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"Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida. Desde que conoció a Teresa, ninguna mujer tenía derecho a imprimir en esa parte del cerebro ni la más fugaz de las huellas". La insoportable levedad del ser. Milan Kundera
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Tipos sin suerte
Había quedado con Federico, Federico, Federico en la estación de Tribunal para pasarnos una cinta y una grabadora, esto hacen los periodistas en su tiempo libre. Allí estuvimos hablando unos breves minutos. El histriónico Federico, Federico, Federico (como la novela) se movía a lo Woody Allen, tanto, que a mi me es casi imposible seguir una conversación con él. Me decía: "Eres imprescindible". Pensé que, como me habían enseñado mis padres siempre, nadie es imprescindible. Todos somos absolutamente prescindibles y sustituibles. Bueno, unos más que otros, eso es verdad.

El manojo de nervios se subió al vagón sin grabadora pero con cinta, allí llevaba la conversación con un Premio Nobel. Tenía su gloria en el bolsillo de su pantalón; su ego, por los aires. Sin demasiada malicia, me sonreí. Me gustó pensar que Federico, Federico, Federico, estaba contento por ser periodista por unos días.

Elegí salir. Era viernes por la noche, y no tenía por qué encerrarme en casa, ¿no? Al día siguiente, debía madrugar, pero el mundo estaba lleno de personas que apenas duermen y triplican mi eficacia. Salí a la calle. Respiré el aire de Tribunal, cargado de elementos y partículas nada extrañas, pero reñidas unas con otras. Y elegí ir a Gran Vía. El camino, aun en la soledad de mis pasos, me pareció espléndido. Hacía un poco de frío, pero quería ir en tirantes. No quería ponerme la chaqueta; de hecho, la guardé. Quería que me diese el viento en la cara, en los hombros. Llevaba una camiseta rosa muy fea, las prisas de última hora, las ganas de no repetir la misma todos los días, pero pensé: "Ahora soy una de esas chicas con personalidad que llevan una camiseta hortera". Y caminé.

Anduve rápido, observándolo todo. Me quedé con retazos de conversaciones, los grupos de amigos decicidiendo a dónde ir, las parejas de la mano, sus charlas íntimas. Las sostuve para mí, se las robé. Era una ladrona en manga corta por las calles de mi ciudad, un viernes por la noche en el que las prostitutas se hacinaban en las esquinas. El quiosquero hizo una pregunta al aire, me alcanzó los oidos: "¿Te gustan los western?". Sí, claro. ¿A quién no?

En Príncipe Pío hacía más frío. El autobús tardó algo en llegar, la rotonda ha cobrado el mismo aspecto de siempre. Pero nada ha cambiado. Bueno, miento. Sí ha cambiado con respecto al Príncipe Pío de siempre, en el que nos esperábamos con el libro de "Melalcor" imaginario, siempre soñado, nunca más visto, sobre el regazo. La 513 no para allí, aunque sí lo hacen otros autobuses. Siempre hubo clases y tipos sin suerte.

 
Comentario:
Príncipe Pío cambió hace mucho más tiempo.... ¿pero a quién le importa? si tan sólo hubiera cambiado eso....
No