La abuela
Cuando luce el sol, debería estar prohibido quedarse entre cuatro paredes opacas. Deberían prohibirse cuando luce el sol los cristales que afean el interior y hacen que el exterior parezca oscuro y gris. Deberían prohibirse los horarios partidos, la siesta si uno no la duerme, y el sol cuando luce si es dentro de una oficina encerrada con llave.
Hoy era su primer día después de muchos entre otras paredes sin llave, sin candado, pero con el cerrojo del miedo, de la imposibilidad, de los años de una vida larga. Hoy salía a la calle. No la vi pero la imaginé con las pupilas como circonitas, las aletas de la nariz abiertas al máximo, absorbiendo, aspirando, conjugando todos los olores que dentro de una casa no tienen opción de colarse. Y paseando a un paso muy lento, no sólo porque camine así - "los años, ay, los años"- sino también para apreciar con detalle lo que se abría a su alrededor, las flores, los rayos del sol nada fugaces, sino quedos, amplios, sonrientes (y dañiños, más para una piel morena pero que no ha pisado la calle en mucho tiempo), las voces de la gente, sus conversaciones, los niños corriendo, señalando, absortos, la luz, los escaparates, las palmeras de chocolate aromatizando, los bollos desprendiendo pasión, el carmín de las señoras, los carros de la compra, las sillitas de los niños, los abuelos de paso igual de lento que el suyo...
Las pintadas de las paredes, los perfumes de las ejecutivas, los olores sabrosos de los bares de viejos, la tortilla, los calamares, el olor a limpio tan habitual de las droguerías, las esquinas malolientes donde se concentra el pis y todas esas cosas pensables...
Era su primer día. No la vi pero la imagino feliz, tragando bocanadas de vida a paso lento.
Hoy era su primer día después de muchos entre otras paredes sin llave, sin candado, pero con el cerrojo del miedo, de la imposibilidad, de los años de una vida larga. Hoy salía a la calle. No la vi pero la imaginé con las pupilas como circonitas, las aletas de la nariz abiertas al máximo, absorbiendo, aspirando, conjugando todos los olores que dentro de una casa no tienen opción de colarse. Y paseando a un paso muy lento, no sólo porque camine así - "los años, ay, los años"- sino también para apreciar con detalle lo que se abría a su alrededor, las flores, los rayos del sol nada fugaces, sino quedos, amplios, sonrientes (y dañiños, más para una piel morena pero que no ha pisado la calle en mucho tiempo), las voces de la gente, sus conversaciones, los niños corriendo, señalando, absortos, la luz, los escaparates, las palmeras de chocolate aromatizando, los bollos desprendiendo pasión, el carmín de las señoras, los carros de la compra, las sillitas de los niños, los abuelos de paso igual de lento que el suyo...
Las pintadas de las paredes, los perfumes de las ejecutivas, los olores sabrosos de los bares de viejos, la tortilla, los calamares, el olor a limpio tan habitual de las droguerías, las esquinas malolientes donde se concentra el pis y todas esas cosas pensables...
Era su primer día. No la vi pero la imagino feliz, tragando bocanadas de vida a paso lento.





