Los espejuelos
Hay dos clases de personas en el mundo (me encanta iniciar así las conversaciones): las que son miopes y las que no lo son.
Las que son miopes tienen una personalidad bien diferente marcada por una serie de hechos cruciales que acontecen a lo largo de su vida: para empezar, siempre tienen una mirada más triste, ensombrecida y oculta. Miran por encima de las gafas, como quien mira por encima del hombro pero por necesidad. Auscultan a través de ellas. No practican deportes del mismo modo que un sin-miope: desgraciadamente, tienen más pánico al balón certero, pues los cristales de las gafas son frágiles, y, además, son dolorosos en la piel de alrededor de los ojos.
Desarrollan miedos. A mirar hacia el vacío en un octavo piso. A montar en la Lanzadera con ellas: ¿y si se quedan en el transcurso de los 60 kilómetros por hora? Eso te lleva a varios hechos concatenados, perjudiciales también: tus compañeros de experiencia otean durante los tres segundos duraderos (o treinta) el espectáculo, algo que debe ser fracamente genial. "Mira el Pirulí. Y aquello otro. Dios, qué vista. Es increíble. ¿Y qué es aquello de más allá?".
Ser miope te condiciona la libertad. Parece una frase fácil, barata, ancha y poco sabia, pero que no me la refuten aquellos que tienen vista de lince. La vista de pájaro que tiene un miope es más bien la de un pez nublado, perdido, saturado por la visión. La visión en mayúsculas: luces, colores, formas. Es todo lo que se distingue. Sin gafas, el oído ayuda mucho a saber dónde está uno. A localizarse.
En la piscina, si bien la ida a la plataforma azul es sencilla, no hay más que un camino posible, la vuelta a la toalla es dispersa y confusa. Un reto, sin ir más lejos, porque cuanto más lejos, más perdido estará el corto de vista: encontrar la morada resulta tan arduo como contestarse esas típicas preguntas existenciales de quiénes somos y de dónde venimos, nunca mejor dicho.
Y, ¿qué más? Hay infinidad de situaciones en las que la ausencia de gafas, porque el guión lo contemple, las ganas de disfrute lo dicten, o, simplemente, el contexto lo reclame, en que la miopía juega francamente en tu contra. Pero, si bien te convierte en un ser extraño, frágil y sin brújula en la vida, perdido y sin remitente, es decir, casi a la deriva y sin salida, te da una confianza que los que tienen ojos sanos nunca conocerán. Te hace más fuerte, pues, a tientas, y en la oscuridad, tu vista se multiplica por las dioptrías que te hacen el miope de las gafas de pasta, de concha, sin monturas y las lentes de contacto que has utilizado una y otra vez, una y otra vez, a lo largo de toda tu vida.
Las que son miopes tienen una personalidad bien diferente marcada por una serie de hechos cruciales que acontecen a lo largo de su vida: para empezar, siempre tienen una mirada más triste, ensombrecida y oculta. Miran por encima de las gafas, como quien mira por encima del hombro pero por necesidad. Auscultan a través de ellas. No practican deportes del mismo modo que un sin-miope: desgraciadamente, tienen más pánico al balón certero, pues los cristales de las gafas son frágiles, y, además, son dolorosos en la piel de alrededor de los ojos.
Desarrollan miedos. A mirar hacia el vacío en un octavo piso. A montar en la Lanzadera con ellas: ¿y si se quedan en el transcurso de los 60 kilómetros por hora? Eso te lleva a varios hechos concatenados, perjudiciales también: tus compañeros de experiencia otean durante los tres segundos duraderos (o treinta) el espectáculo, algo que debe ser fracamente genial. "Mira el Pirulí. Y aquello otro. Dios, qué vista. Es increíble. ¿Y qué es aquello de más allá?".
Ser miope te condiciona la libertad. Parece una frase fácil, barata, ancha y poco sabia, pero que no me la refuten aquellos que tienen vista de lince. La vista de pájaro que tiene un miope es más bien la de un pez nublado, perdido, saturado por la visión. La visión en mayúsculas: luces, colores, formas. Es todo lo que se distingue. Sin gafas, el oído ayuda mucho a saber dónde está uno. A localizarse.
En la piscina, si bien la ida a la plataforma azul es sencilla, no hay más que un camino posible, la vuelta a la toalla es dispersa y confusa. Un reto, sin ir más lejos, porque cuanto más lejos, más perdido estará el corto de vista: encontrar la morada resulta tan arduo como contestarse esas típicas preguntas existenciales de quiénes somos y de dónde venimos, nunca mejor dicho.
Y, ¿qué más? Hay infinidad de situaciones en las que la ausencia de gafas, porque el guión lo contemple, las ganas de disfrute lo dicten, o, simplemente, el contexto lo reclame, en que la miopía juega francamente en tu contra. Pero, si bien te convierte en un ser extraño, frágil y sin brújula en la vida, perdido y sin remitente, es decir, casi a la deriva y sin salida, te da una confianza que los que tienen ojos sanos nunca conocerán. Te hace más fuerte, pues, a tientas, y en la oscuridad, tu vista se multiplica por las dioptrías que te hacen el miope de las gafas de pasta, de concha, sin monturas y las lentes de contacto que has utilizado una y otra vez, una y otra vez, a lo largo de toda tu vida.





