas cajas de madera. Enviarlas por correo con una nota en un sencillo color: "disfrútala". Quieres correr, estar en otra parte, con otras personas, lejos, regresar tal vez. Parar de pensar, reconocer todos los olores, encontrar sólo aquellas miradas. Moverte con soltura por la casa. Pero no te puedes mover. Extasiado, piensas en gris. El gris te puede, se va desplazando espesamente como la sangre. Imágenes flasheadas se superponen, una tras otra, una tras otra. Te sientes mareado. La náusea nauseabundea.
Has dado demasiadas vueltas al reloj de mano. Te has pasado unas setenta veces, y ni siquiera te habías dado cuenta. El relojero pone la mano sobre la tuya. Está fría como la muerte. Sin embargo, sabes que tienes que negociar con él. Al fin y al cabo, te dices, él es tan miserable como tú. No hay nadie que no haya experimentado tu soberbia, tu ira, tu mezquindad, tu blasfemia. Le das el dinero: setenta de los grandes. Los cuenta con agilidad, tiene unas manos escurridizas, que te recuerdan a los gusanos, aunque bien sabes que éstos son torpes.
Setenta por setenta. Has recuperado el tiempo perdido, lo desaprovechado, lo arrepentido. Pero el relojero te mintió. No eres capaz de olvidar los agujeros negros en los que te has asfixiado setenta veces. Cicatrices azuladas, rastro(jos) de una muerte lenta.
Comentario:
Este texto es abrumador, asfixiante y delirante. Me recuerda a la mejor secuencia de "Dumbo".





