Palabras de amor cotizadas
"Comenzó a escribir la lista de la compra de su madre: pepinos, tomates, cebollas, hilo dental. Luego vinieron las felicitaciones de Navidad: "en fechas tan señaladas". Más tarde, los faxes: "Matilde Orgaz solicita darse de baja en los servicios de Internet". Finalmente, la tarde del cinco de abril del año en que cumplía los dieciocho, accedió a escribir su primera carta de amor. Su hermano mayor, a quien nunca le gustó el lenguaje o la literatura, le pidió que redactara una breve epístola para la que por entonces, era su novia. Una chica morena y delgada, que pocos encontraban femenina o atractiva. Su hermana aceptó el desafío, movida por el romanticismo y cierta inclinación a la caridad. "Querida Sofía, sueño con tumbarme a tu lado y otear las estrellas" - comenzaba la carta. Al principio, reconocería la joven con los años, lo único que conseguía era rebuscar palabras grandilocuentes o poco usadas, tal vez arcaicas, y unirlas con habilidad para formar frases aparentemente significativas, delicadas. La delicadeza era la clave de su escritura, confesaba.
Su hermano le pidió que redactara algunas más para su novia, ya que los resultados habían merecido (francamente, dijo él) la pena. Luego llegarían los intercambios de favores: diez euros por un poema, el trabajo de informática por una carta de tres hojas. Los amigos de su hermano, sus primas, sus amigas que querían sorprender a sus novios. Los novios de sus amigas, que habían oído hablar de los efectos de las palabras de amor. Comenzaron a subir al cuarto D los vecinos del tercero A, también los jóvenes del bajo. Bajaron desde el octavo B para comprar las cartas. Día de los enamorados, cumpleaños, Días de la Madre, del Padre, Navidades. Detalles, sorpresas, declaraciones de amor. La redactora aceptaba los trueques; también el dinero en efectivo. Más tarde, empezó a apuntar en una libreta los trabajos pendientes; llegarían los encargos, las fechas, los contactos, las agendas de piel. Las entregas. Y el cartel colgando de su despacho con silla de cuero: "la redactora".
"Ha llamado usted al 91 723 56 32. En este momento no podemos atenderle, deje su mensaje por favor después de la señal. Piiii".
La redactora
Su hermano le pidió que redactara algunas más para su novia, ya que los resultados habían merecido (francamente, dijo él) la pena. Luego llegarían los intercambios de favores: diez euros por un poema, el trabajo de informática por una carta de tres hojas. Los amigos de su hermano, sus primas, sus amigas que querían sorprender a sus novios. Los novios de sus amigas, que habían oído hablar de los efectos de las palabras de amor. Comenzaron a subir al cuarto D los vecinos del tercero A, también los jóvenes del bajo. Bajaron desde el octavo B para comprar las cartas. Día de los enamorados, cumpleaños, Días de la Madre, del Padre, Navidades. Detalles, sorpresas, declaraciones de amor. La redactora aceptaba los trueques; también el dinero en efectivo. Más tarde, empezó a apuntar en una libreta los trabajos pendientes; llegarían los encargos, las fechas, los contactos, las agendas de piel. Las entregas. Y el cartel colgando de su despacho con silla de cuero: "la redactora".
"Ha llamado usted al 91 723 56 32. En este momento no podemos atenderle, deje su mensaje por favor después de la señal. Piiii".
La redactora
Comentario:
Cuando se ama de verdad no se necesita que te escriban una carta,porque las palabras brotan del interior como si de un manantial se tratase y lo peor de todo es que ¡NO SE PUEDE CONTROLAR!
Comentario:
Muchas gracias!! ¿Qué haría mi blog sin los comments?
Comentario:
Hay que ver qué lío de comillas me he hecho. La historia me resulta muy real y familiar. Es muy bueno, así que supongo que es tuyo... besos





