Martilleo
Es julio. Me duelen los hombros. Tengo un moratón rojo en el antebrazo. Otro en el muslo, pero este es verde. Me pregunto por qué mi cuerpo no quiere ser de color carne.
Aquel hombre de la nariz ancha, los pómulos prietos y el cuerpo de gimnasio aseguraba que había fotografiado espejismos. Contaba que es una ilusión óptica, pero no necesariamente producida por el calor y varios días a la deriva del desierto. Él tenía una fotografía con un oasis, pero tal plataforma azulada no existía.
Escojo "Nunca el tiempo es perdido". Es verano y los hombres azules quieren raptarme, para visitar al Doctornoestamosolos y encontrarme, en sueños, con el afilador. Y desear que vendrán días en que el peso que hoy te abruma ya no será carga sino bagaje.
No podría quedarme con una de sus frases, no podría elegir el momento en que la vida ha dejado de ser realidad para convertirse en un espejismo. No podría asegurar si estoy dentro o fuera de esa plataforma azulada, no sabría cómo descifrar si estoy viva. O si dejé de existir y la percepción me está traicionando. Intento abrir la puerta pero no me doy cuenta de que delante hay una mesa.
Sólo vemos lo que queremos ver. Somos muy capaces de vaticinar, de predecir, de sentir qué es lo que va a pasar de un momento a otro. Y, sin embargo, muchas veces nos velamos los ojos. Los escondemos tras un paracaídas a prueba de bombas, por el que nos dejamos deslizar para que el golpe no sea seco, pero lo es.
A veces lloras. A veces las lágrimas caen rendidas, hartas de estar encerradas en casa. Se llenan de oxígeno y pesan como bolas de cristal, llenas de incomprensión. La música sigue sonando y la vida, como un radar, nos avisa del peligro que corre.
Alrededor del cuello le han puesto una soga. Y los pies le cuelgan. Recuerdo muy bien aquella escena de "El beso mortal", una película en que el cine clásico dejaba de serlo y se revelaba en otras formas, ante la incomprensión y, probablemente, insatisfacción del público. Me pregunto si cuando digo "unicornio" el lector sabe qué quiero decir. Me pregunto si cuando aludo al viento o salto con tangente cinco metros de altura, el que está ahí, poniendo sus ojos en la pantalla del ordenador, y dejando que las letras se impriman en sus retinas, es capaz de decodificar lo que aquí yace.
Aquí yazgo yo.
Aquel hombre de la nariz ancha, los pómulos prietos y el cuerpo de gimnasio aseguraba que había fotografiado espejismos. Contaba que es una ilusión óptica, pero no necesariamente producida por el calor y varios días a la deriva del desierto. Él tenía una fotografía con un oasis, pero tal plataforma azulada no existía.
Escojo "Nunca el tiempo es perdido". Es verano y los hombres azules quieren raptarme, para visitar al Doctornoestamosolos y encontrarme, en sueños, con el afilador. Y desear que vendrán días en que el peso que hoy te abruma ya no será carga sino bagaje.
No podría quedarme con una de sus frases, no podría elegir el momento en que la vida ha dejado de ser realidad para convertirse en un espejismo. No podría asegurar si estoy dentro o fuera de esa plataforma azulada, no sabría cómo descifrar si estoy viva. O si dejé de existir y la percepción me está traicionando. Intento abrir la puerta pero no me doy cuenta de que delante hay una mesa.
Sólo vemos lo que queremos ver. Somos muy capaces de vaticinar, de predecir, de sentir qué es lo que va a pasar de un momento a otro. Y, sin embargo, muchas veces nos velamos los ojos. Los escondemos tras un paracaídas a prueba de bombas, por el que nos dejamos deslizar para que el golpe no sea seco, pero lo es.
A veces lloras. A veces las lágrimas caen rendidas, hartas de estar encerradas en casa. Se llenan de oxígeno y pesan como bolas de cristal, llenas de incomprensión. La música sigue sonando y la vida, como un radar, nos avisa del peligro que corre.
Alrededor del cuello le han puesto una soga. Y los pies le cuelgan. Recuerdo muy bien aquella escena de "El beso mortal", una película en que el cine clásico dejaba de serlo y se revelaba en otras formas, ante la incomprensión y, probablemente, insatisfacción del público. Me pregunto si cuando digo "unicornio" el lector sabe qué quiero decir. Me pregunto si cuando aludo al viento o salto con tangente cinco metros de altura, el que está ahí, poniendo sus ojos en la pantalla del ordenador, y dejando que las letras se impriman en sus retinas, es capaz de decodificar lo que aquí yace.
Aquí yazgo yo.
Comentario:
Jo. Y yo, y yo. Gracias Marian. Qué ganas de verte preciosa.
Comentario:
Bolas de cristal, unicornio... Sigue escribiendo, poeta.
Te quiero mucho
Te quiero mucho





