De entre los vivos
No sé si lo has sentido alguna vez, es como si habláramos de una cuchara. O de una cucaracha, da igual. La primera no es flexible y además es fría, la segunda es toda una superviviente. La segunda se instala en la primera, y ya tiene su casa, no tiene por qué buscar más. La primera puede matar a la segunda con un golpe, la segunda puede esconderse en la cuchara si ésta está mirando hacia abajo, es el hueco perfecto.
En realidad nunca he querido asociar cuchara a cucaracha, porque es algo repugnante, si lo piensas más de un segundo, que no puede ser de otra manera. Las he asociado porque se parecen un poco tanto en la pronunciación como en la escritura, pero ahora pienso que si lo recuerdo cuando vaya a tomarme el yogur esta tarde, puedo sentir naúseas. Y francamente, querida, no quiero sentirlas.
Por otra parte, he decidido hablar de aquella mujer del autobús. En mi pequeña y vieja libreta apunté rápidamente con un lápiz de IKEA una breve descripción de lo que representaba para mi, pero creo que ni entonces ni hoy seré capaz de expresar lo que su imagen reflejaba aquella tarde. Yo estaba en el autobús, en uno de los que tomo al día para llegar a todos esos sitios a los que hay que llegar. Y la estaba mirando. Un buen rato. Todo el rato. Trece minutos treinte segundos. Ella estuvo todos esos minutos mirando hacia la calle. Su mirada traspasaba el cristal; fuera, llovía. Sus ojos se reflejaban en el cristal, y estaban clavados en algún punto que necesariamente nunca podía ser el mismo, ya que el autobús se movía, a no ser que fuera algo que sólo ella veía, y que era capaz de seguirla a todas partes.
Era Madeleine con veinte años más, pero su ensimismamiento era el mismo. Desde luego, no parecía disimulado, sino que era delicado, fascinante, elegante. ¿Dónde miraba? ¿Qué podría cruzársele por la mente? Ni un momento despegó la mirada, parpadeó, suspiró, mostró un síntoma de normalidad de los vivos. Por eso su nombre era Madeleine.

En realidad nunca he querido asociar cuchara a cucaracha, porque es algo repugnante, si lo piensas más de un segundo, que no puede ser de otra manera. Las he asociado porque se parecen un poco tanto en la pronunciación como en la escritura, pero ahora pienso que si lo recuerdo cuando vaya a tomarme el yogur esta tarde, puedo sentir naúseas. Y francamente, querida, no quiero sentirlas.
Por otra parte, he decidido hablar de aquella mujer del autobús. En mi pequeña y vieja libreta apunté rápidamente con un lápiz de IKEA una breve descripción de lo que representaba para mi, pero creo que ni entonces ni hoy seré capaz de expresar lo que su imagen reflejaba aquella tarde. Yo estaba en el autobús, en uno de los que tomo al día para llegar a todos esos sitios a los que hay que llegar. Y la estaba mirando. Un buen rato. Todo el rato. Trece minutos treinte segundos. Ella estuvo todos esos minutos mirando hacia la calle. Su mirada traspasaba el cristal; fuera, llovía. Sus ojos se reflejaban en el cristal, y estaban clavados en algún punto que necesariamente nunca podía ser el mismo, ya que el autobús se movía, a no ser que fuera algo que sólo ella veía, y que era capaz de seguirla a todas partes.
Era Madeleine con veinte años más, pero su ensimismamiento era el mismo. Desde luego, no parecía disimulado, sino que era delicado, fascinante, elegante. ¿Dónde miraba? ¿Qué podría cruzársele por la mente? Ni un momento despegó la mirada, parpadeó, suspiró, mostró un síntoma de normalidad de los vivos. Por eso su nombre era Madeleine.

Comentario:
Jo, qué poco original soy... siempre que entro aquí es para manifestar mi admiración por tu pulcra manera de escribir. ¿Y qué otra cosa puedo hacer? Si de unas palabras me lanzo a otras como si de una selva virgen se tratara... deslizándome suave, libre, gracias a unas lianas inteligentes. Hay que ver los misterios que escondes... y qué poco tiempo tenemos este cuatrimestre para descubrirlos.
Suerte.
Suerte.





